El imperio de lo idiota

Escrito por Claudio H. Vargas on jun 6th, 2009 y archivado en Aguascalientes. Tu puedes seguir los comentarios a esta entrada a traves de RSS 2.0. Comentarios y referencias estan cerrados.

idiotezQuizá no sea la forma más amable o cortés de decirlo, pero hay cada vez más evidencia que lo que distingue hoy la vida pública en Aguascalientes es el imperio de lo idiota. Y esto lo advierto tomando en cuenta dos de los significados que tiene la palabra idiota. El primero proviene de la cultura griega clásica. La raíz griega de la palabra idiota es “idios” que significa lo particular, lo privado, lo personal. Así, según Aristóteles, un idiota es una persona ensimismada hacía si misma y que, al solo preocuparse por su vida privada, ha dado la espalda a la vida pública, a la vida comunitaria. El idiota es, entonces, lo contrario al ciudadano que, también por definición, se preocupa y ocupa de los asuntos públicos de su ciudad, de su “polis”.

El segundo significado del adjetivo idiota se ha reservado para designar a aquellas personas que se consideran de escaso raciocino, de muy limitada inteligencia. En su sentido clínico, desde 1818 la idiotez se distinguió de la confusión mental y la demencia para referirse exclusivamente a la agenesia intelectual. Hoy el uso popular de la palabra idiota esta más cerca de esta definición clínica y ha derivado en uno de los insultos que más utilizamos ya que goza de la indulgencia de no ser considerada una “mala palabra.”

Así, si para el mundo griego la idiotez era síntoma de un déficit ciudadano, de un déficit de participación ciudadana, para el mundo moderno la idiotez pasó a ser una señal de déficit intelectual o mental. Para el mundo de los aguascalentenses de estos días electorales lo que podemos apreciar en nuestra vida pública es la triste concurrencia de ambos déficit, es decir que estamos ante el pleno imperio de lo idiota y los idiotas. Las evidencias son muchas.

La primera es el creciente y firme desinterés que muestra la gente de participar en la vida pública de la entidad y de manera particular en la actual jornada electoral. Basta conversar con los vecinos, compañeros de trabajo o de café para constatar cotidianamente el bajo o nulo entusiasmo que despierta estas elecciones. Ello no se debe, o al menos no solamente, a la apatía o irresponsabilidad cívica -apatía que el arribo a la alternancia y el pluralismo no ha contrarrestado en absoluto- sino también al hecho de que el diseño del sistema político de la entidad vuelve cada vez más irrelevante –sino es que incomodo e innecesaria- la presencia activa del ciudadano en la plaza pública.

No hay en la vida pública de la entidad ningún entramado institucional que incentive a la gente ha involucrarse en actividades que vayan más allá de su vida familiar, laboral o social. Lo que abundan, en cambio, son los incentivos para que las personas permanezcan en estas esferas de su vida doméstica. Y no se trata aquí sólo de la vigencia de la partidocracia (secuestro de la vida política de la entidad más el establecimiento de prerrogativas antidemocráticas y de privilegios carentes de ética) sino también del más absoluto menosprecio y desconfianza ante los ciudadanos y ante la más mínima independencia de la opinión pública.

No es la menor ni la menos triste de las paradojas que nuestra transición hacía la democracia, al apoyarse excesivamente en los partidos políticos y los proceso electorales y subvalorarse la relevancia de los ciudadanos y las instituciones, trate ahora de consolidarse contando con la menor participación e injerencia ciudadana.

A la apatía hay que sumar el desencanto ciudadano hacía las formas que ha adquirido la transición democrática en la entidad así como una muy arraigada y bien fundamentada desconfianza hacía los partidos y los políticos. Según la casa encuestadora Mitfosky, los diputados y partidos políticos ocupan hoy los últimos lugares en el ranking de confianza de las instituciones públicas mexicanas. Salvo a los propios partidos y disputados, a nadie le sorprende estos resultados ya que al viejo cinismo y a los añejos hábitos autoritarios, en los últimos años se han añadido nuevas formas de corrupción, de cinismo, de incompetencia y de un menosprecio a la inteligencia de los ciudadanos que, en el actual proceso electoral, ha alcanzado niveles inéditos.

Uno no deja de preguntarse si la idiotez -esta vez uso la palabra en su sentido clínico- que despliegan con toda desfachatez las actuales campañas electorales es realmente reflejo de lo que los políticos piensan sobre el grado de inteligencia de sus electores o si se trata de un efecto involuntario que lleva a los ciudadanos que si van a ir a votar a la incomoda pero inevitable situación de optar, a fin de cuentas, por el partido o candidato que estimen como “menos peor.”

En todo caso, el panorama que se le ofrece actualmente al ciudadano desalienta al más optimista y entusiasta: se está procurando consolidar una democracia sin ciudadanos, tener elecciones sin electores y fortalecer un sistema de partidos políticos huérfanos de ideas, de propuestas, de decencia y de sensatez. Dicho en forma breve: la idiotez, ahora en su doble aceptación, se está apoderado de la vida pública de la entidad y no parece que hayamos dedicado demasiado tiempo para reflexionar sobre las causas y consecuencias de este hecho.

Lo anterior, sin embargo, no es una excusa ni justificación para hacer del abstencionismo una virtud cívica o una virtud pública. De hecho lo contrario es cierto: una de las mejores formas de revertir las cosas es dejar de ser idiotas (en el sentido griego) para convertirnos en ciudadanos y, así, investidos por ese poder, combatir la otra idiotez (en su sentido clínico), la que se esta apoderando poco a poco de nuestra vida pública.

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