En las fronteras de la identidad ó los contornos de una comunidad imaginada

Escrito por on Jun 7th, 2009 y archivado en Agora, Destacado, Galería Fotográfica. Tu puedes seguir los comentarios a esta entrada a traves de RSS 2.0. Comentarios y referencias estan cerrados.

En las fronteras de la identidad ó los contornos de una comunidad imaginada

(Primera de dos partes)

La declinación lenta y desigual de las certezas interconectadas, introdujeron una cuña dura entre la cosmología y la historia. No es sorprendente que se haya comenzado a buscar, por decirlo así, una nueva forma de unión de la comunidad, el poder y el tiempo dotada de sentido.

Benedict Anderson.

Itinerario

En las líneas que siguen no se intenta examinar el pasado de las sociedades oriundas de Aguascalientes, ni las diversas oleadas de personas y comunidades que ha terminado por conformar la sociedad cosmopolita que sin duda es hoy en día la que conforma a Aguascalientes, México, la hidrocálida. Antes bien, se abordan las maneras en que se mantienen, transforman o refuerzan las identidades originarias y los lazos de pertenencia a diferentes niveles de la sociedad, por parte de aquellas personas y familias que, habiéndose formado en esa sociedad en algún momento de su sus vidas, han emigrado fuera del país. Intenta con ello plantear otras interrogantes que derivan del presupuesto inicial; la forma en que los límites cambiantes de la identidad aguascalentense se están redefiniendo en la vida de los emigrantes y las sociedades originarias, que no han emigrado. También propone un cuestionamiento acerca del tipo de políticas, el nuevo canon, que están adoptando las autoridades gubernamentales para redefinir idea “oficial” de identidad termapolitana. [1]

Así, se examinan las formas en que algunas de las políticas de las recientes administraciones gubernamentales han sido retraídas o desarrolladas, en función de la importancia de las actividades desplegadas por los emigrantes, las maneras de las cuales éstas están redefiniendo la relación entre el Estado y los límites que determinan quien es más o menos idéntico al paradigma de “ser aguascalentense”, destacando la manera en que estos cambios re-configuran un nuevo entendimiento convencional sobre la identidad y la membresía. Se sugieren, finalmente, algunas explicaciones plausibles para comprender la significación de las políticas y programas de re-encuentro e inclusión, que la autoridad gubernamental ha implementado recientemente para asegurarse de que los emigrantes sigan manteniendo su membresía e identidad hidrocálida de larga distancia y a lo largo de las generaciones.

Los dilemas de la identidad

A lo largo de la historia, la autoridad estatal ha tenido una función insustituible en la producción de símbolos que abstraen “la identidad”. Esta reflexión es fundamental para explicar el hecho de que el Estado conjunta los principales elementos de la identidad es decir, los lugares comunes como destino compartido, pueblo, gobierno y territorio; en suma, una cosmología. Así, emerge con una alta significación la forma en que el Estado, y más específicamente la elite gobernante y sus intelectuales, se miran a sí mismos “como sociedad” en un momento dado. Aquí, la iconografía ejerce un influjo de extraordinaria efectividad didáctica, en tanto que produce, generaliza, ordena y resignifica los elementos de la identidad “desde arriba”.

Con relación a Aguascalientes, la reminiscencia medieval de los blasones nobiliarios, el escudo emblemático en el cual a mediados del siglo pasado se intentó capturar la más sublime aspiración de su sociedad, es una catarsis en la cual, la percepción de sí misma y “la esencia de la identidad”, se tradujo en una cosmología provinciana que le llevó idealmente a verse vinculada a un entorno físico, cuya bondad providencial del cielo y el agua claros en conjunción con la tierra buena, garantizarían per sécula, un inexorable destino común a todos los aguascalentenses conformando, idealmente, una pequeña nación, una comunidad de destino. [2] Con mucho, esta ha sido la quintaesencia de la identidad “de los aguascalentenses vistos por sí mismos”, configurando una especie de autocomplacencia, que desde luego no le es exclusiva, pero que ha ejercido una poderosa influencia al interior de la sociedad acalitana por generaciones como teleología y como imagen generadora de sentido de pertenencia comunitaria, identitaria. [3] Pero esto no le resulta privativo a los individuos ni a las la colectividades pues, en realidad, se trata de un proceso formativo.

En este sentido, se puede partir de la asunción generalmente aceptada, de que el sujeto comienza a estructurar su subjetividad identitaria en la familia y que la identidad que organiza sus experiencias termina por estructurarse en la educación externa que se da en instituciones sociales, más allá del núcleo familiar. Es de enorme importancia reconocer asimismo, que en ese proceso, las certezas originales se pierden y son suplidas con nuevas preguntas, nuevas certezas que comienzan a operar la filiación simbólica a una comunidad de objetivos. Esta comunidad de objetivos representada por la sociedad, compensa ese despojo inicial con la promesa de un destino deparado que está esperando por cada sujeto, como su “lugar en el mundo”. Esta atracción hacia la identidad colectiva da sentido a la filiación simbólica, de manera que la constitución identitaria se convierte en una cuestión esencialmente dinámica. Así, las identidades son intentos de organización de las experiencias individuales y comunitarias pero, como dicen los sociólogos Caruso y Dussel, “no tienen garantía ni de permanecer ni de cambiar repentinamente; son provisorias y son relacionales”. [4]

Hasta aquí, es necesario hacer un primer balance, puesto que si bien la noción de identidad alude a la cualidad o condición de lo idéntico, en un mundo en constante evolución como el actual, donde la realidad tiende hacia una constante diversificación, lo “idéntico” puede resultar un concepto demasiado esquivo, ya que lo que está fuera de duda, es el hecho de que la cuestión de la identidad adquiere relevancia cuando entran en contacto humanos de muy distinto origen y cultura. Por eso, aparece la evidencia histórica que, “desde adentro y desde abajo”, los termapolitanos han concebido el contacto con “los otros” como oportunidad de reafirmarse en sí mismos a fuerza de advertir las diferencias. De manera que, en diferentes épocas han quedado registrados como escarceos con la “otredad”, el arribo de los tuzos, lomilargos, chilangos o chales-japoneses. Otra evidencia histórica reciente indica que los otros, pertenecientes a grandes oleadas de inmigrantes, han terminado por adaptarse a ciertos modos de vida y tradiciones de la sociedad local. En esta circunstancia de crisis, la identidad individual y colectiva de ser aguascalentense, se replantea y afirma, por cotejo, contrastando.

Es evidente que las identidades no constituyen legados recibidos pasivamente o que se desarrollen de manera permanente en un ámbito carente de tensiones, pues no son sino representaciones socialmente producidas y, en este sentido, son materia de conflictos y disputas y negociaciones sociales. Es quizá por esa causa, que los contrastes identitarios son más manifiestos en la generación que se asienta en el seno de una sociedad extraña y encarna el arquetipo del inmigrante. Pero aún así, como lo demuestra la vida acalitense de todos los días, el gradual proceso de asimilación permite el desenvolvimiento de individuos y “colonias” de primera generación, separadamente del seno de los aguascalentenses, para conservar con cierta pureza su cultura, sus modos de convivencia social o religiosa, creando pequeños mundos en función de la patria ancestral que es la esencia de la vida de una diáspora. Tal vez poco haya que discutir sobre el hecho, de que miembros de la segunda generación de descendientes se convierten en “uno de los nuestros” y que, en cierta forma, un sector de la sociedad de acogida, por conservadora o refractaria que sea a esos encuentros con la diversidad racial o cultural, admite en diversos grados los nuevos modos de convivencia. En esa misma medida, sectores de la sociedad hidrotermapolitana se convierten en “unos de los suyos”, ampliándose así, los confines y los contenidos de la identidad. De esta forma y no otra, se inicia el enriquecedor trasiego de visiones del mundo, entre formas culturales diversas, pero también tiene la posibilidad de dar inicio al proceso de fraternización, la socialización y, con ello, la generación de las motivaciones sociales: intercambio de personalidades, ideas, dinero, bienes, información y poder.

El Aguascalientes, como comunidad imaginada

Ahora bien, la suposición de que un grupo de personas constituye una comunidad que construye su identidad entraña una imagen mental que resalta la importancia de ciertos factores que le son comunes, siempre y cuando estén por encima de otros que pueden comprender referencias a diferencias y coincidencias entre ellas. Pero cuando las colectividades son demasiado extensas en población o conformadas por comunidades más pequeñas y dispersas geográficamente, los miembros de esa sociedad, no están en posibilidades de conocer a la mayoría de quienes la componen, puesto que no los conocen, no los ven ni los oyen y ni siquiera cruzará una palabra con ellos a lo largo de sus vidas.

Para comenzar algunas consideraciones sobre la necesidad de concebir a “un Aguascalientes” como comunidad imaginada, resultará necesario introducir aquí la perspectiva de Benedict Anderson, y partir de la premisa de que una comunidad es un “artefacto cultural”, fundado y desarrollado por un determinado grupo social a través del tiempo. Así, una comunidad se define como imaginada, porque “por más pequeña que sea ésta, sus miembros no tienen la capacidad de llegar a conocerse todos entre sí y sin embargo, en la mente de cada uno de ellos, se encuentra presente la imagen de esa comunión”. [5] No todos los aguascalentenses se conocen, ciertamente, pero saben de su existencia. De tal suerte que, desde la perspectiva de Anderson, para darse el sentido de comunidad de destino, cada aguascalentense, como lo puede hacer cualquier otro miembro de cualquier otra sociedad, “vive la imagen de su comunión”. [6] Así, una comunidad es imaginada porque, independientemente de las múltiples desigualdades que priven en su composición, por inmensamente heterogéneas que sean, el conjunto tiende a concebir naturalmente una aceptación de la colectividad a la que pertenece, en una suerte de igualdad profunda y horizontal, por ser la gente que es de aquí, fundiendo en una abstracción el colectivo social, en función de una realidad cotidiana y compartida que origina una dimensión subjetiva y espiritual, a la que se dirige evolucionando en el tiempo y la historia, como una cosmología.

Ernest Renan dijo que la esencia de una nación está en que todos los individuos tengan muchas cosas en común y también en que todos hayan olvidado muchas cosas. Su idea de comunidad reside no tanto ya en un origen genealógico común, la cultura o el compartir un territorio, sino más bien en una profunda creencia en haber vivido una historia común, tiempos felices y trágicos, y por querer vivir más cosas de ese modo. Así, los aguascalentenses se imaginan constantemente como “el Aguascalientes”, y en esa imagen, se imaginan y re-imaginan a sí mismos como comunidad a través de algunos episodios o símbolos de su pasado compartido, aunque esta idea se ve profundamente perturbada cuando se trata de quienes, habiendo vivido “aquí” y habiendo sido “de aquí”, cambian cuando se extingue el vínculo territorial, por acción del proceso migratorio: cuando la Bona Terra no es capaz de retener a su Bona Gens. En este tránsito, el “aquí” que conformaba la comunión originaria comienza a producir nuevas identidades pero, esta vez, han comenzado a ser de naturaleza a-territorial. Esta disyunción está clara para Manuel Castells, cuando destaca la importancia de dos formas de construcción de identidad; la que está en proyecto y la identidad legitimadora. La primera de ellas “se constata cuando los actores sociales, basándose en los materiales culturales de que disponen, construyen una nueva identidad que redefine su posición en la sociedad” y al hacerlo, pueden lograr una cierta transformación de la estructura social. La segunda “se construye desde los quehaceres institucionales y políticos, de manera que aportan elementos que legitiman a la autoridad”. [7]

Migración e identidades cambiantes

Aguascalientes ha mostrado el carácter predominante de la región que por décadas ha producido alta migración, al igual que Guanajuato, Jalisco, Michoacán, San Luís Potosí y Zacatecas. Desde principios del siglo pasado, pero más específicamente a partir de 1942, con el inicio del Programa Bracero, cierto sector de la sociedad aguascalentense comenzó a vivir en “la era de las migraciones”, como acertadamente le ha denominado Stephen Castles, inscribiéndose insospechadamente en un fenómeno global que lograría desplazar masiva y vertiginosamente a grandes sectores de población a través de las fronteras internacionales. [8]

Pero, a diferencia de las concepciones tradicionales norteamericanas sobre la asimilación, provenientes de la teoría del tazón mezclador, que representaría idealmente al conjunto de su heterogénea sociedad, en el caso grandes sectores de inmigrantes aguascalentenses y mexicanos en general, ese potaje sociológico y cultural no es verificable del todo, característica notable entre quienes hicieron el éxodo en los años ochentas. Este fenómeno migratorio genera diversos cambios en la identidad de los emigrantes en general, pero en el caso de los emigrantes mexicanos, los acalitenses entre ellos, genera una identidad transmigrante que va y viene entre dos destinos o sigue perteneciendo a su comunidad estando en otra, dando origen inevitablemente la pertenencia “simultánea” a dos sociedades nacionales, dos ámbitos sociopolíticos locales, lo que produce dos identidades ensambladas pues, en tanto que se es “miembro de” dos sociedades a la vez, emergen las membresías traslapadas que son, hoy por hoy, la principal característica de la vida de los nómadas que viven en la frontera de las identidades.

Hasta aquí, es necesario admitir que “los contenedores” sociales y territoriales en los que se desenvuelven sus vidas, están interconectados a manera de vasos comunicantes no solo a través de las fronteras territoriales sino que, también, a través de las fronteras de la nacionalidad. Justamente, en estas circunstancias de vida se desarrollan las identidades trans-nacionales. [9] En tal caso, estaríamos en condiciones de afirmar como verdad de Perogrullo, que la identidad hidrocálida comienza y termina donde termina y comienza alguna otra, la méxiconorteamericana, por ejemplo, de tal suerte que si cualquier comunidad es imaginada, en el caso particular de las comunidades transnacionales aguascalentenses, la trascendencia de esa imagen mental es quizá aún mayor.

Los oleajes de emigración que han ocurrido en las últimas décadas han puesto sobre la mesa el problema de las características culturales, nacionales o étnicas, tanto de las poblaciones emigradas como de las autóctonas, pues los migrantes internacionales de origen hidrocálido, como cualquiera otros, no solo trasponen las fronteras geográficas y políticas, sino que establecen nuevas fronteras de los modelos de “ser y pertenecer” a la cultura de la comunidad originaria, ya que son ellos y sus modos de vida los que establecen nuevas fronteras de la identidad aguascalentense y nacional, en tanto sigan reconociendo su membresía a la comunidad de origen y ésta se las reconozca. De esta forma, se estará ampliando una de las fronteras de la identidad aguascalentense, desvinculándose de las topografías del terruño, tornándola a-territorial y permeable a otras influencias culturales.

Las fronteras de la identidad acalitense son también, en cierto modo, las fronteras de la identidad nacional, de la nacionalidad. Las formas de convivencia social que alternan con la cultura estadounidense ya sea anglosajona, latina o hispana, representan otro ámbito de nacionalidad, de manera que justamente en ese modo de vida que incorpora intereses y formas de recreación simbólica de ambas sociedades, emerge el fenómeno de transnacionalismo. Así se puede afirmar que las nuevas expresiones de vida transnacional, son las nuevas fronteras de la identidad hidrocálida. [10] Durante el proceso de convivencia migratoria, los ejes identitarios se transforman conforme se incorporan nuevos referentes. Ocurre, por ejemplo, que la persona salitrense-calvillense-aguascalentense-mexicano, se invierte en mexicano-latino-hispano, y es justamente en esa conjunción de mexicanidad como principio y final de las identidades transmigrantes, que en suelo norteamericano se refuerza el sentido nacional, mucho más poderosamente que el que se experimenta en los no-migrantes. Este encuentro con las diversas formas de “ser concebido desde fuera y desde dentro”, obligan a un aguascalentense a reconocerse dentro de un extenso espectro de identidades que fluctúan entre el ser básicamente salitrense en el terruño, a el ser genéricamente hispano en Norteamérica. De manera que, justamente en el campo social transnacional conformado por las comunidades migrantes se amplía la frontera de la identidad del conjunto de los aguascalenteses, identidad que no puede ser entendida como algo inmutable, invariable, que resiste estoicamente todos los embates identitarios de “los otros”. [11]

Pensemos en los emigrantes de comunidades, como los calvillenses, región que cuenta con una larga tradición migratoria, que han conformado campos sociales, espacios en los cuales se verifican aquellas realidades de la vida cotidiana que surgen esencialmente en el contexto de los procesos migratorios internacionales, que son geográfica y espacialmente difusas o des-territorializadas y que, lejos de ser puramente transitorio, “constituye una importante estructura de referencia para las posiciones y los posicionamientos sociales, que determina la praxis de la vida cotidiana, las identidades y los proyectos biográficos y que, simultáneamente, trasciende el contexto social de las sociedades nacionales”. [12] Así, es posible identificar que un proceso diferenciador, que se explica en las causas y consecuencias de la migración, pues al apartar físicamente a los emigrantes hidrocálidos del grueso de la población no-migrante, plantea la necesidad de asumir nuevas identidades colectivas adaptándose en mayor o menor medida a la sociedad de acogida. [13] Las consecuencias antropológicas del desarraigo están caracterizadas por una hibridación, un mestizaje condicionado por los diferentes grados de asimilación a que se encuentren expuestos y la necesidad que experimenten de mantener formas de convivencia identitarias.

Esos procesos están caracterizados por una cualidad pendulante de encuentros y desencuentros y en los cuales, la migración inicia un distanciamiento no solo físico de los ciudadanos respecto del suelo nacional, sino que también un alejamiento o hibridación identitaria respecto del grueso de la ciudadanía que no emigra, esto como una respuesta a las necesidades de adaptación diferenciada a la sociedad de acogida. La principal característica de este proceso es la formación de una red de redes migratorias que facilitan el tránsito, estancia y asentamiento y adaptación de migrantes en regiones focalizadas del país de llegada. Es innegable que los inmigrantes sienten vínculos más sólidos de identidad con el país de origen en comparación con sus niños y nietos nacidos en -o llevados a-, los Estados Unidos. Sin embargo, sigue siendo prematuro establecer certezas en torno a si los lazos con organizaciones inmigrantes, tienen un efecto significativo en la generación siguiente. En el estudio de esos circuitos migratorios y campos sociales transnacionales, prevalece la pregunta central en torno a si las identidades de pertenencia desaparecerán después de la generación inmigrante. ¿Son las identidades fenómenos temporales o transformaciones más profundas que afectarán a descendientes de los inmigrantes actuales? La interrogante sigue abierta.

La membresía termapolitana

Movidas por el sentido de pertenencia y la fuerza de su identidad, minorías conformadas por transmigrantes aguascalentenses no han perdido contacto, o por lo menos no lo han extinguido del todo, con sus familias y localidades de origen, pero esto no les impide procurar su propia prosperidad en el vecino país del Norte. En los últimas décadas, el envío de dinero desde Norteamérica, se ha llegado a posicionar como el principal soporte financiero para las familias que permanecen en sus localidades rurales, de tal forma que los montos de las remesas se han incrementando anualmente, impulsadas por una migración internacional cada vez más creciente y su impacto social y económico generado por este fenómeno despierta cada vez mayor interés, dadas sus motivaciones y consecuencias, pues las remesas constituyen “una expresión del vínculo entre las colectividades de emigrados y sus comunidades de origen y pueden convertirse en un medio para el desarrollo, ya que ofrecen una importante fuente de recursos de capital predecible tanto para los gobiernos como para las familias”. [14] Diversos estudios acerca de este fenómeno, encuentran que las nuevas tecnologías de la comunicación y del transporte configuran de nuevo la emergencia de actores transnacionales que mantienen vínculos con su cultura originaria y desarrollan, a la postre, interés por el bienestar y los asuntos comunitarios, desarrollando un trans-nacionalismo político. [15]

Hay también intereses muy concretos como el hecho de que el aguascalentense que emigra, generalmente lo hace solo dejando en el terruño al resto de su familia. Aunque este arreglo no es siempre el mismo, es decir, que puede haber uno o más miembros en condición migratoria, conformando familias transnacionales, pero lo cierto es que se envían remesas a casa en México porque no se pierde la preocupación por el bienestar del núcleo familiar o las cuestiones sociales de la comunidad, incluidas las políticas. El mayor o menor grado de adaptación de la diáspora hidrocálida a la sociedad de acogida, refuerza o condiciona el grado de simultaneidad en que se desenvuelven los individuos y sus organizaciones transnacionales. [16] La pertenencia “simultánea” a dos ámbitos sociopolíticos crea dos pertenencias, en tanto que se es “miembro de” ambas simultáneamente, de manera que las membresías traslapadas son hoy en día la principal característica de la vida transnacional, sin importar demasiado el hecho de poseer o no, nacionalidad o ciudadanía, doble nacionalidad y ciudadanía, o simplemente por considerarse a sí mismos como “miembros”, con intereses en las dos sociedades a la vez. Esa condición de ubicuidad de miles de individuos desplazados, ha hecho proliferar las identidades mestizas configurando en su expresión más nítida, el modo de vida transnacional. [17]

Aquí hay que resaltar que si algo tuvo de positivo la propuesta de la controvertida y xenofóbica IRCA (Immigration Reform and Control Act), emitida en California en 1986, por ejemplo, fue que desalentó la idea de muchos mexicanos a integrarse “totalmente” a la sociedad norteamericana, adoptando la condición de residencia y, aún de una nueva ciudadanía, pero manteniendo sus identidades culturales, un sentido de pertenencia y una nacionalidad mexicana, motivo por el cual, estando establecidos algunos sectores de emigrantes aguascalentenses prósperos, comenzaron a viajar con más regularidad a México y no dejaron de mandar remesas a sus comunidades de origen. Ese proceso significa hoy en día, el envío anual de más de 20,000 millones de dólares a México: un aporte al Producto Interno Bruto, superior que los ingresos por la venta de petróleo, proceso en el cual la comunidad trasnacional hidrocálida envía anualmente al terruño, poco más de 400 millones de dólares, aunque esta tendencia podría variar a la baja, solo bajo una condición de extrema inestabilidad en el desarrollo económico norteamericano.

El transnacionalismo de las comunidades aguascalentenses en Estados Unidos está produciendo nuevas identidades y una nueva economía política que choca con las definiciones territorialmente delimitadas de la sociedad tradicional, identificadas con una supuesta monocultura homogénea o caracterizada por una identidad cultural que solo es concebible idealmente en un una geografía política acotada. Estos procesos indican el surgimiento de nuevas manifestaciones de la identidad que se anteponen a una concepción proveniente muy seguramente desde el siglo XIX, de ser aguascalentense, dirigiéndose ahora, hacia una crisis de la identidad y la emergencia de nuevos tipos de hidrocalidad, nuevas expresiones de membresía comunitaria. [18] Con la inmigración se refuerza la identidad nacional de origen, re-asumiendo símbolos que los propios interesados mantenían en estado latente o porque no habían tenido la necesidad de exteriorizar sus rasgos identitarios para reforzar una nueva autoconcepción, en oposición “al otro”, o para establecer vínculos con “los de idéntica procedencia” cultural. Se torna verdad entonces algo muchas veces repetido: nadie se reconoce en su identidad nacional hasta que no se enfrenta a la de “el otro”. En esa confrontación con lo diferente, se produce un proceso de re-significación de “lo idéntico” y se avivan invisibles lazos de pertenencia que habían permanecido en estado latente o apenas habían sido percibidos como propios.

Notas

[1] Las diferentes formas de denominar a la sociedad, no son un objetivo central de este estudio, de tal forma que, pasando por alto las obvias diferencias que entraña la construcción de cada uno de los términos, me referiré indistintamente a los oriundos del estado de Aguascalientes y a quienes forman parte de su “cultura tradicional”, con los términos coloquiales de aguascalentense, acalitano, hidrotermopolitano, termapolitano, acalitense o hidrocálido, en el entendido que cada uno de ellos entrañan, también, el mosaico de todas aquellas formas de ser e identidades micro-locales, más o menos diferenciables, como calvillense, salitrense, jaltichense o asentense; [2] Las asunciones de Gellner respecto de los elementos que conforma la idea de nación, son útiles para comprender la identidad comunitaria en su forma esencial. Así, expone los dos elementos con los cuales se puede definir una nación: i) dos individuos son de la misma nación; sí y sólo sí comparten la misma cultura, entendiendo por cultura un sistema de ideas y signos, de asociaciones y de pautas de conducta de comunicación; ii) dos individuos son de la misma nación sí y sólo sí se reconocen como pertenecientes a la misma nación. “Las naciones hacen al hombre; las naciones son los constructos de las convicciones, las fidelidades y solidaridades de los hombres”. Véase a Ernest Gellner, Naciones y nacionalismo, Oxford 1983. p. 20; [3] Desde fuera, de las fronteras de su propia identidad, la misma sociedad conformada por los acalitanos es percibida como “los chileros” o “la gente que habla cantando”. Sin embargo, hoy en día pocos aguascalentenses parecen ser capaces de identificarse con estos estereotipos construidos por “los otros”; [4] Caruso, Marcelo y Dussel, Inés, (1996). De Sarmiento a los Simpsons. Cinco conceptos para pensar la educación contemporánea. Bs. As.: Kapelusz; [5] Anderson (1997). Una nación, “resulta ser una comunidad política imaginada como inherentemente limitada y soberana”. La comunidad (y, por extensión, la nación), es limitada porque, a pesar de existir otras comunidades y otras naciones, ésta tiene fronteras finitas y se sabe que después de ésta hay otras comunidades y otras naciones. Se la imagina también soberana puesto que las comunidades imaginan ser libres de auto-concebirse y auto-gobernarse; [6] Benedict Anderson (1997), Imagined Communities: Reflections on the Origin and Spread of nationalism. Revised Edition ed. London: Verso. En esta obra, establece que las representaciones de la comunidad de “imaginada” no son planteadas como algo opuesto a lo “real”, sino más bien, para resaltar la importancia de la existencia (real) de ciertos imaginarios, imágenes mentales de dicha comunidad; [7] Castells, Manuel (1999), El Poder de la Identidad. En La Era de la Información. Economía, Sociedad y Cultura. Volumen II Primera Edición en Español. Siglo XXI. Editores

[8] Castells, Manuel, 1999; [9] Esta situación también ha despertado un debate social e intelectual en el seno de la sociedad norteamericana. Discusión que va desde el planteamiento de la asimilación igualitaria de los inmigrantes, a posiciones que ponen en cuestión la viabilidad de la sociedad multicultural y los peligros de disolución de “la identidad” anglo-protestante. Véase, por ejemplo, a Samuel Huntington en Who are We? The Challenges to America’s National Identity, cuyo tema principal es la definición de la identidad nacional americana frente a sus mayores desafíos tanto internos como externos. En su lucubración, los mexicanos y mexico-americanos “compartirán el sueño americano, sólo si sueñan en inglés”, de tal forma que la llegada de más inmigrantes puede ser peligroso y acabar desatando la debacle identitaria que él tanto teme, pues encuentra sectores separatistas mexicano-americanos que cuestionan la americanidad desde su mexicanidad: “Ningún otro grupo inmigrante de la historia de Estados Unidos ha reclamado para sí o ha estado en disposición de formular una reivindicación histórica sobre una parte del territorio estadounidense. Los mexicanos y los mexicano-americanos, sin embargo, sí que pueden plantear (y plantean) tal reivindicación. Casi la totalidad de Texas, Nuevo México, Arizona, California, Nevada y Utah formaron parte de México”; [10] Glick Schiller, Nina y Georges Fouron (1998), Transnational lives and national. identities: the identity politics of Haitian immigrants, en Comparative Urban and Community Research. No. 6. En este importante ensayo, se define el transnacionalismo como: “the process by which immigrants build social fields that link together their country of origin and their country of settlement” (1992: 10). Dicho en otras palabras, la migración internacional se concibe como un fenómeno social, que provoca el surgimiento de realidades sociales cualitativamente nuevas, más allá de los acostumbrados arraigos espaciales de la región de llegada y destino; [11] Genova, Nicholas De y Ramos-Zayas, Ana Y. (2003), Latino Rehearsals: Racialization and the Politics of Citizenship between Mexicans and Puerto Ricans in Chicago. Journal of Latin American Anthropology. Vol. 8, No. 2, pp. 18-57; [12] Pries, Ludger (1997), Migración laboral Internacional y espacios sociales transnacionales: bosquejo teórico-empírico”, en: Saúl Macias y Fernando Herrera (Coords.), “Migración Laboral Internacional”.: p. 34. Universidad Autónoma de Puebla, México; [13] Glick Schiller, Nina y Georges Fouron (1998); [14] Banco Interamericano de Desarrollo (2001). Informe del Presidente Enrique V. Iglesias. (BID, 2001:1); [15] Reyes Romo, Felipe (2007), Transnacionalismo y Participación Política. Consideraciones teórico-metodológicas para el desarrollo de un sistema electoral con participación extraterritorial. International Network on Migration and Development (INMD). Red Internacional de Migración y Desarrollo. http://www.migracionydesarrollo.org/. También disponible en Revista “Congresistas”. No. 149-153. México. Septiembre-Diciembre de 2007. También http://www.congresistas.com.mx/home.html; Para complementar las ideas, véase (2008), Las Relaciones del Estado Mexicano con la Diáspora. Una Aproximación Sistémica a la Noción de Ciudadanía Transnacional. International Network on Migration and Development (INMD). Red Internacional de Migración y Desarrollo. http://www.migracionydesarrollo.org/. También disponible en Revista “Congresistas”. Año 6, No. 157. México. Febrero de 2008. http://www.congresistas.com.mx/home.html; [16] Se emplea aquí el término diáspora, no en su connotación de fundamentalismo religioso en el exilio, si bien ese es su origen. En una connotación más contemporánea, destaca el hecho de que hay cursos de vida que permiten conservar a los migrantes importantes rasgos de identidad en un ámbito socio cultural que no es el propio; [17] Robert C. Smith (2006), Diasporic Memberships in Historical Perspective: Comparative Insights from the Mexican, Italian and Polish Cases. International Migration Review. Volume 37 Issue 3, Pages 724 – 759. Véase también a Butler, K (2001), Defining Diaspora, Refining a Discourse. Revista Diáspora.

[18]

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1 comentario en “En las fronteras de la identidad ó los contornos de una comunidad imaginada”

  1. arturo macias flores dice:

    extraordinario trabajo, amigo felipe, hablar de nuestra identidad ycomo las circunstancias nos hacen emigrar, que dificil y complejo buscar las razones que obligan a nuestra gente buscar el sustento donde haya. En mis salidas frecuentes al sur, cuando llegaba a vista alegre, ya se veia aguascalientes, en ese momento me sentia con un enorme gusto de que estaba ya en mi ciudad, a donde pertenezco y encontrarme con mi familia que me espera, mi trabajo, mis amigos. en ese lapso valoro la importancia de tener mi identidad. como cuesta mantenerla, la voracidad del ogro de tres cabezas que nos manipula es sin duda nuestro mal. recaudar, recaudar, recaudar, quieren invertir 40 mi llones en placas y recaudar l,200 millones que necesitan, si eso la gastan en campañas un solo partido. saludos felipe

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