Los Estados Unidos de América cerniéndose sobre el Norte de México (II Parte)

Escrito por Alejandro Mora Gallardo on may 31st, 2009 y archivado en De terrorismos a terrorismos, Destacado. Tu puedes seguir los comentarios a esta entrada a traves de RSS 2.0. Comentarios y referencias estan cerrados.

guerra-estados-unidos-vs-mexicoDE TERRORRISMOS A TERRORISMOS 29

II) De Independencias a Independencias

Tenemos algunas peticiones para extendernos por la costa hacia el oeste, hasta el río Norte o Bravo (río Grande) y mejor, para ir hacia el este hasta el río Perdido, entre Mobile y Pensacola, el antiguo límite de Luisiana. Estas peticiones serán objeto de negociación con España y tan pronto como esté en guerra, la presionaremos fuertemente con una mano mientras le ofrecemos un precio con la otra y así podremos seguramente obtener las Floridas y todo a buen tiempo.

Thomas Jefferson (1803).

Contemplad el Imperio de México, país celestial (…) El hombre de Estado sabe que allí puede duplicarse la extensión de la República (…) Por otra parte, ¿en qué página del Libro del Destino se ha consignado que los límites de nuestro país no se extenderán desde los cabos de Chesapeake hasta la bahía de Notka, y desde la de Hudson hasta el istmo de Panamá?

Democratic Clarion and Tennessee Gazette de Nashville (1812)

Si para 1808 el volumen comercial de los Estados Unidos con Iberoamérica alcanzaba los 30 millones de dólares y era 5 millones mayor que el similar de Inglaterra -a pesar de que los ingleses controlaban casi por completo el comercio con Brasil y que de igual manera se adentraba en Argentina-, esto se debía a que estaban bien provistos para efectuar el tráfico, puesto que su marina mercante era ya la segunda del mundo empleando numerosos ‘clípers’.[1] Dato por demás relevante para comprender que a la sazón los EUA ya son la potencia ascendente dispuesta a dominar y a beneficiarse por sobre las potencias europeas con la conquista del mercado del Subcontinente en vísperas de las guerras de independencia.

Para cuando se advierte en el Ejecutivo y en el Congreso de la Unión la determinación de apropiarse del Mississippi, de New Orleans y de las Floridas, ya tuviesen que efectuase estas anexiones por compra o conquista. Efectuándose una transformación dialéctica en su política expansionista, que de las formas del derecho y la diplomacia se transfiere al dominio y la posesión por conquista. Dialéctica del conquistador moderno, tal y como el propio presidente Thomas Jefferson lo estipulaba: el ejercicio de la “ley de la naturaleza” en lo concerniente a las disputas fronterizas conduciría más tarde o más temprano a apoderarse agresivamente del lugar, cuyo ocupante debía ser ipso facto ‘nuestro enemigo natural y habitual’. De este modo, la doctrina que al principio justificaba la conquista sólo en una guerra no provocada, se transformó finalmente en una doctrina de agresión practicada en defensa propia.[2]

Lo que significa que desde ese entonces el establishment norteamericano ha sido tan hábil como intrigante a la hora de manejar las ‘guerras en defensa propia’. Su última fechoría en Afganistán e Irak lo comprueban.

La estrategia imperialista comienza a ser implementada por Thomas Jefferson desde 1805 en lo concerniente al asunto de la ‘conquista’ de los territorios continuos. Todo el Oeste y el Sudeste de Norteamérica en la mira.[3]

Lo que se refleja en hechos que comienzan a ser contundentes. El mensaje es claro: ‘vamos por su territorio’. “El gobernador de Louisiana, William C. Clairborne, llega a Nacogdoches con la milicia estatal. Poco después se hace cargo de la tropa el general James Wilkinson, quién exige al coronel Antonio Cordero, jefe militar español local, que se retire a la margen derecha del río Sabina, pues la margen izquierda –afirma- le pertenece a Estados Unidos”.[4] (Agosto de 1806).

La coyuntura hacia 1807 era propicia para que el gobierno de Jefferson maniobrase dando los primeros zarpazos -o vuelos- hacia el Sur para obtener más territorios. El presidente número 3 de la joven República está consciente de ello y así se lo hace saber a James Madison: Napoleón permitirá que nos anexemos las Floridas y Cuba a cambio de nuestra neutralidad “en la guerra de independencia de México y de las otras colonias”. De momento con eso podrían conformarse en su expansión hacia el Sur, procediendo paso por paso, pedazo a pedazo, territorio por territorio. Cual ambiciosos capitalistas se proponen metas próximas, jurándose a sí mismos no ir más allá de ellas. NE PLUS ULTRA, con las Floridas y Cuba llegaríamos al límite de nuestras adquisiciones en esa dirección…. Pero para concentrarse en el Norte, pudiendo tomar Canadá en la primera guerra posible. Y entonces sí, haríamos un imperio para la libertad como jamás se ha visto otro desde la Creación. Para tal fin tenemos en nuestra Constitución el instrumento apropiado para realizar el Imperio (Confederación): “Persuadido estoy (sigue expresando Jefferson) de que nunca ha existido una Constitución tan bien calculada como la nuestra para un imperio en crecimiento que se gobierne a sí mismo”.[5] (27 de abril de 1807) Y si la Constitución no había previsto la anexión de territorios, pues la solución era sencilla: el Ejecutivo crearía una enmienda ad hoc para que fuese aprobada por el poder Legislativo.

Tal para cual, una cosa va con otra, las piezas van encajando conforme la Unión Americana va revelando el signo del Imperio y la toma de territorios se concreta.

En el año en que T. Jefferson terminaba su función como presidente, 1809, podría el viejo zorro advertir que el derrumbe del Imperio Español era inminente, por lo que las Colonias Iberoamericanas ya más pronto que tarde habrían de separarse de su Metrópoli, por lo tanto, las Floridas y Cuba ya estaban al alcance de la mano, e incluso… México. Si no fuera por el respeto que le tenemos a Francia: “sólo un mes pedimos para apoderarnos de la ciudad de México”, comentaba Jefferson al referirse a la ‘firme manera como se procedió a sofocar la intentona que Aaron Burr (¡su ex vicepresidente!) pretendió realizar contra México, confabulado con el hispano Irujo’ a fines de 1806. Refiriéndose al intento aventurero de A.Burr por separar los Estados del Oeste e invadir a México: “…, empresa tan popular en este país, que nos habría bastado dejar a Burr en libertad para que hubiese conseguido partidarios con quienes llegar a la ciudad de México en seis semanas”.[6] Afortunadamente para los hispanoamericanos de aquél tiempo la aventura era prematura; unas cuantas décadas después los corderos no podrán salvarse del ataque del águila imperial ya transmutado también en león americano.

En ese entonces el juego a seguir por el establishment estadounidense para obtener buena pesca en el río revuelto se hacía evidente. Si Cuba y México seguían bajo el dominio de España, ¡qué problema! Pero no admitirían que cayeran bajo la influencia de alguna potencia europea. ‘Si los novohispanos optan por independizarse no hemos de intervenir de manera franca en su lucha, a pesar de tener intereses comunes por que lo consigan y se vuelvan sociedades republicanas’. Es decir, para el establishment estadounidense ver liberados a los iberoamericanos de cualesquier dominio, político o comercial, de Francia o de Inglaterra, era la prioridad, porque estas auténticas potencias significaban fuerte competencia militar y mercantil. Le es fácil a Jefferson, siguiendo éstos lineamientos, planear una ‘doctrina Monroe’ anticipada: Estaremos satisfechos si Cuba y México permanecen en su presente dependencia pero nos desagradaría que pasasen política o comercialmente a Francia o Inglaterra. Consideramos similares sus intereses y los nuestros y pensamos asimismo que nuestra política debe consistir en la exclusión de este hemisferio de toda influencia europea.[7] Pero antes de avanzar hasta esas latitudes, tenían que proceder paso a paso, pedazo a pedazo, apropiándose del territorio continuo de lo que es propiamente Norteamérica.

Al proseguir la política imperialista estadounidense con el cuarto presidente, Mr. James Madison (1809-1817), se advierte el doble juego característico del imperialismo usamericano. Inicialmente da instrucciones secretas al gobernador de Louisiana: “Clairborne para que inicie la ocupación clandestina de los territorios españoles de la Florida occidental hasta el río Perla y más tarde hasta el río Perdido”. Y cuando la Corona española reclama, el secretario James Monroe, de manera oficial ‘desautoriza’ a Clairborne y al jefe militar James Wilkinson. Corrían los meses del 1810 y era buen momento para comenzar la ‘invasión’ hacia la otra Florida.

La debilidad de España era notoria, ocupada por las fuerzas francesas y teniendo que enfrentar los levantamientos en todo el Subcontinente; eran demasiados frentes y demasiado territorio que cubrir con los ejércitos de un Imperio agotado.

Así, el primer intento de separación de la Florida occidental prospera ante la carencia de recursos defensivos en aquellas semiabandonadas regiones, un grupo de colonos normandos se hicieron del control de Baton Rouge el 26 de septiembre de 1810 y proclamaron la independencia. Conspicuo caso del proceder separatista incitado por los estadounidenses, sembrar de colonos normandos la región para después soliviantarlos y recoger los frutos: “Los españoles trataban de sujetar a una población de colonos, extraña por el espíritu, las costumbres y la formación política, ávida de adquisiciones territoriales y sin escrúpulos en la satisfacción de sus apetitos”. Sin esperar mayor tiempo, ni necesitando grandes batallas por lo exiguo de la fuerza hispana en la zona, pronto logran su cometido a diferencia de lo que ocurrirá en México. El Ministro Español en Washington, Luís de Onís, refiere la conquista de manera concisa: “sembrando la cizaña de la rebelión y aprovechándose de nuestra debilidad”,[8] las Floridas oriental y occidentales estaban en ruta de ser incorporadas a la Unión…..

Hacia 1811 se envía al general George Mathews para que proceda a “soliviantar a la población de la Florida oriental, para que dentro de un lapso prudente surjan de nuevo ‘patriotas’ que independicen la posesión española”. Consabido modus operandi, lo primero es ocupar las tierras, que después ante los justos reclamos de España se inventan las excusas.

La principal de ellas se basaba en las imprecisas fronteras de Louisiana, además de que argüían que la ‘ley de la naturaleza’ operando como necesidad de orden histórico-geográfico determinaba la ocupación; además de que acusaban a España de tener la culpa del malestar que aquejaba a los ciudadanos de la región y de que el comercio no marchara bien; incluso, llega a decir Monroe que la invasión a Florida ‘fue un acto humanitario para proteger a los oficiales españoles de la ira de los sublevados’: “…, tarde o temprano Florida oriental será ocupada y las justificaciones serán ofrecidas después… (Monroe se lo dice al ministro inglés Foster, esto) se hará a su debido tiempo”. [9]

Cuando el general Mathews siguiendo las instrucciones de sus superiores derrocó al gobierno hispano de Florida oriental, ‘los nobles patriotas’ cedieron de inmediato el territorio a la Unión y Mathews procedió a ocupar el puesto fronterizo la Fernandina para después tomar San Agustín; era marzo de 1812 y la inminente guerra contra Inglaterra obliga a los estadounidenses a simular y no concretar la ocupación, procediendo como viles piratas imperialistas. ‘Castigan’ a Mathews declarando que éste militar había malinterpretado las intenciones de su gobierno, mas su sustituto llegó a Florida con instrucciones precisas de no retirar las fuerzas usamericanas. Era el caso de que dadas las circunstancias el gobierno usamericano no podía consolidar la conquista de las Floridas por la presión británica, pero por supuesto que no habrían de retirar al ejército para que lo ocuparan estos otros europeos.

Y una otra excusa para intervenir en las Floridas será argüida en repetidas ocasiones por el gobierno usamericano de la siguiente manera: ‘Si no pueden poblar, defender y administrar las Floridas; si no pueden evitar que peligrosos indios, esclavos fugitivos, bandoleros y bucaneros desde ellas ‘amenacen’ nuestras fronteras, entonces tenemos el derecho de invadirlas para nuestra legítima defensa e integridad’. Para eso estaba el general Andrew Jackson muy dispuesto, faltaba más: “Hágaseme saber por cualquier conducto que la posesión de las Floridas es deseable para los Estados Unidos, y en dos meses la empresa habrá concluido”. (Jackson a Monroe en 1814). Monroe autoriza a Jackson en 1818 a que “invada la Florida Oriental con el pretexto de castigar a partidas de indios hostiles que habían estado incursionando en el territorio de Estados Unidos”.[10]

La presión ejercida por Gran Bretaña y la división existente al interior de los EUA fue la causa de que no se concretara la guerra de conquista contra el Canadá ni la ocupación total de las Floridas. En el Canadá los británicos condujeron un ejército bien preparado de veteranos que disuadió a los estadounidenses a desafiarlos. A la vez de que los miembros de los Estados del Norte no hacían del todo causa común con los del Sur en lo concerniente a la conquista de las Floridas.

Luís de Onís fue un agente de inteligencia política que supo descubrir para la causa hispana las estrategias imperialistas usamericanas durante la etapa de las guerras de independencia, enviando informes a los virreyes de la Nueva España en los que les advertía las intenciones intervencionistas que se estaban fraguando. De lo cual el siguiente párrafo es un buen botón de muestra: “Cada día se van desarrollando más y más las ideas ambiciosas de esta República, y confirmándose sus miras hostiles hacia España. Vuestra Excelencia se halla enterado por mi correspondencia, que este Gobierno se ha propuesto nada menos que fijar sus límites en la embocadura del río Bravo, siguiendo su curso hasta el grado 31, y desde allí, tirando una línea recta, hasta el mar Pacífico, tomándose por consiguiente, las provincias de Tejas, Nuevo Santander, Coahuila, Nuevo México y parte de la provincia de la Nueva Vizcaya y la de Sonora. Parecerá un delirio este proyecto a toda persona sensata.. (Pero en realidad no sería tal. Estando aún por precisarse las formas de intervención conforme las circunstancias se fuesen presentando. Lo importante del caso es que como lo afirma Onís, el proyecto existe, y en su seguimiento se ha presentado un plano que incluye a la Isla de Cuba como una preferencia natural de esta República. Pasando a describir el modus operandi ) “Los medios que se adoptan para preparar la ejecución de este plan son los mismos que Bonaparte y la República romana adoptaron para todas sus conquistas: la seducción, la intriga, los emisarios, sembrar y alimentar las sediciones en nuestras provincias de este Continente, favorecer la guerra civil y dar auxilios en armas y municiones a los insurgentes; todos estos se han puesto en obra y se activan diariamente por esta administración contra nuestras posesiones”.[11] Aunque este apoyo en armas y en dinero a los insurgentes nunca fue franco, pudo darse de manera disimulada, a diferencia de cómo procedió Inglaterra en este caso.

Pues Inglaterra apoyó de manera más intensa a los insurgentes iberoamericanos que los Estados Unidos; era la venganza inglesa por el apoyo que los hispanos le habían prestado a los colonos angloamericanos: “Sólo en seis meses salieron de Inglaterra más armas, municiones, pertrechos, víveres y vestuario que de los Estados Unidos en quince años”[12] Pero la duda persiste en cuanto a la ayuda proporcionada de manera subrepticia por los norteamericanos.

No habría participación directa del gobierno usamericano pero eso no es óbice para que asociaciones particulares así lo hicieran contando con su consentimiento. Se alude que hacia 1807 se formó en Nueva Orleáns una junta secreta llamada: “Asociación Americana, que tenía por fin emancipar a la Nueva España de toda “dependencia o sujeción a dueños europeos, haciendo de ella un gobierno independiente, aliado de los Estados Unidos y bajo su protección”.[13] Esta era la versión que admitía el alto mando del virreinato novo hispano.

Por obvias razones se dio el caso de que los insurgentes mexicanos buscaron el apoyo de los estadounidenses, de quienes intentan obtener armas e incluso combatientes, ofreciéndose pagarlos como mercenarios; asimismo se pedía el respaldo político, e incluso con cierta candidez “una alianza ofensiva y defensiva, y un tratado de comercio útil y lucroso para ambas naciones…, accediendo y firmando cualesquier artículos, pactos o convenciones conducentes a dicho fin”.[14] Tal petición fue firmada por el Generalísimo de América, Miguel Hidalgo, así como por Ignacio Allende, Capitán General de América, et al Los enviados llevaban monedas de oro o lingotes de plata para lograr las compras bélicas, empero, los primeros de ellos no consiguieron llegar a su objetivo, el intento les costó la vida, tal fue el caso de Pascacio Ortiz de Letona, de Ignacio Aldama y de Fr. Juan Salazar.

Posteriormente Bernardo Gutiérrez de Lara sí consigue entrevistarse con las autoridades usamericanas. El mismísimo Lucas Alamán refiere en su Historia de México que Morelos recibió ayuda de los angloamericanos y que incluso el insurgente mexicano les había ofrecido la provincia de Texas, lo que no se concretó por evidentes impedimentos.

Y en el caso de Francisco Javier Mina, se sabe que en Baltimore reclutó aventureros y adquirió pertrechos para su incursión en México, (sobreviviendo de estas huestes el coronel Bradburn de Virginia, quién peleaba al lado de Vicente Guerrero cuando se consumó la independencia). Lo que propició la protesta de Luís Onís, obteniendo la respuesta de que no habría pruebas concretas de que así hubiese sido. Procedimiento con el cual el gobierno norteamericano podía negar y simular desentenderse de lo que asociaciones privadas o particulares realizaban a favor de los insurgentes.[15]

La ayuda oficial norteamericana nunca se consiguió, mas sí se constata el envío de embarcaciones particulares cargadas con armas y pólvora. Empleando la astucia que les es característica, al gobierno norteamericano le bastaba con mantener sus puertos abiertos para que las armas y expediciones fluyeran sin obstáculo alguno rumbo a México. Cuando el objetivo primario para ellos era el de aprovechar la oportunidad para tomar las Floridas e incursionar en Texas. Instrucciones secretas (diplomacia extraordinaria) del gobierno usamericano llegan a proponer el envío de tropas adentrándose hasta el Río Grande para unirse a los insurgentes mexicanos. Gutiérrez de Lara se muestra de acuerdo siempre y cuando las tropas quedaran sujetas a su dirección, lo que no fue aceptado. Gutiérrez de Lara pedía “hombres, dinero y armas”, a cambio de “ventajas mutuas mediante tratados de comercio…”. Se le ofrecieron 10,000 fusiles… [16]

Qué Nuevo Orleáns fue el centro desde el cual se prestó ayuda a los insurgentes se puede rastrear en los documentos; de allí partieron los barcos que apoyaron a los mexicanos. Otro enviado de los revolucionarios, José Manuel Herrera escribió desde Nueva Orleáns a fines de 1815 dando cuenta de la buena acogida de que ha sido objeto por parte de los funcionarios y del pueblo anglo americano. Misiva en la que relata la formación de una compañía que él llama patriótica, compuesta de los ciudadanos y comerciantes más distinguidos de aquel pueblo, destinada a llevar correspondencia con la junta revolucionaria de México y a proveerla de los auxilios necesarios para hostilizar y destruir a los españoles… (Mismo escrito en el que se afirma) que el Gobernador del Estado de la Luisiana tiene órdenes del Gobierno de la Unión para proteger a los revolucionarios de México, y recibir con el mayor agasajo a sus agentes… (Así como el que un barco de guerra estadounidense, el Fire Brand, sirviese para conducir la correspondencia). (Por último, el Comodoro Paterson) expresa los vivos deseos que le manifiestan los ciudadanos y las autoridades de esta república de sostener y coadyuvar a (la) causa (independentista), y que el mismo Comodoro le ha suplicado que emplease en Washington todo su influjo a fin de que se le nombrase a él para ir con una escuadra a bloquear Veracruz”.[17]

La proclama de Ignacio Rayón expedida en Zacatlán el 18 de julio de 1814 radiografía la actitud de los insurgentes mexicanos para con el gobierno usamericano. Denotándose la emoción del ‘hermano menor y débil’ ante el apoyo del mayor: Comienza por agradecer al cielo la intervención de nuestros generosos vecinos del Norte, sí conciudadanos, altamente convencidos de la justicia de nuestra lucha, (refiriendo el arribo a la barra de Nautla de la embarcación Tigre, cuyo capitán Mr. Dominik, condujo en ella) al plenipotenciario Embert, general de aquellos ejércitos, No se compone el cargamento de este buque de paños, lienzos, ni dijes que extraigan nuestras riquezas, para dar pábulo a la ambición y codicia europea. El barco Tigre ha transportado tres mil arrobas de pólvora, y los importantísimos pliegos de confederación con unas provincias que son la envidia de las naciones… Tributad, conciudadanos, las debidas gracias al Señor de las misericordias, por la clemente dignación con que atiende ya a salvar la opresión de nuestro afligido pueblo, y acabad de conocer la insidiosa conducta de estos monstruos que nos han tiranizado, cuando publican con algazara la restitución de Fernando VII a su trono, para alarmarnos por medio de este engaño, contra los designios liberales del supremo Gobierno de los Estados Unidos”.[18] La alineación liberal para con los intereses estadounidenses se hace presente. Digamos que la ‘ley de la gravitación política’ funcionaba para procurar esta simbiosis entre incompatibles.

La injerencia encubierta del gobierno usamericano no puede ocultarse. Tres referencias en el correr de la década manifiestan su posición sin ambages, tomando lo escrito al respecto por James Monroe: primero en 1811, en una carta en la que expresa que si no se ha otorgado el reconocimiento a los insurgentes, se les debe tratar de manera conciliadora y amistosa, a la par de que en Europa los EUA promoverán su reconocimiento: los Estados Unidos no pueden ver con indiferencia a ‘nuestros hermanos del Sur’, así como a los mejores intereses de este país”. Posteriormente, en 1815 le expone a John Quincy Adams que la revolución en la América del Sur progresa rápidamente y es prácticamente un hecho que lograrán independizarse, insistiendo aquéllos en que les otorguemos el reconocimiento: “y cuando se considere que la alternativa entre gobiernos, que en el caso de hacerse independientes serían libres y se nos mostrarían amistosos, y las relaciones que juzgando por el pasado puede esperarse de ellas como colonias, no hay razón para dudar que en platillo de la balanza se encuentra nuestro interés”. Pasado un lustro le escribe al General Andrew Jackson: “La política aquí ha sido arrojar todo el peso moral de los Estados Unidos en el platillo de las colonias sin un compromiso tal que nos haga ser considerados como parte en la guerra. Hemos creído que todavía les hacemos mayores servicios en esta forma que se los haríamos si hubiéramos tomado parte a su lado en la guerra, mientras nos aseguráramos nuestra paz y prosperidad. Nuestros puertos estuvieron abiertos para ellos a fin de que obtuvieran todo lo que necesitaban; nuestros buenos oficios se los hemos otorgado y con gran efecto cerca de todas las potencias de Europa. Esta, ha permanecido como espectador tranquilo en el conflicto. En tanto que si nosotros nos hubiéramos unido a las Colonias, es de presumir que muchas potencias se habrían unido con España”.[19] Más nítido no canta un gallo.

Solo resta agregar los siguientes párrafos: “Indudablemente es tan fuerte la inclinación en algunos para apoderarse de Texas especialmente, que no me sorprendería vernos obligados a obrar en ese sentido sin la celebración de un tratado, si se pudiera tomar posesión de esa provincia al menos, lo mismo que de la Florida”. (O esto otro escrito el 10 de mayo de 1820 a Jefferson): “Estoy satisfecho que nosotros podremos arreglar las cosas en toda circunstancia como nos plazca y sin comprometernos en guerra; que podemos tomar la Florida como una indemnización y Texas por algo insignificante que sirva de equivalente. España pronto debe ser arrojada de este Continente, y con cualquier nuevo gobierno que pueda ser formado en México, será fácil arreglar los límites en las tierras que nos sirvan para incluir en nuestro lado tanto territorio como podamos desear”. [20] Las misivas de Monroe descubren el juego encubierto como estrategia imperialista planificada desde Washington en lo que respecta a la independencia de los ‘suramericanos’, la diplomacia extraordinaria y la apertura al flujo de ayuda encubierta era suficiente para que la dirección de los acontecimientos favoreciera su interés inmediato de irse anexionando los territorios continuos.

De tal manera que en el caso de las Floridas su proceder queda al descubierto, denotándose que en ese entonces estos territorios tenían preponderancia para los estadounidenses porque formaban parte de la extensión inmediata por arrebatar “… sucitóse la sublevación en la Florida, y se enviaron emisarios para hacer que aquellos incautos habitantes formasen una Constitución y declararan su independencia…, e hicieron entrar tropas bajo el pretexto de que nosotros no estábamos en estado de apaciguarlos, y se apoderaron de aquella provincia… trataron de corromper al brigadier Folk, Gobernador de Pensacola, y otros jefes, sin fruto; (Y lo que ya sabemos, enviaron al general Matheus’ a soliviantar a la Florida oriental) y a la tropa, ofreciendo cincuenta fanegas de tierra a los que se declarasen por este Gobierno, pagarles sus deudas y conservarles sus sueldos”.[21]

Más que España, Gran Bretaña protesta por este proceder propio de piratas, ¡cómo sería el caso que la mismísima pérfida Albión califica la intervención usamericana en las Floridas como un vil ultraje! El mismo historiador norteamericano Henry Adams opina que la invasión a Florida fue un acto de tiranía que ni Napoleón se habría atrevido a cometer.

La contraposición por parte de Gran Bretaña lleva a la guerra de 1812-1814 contra Estados Unidos. La excusa esgrimida por parte de los norteamericanos: la lucha por la libertad de comercio y los derechos marítimos; el trasfondo imperial, apoderarse del Canadá y de las Floridas. Pero he aquí que el asunto de mayor peso en la disputa era, por supuesto, la guerra por el control del comercio marítimo con intenciones monopólicas. Así lo declara el presidente Madison , la disputa con Inglaterra propicia un recogimiento del comercio usamericano, “no porque entorpezca los derechos belicosos de Inglaterra; no (era porque ayudemos a sus enemigos), a quienes ese mismo país abastece; sino porque obstaculiza el monopolio que ambiciona para su propio comercio y navegación. La Gran Bretaña sostiene una guerra contra el comercio legal de un amigo, ya que puede hacer mejores negocios con un enemigo –un comercio manchado con falsedades y perjurios que son, en su mayor parte, los únicos pasaportes mediante los cuales pueden tener éxito esas transacciones…”.[22] Solo resta que Madison reconociera que los EUA estaban en el mismo juego y procedían de la misma manera en esta disputa por el predominio neocolonial.

Contemplando el panorama de las guerras en Europa y el colonialismo decadente en América, para los estadounidenses resultaba evidente que la coyuntura era propicia, tanto para incrementar su territorio, como para expandir su comercio. Pues si el Subcontinente era demasiado grande para pensar en anexárselo, una otra vía de injerencia, por medio del comercio con ventaja en la transferencia desigual de valor, habría de implementarse. Con ese fin se comienza a enviar agentes especiales a espiar en Sudamérica, empezando a efectuar las funciones diplomáticas pertinentes, recabando información estratégica en franca competencia con la Gran Bretaña, disputa que signaría las primeras décadas de vida ‘independiente’ de las Naciones Iberoamericanas.

Esta disputa por el predominio colonial tendría su punto fundamental en la competencia entre las industrias de estas dos potencias occidentales. Fue el congresista Henry Clay quien representó la causa del ‘Sistema Americano’, que procuraba una política económica proclive a incrementar la fuerza industrial usamericana para poder competir con Inglaterra, penetrando en el mercado iberoamericano. Si alguna vaga idea tenían de establecer una Confederación americana dominada por ellos, ésta sería desechada, las opciones apropiadas se irían fomentando conforme las nuevas fuerzas industriales se fueran desarrollando.

El establishment estadounidense cavilaba hacia 1820 que de consumarse la inminente independencia de las colonias iberoparlantes, las repúblicas resultantes serían débiles y poco consistentes, por tanto incapaces de mantener su independencia de las otras potencias europeas.

Un primer plan de hegemonía norteamericana para implementarse en el Subcontinente sería una sola República Continental cuya capital estaría en Panamá Plan evidentemente vago e irrealizable. El problema radicaba en la falta de aceptación del régimen republicano por parte de los hispanoamericanos, previéndose un estado caótico con intrigas y disputas internas para obtener el mando; y en esas condiciones políticas quienes sacarían ventajas serían los ingleses, “en razón de sus brillantes fábricas y manufacturas”. [23] Por lo tanto, los norteamericanos irán adecuándose a la estrategia pertinente, propia del neocolonialismo que se irá implementando conforme avance el siglo XIX. La competencia industrial mercantil será fundamental para ganarles el mercado latinoamericano a los ingleses.

Estrategia que tiene en mente Henry Clay, por lo que principia por proponer el reconocimiento de la independencia de las nuevas naciones para colocarnos “a la cabeza de un nuevo Sistema Americano (…) Está en nuestra mano la creación de un Sistema del que seríamos centro. Toda América obraría de acuerdo con nosotros (…) Podemos con toda seguridad confiar en el espíritu de nuestros comerciantes. Los metales preciosos están en la América del Sur (y con ellos adquirirán los artículos por nosotros fabricados) Nuestra navegación reportará los beneficios del transporte, y nuestro país realizará los beneficios mercantiles. Ya es respetable el renglón de productos industriales en nuestras exportaciones. Se dirigen, principalmente, a las Antillas y a la América española. Este renglón aumenta constantemente…”.[24] Esa era la ruta a seguir para concretar el ‘Dominio Americano’.

En una fecha que pareciera temprana, como era 1813, Thomas Jefferson advertía el tipo de organización gubernamental que se establecería en la América del Sur: “…, como resultado de mis investigaciones históricas, no me creo autorizado a esperar que las colonias sean capaces de mantener un gobierno libre. Su pueblo se encuentra sumergido en la más obscura ignorancia, y brutalizado por el fanatismo y la superstición. Sus sacerdotes moldean a sus habitantes con entera libertad… Los esfuerzos en pro de la libertad, por lo tanto, temo que terminen por establecer despotismos militares en las varias provincias. Entre éstas no puede existir ninguna confederación. Una república de reyes es imposible”.[25]

Ergo, la estrategia norteamericana iría entendiendo que ellos sabrían sacar provecho de esa situación caótica, si no es que ayudarían a propiciarla; en eso consistiría la misión intervencionista de Mr. Joel R. Poinsett.

Este procedimiento imperialista procurado desde antes de que se consumara la independencia de los iberoamericanos se revela en el siguiente pasaje en el que James Monroe dialoga con el insurgente Fernando Gutiérrez de Lara, quién había acudido en demanda de ayuda: “Mr. Monroe le dijo que el gobierno de los Estados Unidos apoyaría con toda su fuerza la revolución de las provincias mejicanas, y que a ese efecto la sostendrían, no solamente con armas y municiones (…) pero que el coronel Bernardo y los demás jefes de la revolución, debían tratar de establecer una buena Constitución (…) Monroe ponderó mucho la de los estos Estados, y le dio a entender que deseaba el gobierno americano, que adoptase la misma Constitución en Méjico….”.[26] Ya se encargaría Mr. Poinsett de maniobrar en México para que así ocurriese.

En la contraparte de la inteligencia política iberoamericana. Simón Bolívar, en su discurso inaugural del Congreso de Angostura (febrero de 1819), señalaba las características disímiles entre la América hispana y la sajona: “Pero sea lo que fuere de este Gobierno con respecto a la nación americana (Estados Unidos), debo decir, que ni remotamente ha entrado en mi idea asimilar la situación y naturaleza de los Estados tan distintos como el Inglés Americano y el Americano Español. ¿No sería muy difícil aplicar a España el Código de Libertad Política, Civil y Religiosa de Inglaterra? Pues aún es más difícil adaptar en Venezuela las leyes del Norte de América. ¿No dice el espíritu de las leyes que éstas deben ser propias para el Pueblo que se hacen? ¿Que es una gran casualidad que las de una nación puedan convenir a otra? ¿Que las leyes deben ser relativas a lo físico del país, al clima, a la calidad del terreno, a su situación, a su extensión, al género de vida de los pueblos? (…) ¡He aquí el código que debíamos consultar, y no el de Washington!”.[27]

En lo que el ‘Libertador de América’ planteaba el otro camino a seguir por los latinoamericanos, uno propio, adaptado a su idiosincrasia y a su geografía. Empero, como sabemos la Historia ha sido otra…

Los embates norteamericanos en contra de las posesiones hispanas en las Floridas y en Texas, siguieron incrementándose; era evidente que España no podía resistir por mucho tiempo. No les quedó de otra sino vender las Floridas. Por el tratado Adams-Onís del 22 de febrero de 1819 España entrega bajo gran presión las Floridas. El gobierno norteamericano se comprometía a pagar no más de 5 millones de dólares en compensación por daños cometidos por ciudadanos estadounidenses. Según este tratado solemne, los Estados Unidos renunciaban a sus ‘derechos’ sobre Tejas como parte integrante de Louisiana…, desde luego que no por mucho tiempo, cabría añadir.

Producto de su auténtica independencia de la Gran Bretaña y de su potencial comercial-industrial-militar en vertiginoso crecimiento, el león americano desde principios del siglo XIX está en condiciones de competir con Inglaterra y Francia por la hegemonía neocolonial a ejercerse sobre Iberoamérica, cuya independencia, como separación de su caduca metrópoli, no significaba independencia como igualdad de condiciones para competir en el mercado-mundo que transita por el Atlántico y por el Pacífico. Quedando a merced de la penetración de los capitales británicos, franceses o norteamericanos que llegaban apuntalando la condición socioeconómica dependiente y subdesarrollada del Subcontinente; con sus industrias retrasadas y sus haciendas públicas en ruinas, a más de estar políticamente desorganizados, tal y como lo previera Jefferson. Obrando con ingenuidad o afectados por continuas rebeliones y asonadas que pronto destruían los intentos por organizar gobiernos capaces de iniciar el desarrollo interno, imprescindible para poder generar la productividad en un mundo determinado por la intensa competencia comercial y el desarrollo industrial.

Para cuando Gran Bretaña estaba a la cabeza en la procreación de la sociedad industrial, con una Francia que se negaba a quedar atrás y ser desplazada en las intromisiones neocoloniales, con una Norteamérica que como águila imperial comenzaba el vuelo con intención de cubrir todo el Continente.

21-8-07


[1] Pierre Chaunu. Citado por Gregorio Selser. Cronología de las Intervenciones Extranjeras en América Latina. Tomo 1. 1776-1848. CIIH-UNAM/UAM-A/U de G/UOM : 57.

[2]Albert Weinberg, citado por Selser. Op.Cit. : 43.

[3] Vid. Despacho de Jefferson del 12 noviembre de 1805. Ibíd. : 52.

[4] Selser : 54.

[5] Ibíd. : 55.

[6] Ibídem. El Marqués de Casa Irujo era ministro de España en los Estados Unidos.

[7] Ibíd. : 58.

[8] Ibíd. : 66.

[9] Ibíd. : 68, 70.

[10] Ibíd. : 83, 89, 91.

[11] Alberto María Carreño. La Diplomacia Extraordinaria entre México y Estados Unidos 1789-1947. Volumen I 1961 : 125. Sbrayado añadido.

[12] Carlos Pereyra, citado por Gregorio Selser. Op.Cit. : 97. Se consigna que ya desde 1798 el gobernador de la Isla Trinidad recibió instrucciones de Londres para que “favoreciera la emancipación del Nuevo Mundo de la corona española: establecían que debía ayudar a los rebeldes venezolanos independentistas con armas, dinero y municiones…”. Ibíd. : 38.

[13] Félix Navarrete. La Masonería en la Historia y en las Leyes de México. Jus. 1957 : 44.

[14] María Carreño. Op.Cit. : 99.

[15] Félix Navarrete : 45 y 46. La referencia a Morelos proviene de Lucas Alamán. Historia de México T. II Jus.

[16] María Carreño : 127, 128 y 129.

[17] Ibid. : 141. .

[18] Ibid. : 143. Tomado de Lucas Alamán, Historia de México Vol. IV. Subrayado añadido.

[19] Ibid. : 145-146.

[20] Ibid. : 146-147 Subrayado mío.

[21] Luís Onís, citado por Selser. Op.Cit. : 74.

[22] “Madison: Declaración de Guerra a la Gran Bretaña (1° de Junio de 1812), en: EUA1 –documentos de su historia política I- Instituto Mora : 1988 : 378.

[23] Plan referido por Luís Onís. Selser Op.Cit. : 101.

[24] Ibíd. : 102.

[25] Ibid. : 80.

[26] Lucas Alamán, citado por Selser. Op.Cit. : 72.

[27] Ibíd. : 98.

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Los Estados Unidos de América cerniéndose sobre el Norte de México (II Parte), 7.3 out of 10 based on 4 ratings

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