Ciudadanía y Estado Nación

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Imagen de la película La Naranja Mecánica (1971, A Clockwork Orange) es una película producida, escrita y dirigida por Stanley Kubrick, que la adaptó al cine a partir de la novela homónima de 1962 de Anthony Burgess.

Imagen de la película La Naranja Mecánica (1971, A Clockwork Orange) es una película producida, escrita y dirigida por Stanley Kubrick, que la adaptó al cine a partir de la novela homónima de 1962 de Anthony Burgess.

Apuntes para debatir en torno a los nuevos desafíos

Para comprender la profundidad y trascendencia de los cambios que experimenta hoy en día el conocimiento convencional en torno a las ideas de nación, estado y estado nacional, se requiere tener en cuenta los elementos esenciales de la “estatalidad”, cuya construcción conceptual ha propuesto Max Weber.[1] En esa postulación el estado es la conjunción de, por lo menos, tres elementos fundamentales: la población, a la cual en términos generales se le puede denominar “nación”; el territorio y el gobierno. En este sentido, Charles Tilly dice que el modelo de Estado que ha prevalecido por siglos, ha formado un “paradigma determinante para el mundo”, porque la coerción que le es inherente, tiende a centralizar la uniformidad política, cultural, religiosa, lingüística y racial, basándose en fronteras territoriales políticamente establecidas. Con estos elementos, los estados modernos han llegado a constituir “un sistema de instituciones administrativas que ejercitan control sobre un territorio acotado”.[2]

Esta conjunción de los elementos fundamentales del Estado, supone la existencia de una nación, es decir, una comunidad que ha desarrollado su propia identidad, que aspira a gobernarse a sí misma y posee una visión uniforme y unitaria que le permite ordenar en mayor o menor medida su realidad, en función de las fronteras y a partir de un doble ordenamiento: la dimensión exclusiva y excluyente, lo externo y lo interno. La dimensión interna da lugar a la percepción de “lo nacional”, dando origen al paradigma del estado-nación, como unidad de organización político-territorial que produce la dualidad interior-exterior, y con ella, una doble estructuración de relaciones. En la dimensión externa del estado, se ha conformado un mundo históricamente dividido en Estados y sociedades nacionales, conformando un sistema de relaciones entre Estados, cuya mejor comprensión puede resumirse en el término inter-nacionales. Mirando hacia su interior, el Estado despliega dos facultades fundamentales que tienden a contener y gobernar a la población dentro de sus límites territoriales, con objeto de darle sentido y unidad a la energía social y política, a partir de realidades concretas y permiten “imaginar la nación”, como una extensión y como la conjunción de las comunidad en que se vive. Benedict Anderson ha definido la Nación como “una comunidad política imaginada que es concebida como soberana y limitada”.[3]

Una revisión del conocimiento convencional y las variaciones que experimentan actualmente los conceptos de nación y nacionalidad, resulta fundamental para el desarrollo de este estudio, por que la mirada del Estado hacia el interior, hacia la población contenida territorialmente, implica una idea de “nación”, que por sí misma se presenta ya como un concepto notoriamente controvertido, ya que puede aludir a una comunidad basada en características comunes. [4] Alude también a una unidad política de ciudadanos del estado para modelar la ciudadanía son base en patrones demográficos de migración y estabilidad de las fronteras.[5]

Ahora bien, se admite que la nacionalidad es el vínculo que une a una persona con un Estado nacional, una condición que se adquiere de acuerdo a la mayoría de las constituciones de los Estados, basada en principios jurídicos universalmente establecidos. La historia de la nacionalidad de cada país ha adoptado diversas modalidades que forman un conjunto de tres vías por medio de los cuales se atribuye la nacionalidad: i) el derecho de los padres a transmitir la nacionalidad a los hijos o el de éstos a heredarla o Jus Sanguini; ii) la nacionalidad adquirida por el lugar del nacimiento, que origina, junto con el anterior el derecho del suelo o Jus Soli; iii) un tercer ámbito de derechos que es una combinación de ambos. En general los países de inmigración atienden al lugar de nacimiento (Jus Soli) cuando deben decir cuál es ese vínculo natural que determina la nacionalidad.[6] La conformación histórica de los estados que pretenden o aspiran a contener integralmente en su territorio a una nación, si bien ha pasado por la centralización y unificación de la identidad colectiva también, y de manera importante han dado origen a la institución de la ciudadanía. Desde el punto de vista normativo, la nacionalidad es el vínculo que liga a un individuo con un estado determinado; la ciudadanía, en una primera asunción, representa una calidad o condición particular del nacional. Así, de entrada, se percibe que el concepto de ciudadanía es de menor extensión que el de nacionalidad y por esa causa todo ciudadano es, ante todo, un nacional, aunque se sigue aquí una distinción fundamental: no todo nacional es ciudadano.[7]

Las concepciones tradicionales de ciudadanía se han fundado en la organización de la población dentro de los límites territoriales de los Estados nacionales y en la pertenencia nacional, como fuente de facultades y deberes de los individuos. [8] Sin embargo, el modelo de Estado-nación al mismo tiempo que reafirma esta política, ha originado la identificación de “pueblo” con el concepto restrictivo de nación, es decir, que ha permitido el principio de exclusión social y nacional de todos aquellos que no pertenecen a un mismo territorio o que no tienen una misma lengua y una misma cultura.[9] La institucionalización de la relación de los nacionales con el Estado hace que las personas se consideran esencialmente miembros de la comunidad política, al adoptar códigos de obligaciones y derechos que garantizan en mayor o menor medida la inclusión y reconocimiento por medio de un estatus jurídico. La ciudadanía, como veremos más adelante, recoge el conjunto de derechos y deberes de los miembros que forman la comunidad política y es expresión de su alianza individual con el Estado.[10] Pero la idea “particularista” de nacionalidad y ciudadanía condicionadas al territorio, que se cierne detrás de la construcción histórica de todo Estado-nación, ha comenzado a ser fuertemente debatida, fundamentalmente por que tiende a impedir la evolución de la naturaleza histórica en el “sentido amplio de nación”.[11] Bajo el esquema conceptual del estado nacional, las relaciones sociales domésticas sólo pueden ser comprendidas de manera separada de las relaciones externas, impidiendo una concepción integral de las interacciones sociales que se desarrollan de manera permanente y sistemática más allá de las demarcaciones establecidas por la geopolítica de los Estados. El carácter particularista al que se refieren diversos analistas, supone la idea de que los territorios de los Estados se conciben como unidades absolutas y fijas, en un espacio reservado exclusivamente para sí, negando de este modo la historia y la geografía de la formación histórica de las naciones y las comunidades “que despliegan su integridad cruzando las fronteras geográficas”.[12]

Como consecuencia de esta noción acotada a lo territorial, la identidad y la lealtad política se concibe exclusivamente en términos de estado territorial, estableciendo una asociación artificialmente indisoluble entre ciudadanía, nacionalidad y territorio.[13] Consecuentemente, se hace necesario abordar diversos enfoques teóricos que proponen los tipos de relaciones de un estado con su población, para admitir, de entrada, que esa perspectiva presenta cuatro definiciones con la suficiente solidez metodológica, para interpretar las realidades contemporáneas: i) cuando el Estado y la nación o comunidad política coinciden integralmente dentro de un territorio específico, conformando el paradigma del estado-nación; ii) cuando varias comunidades políticas pueden estar asentadas dentro de un estado amplio; iii) varios Estados pueden estar alojados dentro de una comunidad política amplia; iv) cuando las comunidades se despliegan entre Estados separados.[14] Bajo esta taxonomía, en la primera de las relaciones se funda generalmente el carácter de “lo internacional”, como concepto específico para conceptuar los vínculos entre estados independientes y organizaciones, siempre y cuando sean representadas por sus gobiernos. La segunda clasificación, se refiere a los Estados que contienen territorialmente más de nación, circunstancia en la que se encuentran hoy en día la mayoría de los países, de los cuales, sin embargo deben destacarse España, Canadá y el Reino Unido. Se verifican también las relaciones supra-nacionales entre estados independientes que tienen acuerdos sobre los contornos de su propia soberanía, al ensamblarse por medio de una política federal más amplia. Finalmente, las instituciones y prácticas políticas que trascienden las fronteras de estados independientes, se consideran transnacionales, sí y solo sí, involucran un traslape simultáneo de afiliaciones, membresías, pertenencias o ciudadanías en ámbitos políticos geográficamente separados.

El territorio del estado ha sido considerado como un continente preexistente de la sociedad, de tal suerte que las relaciones sociales suelen conceptualizarse dentro de sus límites espaciales prefijados, limitando la compresión de los fenómenos sociológicos y políticos que se despliegan a través de las fronteras nacionales.[15] Esta noción está siendo desafiada por realidades contemporáneas revelando que se requiere considerar Ad limitum, a las comunidades políticas y sistemas de derechos que están emergiendo independientes del estado, y por ello está siendo desafiada por realidades contemporáneas. Como se puede advertir los estudios recientes en teoría social, han cuestionado la teoría de la sociedad que concibe al estado-nación como contenedor, y aportan reflexiones acerca de la naturaleza de los flujos transnacionales de este tipo de actores trans-fronterizos, cuyo desarrollo de ciudadanías en más de un estado nacional evidencian cambios profundos en la idea de estado y proponen la necesidad de reformular la idea de ciudadanía.[16] Ante la carencia de un buen término para referirse a esta clase de relación social, económica y política entre emigrantes, por ejemplo, y el estado de origen, Michael P. Smith, ha propuesto el término de ciudadanía “transnacional” o “extraterritorializada”.[17]

La conformación histórica de los estados nacionales, si bien ha pasado por la centralización y unificación de la identidad colectiva también, y de manera importante, ha dado origen a la institución de la ciudadanía.[18] Su institucionalización supone que las personas se consideran esencialmente miembros de la comunidad política al adoptar códigos de obligaciones y derechos que garantizan en mayor o menor medida la inclusión y reconocimiento por medio de un estatus jurídico. Para Baubök, la ciudadanía recoge el conjunto de derechos y deberes de los miembros que forman la comunidad política y es expresión de su alianza individual con el Estado.[19] Así ha prevalecido el Estado-nación bajo la estructura del modelo Westfalia, que hizo prevalecer ese paradigma como unidad de organización político-territorial. Pero desde la exterioridad misma del arreglo geopolítico, el equilibrio ideal que ha garantizado por centurias las soberanías nacionales, está siendo subvertido rápidamente por fuerzas económicas y tecnológicas en un espacio social cada vez más común y en el que, como afirma David Held, “el desarrollo en una región del mundo puede tener profundas consecuencias en la vida de comunidades o individuos ubicados en el otro extremo del mundo”.[20]

Aunque la lógica del Estado nacional continúa presente, han comenzado a desarrollarse una gama de otros desarrollos que han hecho que la conformación inicial pierda el monopolio de legitimidad que detentaba. Estas realidades que apuntan a la declinación del poder de los estados, parecieran anunciar la emergencia de un conjunto de fuerzas que están trascendiendo al estado nación. En este sentido, Held plantea que la globalización implica un orden internacional que comprende el surgimiento de un sistema económico global que se extiende más allá del control de uno solo, incluso de los dominantes. Como lo he comentado en otro espacio, la noción de que vivimos en un mundo que se globaliza proviene de una idea de relativamente reciente, la cual ha sido acuñada apenas en la década de los ochentas del siglo pasado, si bien sus síntomas reales son anteriores. Esta idea se nos presenta persistentemente de múltiples maneras y desde innumerables ángulos, como algo irreversible e inevitable, adquiriendo cada día visos más de ideología, que de fenómeno omnímodo, del todo verificable, por lo menos en cuanto a la velocidad y profundidad con que se afirma ocurre. La globalización, para más de un estudioso, no es sino la reformulación de algunas de las funciones del estado, en un mundo donde las coordenadas espacio-temporales se están modificando y ya no responden a las condiciones en que se inició este proceso. Su acción se presenta como ubicua y simultánea, creando espacios de poder de decisión deslocalizados, en los cuales el estado, por lo menos en su concepción nacional, ya no parece poder ejercer plenamente sus facultades de control sobre determinados procesos sociales, políticos, culturales y, sobre todo, económicos, al interior de su territorio, es decir su soberanía. Esto no ha supuesto, desde luego, la desaparición del Estado como tal, sino más bien la muda de determinadas expresiones a otras. [21]

Visto más específicamente, se transita de la las manifestaciones del estado nacional inspirado en “el Derecho interno” a otro en el que prevalece “el Derecho externo”, afectando concomitantemente movimientos sociales (migratorios, religiosos étnicos o culturales), así como las dinámicas económicas que involucran al mercado, la división internacional de trabajo o la racionalidad del mercado. Algunos autores han conceptualizado este fenómeno como una nueva forma que toma el capitalismo en su tránsito a un nuevo modelo de acumulación. Este nivel de internacionalización de la economía tiende a redefinir no solo las nuevas relaciones de fuerza entre las grandes potencias, sino la forma de incorporación de los países y regiones al comercio internacional y las corrientes de mercancía, capitales y fuerza de trabajo. Ahora bien, es obvio decir que México no ha sido ajeno a este proceso de influencia, capaz de modificar operar profundos cambios estructurales ya que, por ejemplo, en los últimos lustros, pasó de ser una economía cerrada y centralizada a una economía abierta, con una descentralización relativa e integrada crecientemente al mercado mundial. Así también pasó de ser un país rural, a uno predominantemente urbano, con acceso masivo, aunque diferenciado, a la educación servicios de salud, habitación y exposición a los medios masivos de comunicación.

Todo ello bajo la endémica inequidad en la distribución de la riqueza que creó, a la postre, poblaciones marginadas a las fronteras internas impuestas secularmente por lastres sociales, culturales y políticos. Desde otra perspectiva, los efectos de la globalización se han traducido en políticas públicas “necesariamente modernizadoras”, que en esencia desmantelan el Estado nacional en su faceta benefactora, con medidas tales como la liberalización de la economía, el control del gasto social y las privatizaciones.[22]

Uno de los puntos que sostiene el debate es la idea de que dado el contexto internacional de globalización, los estados nacionales están cambiando su estructura clásica. [23] El desarrollo de este nuevo arreglo al interior de los Estados, ha profundizado diferencias de toda índole, especialmente cuando de asume desde la perspectiva de países desarrollados y los que pertenecen a las regiones subdesarrolladas que resultan necesariamente dependientes de los centros industrializados. Esta perspectiva ayuda a explicar los orígenes de la migración contemporánea y el marco legal internacional y los cambios que implica, pero de ninguna manera significan la desaparición lenta del estado como garante de derechos, sino su redefinición dentro de un nuevo orden global.

Notas

[1] Weber, Max (1984), Economía y Sociedad. Esbozo de sociología comprensiva, Fondo de Cultura Económica, México; [2] Tilli, Charles (1990), Coercion, Capital, and European States: AD 990-1990, Blackwell: Capítulo I “Cities and States in World History,” pp. 1-37; [3] Anderson concibe a la nación “como una comunidad política imaginada, que es imaginada tanto limitada inherentemente como soberana. La noción está claramente definida por el tamaño de una población, puesto que es diferente de una comunidad en la cual los miembros que la componen conviven cotidianamente y desarrollan una interrelación cara a cara pero, en complemento mantienen una imagen de afinidad y comunión hacia quienes componen esa misma comunidad, pero que no son conocidos ni vistos en el entorno inmediato”. Véase Anderson, Benedict (1998). The Nation as Imagined Community. An excerpt from Imagined Communities. London. Verso; [4] La nación, resulta indistinta de la pertenencia étnica, por que las características fundamentales de la pertenencia étnica como la lengua, la Historia, religión, el fenotipo y cultura que se le son comunes a un grupo de personas, son características que crean inclusión o exclusión desde “lo nacional”. Véanse también a Brubaker, William Rogers (1990), Inmigration, Citizenship, and the Nation-State in France and Gemany, a Comparative Historical Analysis. “International Sociology”, 5 (4). Hay un enfoque similar en Koopmans Ruud, and Paul Statham (1999). Challenging the Liberal Nation-State? Postnationalism, and the Collective Claims Making of Migrants and Ethnic Minorities in Britain and Germany. American Journal of Sociology 105: 652-696. [5] Joppke, Christian (2000), Immigration and the Nation State: The United States, Germany and Great Britain. European Journal of Migration and Law. Volúmen 2, Número 1 / enero de 2000; [6] Véase a Castles, Stephen y Alastair Davidson. (2001). Los enfoques de Linda Bosniak, son coincidentes en Denationalizing Citizenship (2001) p. 237-252 en Aleinikoff, Alexander y Douglas Klusmeyer Eds. Citizenship Today: Global Perspectives and Practices. Carnegie Endowment for International Peace: 2001; [7] Marshall no sólo caracteriza la noción de ciudadanía, sino que perfila un esquema del desarrollo histórico de los derechos asociados con la misma. Para ello describe el proceso de construcción del sujeto de derechos llevado a cabo en Gran Bretaña durante los siglos XIX y XX. A la luz de dicha experiencia, Marshall generaliza sus logros y ofrece una presentación secuencial o histórica de tres tipos de ciudadanía: en primer lugar, se daría el reconocimiento de la ciudadanía civil; posteriormente, de la ciudadanía política; y, finalmente, de la ciudadanía social. Si bien este esquema temporal resulta sumamente controvertido cuando se pretende extender a otros contextos históricos y sociales, lo decisivo de la aportación de Marshall estribaría en su concepción de la ciudadanía como un bloque normativo compacto que permite el reconocimiento por parte del Estado de quienes son sus integrantes y que le faculta al Estado para conceder una serie de derechos a tales individuos en base a su pertenencia a la comunidad. Marshall, T.H. (1992). Citizenship and Social Class. London: Pluto Press; [8] Bauböck, Rainer (2000), Dual and Supranational Citizenship: Limits to Transnationalism en T. Alexander Aleinkoff y Douglas Klusmeyer, Eds. From Migrants to Citizens. Membership in a Changing World. Carnegie Endowment for International Peace, Washington, D.C; [9] Kymlika, Will y Norman, Wayne. (2003), Citizenship in Diverse Societies. Oxford University Press; Smith, 1998; [10] Smith (1998), Bauböck (2000); [11] Agnew, J. (1994), Pries, Ludger (2001). The Disruption of Social and Geographic Space. Mexican-US Migration and the Emergence of transnational Social Spaces. International Sociology 16(1): 55-74; Rogers Brubaker (1992), Citizenship and Nationhood in France and Germany. Harvard University Press, 1992. Capítulos IV, V, pps 75-113; VII, 138-164; [12] Levitt, Peggy y Ninna Nyberg Sorensen (2004); Guarnizo, Luis E. (1996). The Rise of Transnational Social Formations: Mexican and Dominican State Responses to Transnational Migration. Manuscript, Department of Human and Community Development, University of California, Davis; [13] Agnew (1984); [14] Smith, Michael P. (1994), Transnational Migration and the Globalization of Grassroots Politics, en: Social Text. Vol. (38), pp. 15-33; [15] Mandeville, Peter (2000), Territory and translocality: Discrepant idioms of political identity. Columbia International Affairs; [16] Bauböck (2000); [17] Smith, Michael P. (2003), Transnationalism, the State, and the Extraterritorial Citizen. Politics & Society, Vol. 31, No. 4, 467-502; [18] Marshall (1992); [19] Bauböck (2000); [20] Held, David (1999); [21] Reyes Romo, Felipe (2009), Estado, Globalización y Denizens. Revista “Crisol Plural”. Abril. http://crisolplural.com/2009/04/28/estado-globalizacion-y-denizens-primera-parte/; [22] Idem anterior; [23] Calderón Chelius, Leticia (2002), Migración Internacional e Identidades Cambiantes. El Colegio de la Frontera Norte.

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