Los Estados Unidos de Ámerica cerniéndose sobre el norte de México

Escrito por Alejandro Mora Gallardo on may 7th, 2009 y archivado en De terrorismos a terrorismos. Tu puedes seguir los comentarios a esta entrada a traves de RSS 2.0. Comentarios y referencias estan cerrados.

DE TERRORISMOS A TERRORISMOS 28

LOS ESTADOS UNIDOS DE AMÉRICA CERNIÉNDOSE SOBRE EL NORTE DE MÉXICO

I) En el Nido del Aguilón

El yanqui es un ser hipócrita, falso y desvergonzadamente rapaz. Las ideas del gobierno popular, de democracia y de comercio libre que proclama, no tienen más objeto que desconocer los derechos de los demás, engañar al mundo con falsas promesas y obtener provecho propio. Mammón es el dios de Nueva Fenicia, o la Nueva Cartago de América, abigarrada mezcla de puritanos hipócritas, aventureros sin ley, demagogos audaces y mercaderes sin conciencia.

Bernardo de Gálvez (1781)

La nueva potencia, formada en un país donde no hay otra que pueda contener sus progresos, nos ha de incomodar cuando se halle en disposición de hacerlo. Esa república federativa ha nacido, digámoslo así, pigmeo, porque la han formado y dado el ser de dos potencias poderosas, como son España y Francia (…) mañana será gigante, conforme vaya consolidando su constitución, y después un coloso irresistible en aquellas regiones. En este Estado se olvidará de los beneficios que ha recibido de ambas potencias, y no pensará más que en su engrandecimiento…

Pedro Abarca de Bolea, Conde de Aranda (1783)

Para 1775 los dirigentes de las trece colonias angloamericanas forman la Asociación Continental y convocan a un Congreso en el que denuncian los ‘excesos’ que la Corona Británica intenta cometer en América, amenazando con boicotear las importaciones inglesas e impedir las exportaciones norteamericanas. Como el rey George III decide emplear la fuerza para detener la rebelión, los colonos optan por buscar la independencia.

La participación en la rebelión fue parcial; según los cálculos del propio John Adams una tercera parte del conjunto de colonos se oponía a la independencia, otra tercera parte estaba a favor, y una tercera más era neutral. El historiador John Shy considera que una quinta parte mostraba una actitud traidora.[1] La participación de los ‘patriotas’ no fue tan patriótica, como las condiciones del ejército solían ser precarias, muy acorde con el modo de ser del colono normando se tuvo que recurrir a incentivos pecuniarios para incrementar las filas de combatientes Si bien no faltaron los auténticos patriotas que lucharon con pasión independentista, contando con la firme dirección de George Washington, un general en jefe competente que sabrá sostener la guerra aunque se perdieran batallas y los efectivos y pertrechos fueran escasos cundiendo el desánimo.

Ya en 1770 los propagandistas revolucionarios para exaltar los ánimos independentistas de los colonos recurrieron a un primer ardid, exagerando la ‘Matanza de Boston’ para soliviantar a las masas. Un buen primer ejemplo de sus artilugios confabulatorios….

Para solventar los gastos de guerra y mantener la lucha, a los insurgentes normanos les fue imprescindible buscar la ayuda de Europa, consiguiendo préstamos de Francia, España y Holanda. Contradictoria y risible debió ser la escena presentada por los delegados de Norteamérica realizando la petición de ayuda ‘para libertar a América de la tiranía monárquica’ ante el rey absolutista de Francia Luís XVI.

Por increíble que ahora parezca, los españoles le ayudaron a los anglocolonos en su lucha por la independencia. Tanto ellos como los franceses obran de esta manera siguiendo un impulso inmediatista por causarle un daño a su enconado rival británico; si hubieran sido prudentes habrían permanecido neutrales, tal y como lo pedían los analistas lúcidos de la época.

Los norteamericanos se presentaban en su petición de ayuda a los españoles como unos dóciles corderos que una vez liberados del yugo inglés no serían peligro alguno para la Nueva España: una vez conseguida “su independencia no molestarán a ‘cualquier otra potencia’ (o sea a España), ya que la tendencia de esta pueblo, su situación y las circunstancias del momento le obligarán a dedicarse esencialmente a la agricultura y a un comercio libre, más importante para sus intereses y para su futuro”.

El rey Carlos III ordena que se les proporcione ayuda desde la Habana y/o Luisiana, en una recomendación de ‘máximo secreto’. Entonces, en París le entregan a los representantes norteamericanos un millón de libras tornesas y la Banca Gardoqui de Bilbao poco después les otorgan “otros 4 millones, con las cuales se comprarán los siguientes equipos bélicos que se transportarán en barcos hispanos vía Bermudas: 216 cañones de bronce, 209 culebrinas, 12.826 granadas, 51.134 balas, 300.000 kilos de pólvora, 30.000 fusiles con sus bayonetas, 4.600 tiendas de campaña y 30.000 uniformes”. [2]

Desde luego que no todos fueron ingenuos; el Conde de Aranda -embajador de España en Francia- en 1776 advierte qué clase de Potencia está naciendo en Norte América, por lo que más le valía a España realizar un tratado, cuando el ave de rapiña aún era un polluelo, pues mucho más peligroso resultaba un Estado independiente que unas colonias semicontroladas por la Corona británica. Por lo que habría que tomar las debidas precauciones, de lo contrario en el cercano futuro se arrepentirían. Ante lo evidente del caso no fueron pocos los estadistas hispanos que advirtieron que la ayuda a los anglocolonos era un craso error, pero no pudieron evitarlo.

Francia y España le declaran la guerra a Gran Bretaña en mayo de 1779, proporcionándoles gran ayuda a los independentistas. Importantes victorias son conseguidas gracias al patrocinio hispano; el mismísimo gobernador de Luisiana, Gálvez, entrega al agente Pollock ‘fondos españoles’ garantizados con su propio crédito y sin consultar con sus dirigentes, los que ayudan en sendas victorias obtenidas en el Mississippi y en Illinois; ya tendría tiempo para arrepentirse. Los cándidos españoles en lugar de gastar aquel dinero en insuflar fuerzas a los insurgentes lo debieron emplear en fortalecer Luisiana

Resulta evidente que los insurgentes normandos logran la victoria sobre su Metrópoli gracias al apoyo obtenido de Francia y España, principalmente de los galos, pues éstos colaboran militarmente para la victoria crucial. Fue la intervención de la marina francesa la que causó el desequilibrio que los colonos requerían para superar a las fuerzas británicas. Mientras la flota británica controló las costas de Norteamérica los insurgentes no podían obtener victorias definitivas, fue la intervención de la marina francesa comandada por el almirante Grasse, al mando de una poderosa armada en 1781, la que efectuó la acción bélica decisiva para cambiar las condiciones de guerra. La campaña marítimo terrestre de Yorktown consiste en una maniobra militar de alta estrategia que combinando el avance de los ejércitos por tierra -el liderado por George Washington y el conducido por el general francés Rochambeau- con el ataque del Almirante Grasse -que logra una importante victoria sobre la flota británica en los cabos de Chesnaeke- consigue invertir la situación en favor de los aliados, puesto que las fuerzas británicas encabezadas por el general Cornwallis quedan copadas y tras de algunos combates no les queda más remedio que rendirse. A la postre esta será la batalla decisiva que le otorga el triunfo a los independentistas, los británicos ya no tienen la capacidad militar para dominar con sus ejércitos a las Trece Colonias.

La suerte de los estadounidenses comienza a manifestarse. Solo un año después (1782) la armada francesa es derrotada en el Caribe de manera contundente por la británica, acción que ya no afectará el desenlace de la ‘primer guerra mundial’ que venía a ser la extensión de la lucha de los anglocolonos, habiéndose combatido en el Atlántico, en el Mediterráneo, en el Caribe, en el Mar del Norte, en el Canal de la Mancha y en el Océano Índico. Aconteciendo que las últimas batallas se libraron en Ohio en contra de los indios aliados de los ingleses.[3]

La guerra pudo proseguir porque los británicos aún controlaban ciudades importantes, empero habían quedado exhaustos. El ejército de Washington también estaba postrado, aunque la ventaja favorecía a los norteamericanos por ser los dueños del terreno, como de hecho desde un principio lo habían sido; desde el principio de la guerra se consideraba que no deberían sino mantener lo que ya les pertenecía para triunfar. No habían crecido como colonias sometidas a un gobierno metropolitano excesivamente intervencionista, a diferencia de su contraparte iberoamericana, habían crecido desde el principio con no poca independencia materializada en un desarrollo acelerado.

Pronto pudieron comprobar el agradecimiento dispensado por los recién independizados para con Francia y España, a la hora de discutir los lindes fronterizos en su ‘Sureste’, los ilustres delegados norteamericanos: John Jay, John Adams y Benjamin Franklin se sienten traicionados por los franceses que los quieren dejar sin el Mississippi: “Para evitar una traición por parte de Francia Jay y Adams resolvieron tomar la delantera y tratar sin ella. Por odio a España, Jay llegó hasta el extremo de aconsejar a los ingleses que recuperasen la Florida y se comprometiesen, en un artículo secreto, a entregarles, si hacían esto, un territorio más extenso que el devuelto a los españoles”. Fina diplomacia colonialista que incorpora a los estadounidenses al lado de los ingleses. No se trataba de otro asunto sino de un reacomodo colonialista. El imperialismo yanqui nace con los dientes y las garras afiladas, y una habilidad innata para los tratados: “Es imposible no sentirse impresionado por la habilidad, la audacia y la buena fortuna que caracterizó la negociación (norte)americana. Los Estados Unidos obtuvieron cuanto pudieron pedir con una sombra de justificación, y mucho de lo que se les concedió lo fue en oposición a las dos grandes potencias (España y Francia) con cuya ayuda habían triunfado”. [4]

Desde ese entonces hasta la fecha los Estados Unidos se expanden a costillas de otros Su impulso colonialista-imperialista se realiza en base a su poderío agrícola-demográfico, primero como extensión colonial, después como potencia industrial intervencionista, requiriendo de la conquista de otros ‘mercados’, naciones enteras que son convertidas en periferia dependiente y subdesarrollada; si el Mississippi comenzó siendo su primer río frontera, después lo será el Río Grande, también conocido como Río Bravo.

La versión oficial de la historia estadounidense, escrita con intención de ocultar lo realmente acontecido, desconocerá la ayuda prestada por Francia y España: “hemos alcanzado nuestra independencia separándonos del país más poderoso y más valeroso del mundo, sin ayuda de nadie…”. Autismo absoluto, desde ese entonces los norteamericanos se sienten los americanos por antonomasia y lo mejor del mundo, no sabrán reconocer la realidad de las guerras en las que participan.

Si bien de manera diplomática conceden su reconocimiento al Rey de España Carlos III, quien será proclamado: “poderoso protector y Defensor de la Independencia de Norteamérica”.[5] La farsa se había consumado y el poderoso protector debería estar pensando en cómo proteger sus dominios americanos de sus protegidos.

No acababa de terminar el siglo XVIII cuando Samuel Adams (1722-1803) avizoraba el promisorio futuro de su país, requiriendo de una indispensable extensión territorial justificada por designios divinos. Para ese entonces a Samuel se le antojaba Canadá, Nueva Escocia y las Floridas, como para empezar a construir el Imperio. Consigna obsesiva presente en la mente de los dirigentes de la Unión desde un principio, signada en la creencia de que los norteamericanos sólo podían tomar “lo que la Deidad les había destinado”.[6]

El caso era de que efectivamente, como el conde de Aranda lo advierte, no había potencia alguna que les estorbara a los norteamericanos en su crecimiento, a diferencia de lo que acontecía en Europa, en donde las diversas potencias se anulaban impidiendo el dominio de un Imperio al interior de ese pequeño pero muy habitado y competido Subcontinente Pero en América España ya no era rival para la naciente nación independiente. El coloso del norte nacía manifestando su signo monstruoso para quien tuviera ojos para ver, el monstruo recién nacido presentaba su inconfundible sino signado por la voracidad de tierras.

Durante la primera mitad del siglo XIX la ‘economía’ norteamericana aparece estructurada de manera tripartita y complementaria: el Noroeste mercantil industrial orientado hacia el Atlántico; el Sur esclavista con grandes extensiones de tierra produciendo materias primas y graneros; y El Oeste dominado por colonos granjeros que extendían la agricultura y la ganadería por todo el inmenso territorio conquistado.

La clarividencia de los ‘Padres Fundadores’ es asombrosa. Desde París, antes de ocupar los principales cargos en su Nación, Thomas Jefferson columbra a la distancia el destino de ‘América’, no pudiendo ser más previsor y preciso: Su país será el nido del cual surja el águila que domine todo el Continente, siendo pertinente dejar en manos del débil y caduco imperio Español la inmensa región del Sur, mientras el polluelo crecía y se enseñaba a volar, que ya sería capaz de ir arrebatando pedazo a pedazo el codiciado territorio que le atraía, su coto de caza. Así que por lo pronto resultaba pertinente que continuaran las colonias ibéricas dependiendo de sus metrópolis, que en el concierto de las potencias mundiales eran ya imperios caducos.

El primer impulso imperialista de expansión los conduce a utilizar el Mississippi como vía fluvial que desembocando en Nuevo Orleáns fuese el puerto de trasbordo a New York, facilitándose el transporte pesado y rápido por este medio preferente antes de la construcción de las vías férreas. El problema era que Luisiana había sido fundada por los franceses y después paso a pertenecer a España.

Siendo ya Secretario de Estado Jefferson reclama el derecho de tránsito por el Mississippi, aludiendo que es un ‘derecho natural’: pues “quien posee la parte superior de una corriente, tiene el derecho de libre tránsito en ella hasta el Océano”[7]; así que más que gestionar reclaman el uso de esta vía de transportación y la edificación de un puerto exclusivamente para uso norteamericano. A fin de cuentas su petición estaba respaldada por la dinámica motora de su creciente industria y agricultura presionando en busca de ganar espacios a su favor; dinámica que no encontraba contrapeso en la parte hispana, de allí el que resultara incontenible.

Nuevo Orleáns podía tener un ‘sabor’ francés, pero estaba siendo ganado por los vapores de factura anglosajona y su infraestructura portuaria sería de factura estadounidense. Los norteamericanos se harían de Nuevo Orleáns porque ellos eran quienes con mayor vigor afluían por el Mississippi necesitando un puerto de enlace que los proyectase hacia el Golfo de México, vía indispensable para su futuro desarrollo, por lo que el ‘derecho natural de navegación’ conducía a la apropiación de tal puerto geoestratégico; y ¿quién iba a impedírselos? España no, Francia…, tal vez.

Cosa que T. Jefferson considera inadmisible: “En el globo existe un solo sitio cuyo propietario es nuestro enemigo natural: es Nueva Orleáns, por donde deben pasar al mercado tres octavos de lo que produce nuestro territorio. Francia, al colocarse en tal puerta, asume respecto a nosotros una actitud de desafío. España podría haberlo conservado, tranquilamente, por años; su estado es tan débil que difícilmente sentiríamos su posesión de ese lugar, y no pasaría mucho tiempo sin que surgiera alguna circunstancia que resultaría en la cesión, por lo que valdría la pena esperarnos”. (El ministro en París Livingston responde): “Como parte del territorio de España, Louisiana no tiene frontera precisa, por lo que es fácil prever el destino de México”.[8] Hay que entenderlo: Nada queda librado al azar en la política expansionista norteamericana…”.

Extenderse y explotar las riquezas es el nombre del juego colonialista europeo; el ‘liberalismo’ encontrando vasto campo en Norteamérica superará a las viejas y caducas monarquías europeas. Atraídos por la posibilidad de hacerse propietarios, librados de los atavismos que los afectaban en los distintos reinos europeos, más y más inmigrados normandos arriban a Norteamérica ocupando en cuestión de años inmensos territorios, por lo que el aguilón rapaz ambiciona más y más… No pasa más de un año después del Tratado de París (1785) cuando ya el rey Carlos III concede ‘asilo’ y tierras en Louisiana a colonos estadounidenses y realistas ingleses; la marabunta normanda avanzaba, primero, contando con el permiso de el Rey de España, después, sin permiso de nadie.

En 1789 había tomado posesión como presidente George Washington, ese mismo año estallaba la Revolución Francesa, el aguilucho comienza a volar aprovechando que la potencia europea tiene problemas internos… El tratado Pinckney-Godoy, signado el 27 de octubre de 1795 concede ventajas a los norteamericanos, quienes saben negociar lo que les interesa ganar aprovechándose de un gobernador incompetente, propicio para otorgarles por desconocimiento geográfico más de lo debido. Así lo hace saber el diplomático Luís Onís: “Godoy, sin conocimiento geográfico de los países sobre que versaba, ni de los intereses mutuos de las dos potencias, agregó al territorio (norte)americano cerca de un grado en toda la extensión de la línea divisoria que separaba las Floridas del territorio de aquella República, desde Este a Oeste, y puso en sus manos los terrenos más feraces que pertenecían a las Floridas, los hermosos ríos que bajaban de la Georgia y el Mississippi…, y otros puntos que nos servían para la defensa de las Floridas contra los Estados Unidos”. A tal grado llegaba la incompetencia en geopolítica de los ministros hispanos y nótese la importancia de lo tratado. Godoy es un antecedente de Santa Anna que defiende su vergonzoso proceder con un rebuscado discurso: “Por la razón, por la justicia, por la buena política, por la tranquilidad y prosperidad de la colonia, por su entera seguridad, por la navegación de aquellos mares, por precaución contra la Gran Bretaña, que disuelta nuestra alianza nos podría atacar en aquellos parajes, y también por gratitud a la honradez y a la lealtad que el gobierno de la Unión había observado con nosotros, persuadí a Carlos IV la aprobación del proyecto del tratado que con el excelente ciudadano Tomás Pinckney concluí dichosamente en San Lorenzo el Real, a 27 de octubre de 1795 (…) equivalente a casi una alianza….”.[9] Todo el escrito emana desvergüenza. ¿Fue Godoy favorecido por el trato? El caso es que los estadounidenses son hábiles para procurar este tipo de tratados, su ambición les hace sacar ventajas de donde las puedan obtener.

Originalmente Luisiana había sido fundada por franceses, pero en 1762 se le concedió a España, cuando derrotados se retiran de Norteamérica. El Tratado de San Idelfonso, suscrito el 1 de octubre de 1800 es la respuesta de los aliados continentales ante el ascendiente del Aguilón. De manera secreta Carlos IV de España le concedía a Napoleón la retrocesión del territorio de Luisiana, si bien en una cláusula quedaba acordada su reintegración a España en caso de que Francia quisiera en el futuro volver a desprenderse de ella. Pero el carácter semisecreto, clandestino, del tratado, contribuyó a que no quedara firmemente estipulado, sino nebuloso en lo que concernía a la extensión de lo que era propiamente la Luisiana; esta indefinición de lindes posibilitará que en su momento los estadounidenses extiendan Louisiana hasta hacer de ella un súper estado que incluyese a las Floridas, Texas, y a Oregón.

El argumento del sagaz Bonaparte era certero; España no estaba en condiciones de soportar el embate que venía descendiendo por el Mississippi, embate que amenazaba a la Nueva España.

Napoleón y su ministro Talleyrand concebían la instauración de un Imperio Francés en América, del cual Haití y la Louisiana serían los primeros enclaves. El primer paso consistía en la expedición conducida por el general LeClerc que debía de someter a los esclavos irredentos en la isla para después pasar a Luisiana.

El ambicioso Napoleón, que sin duda soñaba con un imperio mundial, vio sus sueños desvanecerse en la pequeña isla caribeña ante la férrea resistencia de los negros libertos. Toussaint LÓverture es el nombre del caudillo que condujo a los esclavos a la liberación y a la independencia Los regimientos de Le´Clerc sucumben en combates y afectados por las enfermedades tropicales, a su sucesor Rochambeau no le queda más que rendirse ante los haitianos Siendo importante referir que éstos se vieron apoyados por los ingleses, de esa manera comenzaba Inglaterra a cobrarles la cuenta pendiente a Francia y a España…. Pero los norteamericanos no fueron para nada agradecidos con sus involuntarios salvadores.

Preocupado por las guerras que se le venían en Europa, Napoleón decide venderles la Luisiana a los estadounidenses, haciendo caso omiso del acuerdo realizado con España; a todas luces es claro que el Emperador juega con los debiluchos reyes borbones y piensa en consolidar su reino en Europa, a lo cual le venía como anillo al dedo la absurda disputa por el trono de España entre el caduco Carlos IV que abdica y su no menos pueril hijo Fernando VII…

Para los norteamericanos la derrota de Napoleón en Haití les cae del cielo, muy preocupados estaban de que las fuerzas francesas se asentaran en lo que ya consideraban su territorio, tan era así que los bravíos colonos estaban dispuestos a invadir y tomar Nueva Orleáns, pero el gobierno de Jefferson prefirió enviar a James Monroe a comprar el derecho a navegar y de posesión del puerto; la ganga le vino cuando Napoleón les ofreció toda Luisiana por 80 millones de francos, apenas 15 millones de dólares, de los cuales 20 se descontaban por lo que correspondía a ciertas deudas y reclamos de ciudadanos norteamericanos. A diferencia, de nada sirven los reclamos del embajador hispano ante Napoleón; Bonaparte cínicamente se contenta con decir: “los Estados Unidos han comprado un gran territorio y un magnífico pleito”, sin darse cuenta que ante la debilidad hispana los estadounidenses sacarán ventaja del ‘magnífico pleito’. La suerte del naciente Imperio se haría proverbial.

La compra de territorio no había sido contemplada en la Constitución Usamericana, pero eso no será óbice para que la compra de Louisiana se concrete. El poder Ejecutivo aprovecha la ocasión, hay que aprovechar la ganga, el fin justifica que los procedimientos se adulteren Fieles al propósito capital de conseguir la extensión territorial, los artículos de la Constitución eran letra muerta. Surgiendo las primeras contradicciones entre la supuesta ideología liberal presumida en la Constitución y la praxis imperialista. El propio Thomas Jefferson tiene que matizar los ideales (la retórica) expuestos en el papel; las leyes pueden alterarse o ser violadas porque el propósito capital está dictado por las ‘leyes de la necesidad’: Perder a nuestro país por adherirse escrupulosamente a la ley escrita sería perder La Ley misma, lo mismo que la vida, la libertad, la propiedad, junto con aquellos que disfrutan con nosotros de esos bienes, al sacrificar de esa forma absurda los fines por los medios”.[10] Aquí Jefferson destapó el frasco de las esencias liberal-capitalistas, la sacrosanta propiedad es la meta del reino de ‘Dios en este mundo’.

Jefferson como demócrata era un gran imperialista, la manipulación de la Constitución para aprobar la compra de Louisiana fue cosa del más típico y así prototípico proceder imperialista usamericano. Su Declaración de Independencia es una agradable pieza retórica de ideales demagógicos en el momento en que se procede a la separación del poderoso Imperio Británico, por lo que los aires eran propicios para esas evocaciones liberal humanitarias, pero que como tales son solo consignas gratas al calor de los ánimos independentistas. Esos aires de lucha independentista contra el poderoso imperio británico le hacen variar la consigna prototípica del liberalismo patentada por John Locke: “Vida. Libertad y Propiedad, que cambia por vida, libertad y búsqueda de la felicidad”, pero en realidad la sustitución ideal era ficticia y no cambiaba la fórmula capitalista; en esos parámetros de condicionamiento la ‘felicidad’ la otorga la propiedad privada.

Jefferson fue el gran maestro en el arte de planificar el imperialismo Usamericano: “Nada queda librado al azar en la política expansionista norteamericana. La idealización de Jefferson como ‘padre de la democracia’ es un producto para consumo interno de sus compatriotas. Para Hispanoamérica fue un voraz y glotón fagocitario de territorios, o al menos uno de sus ideólogos más conspicuos, e inspirador de las conquistas que obtendrían sus epígonos James Madison, James Monroe, James K. Polk y Theodore Rossevelt”.[11]

Jefferson no podía sacudirse su estirpe burguesa, la traía en la sangre y la había mamado: “Jefferson hizo cuanto pudo, como bien podía esperarse de un individuo iluminado y reflexivo. Pero la estructura de la sociedad americana, el poder de los cultivadores de algodón, el comercio de esclavos, la política de unidad entre élites norteñas y sureñas y la larga historia de prejuicios raciales en las colonias, así como sus propias debilidades –esa combinación de necesidades prácticas y fijación ideológica- hicieron que Jefferson siguiera siendo un propietario de esclavos durante toda su vida”.[12] Es el caso de la condición de sujetos sobredeterminados por un sistema hacedor de empleados al servicio de un imperativo histórico.

Es cierto que la Declaración atribuida a Jefferson tuvo que pasar por la revisión de un buen número de miembros del Congreso. La versión final evita cualquier mención de la esclavitud. Pero el consenso del Congreso sí pidió aumentar las alusiones al ‘Juez Supremo’ y a la ‘Divina Providencia’. A fin de cuentas la Declaración era un fiel reflejo de la opinión consensuada del Congreso, basada en una idea política de la libertad natural (en el fondo otorgada por Dios) inalienable por autoridad humana alguna. Los gobernados deben otorgar su aprobación a lo que los gobernantes realizan; el pueblo era libre de oponerse y luchar en contra de un ‘rey usurpador’. Lo procurado en la Declaración principalmente tenía una finalidad: proclamar un ideal de independencia universal que exaltara los ánimos rebeldes: “Sus expresiones deben ser estimadas no solo como una noble afirmación de los derechos del hombre, sino como un programa político”.[13] Sus novedosos ideales plantean más que un programa expreso para su realización, una retórica que por su uso político sesgado no alcanza la concreción auténtica ni la pureza utópica.

A diferencia, la Constitución Americana manifiesta en su concreción empírica la normatividad propia del establishment que se estaba configurando. El Establishment Capitalista.

De cierto que la Constitución de los Estados Unidos de América es una obra de los oligarcas para los oligarcas por los oligarcas. Haciendo por codificar su dominio una vez que han conseguido separarse del Imperio Británico. Cincuenta y cinco personajes se reunieron en Filadelfia en 1787 para redactarla, todos ellos burgueses prominentes: abogados, terratenientes-esclavistas, dueños de fábricas y comercios marítimos; prestamistas que cobraban elevados intereses, “y cuarenta de los cincuenta y cinco tenían bonos del gobierno. (Encontrándose que) la mayoría de los redactores de la Constitución tenían algún interés económico directo para el establecimiento de un gobierno federal pujante: los fabricantes querían tarifas protectoras; los prestamistas querían acabar con el uso del dinero metálico para la devolución de las deudas; los especuladores inmobiliarios querían protección para invadir los territorios indios; los propietarios necesitaban seguridad federal contra las revueltas de esclavos y los fugitivos; los obligacionistas querían un gobierno capaz de recaudar dinero con base en un sistema impositivo nacional, para así pagar los bonos”.[14]

Trátese de la Timocracia de propietarios promoviendo una Constitución que sirviera a sus intereses: “Sólo Pennsylvania abolió el requisito previo de ser propietario para votar y ocupar cargos de elección”. Desde los tiempos de la Atenas de Solón, los ricos propietarios se hacen del poder político e imponen el tipo de política que les conviene, estableciendo formas de gobierno manejadas por ellos que les garanticen el acaparamiento y usufructo de las tierras. Y el sistema norteamericano no será la excepción sino el laboratorio de la fórmula moderna, en la que lo esencial es lo de siempre: Acorde con la Constitución Norteamericana: “Nadie podía ejercer un cargo estatal sin ser bastante rico….”.

Los líderes revolucionarios se apropian las tierras confiscadas, parcelándolas para alquilárselas “a pequeños agricultores para así crear una base de apoyo para el nuevo gobierno. De hecho, esto llegó a ser una característica de la nueva nación: al encontrarse en posesión de grandes riquezas, podía crear la casta dirigente más rica de la historia, y le sobraba para crear una clase media que hiciera de muro de contención entre ricos y desposeídos”.[15]

Tan es mera retórica la Declaración de Independencia que la Constitución configurada en 1787 no duda en confirmar la esclavitud en el Sur. Digna manera de ser consecuente con la verdad evidente de que todos los hombres han sido creados iguales y dotados por su Creador con ciertos derechos inalienables; que entre estos se hallan la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad…. Si el flagelo de la esclavitud se pensaba suprimir en un futuro no lejano, ¿cómo se suprimiría la desigualdad que propicia la pobreza? La Constitución no busca el bienestar del pueblo sino el de los ricos pudientes.

Patrick Henry puso las cosas en su lugar: no es el pueblo, es el Estado quien escritura la Constitución: “¿Cómo principiáis vuestra Constitución diciendo: NOS, EL PUEBLO de los Estados Unidos hemos decidido tal cosa? … Debéis decir NOS, LOS ESTADOS, porque no hay pueblo norteamericano, sino trece Estados soberanos. Usurpáis la soberanía, invocando el nombre del pueblo”. Pequeño detalle técnico de la política pseudo democrática. El propio ‘padre de la Constitución’, James Madison, advierte las diferencias, “la verdadera división existente entre los convencionales se debía a las divergencias entre los intereses de los dueños de plantaciones del Sur, que tenían por base la mano de obra esclava y los intereses comerciales industriales del Norte”. Así pues, Madison es capaz de hacer ver en qué radica la esencia de la Constitución: “El objeto primordial del gobierno es la protección de la diversidad en las facultades de los hombres, de los cuales emanan los derechos de propiedad”. No se trata de otra cosa. Es una Constitución procapitalista.

Propiedad privada, base de la sociedad usamericana, valiendo para ese entonces la propiedad territorial más que la pecuniaria, pero con el desarrollo de la industria eso se revertirá. Más puntualmente un escrito de los hermanos Beard retrata a la Constitución: “…, fue, esencialmente, un documento económico, basado sobre el concepto de que los derechos fundamentales de la propiedad son anteriores al Gobierno y moralmente más allá de las mayorías populares”. [16] Por supuesto, trátese del ‘más allá’ de la propiedad privada exclusiva de los plutócratas. La propiedad privada importa más que todo, en eso radica la libertad capitalista, garantizar la propiedad privada que los ciudadanos van adquiriendo con la expansión…, desde luego que unos serán mucho más propietarios que otros.

Hasta el día de hoy la pieza retórica jeffersoniana junto con la Constitución ha inspirado a no pocos logógrafos de la demagogia, la supuesta representación demócrata, republicana, federalista con que se encubre la verdadera esencia de la Nación Norteamericana: el imperialismo.

Una nueva Constitución de 1780 determinaba el dominio de la Timocracia recuérdese: nadie podía ejercer un cargo estatal sin ser bastante rico.

Que a este sistema se le llame posteriormente democracia es un ‘feliz’ invento tocquevilliano. Veamos qué opinaba del gobierno que se estaba estableciendo y de la democracia Alexander Hamilton: “Todas las comunidades se dividen entre los pocos y los muchos. Los primeros son los ricos y bien nacidos, los demás la masa del pueblo… La gente es alborotadora y cambiante; rara vez juzgan o determinan el bien. Hay que dar a la primera clase, pues, una participación importante y permanente en el gobierno… Sólo un cuerpo permanente puede controlar la imprudencia de la democracia…”.[17] Desde luego que las propuestas más descaradamente oligárquicas de Hamilton fueron desechadas, habiendo otros ‘Padres Fundadores’ más proclives a la idea de la res publica En lo que básicamente lo ‘democrático’ del sistema gubernamental norteamericano radica en la amplitud del gobierno y la procuración de una clase media controlada por los miembros de la Cámara, aprovechándose el ‘libre trabajo’ y la potencia industrial. Sin embargo, aunque la elección popular se aceptaba en el caso de la Cámara de Representantes, los requisitos para hacerlo fueron establecidos por los ejecutivos estatales, ‘exigiendo la tenencia de tierras para poder votar en casi todos los estados’ y así excluyendo a la mayoría de las personas: “La Constitución hizo la provisión de que los senadores fuesen elegidos por los legisladores estatales, para que el presidente fuera elegido por electores elegidos por los legisladores estatales, y que el Tribunal Supremo lo nombrara el presidente”.[18] Así, el gobierno no deja de ser la cosa nostra de la oligarquía, todavía predominantemente terrateniente, como en los tiempos de Solón. El gobierno republicano aceptaría conceder derechos y libertades a la ciudadanía conforme los ciudadanos sustentaran y legitimasen su hegemonía y no la cuestionaran.

Trátese de un gobierno que para comenzar se construye con el predominio de la oligarquía terrateniente sin caer bajo la égida de los esclavistas puesto que la oligarquía comercial e industrial del Noreste desde el principio tiene la primacía en la Nación. Las elites presentan una fórmula para implantar el Estado federalista-republicano, más que oponiéndose complementándose. El primer sistema, el federal, perfila la preponderancia histórica que va adquiriendo el capitalismo, con el dominio de la poderosa oligarquía de las ya grandes ciudades del Noreste. El segundo, el republicano, abierto a que la ‘sociedad civil’ se expanda como fuerza colonizadora. El primero a como Alexander Hamilton lo concibe concentrando el poder ejecutivo en un esquema federal, a la manera del poderío de un primer ministro inglés, obrando para establecer un sistema mercantilista que comience a generar la industria protegida en el mercado interno, y correlacionada con la creciente participación bancaria.[19] Mientras que el modelo jeffersoniano republicano no es en realidad su contraparte, sino su complemento, retóricamente opuesto a las aristocracias, en realidad, si acaso a la vieja aristocracia a lo europeo, sin plantear la propuesta de una auténtica república democrática, sino sólo la permisible libertad del normando que se expande colonizando como hacedor de propiedad privada a la par de que fomenta los negocios y estimula el crecimiento productivo, dinámica motriz capitalista que rebasa con facilidad el potencial del sistema esclavista haciéndolo incompetente.

“De aquí que el Estado cerrado hamiltoniano y el Estado abierto jeffersoniano no configuren dos modelos antitéticos sino una sola fórmula elástica de poder, y no únicamente porque Jefferson declara al abrir su primer período presidencial en 1801 que todos somos republicanos, todos somos federalistas”. Jefferson es tan ‘federalista’, entiéndase, poder ejecutivo fuerte, como Hamilton pro oligárquico. Se trataba de crear un Estado en desarrollo, bifacético en tanto la expansión territorial terminaba de efectuarse y el desarrollo industrial se acrecentaba: “Gráficamente, la clase dirigente norteamericana proyecta hacia el Atlántico, y a partir de las guerras napoleónicas, un Estado cerrado, comercial, militar y proteccionista; hacia dentro, continentalmente, el Estado abierto permite el desplazamiento (y el engullimiento) hacia las zonas del Oeste y el Suroeste. Ante la rigidez financiera y acreedora del Norte, la promesa de las tierras libres reclama a la descentralización como el instrumento de la expansión; ante el corporativismo monolítico del Banco Nacional, el corporativismo igualitario al que lleva la ‘guerra de los bancos’ de la democracia jacksoniana”.[20] En lo que la amplitud de la expansión y la miscelánea de estructuras urbanas y de enseres en construcción posibilitan que mientras dure esta etapa, de predominio agrícola y de pequeña y mediana propiedad apta para la ‘libre competencia’, la monopolización industrial-bancaria aún no impere.

Que los liberales estadounidenses contemporáneos sigan teniendo a Jefferson por ser un prócer de la libertad de las clases medias se explica porque en su tiempo de vida el capitalismo de las grandes corporaciones distaba aún en aparecer. Era el tiempo de la expansión de los pequeños y medianos propietarios de tierras y de pequeños negocios, y Jefferson alentaba así el desarrollo nacional-capitalista que debía terminar la tarea de extenderse para colonizar Norteamérica. Por su parte, cuando Andrew Jackson se opuso al predominio del monopolio bancario, esto no lo convierte en un demócrata auténtico; lo podía hacer porque tampoco había llegado el tiempo del dominio de los barones del dinero, los que posteriormente se hacen del control de la acumulación y centralización monetaria, arrebatándosela a los plutócratas europeos. Habría que esperar el término de la ‘Guerra Civil’ para que el capitalismo monopolista comenzara su vertiginoso desarrollo

Así que los propagandistas de la ‘democracia usamericana’ pueden ponderar a Jefferson y a Jackson como paladines de la pequeña libertad burguesa, pero ocultan su lado imperialista ejercido durante toda la vida política de estos funcionarios de Estado prominentes, quienes planearon y efectuaron los primeros procedimientos imperialistas a ejercerse en contra de Ibero América…, y de los indios.

Sin embargo, todavía persiste la mitología respecto a los Padres Fundadores. ¿Eran hombres sabios y justos que intentaban conseguir el equilibrio del poder? De hecho, no querían ese tipo de equilibrio, sino uno que mantuviese las cosas en su sitio, un equilibrio entre las fuerzas dominantes de la época. Lo seguro es que no querían un equilibrio igualitario entre esclavos y amos, entre los desprovistos de tierra y los terratenientes, entre indios y blancos”.[21]

La historia prosigue contando que el aguilón realizaba sus primeros vuelos extendiendo su coto de caza preferentemente hacia el Suroeste…

3-8-07


[1]Howard Zinn. La Otra Historia de los Estados Unidos, cap. 5 “Casi una Revolución”. Siglo XXI. 1999 : 63.

[2] Carta del general Lee, segundo de Washington al rey Carlos III de España, en: Gregorio Selser. Cronología de la Intervenciones Extranjeras en América Latina; Tomo 1, 1776-1848 CIIH-UNAM/UAM-A/U de G/UOM. 1994 : 21, y Gregorio Selser Ibidem. Lo que acaeció entre mediados de 1776 y comienzos de 1777.

[3] Vid. Samuel Eliot Morison, Henry Steele Commanger-William E. Leuchtenburg. Breve Historia de los Estados Unidos. FCE. 1987, cap., V. ‘La guerra de Independencia’

[4] Carlos Pereyra. Lecky, historiador inglés, cits., por G. Selser. Op.Cit. : 26.

[5] Selser. Op.Cit. : 32 y 26.

[6] Carta de James Lowell a Horatio Gates, 1779 en: Gregorio Selser. Op.Cit. : 4.

[7] Alberto María Carreño. La Diplomacia Extraordinaria entre México y los Estados Unidos. 1789-1947. Jus. Vol 1. 1961: 29.

[8] Selser. Op.Cit : 41.

[9] Ibíd. : 34 y 35.

[10] Selser. Op.Cit. : 49.

[11] Selser : 13.

[12] Zinn : 71. Un negro llamado Benjamín Banneker, esclavo emancipado, le escribió a Jefferson abogando por su raza, pidiéndole que se despojara “de esos estrechos prejuicios que habéis mamado”.

[13] Arnold Whitridge. “La Declaración de Independencia”, en: Historia Universal en sus momentos cruciales, vol. IV/ el crepúsculos de los príncipes, 1601-1789. Aguilar. 1972 : 142. “Jefferson citaba la injerencia del rey en el gobierno representativo de las colonias, la dureza con que administraba los asuntos coloniales, sus restricciones sobre los derechos civiles, el estacionamiento de tropas en las colonias, y su restrictiva política comercial y de impuestos. La lista incluía también algunos agravios que no eran muy importantes y otros que eran falsos, en particular el cargo de que Jorge III había alentado la trata de esclavos frente a los deseos de las colonias”. Ibíd. : 140

[14] Howard Zinn. Op.Cit. Refriendo un estudio de Charles Beard : 71-72.

[15] Ibid. : 67. Negritas añadidas.

[16] Selser. Op.Cit. : 31. Subrayado mío.

[17] Zinn. Op.Cit. : 72 y 76.

[18] Ibíd.. : 76-77.

[19] Como secretario del Tesoro, Alexander Hamilton “ejerció los poderes del Congreso para imponer impuestos y apropiarse del dinero/Hamilton, creyendo que el gobierno debía aliarse con los elementos más ricos de la sociedad para hacerse más fuerte, propuso una serie de leyes al Congreso que expresaban esta filosofía(sic) –y que fueron aprobadas. Se fundó un Banco de los Estados Unidos como una asociación entre el gobierno y ciertos intereses banqueros. Se introdujo una tarifa para ayudar a los industriales. Se acordó pagar a los obligacionistas… (Selectos acreedores de bonos provenientes de obligaciones de pago contraídas en la guerra, introduciéndose impuestos para su pago). Ibíd. 81

[20] José Luís Orozco. El Estado Norteamericano. UNAM. 1986 : 7.

[21] Zinn : 82.

GD Star Rating
loading...

1 comentario en “Los Estados Unidos de Ámerica cerniéndose sobre el norte de México”

  1. martin sanchez testa dice:

    magnifico trabajo, una pregunta porque de terrorismo a terrorismo “28″ el 28 es lo que no alcanzo a desentrañar.

    GD Star Rating
    loading...

Los comentarios estan cerrados