El proyecto de Carlos Salinas

Escrito por on may 27th, 2009 y archivado en Agenda Pública, Destacado. Tu puedes seguir los comentarios a esta entrada a traves de RSS 2.0. Comentarios y referencias estan cerrados.

carlos salinas

Carlos Salinas de Gortari

En plena campaña electoral, en medio de profundas crisis, de nueva cuenta con grandes intereses de por medio, en las últimas semanas aparece, otra vez, Carlos Salinas de Gortari. Primero, en el libro de Carlos Ahumada, como el supuesto autor del complot contra AMLO en sus aspiraciones hacia la presidencia, y después, en menos de un lapso de quince días, como un presidente corrupto y luego como modernizador, según su antecesor, Miguel de la Madrid Hurtado.

En aporte al juicio del ex presidente -que según él fue inducido a los mexicanos por sus enemigos-, conviene revisar el proyecto de modernización que buscó llevar a cabo para el país durante su gobierno. En ese sentido, se reproduce a continuación el análisis que al respecto tuve oportunidad de efectuar hace algunos años en “La relación del Estado mexicano con el movimiento obrero: ¿Hacia una nueva alianza histórica?”, Tesis de Licenciatura en Derecho, UAA, Aguascalientes, 1995.

Carlos Salinas de Gortari profundizó los cambios iniciados por Miguel de la Madrid, rebasando las expectativas que de su gobierno se esperaban, por la debilidad con que llegó al poder.

La nueva clase política demostraba en su discurso y actuación un alejamiento definitivo de las políticas de desarrollo económico que dominaron a finales de los setenta y principios de los ochenta. Se planteaba la necesidad de realizar grandes reformas desde arriba, lográndose los apoyos a través de la concertación.

Las justificaciones, objetivos y estrategias de la modernización que se proponía, se expresaron en el Plan Nacional de Desarrollo 1989-1994. El eje central del Plan enfatiza la necesidad de reformas al Estado, para adecuarse a los cambios mundiales. Las tesis que giran sobre este propósito central son cuatro:

Primera: Reorientar las funciones del Estado. Primordialmente en el aspecto económico, adecuando la rectoría del Estado a los nuevos papeles de conductor y promotor.

Segunda: Operar el cambio a través de la concertación para evitar conflictos e inconformidades.

Tercera: Remover gradualmente los obstáculos a la modernización e implementar paralelamente las transformaciones.

Cuarta: Conciliar las transformaciones con los principios ideológicos de la Revolución Mexicana y del pensamiento liberal del siglo XIX, en una interpretación nueva de la realidad mexicana en la que el pasado se adapta al proyecto futuro.

Bajo esta óptica, se precisan cuatro grandes objetivos en el Plan Nacional de Desarrollo:

1. Defender la soberanía y promover los intereses de México en el mundo.

2. Ampliar nuestra vida democrática.

3. Recuperar el crecimiento con estabilidad de precios.

4. Elevar productivamente el nivel de vida de los mexicanos.

Estos objetivos se derivan de los Acuerdos que propuso Carlos Salinas en su campaña y que fueron ratificados cuando asumió el poder:

Acuerdo para la Ampliación de Nuestra Vida Democrática.

Acuerdo para la Recuperación Económica con Estabilidad de Precios.

Acuerdo para el Mejoramiento Productivo y el Nivel de Vida.

Evidentemente, la amplitud y articulación del Plan representa el esfuerzo del equipo salinista por comprender las oportunidades y riesgos que se le presentaban a México. Muestra también que esta nueva generación de gobernantes estuvo preparándose, desde sexenios anteriores, para ascender al poder.

El primer Acuerdo expresa como ideas básicas:

1. Adecuar las instituciones políticas y sus prácticas.

2. Preservar y hacer efectivo el Estado de Derecho.

3. Perfeccionar los procesos electorales y ampliar la participación política.

4. Modernizar el ejercicio de la autoridad entre poderes.

5. Impulsar la concertación entre las organizaciones sociales y el Estado.

Se expone que el rumbo de México es ahora el “Liberalismo Social”; esto es, la conjugación entre los postulados que han dado origen a los principales movimientos sociales de la Nación y los cambios estructurales. Ello significa una nueva interpretación y terminología para explicarse los cambios.

Desde este ángulo, la modernización propuesta no viene a ser una ruptura total con el pasado, sino que concilia intereses del sistema político mexicano, a través de un paradigma que algunos analistas califican de “centro-progresista y otros de “modernización negociada”.[1]

Prueba de que persisten los resabios es la justificación que da el Plan del presidencialismo como “garantía de unidad entre los mexicanos, y… condición para lograr la necesaria transformación en el marco de la paz social”.

La concreción del Acuerdo fue parcial, persisten inmovilismos para emprender los cambios, especialmente dentro del mismo sistema; el presidencialismo llegó a excesos sin precedente, la figura de Salinas se vendió con la mercadotecnia más avanzada; la división y equilibrio de poderes no se llevó a cabo; los procesos electorales no contaron con la confianza y credibilidad de la ciudadanía. En síntesis, son más los puntos sin resolver que los logrados. Entre estos últimos destacan el reconocimiento de algunos triunfos de la oposición y las reformas a la Constitución, así como la imagen de apertura que dio el gobierno con muchos grupos sociales, aunque con notables excepciones.

El segundo Acuerdo, relativo a la política económica, tuvo más relevancia para el proyecto salinista; por eso la afirmación de algunos analistas en el sentido de que en México se vive una perestroika sin glasnot. Los ejes principales del Acuerdo fueron:

1. La ampliación de la inversión productiva

2. La estabilidad económica

3. La eficiencia del sector público

A través de los que se alcanzaría un crecimiento del 6% en la productividad del país y una tasa inflacionaria equiparable a la de los socios comerciales de México.

Conseguir estas metas plantearon una nueva forma de organizar el trabajo productivo, según lo expresa el Plan Nacional de Desarrollo. Productividad, eficiencia, reconversión, flexibilidad laboral y nuevas formas de organización, aparecen como condiciones para la competitividad de las empresas públicas y privadas. Al respecto, más adelante se abordarán las actitudes del sindicalismo frente a estos nuevos criterios.

El Plan asume la idea de que la política económica tiene un carácter social, dado que la elevación de la productividad se traduce en mejores niveles de bienestar. Como se ve, la justicia social, postulado de la Revolución, no se abandona, sino que se asimila a la estrategia económica. De hecho, la asignación de mayores recursos al gasto social se argumentó para el adelgazamiento del Estado y la rigidez de la política fiscal.

La responsabilidad del Estado es conducir esta reforma eficientándose, facilitando la iniciativa económica y concertando los mecanismos para la estabilidad y el crecimiento.

La política social -el tercer Acuerdo- expresa cuatro líneas de acción:

1. Creación abundante de empleos bien remunerados y estables; aumento del poder adquisitivo de los salarios y del bienestar de los trabajadores.

2. Atención a las demandas prioritarias del bienestar social.

3. Protección del medio ambiente.

4. Erradicación de la pobreza extrema.

Los objetivos respecto al empleo no se cumplieron y mucho menos la erradicación de la pobreza extrema. La protección al medio ambiente resultó un intento. La atención a las demandas de bienestar social se concentró en el Programa Nacional de Solidaridad, con resultados que no lograron abatir los rezagos y que sirvieron más para fines publicitarios.

Este es un vistazo general del raquítico cumplimiento del Acuerdo. En realidad, el esfuerzo del gobierno se enfocó a replantear el protagonismo de los grupos sociales. Aparte de sus fines electorales, Solidaridad buscó recuperar los espacios perdidos por la inoperancia del corporativismo. Abundar en esta estrategia hará más comprensible los términos de la alianza histórica en este final de siglo.

Buscando nuevos actores

Dentro del proceso de cambio, tiene un papel relevante para la estabilidad del país y, por tanto, para el transitar sin tumbos de la modernización, la política de masas del Estado.

¿Por qué una nueva política de masas del Estado? Porque si éste se está reformando, dejando a un lado banderas que constituyeron por mucho tiempo el evangelio de la Revolución Mexicana y del partido del gobierno -estatismo, laicismo, agrarismo, sindicalismo, nacionalismo, populismo, corporativismo-, ha sido necesario que los interlocutores del Estado cambien sus roles.[2]

Lo que espera e impulsa el gobierno es una sociedad que se adhiera a las transformaciones que ha llevado a cabo; sin embargo, esta ambiciosa aspiración ha desatado las fuerzas políticas, económicas y sociales, al alterar los equilibrios de poder con que había trabajado el sistema.

El desenlace es imprevisible; lo que sí quedó demostrado fue la visión de cambio y la comprensión de los sucesos del entorno mundial del equipo de Salinas. Se pueda o no estar de acuerdo en sus propuestas, no se le puede dejar de reconocer que a partir de sus concepciones tomó las decisiones de gobierno con absoluta convicción.

Pero el problema de modernización en el país es un problema de tiempo; un sexenio no fue suficiente y por eso se ha tenido que ceder y negociar, lo que no significa que se ha renunciado a la apuesta modernizadora.

Estimando que el modelo continúa y pretende permanecer por muchos años, resulta relevante analizar la concepción de la política de masas de la actual clase gobernante, a partir de lo que nos dicen los hechos.

Hasta antes de 1988, las masas en que descansaba y se validaba la política del Estado, eran el movimiento obrero y, en menor medida, los grupos campesinos. Esta relación había sido efectiva para cada una de las partes, con excelentes dividendos para el Estado, a cambio del otorgamiento de poder político y económico a sus interlocutores.[3]

Las cosas así, con ganancia para todos, convertían a las organizaciones obreras y campesinas en movimientos sociales pasivos, que caminaban en sus propuestas al ritmo que les marcaba la autoridad, con las salvedades de coyunturas muy particulares que alteraban mínimamente los términos de una relación de ventajas recíprocas.

No podrían caracterizarse, por lo mismo, como típicos movimientos sociales. No porque tuvieran que mostrar un sentido contestatario, que no es el rasgo distintivo de los movimientos sociales; sino porque su ámbito de actuación no era lo social. Ciertamente las preocupaciones del movimiento obrero y campesino -la defensa del salario y las conquistas laborales o la lucha por la tenencia de la tierra y los precios de garantía, por dar algunos ejemplos-, son asuntos de interés social; pero la tradicional forma en que se alcanzaban todas estas metas no involucraban a las masas de trabajadores y campesinos.[4]

Un estado complaciente con las cosas así, limitándose a la negociación corporativa en la atención a sus bases sociales, no previó la conveniencia de presentar alternativas al creciente interés de la población por participar en los problemas de su entorno.

Al tiempo que sucedía todo esto, los movimientos sociales con verdadera presencia y preocupación en torno a una amplia diversidad de objetivos -capacidad de movilización y negociación, influencia social, dominio territorial, espacios políticos, administración de productos, puestos públicos, representación popular, etc.- eran coptados, en la mayoría de sus expresiones, por las diferentes corrientes sobre la organización y lucha social de la izquierda mexicana.[5]

Con este liderazgo de los movimientos sociales -teniendo en cuenta que la izquierda mexicana nunca ha estado unida-, se dio como constante la recomposición de los cuadros, estructuras y alianzas encargadas de protagonizar la movilización social.

Lo mismo se dio con estrategias y tácticas, permanente discusión de cómo luchar, desde ideas como el “inmediatismo”, el “precarismo” y la necesidad de “sectorizar la lucha”, hasta otras como el “radicalismo”, el “construir un frente amplio”, el “desectorizar los procesos”, el “romper el cerco y luchar en lo político-electoral”; el “avanzar de la periferia al centro”, y la lucha frontal “contra la carestía y la represión”, entre otras.[6]

Esto significó que estos movimientos sociales, con excepciones notables en el ámbito urbano-popular, sufrieran relegación y dispersión a consecuencia del duro trato que recibieron del gobierno y a las disputas internas, principalmente las que tuvieron respecto a la forma de participar en la política electoral.

Pero, no obstante estas debilidades, para la izquierda eran terrenos valiosos para ganar apoyos y medios idóneos para el desarrollo del liderazgo y fogueo político de sus cuadros. Medios que, por mucho, fueron en su momento más enriquecedores que las instancias manipuladoras en que se han modelado los líderes del Partido Revolucionario Institucional. Y esto es una apreciación de la misma autoridad; el Instituto Nacional de Solidaridad (INSOL) organizó, en el sexenio de Salinas, muchísimos eventos para preparar a los brigadistas de solidaridad en tareas como el asambleísmo, el volanteo, la prensa marginal y la animación de grupos; prácticas que en nuestro país, quiérase o no, tienen la patente de la izquierda social.

Las contradicciones y agotamientos del Estado que se expresaron en las elecciones federales de 1988, advirtieron al régimen de las fallas en su política social. Por eso, a los pocos días de asumir el poder, Salinas crea el PRONASOL, con el objetivo de recuperar los espacios perdidos.

De esta manera, las bases del Programa se centraron en los sectores más marginados: los campesinos y los pobres urbanos. Población objetivo por la manifiesta necesidad de atención que requerían y, políticamente, porque en el proyecto del nuevo Estado, tendrían el encargo de convertirse en el principal sector social de validación de las acciones de gobierno, junto con el sindicalismo modernizador.

Obsérvese pues, que PRONASOL fue más allá de un populismo derrochador que buscara complacencias para asegurar el voto. En el fondo, planteó una nueva alianza histórica que desplace al movimiento obrero tradicional en su papel protagónico. Aunque los hechos en la recta final del gobierno de Salinas originaron ajustes como el acercamiento del gobierno con el Congreso del Trabajo y la CTM, eso no indica que se abandonará el proyecto.

En el discurso de PRONASOL, se aprecian tres vías para articular a las nuevas bases sociales: a) la solución a demandas sociales importantes, a través de una relación en corresponsabilidad; b) la constitución de comités que decidan obras y trabajos, y c) la vinculación de los comités en instancias regionales y nacionales.[7]

Una nueva cooptación que políticamente invade los principales terrenos de la izquierda social, utilizando sus mismas técnicas, principalmente la democracia asambleísta y la organización sectorial; y que, por otro lado, rebasa al PRI en su capacidad de convocatoria y movilización. Con Salinas fue, sin duda alguna, un programa del presidente, por arriba del partido del presidente, puesto que éste no alcanzó a modernizarse; pero, para esto, se supone que también habrá tiempo, o acaso para desaparecerlo.

La finalidad para el Estado es contar con un movimiento social que lo apoye en sus reformas; la contradicción es que los caminos de una auténtica modernización no admiten el manipuleo. Los nuevos actores que necesita el Estado serán los que comprendan su nueva racionalidad, que se comprometan con los tiempos y formas de hacer las cosas. Por eso, si es necesario, se romperán viejas alianzas y, a través de la concertación -ya prácticamente institucionalizada- se instaurará un nuevo pacto social que incorpore a los pobres de solidaridad y al sindicalismo modernizador.

En relación a estas redefiniciones, son varios los pensadores que vienen cuestionando, desde hace ya varios años, la misión de la clase trabajadora y, por ende, de la organización sindical. Sin entrar a detalle, se observa una coincidencia de éstos (Gorz, Marcuse, Touraine, del Río, Lojkine, Wilwensky, Bell y Salinas de Gortari, éste último a partir de su ensayo “Enfoques teóricos sobre movimientos obreros”, publicado en 1973 en el número 49 de la revista ‘Pensamiento político’), en el sentido de que la clase trabajadora ha perdido su carácter revolucionario -si es que en un momento lo tuvo-, siendo absorbida por los procesos de industrialización. Se trata de un cuestionamiento a la idea marxista que le asignó a la clase obrera el rol de agente revolucionario.[8]

El autor es socio consultor de Azpol comunicación + estrategia política

www.azpol.com

gustavomtz@azpol.com


[1] Cfr. Esteve, Hugo: Los movimientos…(Op.Cit.), pág. 204.

[2] Véanse El sindicalismo que viene, en Contexto Laboral, CEIT, diciembre de 1993, pág. 8.

[3] Id. Pág. 9

[4] Id. Pág. 10

[5] Véase El Sindicalismo que Viene, en Contexto laboral, CEIT, diciembre de 1993, pág. 8.

[6] Id. Pág. 10

[7] Id. Pág. 11.

[8] Cfr. Esteve Díaz, Hugo: ¿Ha muerto la clase obrera?, en El Día, 12 de noviembre de 1991.

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4 comentarios en “El proyecto de Carlos Salinas”

  1. Juan Carlos Reyes dice:

    Excelente articulo! Sumamente completo, como es costumbre en el autor.
    Felicidades Gustavo Martinez Romero y gracias nuevamente por compartir con nosotros tus letras y pensamientos.

    • VIEJO REGIMEN dice:

      ESTIMADO JUAN CARLOS REYES,

      YA DEJA DE LAMER BOTAS, ESTA BIEN QUE YO TE INICIE EN TODO ESTO DE LA INVESTIGACIÓN, PERO YA DEJA DE DARTE AIRES DE SHAKESPEARE, MARTIN OROSCO NO TE VA A DAR CHAMBA AUNQUE LE HAGAS LA BARBA A SU OPERADOR POLITICO, JAJAJAJAJA.

  2. Jorge Alonso dice:

    Veo que Crisol pasó de revista a diario electrónico con muchas modificaciones que lo hacen más ágil y atractivo. Felicidades.

  3. Karen dice:

    Sin duda es un artículo interesante, el problema es que no se toca el tema de la educación, ¿que pasa con el plan educativo?, si bien se habla del proyecto en general, la educación y qué se enseña es un punto básico y clave para comprender qué quiere lograr el gobierno y hacia donde va, es decir, ¿qué quiere hacer de la gente? ¿Qué pretende formar? y ¿por qué?, con esto entenderiamos hacia donde se dirige y para qué.

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