SOLUCIÓN FINAL AL PROBLEMA DE LOS INDIOS EN USA

Escrito por Alejandro Mora Gallardo on Abr 20th, 2009 y archivado en De terrorismos a terrorismos. Tu puedes seguir los comentarios a esta entrada a traves de RSS 2.0. Comentarios y referencias estan cerrados.

TERRORISMOS A TERRORISMOS 27

LA SOLUCIÓN FINAL AL PROBLEMA DE LOS INDIOS

La historia de las relaciones gubernamentales con los indígenas es un vergonzoso registro de tratados rotos y promesas incumplidas. La historia de las relaciones fronterizas del hombre blanco con los indígenas es un registro asqueante de asesinatos, ultrajes, robos e injusticias cometidas por los blancos, como regla, y como excepción de ocasionales estallidos salvajes y hechos incalificablemente bárbaros de desquite por parte de los indígenas.

Informe al Presidente Grant (1869)

Existe una línea conductora que va hasta los comienzos de la historia estadounidense. El ataque contra la población indígena durante la conquista del país fue genocida; y la gente no se da cuenta de eso, lo celebra; (…) entonces llegaron a la matanza de los indígenas pequot de esta área (New England), donde los colonizadores simplemente los atacaron, los quemaron y asesinaron a todos los hombres, mujeres y niños… Esa es una de las glorias de nuestro pasado colonial…

Noam Chomsky

¿Cuántos millones de pieles rojas habitaban Norteamérica antes del arribo del hombre blanco? Cinco, siete, diez (???), no se sabe a ciencia cierta, pero lo cierto es que había innumerables pueblos sedentarios y semisedentarios, cultivadores de maíz y leguminosas así como cazadores-recolectores, cierto que sólo en pocos casos se había alcanzado el estrato de sociedades semi-urbanas, ahí en donde las aldeas eran numerosas y se construían centros ceremoniales; habiendo en el ‘medio-este’ tribus constructoras de túmulos, como las que fueron contactadas por el adelantado en Florida, Hernando de Soto (1496-1542), quién haciendo honor a su capitanía se interna por el norte de Florida, efectuando un asombroso periplo entre 1539 y 1542 que lo lleva a transitar por las riveras del Mississippi, muriendo cerca del gran río después de haber contactado y combatido a numerosas tribus prolíficamente pobladas, a las que marcó con el primer impacto de la invasión europea propiciando una gran mortandad.

(Es de considerarse que el estudio continental realizado por el antropólogo Henry F. Dobyns propusiera la cifra de 90 millones de habitantes precolombinos al momento del Encontronazo.(1) Entonces: ¡Qué genocidio vino a ser la conquista y colonización europea en un Continente ocupado por decenas de Estados, cientos de jefaturas y miles de tribus en su mayor parte exterminadas por los invasores!).

Actuando acordes con consignas premeditadas, falsificando la realidad, los normandos de manera sistemática negaron que los pieles rojas tuvieran derecho a las tierras que habitaban, porque como simples cazadores-recolectores nómadas, no estaban permanentemente asentados en ellas. ¡Gran Mentira! Mentira capital que les sirvió para autojustificarse por el despojo ejercido en gran escala, década tras década desde el principio del siglo XVIII hasta fines del siglo XIX. Invasiones que como oleadas de enfebrecidos poseedores posesos de tierras, las fueron devorando una tras de otra, con voracidad insaciable, percibiendo en ellas múltiples riquezas no explotadas por los aborígenes.

El hecho de que los aborígenes no edificaran ciudades en las inmensas praderas, o no tuviesen aldeas permanentes no significa que no tuviesen territorio propio, como coto de caza-recolección y en su caso de pesca; su economía adaptada al hábitat los hacía nómadas estacionarios rotando en círculos acorde con las estaciones. Alcanzando algunas agrupaciones, como los iroqueses, los otawas, los dakota, el nivel de una Confederación de Tribus asentadas en un vasto territorio.

Para el codicioso hombre blanco normando la tierra brillaba como oro, por ello había que arrebatársela a los nativos, para quienes su Tierra era su Madre. Los contratos de compraventa realizados en algunos casos son proverbiales muestras de su desfachatez, pero como tales representativos de la perfidia normanda. Por unas cuantas bagatelas se tomaban inmensas extensiones en acres, propiciándose una confusión en el piel roja, quien pensaba que esas pocas mercancías que se le entregaban –incluyendo preferentemente aguardiente- se le seguirían dando en futuras lunas por haberles permitido a los blancos que se asentaran en “su territorio”; a la manera como acostumbraban los aborígenes hacer tratos, como distribución de la riqueza o permuta por trueque de algunos bienes simples, nunca considerando posible enajenar la tierra, algo para ellos impensable, fuera de sentido en su cosmovisión. Pero el piel roja resultaba un santo inocente en los tratos mercantiles que acostumbraban los europeos, y cuando entendieron que la civilización llegaba para quedarse y extenderse apoderándose de todo su hábitat, en no pocas ocasiones no les quedó más remedio que combatir al insolente invasor.

Haciéndose ostensible la manera como los estadounidenses se preocuparon por expedir contratos fraudulentos de compraventa con los aborígenes para tener un artificio legaloide de su propiedad, por lo mismo que emplearon argucias jurídicas para arrebatar las tierras durante todo el tránsito de la colonización, desde el ‘lejano este’ hasta la California, en donde los despojados también fueron terratenientes hispano y mexicanos…

Proceder propio de una mentalidad entre puritana y legalista; les preocupaba tener una cobertura ‘legítima’ de sus despojos, a la manera de auto-justificación documentada, la que en la historia oficial serviría para crear la impresión de haber actuado de manera correcta: la versión adulterada del vencedor.

Hasta los años 60 del siglo pasado la antropología estadounidense mantuvo la ‘gran mentira’ falsificando la realidad de manera contumaz. Cuando tenían que responder a la evidencia de quiénes habrían construido los túmulos, la mejor falsificación que encontraron fue: los constructores de túmulos se habían extinguido antes del arribo de los normandos; o en todo caso, si los aborígenes contactados eran sus descendientes, éstos habían sufrido un proceso de degradación que los tenía convertidos en unos viles salvajes.

Hacia finales del siglo XVIII la opinión general terminaba por aceptar la existencia de antiguas culturas relevantes en territorios que habían sido ocupados por los colonos. Pero esta aceptación será negada cuando con la independencia los estadounidenses se convierten en los mayores depredadores de la tierra, desplazándose hacia el ‘Lejano Oeste’.

La falsificación de las evidencias a favor de la ‘gran mentira’ tiene en el benemérito ‘padre de la patria’, Benjamín Franklin, a uno de sus primeros propagandistas; quien afirmó que los constructores de túmulos habían sido otros, no los aborígenes contemporáneos. Clara maniobra de la ideología dominante proyectada como veraz por el prestigio científico y moral de tan preeminente patriota: Lo que produjo Franklin fue una versión compatible con la ideología de entonces: la ideología que reforzaba el desarrollo del colonialismo. No podía pensar que su versión careciese de cientificidad; desde el principio, se basaba en un postulado para él evidente: la desigualdad de las razas.[1]

Inaugurando la línea cientificista falsificadora de lo real y justificante del predominio normando; otro ejemplo se encuentra en el trabajo del antropólogo físico S.G. Morton, quién utilizando los registros craneológicos excavados en los túmulos, acepta que pertenecen a una única raza, pero, aquí viene la falsificación ideológica: Morton elucubra que la raza única se dividía en dos familias: la una tolteca, la otra bárbara; los primeros se habían extinguido, los segundos eran los habitantes actuales.

Digno ejemplo de lo que la ciencia tendenciosa estadounidense realizó en el siglo XIX para justificar el despojo y exterminio en contra de los pieles rojas.

Más notable es el caso de Williams Henry Harrison, gobernador de Indiana hacia 1803 y superintendente de los indios del Noroeste, un hábil embaucador y militar implicado en la toma de tierras a los nativos, responsable de obtener en 14 años cerca de 19 millones de hectáreas; ¡qué éxito, todo un record!, no por nada llegaría a ser el presidente número 9 de los Estados Unidos. Pero antes de ello se convirtió en un preclaro erudito que en 1839 realizó ‘investigaciones arqueológicas’ por Ohio, llegando obviamente a la misma conclusión: los constructores de túmulos habían desaparecido de la faz de la tierra antes de la llegada de los colonos.

Con la perfidia que desde entonces los caracteriza, los potentados estadounidenses siguieron falsificando la realidad, manipulando una versión tergiversada acorde con el interés de crear una historia compuesta a su favor, haciendo creer que lo acontecido con los aborígenes tan sólo había afectado, a lo más, a un millón de nativos que existían al norte del Río Grande (Bravo), puesto que como ellos sólo eran cazadores recolectores, no pasaban de ser unos cuantos nómadas. De esa manera intentaban borrar de un plumazo la aniquilación de cientos de tribus que se sustentaban de la tierra.

Siendo importante constatar que la ofensiva civilizada no ha cesado; recién y ahora, en los EUA las prisiones, por demás repletas, guardan algunos líderes indios encarcelados a la mala por el mismo tipo de autoridad intransigente que niega sus derechos a sobrevivir en lo que les queda de sus otrora territorios, o en reservaciones alejadas de sus regiones originales. El FBI durante los años del 70 realizó una guerra contra el American Indian Movement. Algo semejante a lo que pasa en Guatemala o en Brasil, o más recientemente en Chile; los supervivientes aborígenes continúan siendo hostilizados, la solución final es aniquilarlos al acabar de conculcarles sus tierras, ante la avalancha final de la barbarie capitalista.

Noam Chomsky hace ver cómo en la etapa de Ronald Reagan, el gobierno imperial, con la desfachatez que lo caracteriza, simulaba defender a los miskitos en Nicaragua, mientras que respaldaba las matanzas de aborígenes en Guatemala perpetradas por Ríos Mount; un ‘demócrata al servicio de la administración norteamericana’.(2)

Desde luego que la rebelión de Pontiac no fue la última realizada a gran escala por los pieles rojas para combatir a los invasores. Al igual que la efectuada por Metacom, fue la legítima respuesta que podían hacer ante tal afrenta, y al igual que en aquella y las subsiguientes, los formidables ‘bravos’ pusieron en jaque a los anglocolonos hasta el natural agotamiento de los combatientes, siempre mucho menores en número al de los normandos.

El transcurso del siglo XIX fue testigo del incremento del despojo y la masacre de pieles rojas. Si los ingleses pretendieron fijar una barrera límite a las colonias en el ‘cercano este’, cuando los estadounidenses se independizan tienen el propósito de expandirse hasta el Pacífico y ganar territorios al Sur, no habiendo frontera para la invasión colonizadora. Del Norte de Europa incontables flujos de emigrados pobres afluían a una nueva nación prodigiosa en extensión territorial, incomparable con las raquíticas porciones de tierra europeas. Poblarlas y edificar ciudades requería del empleo de millones de inmigrantes, en lo que pasaba a ser el más formidable crecimiento colonial. Pero a esta labor el indio estorbaba.

La esclavitud indígena fue procurada por los normandos, pero esta no prosperó, la idiosincrasia del piel roja lo hacía incompatible con tan abominable práctica, por ello las rebeliones de esclavos se hacían frecuentes. El piel roja, al igual que los lacandones en Chiapas, o algunas tribus guaraníes en Paraguay, vieron en el arribo de los europeos el fin de su libertad y lucharon sin aceptar la dominación, aunque la lucha los llevara a su exterminio. Para ellos el ser confinados a una reservación era como encerrar a un potro salvaje en una jaula.

Los aborígenes precolombinos más audaces o arraigados a su modo de vida, entendieron que con el hombre blanco venía la esclavitud o la marginación. La tierra se convertiría en una gran prisión y un triste mundo la carcomería, tal y como ha acontecido hasta este momento, a tres años del término de un gran ciclo maya, el capitalismo con la ‘globalización’ lo que ha hecho es mundializar la crisis (macrocrisis), la que se comprueba día con día con la escala del avance depredatorio que lacera a la Madre Tierra y aliena al ser humano.

La compra de la Luisiana a los franceses en 1803 ayudó a duplicar la Nación Usamericana, de las Apalaches a las montañas Rocosas. Los normandos llamaron ‘mudanza de indios’ a su expulsión hacia el oeste de los montes Apalaches y del Mississippi, iniciando así la invasión propiamente estadounidense. Era una cruel afrenta contra seres humanos a quienes se les obliga a abandonar sus tierras y sus costumbres. Aquello fue un ultraje que llegó a ser en múltiples casos un etnocidio, para terminar en un ecocidio. “El coste en vidas humanas no puede calcularse con exactitud, y en sufrimientos, ni siquiera en forma aproximada”.(3)

Originalmente Thomas Jefferson propuso civilizar a los indios y sedentarizarlos, respetarles su propiedad, pero ese fue el inicio de la ‘gran mentira’ con que engañaron a los nativos; si en público decía preocuparse por el destino de los originales, su correspondencia privada refiere su intención oculta por despojarlos de sus territorios: Para promover esta disposición de cambiar tierras –escribe a Harrison- que ellos tienen y nosotros necesitamos, podemos impulsar nuestros usos de comercio, y veremos con gusto que individuos buenos e influyentes entre ellos los obliguen a adeudarse, porque observamos que cuando estas deudas se aumentan más allá de lo que los individuos pueden pagar, se sienten dispuestos a cubrirlas por medio de cesión de tierras. Artilugio secular de endeudar a los pobres para obligarlos a entregar la tierra. Con este ‘sagrado secreto’, el discreto Jefferson revelaba sus verdaderas intenciones para con los indios en un comunicado a William Harrison, el futuro ‘gran conquistador’ de tierras ameri-indias. Y complementa Jefferson, con el comercio barato que les llevemos podemos expulsar a la competencia británica y española, vendiéndoles tan bajo que sólo se reponga el capital y los gastos (…) de esa manera, nuestros establecimientos –settlements- gradualmente rodearán y se acercarán a los indios, y éstos entonces o se incorporan a nosotros como ciudadanos, o se les remueve más allá del Mississippi. Y más les vale que no se pongan belicosos, porque “no necesitamos sino cerrar nuestra mano para destrozarlos –to cruch Them-…”, (‘si no lo hacemos así es por humanitarios’, pero): Si alguna tribu fuera bastante torpe para tomar el hacha en cualquier tiempo, el quitarle a esa tribu todo su territorio y dividirla al otro lado del Mississippi como único medio de paz, sería un ejemplo para los otros y un medio para nuestra final consolidación”. ¡He aquí a la perfidia del colonialismo estadounidense en toda su magnitud, sin el disfraz diplomático!: “percibirá Ud. También en qué forma sagrada debe Ud. guardar esto, en su pecho, especialmente, qué inconveniente sería que se dieran cuenta de esto los indios. Para su interés y su tranquilidad es mejor que ellos vean sólo la presente edad de su historia”. [2] Digno colofón que revela fidedignamente la aviesa intención de este ‘Padre de la Patria’. En el fondo el asunto indio se resuelve haciendo que los nativos no vayan más allá de ‘la presente edad de su historia’.

El mismo ‘patriarca supremo’, George Washington, era un gran terrateniente y señor de esclavos. Posteriormente aparece Andrew Jackson (1767-1845), el yerno de otro gran terrateniente de Carolina del Norte, quien compró 20 000 acres, encargándose el comedido yerno de realizar esas transacciones, despertándosele el apetito por agenciarse las tierras de los nativos

La valerosa resistencia presentada por los pieles rojas fue permanente. Tecumseh fue el siguiente Gran Jefe de la tribu de los shawnee que lideró otra rebelión contra los conquistadores, apoyándose en las ideas matrices que caracterizan a todo aborigen: La tierra pertenece a todos, para el uso de cada uno…”. Como buen hombre comunal, semejante a los zapatistas y neozapatistas, se hace valer como miembro de comunas indivisas sustentadas en la Madre Tierra. Respondiendo a los agravios Tecumseh le dice a los cara pálidas: “¡Que perezca la raza blanca! ¡Ellos nos toman las tierras; corrompen a nuestras mujeres, pisotean la ceniza de nuestros muertos! Hay que enviarles un rastro de sangre al sitio de donde provinieron”.(3)

Habiéndose efectuado el tratado de Greenville, en 1795, los estadounidenses se comprometían a respetarles a los pieles rojas sus territorios después de haberles tomado importantes tajadas al pastel, pero como querían todo el pastel, poco después incumplen con el tratado. A diferencia, los indios solían cumplir los tratados, pues dar la palabra en un trato era algo solemne, pero los ambiciosos blancos se reunían con “unos cuantos jefes hambrientos y desesperados a quienes embriagaban con oratoria y whisky, hasta que firmaban un tratado en que entregaban para siempre los cotos de caza de su tribu, y quizás también de otras naciones”.[3]

Tecumshe y su hermano Tenskwatwa, un guerrero y un médico brujo, se rebelaron contra la opresión de los blancos y organizaron hacia 1808 una alianza intertribal, incluyendo un acuerdo con los británicos canadienses para atacar a los estadounidenses. Fue aquel un movimiento de regeneración y defensa, pues Tenskwatwa se convirtió en un profeta que clamó entre las tribus por la separación de la enajenación blanca que se cernía sobre del indio. Mas sin embargo, eran tan solo 4,000 guerreros ante 100 000 normandos en edad de tomar las armas.

La combinación guerrero-profeta exaltó los ánimos, ‘provocó una especie de renacimiento religioso entre las tribus del Noroeste’, y cuando la integración ínter tribal tomaba fuerza, W.H Harrison intervino, aprovechando la ocasión para arrancarles enormes porciones de tierra afectando a las de los dos hermanos; y para asegurar el despojo, Harrison atacó la aldea de ambos y la destruyó en una supuesta batalla (Tippecanoe 7-9-1811), acción por la cual se le tuvo por ser un héroe.

La alianza entre aborígenes e ingleses fue un recurso de sobrevivencia para los primeros, y juntos pelearon la batalla de Thames (5-9-1813), siendo de nuevo derrotados por Harrison, muriendo en el campo de batalla Tecumseh y así disolviéndose aquella confederación tribal defensiva.

Andrew Jackson se convirtió en un militar perseguidor de indios en el momento de gran tensión en que la expansión normanda se detonaba como auténtica explosión. La tribu de los creek también confrontó a los cara pálidas y las tropas de Jackson se destacaron por sus despiadadas matanzas, muy a su manera de ser un militar insaciable devorador de tierras: Jackson estableció la táctica de prometer recompensa en tierras y botín. Otra falsificación histórica lo convirtió en el ‘héroe de Horseshoe Bond’; según la versión oficial en esta batalla se enfrentó a 1,000 creek, abatieron a 800 y teniendo mínimas pérdidas. Gran mentira, fueron los guerreros cherokees, quienes azuzados por Jackson atacaron a los creek por la espalda.(4) Desde luego que para ello Jackson les había prometido el buen trato del gobierno, cosa que por supuesto no cumplió a sus efímeros aliados, lo que sí hizo fue apropiarse de más de sus tierras, fungiendo como comisario en un oprobioso tratado, por medio del cual se les expropiaba la mitad de su territorio en el año de 1814.

En este pérfido tratado se procuraba establecer otro recurso usado por los estadounidenses para destruir a los aborígenes, atacando su conformación comunal. Se trataba de que si los pieles rojas iban a conservar las tierras, fuera a título individual, como propiedad privada, así destruyendo las ligas consanguíneas y la paridad social. Dándoles tierras a unos, negándoselas a otros, sembraban la cizaña para que la discordia creciera al interior de las tribus. Perfidia propia del hombre blanco hacedor del capitalismo que con la propiedad privada procrea y perpetúa un tipo de sociedad signada por la desigualdad y la injusticia.

Lo que viene a ser el siguiente episodio de la invasión de la plaga blanca se efectúa de 1814 a 1821, implementando tratados con los indios del Sur, afectando territorios comprendidos entre Carolina del Norte y la Florida. Siendo de nuevo Andrew Jackson el héroe promotor de los despojos: empleando el “uso del soborno, el engaño y la fuerza para apoderarse de más tierras; además dio empleo a sus amigos y parientes./ Estos tratados y estas violaciones del territorio indio, permitieron la implantación del reino del algodón y el establecimiento de las fincas negreras”.[4] Ni más ni menos, Jackson es el precursor del esclavismo a lo texano.

Sucesión de invasión hacia el sur que en la apropiación de la Florida enseña otro caso ejemplar del engaño a lo norteamericano: Cuando Jackson atacó a los seminoles y a algunos cimarrones que en ella se habían refugiado, la Florida aún pertenecía a España, por lo que Jackson también pasó por sobre algunos fuertes hispanos para quemar aldeas seminoles. Lo que calificó como un ‘acto de legítima defensa’ para garantizar la seguridad de los nuevos estados del sur. Orillando a la debilitada corona hispana a vender ‘gustosamente’ la Florida en 1819. Una primer compra ‘legítima’ usamericana propiciada por las ‘inmutables leyes de la autodefensa’. Compra que aparece como tal en los mapas escolares de la historia estadounidense para enseñarles a los niños la cabal expansión estadounidense. Y como premio a sus esfuerzos Jackson llegó a ser gobernador de la Florida. Quedando como un héroe en la historia oficial de los EUA y no como el negrero, especulador inmobiliario, ejecutor de soldados disidentes y exterminador de indios”(5) que en realidad fue.

Andrew Jackson fue presidente de 1828 a 1836, se retira no sin antes nombrar a su sucesor –en esa ‘ejemplar democracia’ que desde ese entonces son los EUA- Martin Van Buren (1837-1840), siendo en ese período cuando se obligó a la mudanza de otros 70 mil indios hacia el oeste del Mississippi. Produciéndose entonces el episodio de la Guerra contra los sauk, contada por el Jefe Black Hawk hacia 1833. Episodio que vale para darnos una idea de lo que significó la opresión de los usamericanos con su ejército limpiándole el terreno a los colonos, los que como marabunta seguían avanzando, ocupando en pocos años todo tipo de terreno del que pudieran extraer algún provecho, pues con los neocolonos había llegado el hombre depredador, prototipo del capitalismo que explota la naturaleza transformando sus bienes en riqueza pecuniaria.

Black Hawk narra los padecimientos que su tribu sufre en el intento por escapar al acoso del ejército normando, escape que se convierte en un calvario para los ancianos, las mujeres y los niños que debilitados por el viaje solían morir de hambre y de enfermedades a consecuencia de las privaciones y del stress, urgidos por el acoso de la jauría usamericana. Situación en la cual los bravos no dejaban de protegerlos, combatiendo con heroísmo, sacando generalmente la mejor parte en las escaramuzas, pero la máquina de guerra con miles de soldados era invencible. En este caso, la jauría alcanzó a los miembros de la tribu cuando intentaban cruzar el Mississippi, procediendo a masacrar mujeres y niños, incluso cuando nadaban con sus crías a cuestas. A pesar de que su Gran Jefe hizo todo lo posible por proteger a su pueblo.(6)

Orgulloso queda Black Hawk de su valiente proceder, y puede dar un dictamen de lo que los blancos representan: he luchado contra el hombre blanco, que venía año tras año a engañarnos y quedarse con las tierras… Los blancos son malos maestros de escuela; llevan libros falsos, y hacen acciones falsas; sonríen en la cara del pobre indio para engañarlo; les dan la mano para ganar su confianza, para emborracharlo, para engañarlo y deshonrar a sus mujeres…. Los hombres blancos no cortan la cabellera; hacen algo peor – envenenan el corazón… ¡Adiós, mi nación! ¡Adiós Black Hawk!”.

El contraste resalta, Black Hawk era un hombre de palabra y con honor tenía la dignidad característica del ‘buen salvaje’; a diferencia, la perfidia del hombre blanco que hoy se acrecienta y se exhibe con cinismo en el mundo de la política intra e internacional, en este caso la encontramos representada en la persona de un tal Lewis Cass, gobernador de Michigan y otro vil ladrón de tierras indias, quien justifica así su desempeño: “Todos estamos esforzándonos en la carrera de la vida para adquirir las riquezas del honor, o del poder, o de algún objeto más, la posesión del cual equivale a realizar los sueños de nuestras imaginaciones; y la suma de estos esfuerzos constituye el progreso de la sociedad. Pero hay poco de esto en la constitución de nuestros salvajes”.(7) Digno discurso de un auténtico ‘homo oeconomicus’ que vive para la acumulación crematística, asimismo un político que desde un alto puesto consigue beneficios personales.

Pero como los pieles rojas no tenían la enfermedad de la codicia que promueve la civilización y el progreso, y como ‘eran unos bárbaros transeúntes’, pues había que empujarlos al otro lado del Mississippi, en donde se los prometo, en nombre de nuestro Gran Padre, el Presidente tendrán un nuevo territorio: “Ese territorio lo concede a sus pieles rojas, para que lo tengan, y para que lo tengan los hijos de sus hijos para siempre”(6) (Lewis Cass). Gran mentira reiterada una y otra vez por miembros del gobierno Usamericano.[5]

El que se haya descubierto oro en territorio cherokee cuando se inauguraba como ‘Gran Padre’ Andrew Jackson, fue una infeliz coincidencia que catapultó las hordas de blancos crisohedonistas sobre territorios ya cultivados por los ‘recién civilizados’ cherokees, como plaga se apropiaron de sus tierras y ganado, hostilizando a los indios, procediendo a venderles alcohol, matándoles la caza que requerían para su subsistencia; una verdadera plaga de blancos desaforados en busca del fulgor dorado que los enloquece.

Las compañías inmobiliarias se activan para la estafa: “Según un presidente del banco de Georgia, accionista de una de esas compañías: ‘el robo está al orden del día’”. La fuerza inexorable de la instauración del capital industrial y el ingente crecimiento del comercio con la propagación de ciudades que van siendo conectadas por ferrocarriles, esto es, el progreso civilizado incrementa el precio de la tierra a lo que los codiciosos vendedores de bienes raíces le sacan provechosa plusvalía; de todo lo cual: “los indios iban a acabar muertos o exiliados, los especuladores inmobiliarios más ricos, y los políticos más poderosos”.(7) Tratábase de una plaga de sanguijuelas queriendo chupar más y más sangre.

Eran 17 mil cherokees rodeados por 900 000 blancos de Georgia, Alabama y Tennessee. Prodigiosos avances en las artes y oficios fueron logrados en corto tiempo por esta singular tribu. Su intento de mimetizarse con los blancos fue tal que hasta llegaron a tener más de 1000 esclavos, sin duda, estaban en vías de civilizarse y hasta se cristianizaban. Pero el oro y la tierra y el no dejar de ser cobrizos los condenó al exilio y a la extinción de su etnia.

De acuerdo con las leyes la nación cherokee estaba incluida en los EUA. Incluso según el tratado Hopewell, que precedió a la Constitución, originalmente se había aceptado que tuvieran un diputado en el Congreso, toda vez que cedieron gran parte de su territorio al Estado de New York, pero eso fue letra muerta. El gobierno de Georgia imponía los intereses de la barbarie civilizada; confiscación de tierras, abolición del gobierno cherokee, prohibición de protestas, prohibición de defenderse de los blancos en los tribunales. Los misioneros que los apoyaban fueron encarcelados. El tribunal supremo ordenó la libertad de uno de ellos (Samuel Worcester), Jackson se negó a cumplir la liberación. Los cherokees apelan a la Corte Suprema para que el gobierno de los Estados Unidos cumpliera los ‘solemnes tratados’ que con ellos antes había concertado.

La Corte no les concede que puedan ser una nación independiente, sino que los cataloga como una nación doméstica-dependiente, son los pupilos ante su tutor, el ‘Gran Padre’ Presidente. Admitiéndose que si los georgianos invadían su territorio, violaban la constitución. Haciendo uso del típico lenguaje infectado de tecnicismos jurídicos e interpretaciones arbitrarias y rebuscadas, regular arma del derecho burgués para hacer imperar la fuerza del potentado, se construye el dictamen. La Suprema Corte concluye que los cherokee no pueden mantener un litigio como nación independiente en la corte de los EUA. Si es verdad que la nación cherokee tiene derechos, no es éste el tribunal donde esos derechos pueden ser confirmados. Y si es verdad que se han inflingido daños y se teme todavía otros, éste no es el tribunal que puede rectificar el pasado o prever el futuro. La moción para que se les conceda un mandato se deniega”.[6] Prototípico comportamiento pleno de pusilanimidad jurídica, cuando se trata de no afectar a los poderosos el tribunal se lava las manos.

Jackson como presidente finge protegerlos, siempre y cuando accedan a desplazarse más hacia el oeste, puesto que “todos los anteriores experimentos para el mejoramiento de los indios han fracasado”.[7] ¡Gran Mentira! Al igual que a Jefferson, los cherokees le podían haber echo tragar sus palabras. Y qué importa, habiendo demostrado que era el patán que necesitaban para cumplir con la misión colonialista de la época, se reeligió en 1832, procediendo a continuar la tarea de ‘la mudanza’ pues todavía quedaban 22 mil creek en Alabama, 18 000 cherokees en Georgia y 5000 seminoles en Florida.

Por otra parte, la segunda guerra en contra de los creek estalla, los georgianos se muestran como gente de la peor calaña, así lo denuncia un diario de Alabama: La guerra con los creeks es una hipocresía. Es un plan miserable y diabólico, confeccionado por hombres con intereses, que pretenden despojar a una raza de gente ignorante de sus justos derechos, y robar las migajas que han quedado bajo su control”.

Los creek firman un tratado en Washington abandonando 5 millones de acres si dos de ellos quedan para los creeks que quisieran quedarse como individuos o venderlos. Lo que resultó ser otro contrato farsa; la invasión blanca con los ‘peores de todos’ para pronto se propagó como la plaga que era, compuesta por saqueadores, terratenientes ambiciosos, estafadores, traficantes de whisky y matones. Como era su costumbre: “El gobierno federal no intervino para nada. Al contrario, negoció un nuevo tratado que contemplaba la rápida emigración de los creeks hacia el oeste…”(8).El tratadísimo está en función del desplazamiento (robo de tierras) escriturado.

El problema de los creek terminó por ‘resolverse’ a la manera usamericana. Ya era 1836 cuando respondiendo a los agravios los creeks se sublevan y proceden a defenderse, lo que las autoridades interpretan como un acto de guerra por el que pierden los derechos concedidos en el tratado. Era lo que el gobierno de Jackson estaba esperando. Once mil soldados penetraron en su territorio y a la fuerza fueron trasladados hacia el oeste. Lo increíble del caso es la obsesión por seguir firmando tratados que en esas circunstancias le diera un tinte de legitimidad a la expulsión, en ello radica la tendencia legaloide del imperialismo estadounidense.

La pobre gente es trasladada en viejos vapores por el río, hacinados se vieron afectados por las enfermedades y el hambre. Algunas familias que se pudieron quedar en sus tierras, gracias a un convenio establecido por el que 800 guerreros creek participaron como voluntarios en la guerra contra los seminoles, quedando sus familiares bajo protección federal, no fueron respetadas, sino que fueron vejadas por intrusos blancos (más de la plaga de los peores). El ejército procedió, para su supuesta protección, a trasladarlas a un campo de concentración: Allí murieron por millares de hambre y enfermedades”.(9)

Los cherokees fueron desplazados de sus tierras en el otoño de 1838 por el ejército del general Winfried Scott, ubicándolos en campos de concentración, y cuando fue el invierno los obligaron a trasladarse hacia ‘Indian Territory’ (entre Arkansas y Oklahoma). De los quince mil cherokee que iniciaron la marcha forzada, sólo once mil llegaron: cuatro mil perecieron por el frío, el hambre y las enfermedades”.(9) A este tipo de marchas se les tiene por ser el antecedente de las ‘marchas de la muerte’ ejecutadas por los nazis.

Desplazándose hacia el Sureste quedaban los seminoles en la ya incorporada Florida como otra tribu problema a resolver, esto es, a ser despejada para dar las tierras a los civilizados. Se concretó con ellos un acuerdo para que en diciembre de 1835 se congregaran para ser trasladados; nadie se presentó, por el contrario los seminoles atacaron a los blancos, civiles y militares fueron víctimas propicias para quienes sabían moverse entre marismas y pantanos. El ejército más que bajas sufrió deserciones, no podían vencerlos en su hábitat. 1,500 vidas estadounidenses cobró la guerra, veinte millones de dólares gastó el gobierno. Para 1840, como en tantos otros casos, los guerreros de las tribus resultaban insuficientes para combatir con un ejército que los triplicaba en número y en pertrechos. Así que fueron arrestados conforme se presentaban portando bandera blanca. El propio jefe Osceola fue hecho prisionero para morir confinado en una prisión.

En el territorio de Colorado, hacia 1865, en un fuerte llamado Lyon, ocurrió otra de las infames matanzas de aborígenes, en este caso afectando a miembros de las tribus cheyene y araphatos, quienes se habían acogido a la protección del oficial E.W. Wyncoop. Detectándose una sucia maniobra: Wyncoop es removido del cargo, permitiéndose el arribo del coronel J.M. Chivington “con el 3er. Regimiento de Caballería de Colorado… y el Primer Batallón de la Caballería de Colorado”, incorporando a la guarnición de la plaza; contra las protestas de los oficiales, Chivington ordenó el atacar a los nativos a pesar de que él había estado presente cuando se hizo el acuerdo amistoso. Los soldados concuerdan en relatar que se cometieron las atrocidades más feroces de las que jamás se haya sabido: mujeres y niños asesinados y desollados, niños asesinados mientras se amamantaban al pecho de su madre, y todos los cuerpos mutilados de la manera más horrenda… Todo el tiempo, el coronel J.M. Chivington estuvo incitando a sus tropas a cometer estos diabólicos desmanes aún antes de la matanza… sabiendo él mismo que todas las condiciones de estos indios se asentaban en las afirmaciones de protección del gobierno… ”.(9) Después Chivington miente en su informe, haciendo creer que dio cuenta de 500 a 600 indios en el campo de batalla.

De este tamaño era la infame calaña de los soldados mata indios, cuyo ejemplar principal es ‘inmortalizado’ en las películas bobas, el afamado George Armstron Custer, sin duda otro ‘héroe americano’ que se distinguió por el mismo tipo de conducta, atacar aldeas indefensas, triunfando hasta que tuvo la desgracia de enfrentar a los ‘bravos’, no a mujeres, ancianos o niños, en la batalla de Little Bighorn River.

Cuantos casos más semejantes a estos acaecieron (???), el hecho histórico es de que los blancos civilizados fueron exterminando a las culturas nativas y los sobrevivientes quedan confinados en miserables reservaciones sin poder reproducir sus costumbres.

Hacia 1881 el gobierno de los EUA contabilizaba la existencia de 300 000 indígenas, miembros de algo así como 3,000 tribus, los que quedaban después de haber ocurrido grandes depredaciones, los indios sobrevivían en condiciones deplorables.

La intensidad del exterminio se fue incrementando conforme la civilización avanzaba hacia el oeste, por lo que a orillas del Pacífico encontró su culminación: La historia de las injusticias, la opresión, los asesinatos de los indígenas de la pendiente del Pacífico, durante los últimos treinta años, llenaría un volumen por sí solo y es tan monstruosa que es difícil de creer”. Se trata de que como comenzó la colonización del normando en Norteamérica, termina: “Colorado es tan injusto y codicioso en 1880 como lo fue Georgia en 1830 y Ohio en 1795; y el gobierno de los Estados Unidos rompe promesas tan hábilmente ahora como entonces, y con un elemento agregado de ingenuidad, adquirido a través de la práctica”.[8] Ingenuidad a veces cierta, otras era descarado cinismo dando cuenta de la típica conducta que desde ese entonces caracteriza a los gobernantes estadounidenses.

Para cubrir los expedientes burocráticos se realizaban informes, y éstos no podían ocultar lo realmente-acontecido: “Los informes están llenos de afirmaciones elocuentes de injusticias y de perfidias cometidas contra los indígenas por parte del gobierno”.[9] Y como tales no tienen mayor trascendencia, no habiendo repercusión alguna en la creación de una conciencia verídica entre los estadounidenses. Estos informes se perdían en el laberinto de la burocracia y quedan ocultos.

Los estadounidenses fueron, conforme se expandían, agrediendo a las diversas tribus con que se toparon, configurándose un patrón colonialista. El hombre blanco agredía de manera sistemática, ya fueran los ‘peores de todos’: viles ladrones y asesinos, o aquellos otros hombres ‘respetables’, provocadores de guerras para posibilitar el embate del ejército contra los pieles rojas, porque además se veían beneficiados con los fondos que el gobierno dispensaba en la ocupación: “Azuzan a los hombres de la más baja calaña a perpetuar los crímenes más horrendos contra sus víctimas y luego, como jueces y jurados, los escudan de la justicia que debería recaer en ellos por sus crímenes. Todo crimen cometido contra un indígena por un hombre blanco es encubierto y minimizado”.(10) Dejándolo al criterio de la ‘justicia’, en realidad, de su justicia en un tribunal compuesto por personas semejantes.

Empleando procedimientos propios del salvajismo capitalista, el que se ‘justifica’ porque lo perpetúan los poderosos, no habiendo quien les pare el alto y los llame a rendir cuentas, en un verdadero acto de justicia.

Indignado por las arbitrariedades y las atrocidades cometidas en contra de los pieles rojas, R.W. Emerson mandó una carta abierta al presidente Van Buren en la que manifiesta su parecer: “Usted, Señor mío, hará que ese digno cargo que ocupa caiga en el descrédito más profundo si marca con su sello ese instrumento de la perfidia; y el nombre de esta nación, hasta ahora tenido como sinónimo de religiosidad y libertad, será la peste del mundo”. Dicho y hecho, el sello se imprime con la marca de la casa por tipos como Andrew Jackson, y de allí hasta los Bushes la perfidia prevalece. Por su parte, Van Buren, muy quitado de la pena dijo al Congreso en 1832: Me produce un placer muy sincero informar al Congreso de la compleja ‘mudanza’ de la Nación de los indios cherokee a sus nuevos hogares al oeste del Mississippi. Las medidas autorizadas por el Congreso en la última sesión han tenido un éxito completo”.(11) La solución final. Después, en California, como ya no había más oeste hacia donde enviarlos, la solución final será el exterminio.

La Conquista del ‘Far West’ es manejada como un episodio glorioso en la Historia de los Estados Unidos. Lo que en realidad pasa a ser un ejemplo primario de cómo se construye la hegemonía estadounidense, comenzando por exterminar a los nativos. Empresa que queda registrada en su historia oficial como la obtención legítima del territorio norteamericano, en la que si acaso acontecieron algunos episodios sangrientos, éstos se debieron a la incapacidad de los indios para adaptarse a la civilización.

No es de extrañar que la actitud de falsificar la Historia sea uno de los recursos preferentes del ‘establishment’ estadounidense, merced a lo cual han podido desarrollar su imperialismo incontrastable, implicando una dominación ideológica. Condición que se ha venido practicando como un imperialismo progresivo, alcanzando su clímax con la Segunda Guerra Mundial… Cometiéndose todo tipo de atrocidades, desde los ataques de los puritanos a los nativos más la subsiguiente guerra de exterminio culminada a orillas del Pacífico…, siguiendo con la invasión a México…, después a Cuba-PuertoRico-Filipinas…., hasta la invasión de Irak-Afganistán y las matanzas de palestinos en Gaza etc., etc.; y sin embargo, ante la ‘historia manida’ por ellos procreada, ‘siguen siendo los buenos de la película’. Mientras el Imperio no sea derrotado, los asesinos seguirán siendo premiados como potentados que ejercen un dominio imperial con la complacencia y/o la impotencia del resto del mundo.

Ya que en el fondo de su falsa conciencia se siguen pretendiendo como los representantes del pueblo elegido por Dios para expandir la democracia y la justicia, cuando que son todo lo contrario.


[1] Rebeca Panameño y Enrique Nalda. “Arqueología: ¿Para Quién?”. Nueva Antropología No. 12. 1979 : 12.

[2] Alberto María Carreño. La Diplomacia Extraordinaria entre México y Estados Unidos, 1789-1947. Vol. 1. Jus. 1961 : 34-35, 36 y 37. Jefferson le pide a Harrison que conserve en ‘un sagrado secreto’ esta comunicación extraoficial. Misiva fechada el 27 de febrero de 1803.

[3] Samuel Eliot Morison, Henry Steele Commager y William E. Leuchtenburg. Breve Historia de los Estados Unidos. FCE. 1987 : 216.

[4] Ibidem.

[5] Notable es cómo los pieles rojas captan la procacidad del político blanco, pues su tipo de gobierno se hace practicando la mentira como oficio cotidiano. “No entiendo cómo el gobierno envía un hombre a pelear contra nosotros, como lo hizo el general Miles, y luego falta a su palabra. Un gobierno así tiene algo que anda mal. No puedo entender por qué se permite que tantos jefes hablen en tantas formas distintas y prometan tantas cosas diferentes”. Política moderna Mr. José. “Jefe José (Tribu “Nez Perce”): Llamado al Pueblo Estadunidense y al Presidente Hayes (1879)”. EUA6. Instituto Mora 1988 : 74

[6] “Juicio de la Nación Cherokee Contra Georgia (1831)”. EUA2; -documentos de su historia política ii-. Instituto Mora. 1988 : 138

[7] “Jackson: Sobre el Traslado de los indios a Reservaciones (7 de diciembre de 1835)”. Ibid: 142.

[8] “Helen Hunt Jackson: El Indígena y el Hombre Blanco (1881)”. EUA6; -documentos de su historia socioeconómica iii-. Instituto Mora. 1998 : 77.

[9] Ibíd. : 78.

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SOLUCIÓN FINAL AL PROBLEMA DE LOS INDIOS EN USA1.0101

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