La semana santa

Escrito por on Abr 13th, 2009 y archivado en Religión. Tu puedes seguir los comentarios a esta entrada a traves de RSS 2.0. Comentarios y referencias estan cerrados.

cristo_semana_santaRecuerdo muy bien cómo se vivían los días de semana santa, especialmente jueves y viernes, a finales de los años 50 y principios de los 60. Eran días de guardar en el sentido más estricto. No se trabajaba, las amas de casa suspendían las labores domésticas, se asistía a los oficios religiosos (a todos), el ayuno y la abstinencia de carne eran rigurosos (el viernes santo), los ejercicios espirituales eran práctica común entre niños y adultos, se rezaba el credo de rodillas el viernes a las tres de la tarde. Hasta los delincuentes tenían respeto por esos días. Se abstenían de “trabajar”.
Algo ha pasado. Hoy en día, la semana santa es ante todo un periodo vacacional, aunque sólo sea de jueves a domingo en el caso de Aguascalientes; en el resto del país las vacaciones escolares incluyen la semana santa y la siguiente. Aquí, debido a la feria de San Marcos, el calendario es diferente. De las prácticas que mencioné, sólo queda la de no trabajar. Lo demás se ha vuelto de observancia para muy poca gente, con excepción de la llamada “visita de las siete casas” que se realiza el jueves por la tarde. La cantidad de gente que se da cita en las iglesias es impresionante. A veces no hay forma de entrar. O sea que se conservan algunas tradiciones pero no el apego a los ritos vinculados al recuerdo vivo y profundo de la pasión y muerte de Cristo. Por si fuera poco, ya ni los criminales respetan estos días. En muchas ciudades del país, incluyendo Aguascalientes, hubo ejecuciones el pasado viernes santo.
Lo interesante del caso es que a pesar del abandono de los hábitos religiosos y las prácticas litúrgicas, las creencias religiosas como tales no han declinado en el mundo. Por el contrario, están creciendo así sea en porcentajes muy pequeños. Según datos proporcionados por la curia vaticana, en el año 2007 los bautizados en la Iglesia católica crecieron un 2% con respecto al año anterior. Se calcula que actualmente el 90% de la población del planeta tiene algún tipo de creencia religiosa. A la luz de estos datos, cobra sentido la afirmación del escritor André Malraux (que no era creyente) de que “el siglo XXI será religioso o no será”.
La previsión de los primeros “ateos conscientes y declarados” como el barón d’Holbach (filósofo francés de origen alemán y prototipo del intelectual de la Ilustración en el siglo XVIII), en el sentido de que la religión iría desapareciendo gradualmente porque era resultado de la ignorancia de los pueblos, resultó totalmente infundada. Igual ocurrió con lo previsto por Marx y sus seguidores que consideraron a la religión como el “opio del pueblo” y por tanto destinada a desaparecer en la medida en que los seres humanos fueran profundizando en el conocimiento de su propia naturaleza. Los hechos han mostrado lo contrario. El conjunto de las iglesias cristianas y los adeptos del islam suman más de 2,700 millones de personas. Las religiones orientales (el budismo, el induísmo, el shintoísmo, el taoísmo, etc.) no necesariamente son monoteístas pero igualmente ponen el énfasis en el sentido de trascendencia del ser humano y en la admisión de principios superiores que rebasan la inmediatez existencial de los hombres. En Oriente hay miles de millones de adherentes a estas religiones que, por cierto, se están propagando en Occidente. No todas las confesiones religiosas son estructuradas y jerárquicas como la Iglesia católica, pero en todos los casos hay un soporte teórico y un conjunto de rituales. En todo caso, las prácticas litúrgicas son las que están decreciendo, sobre todo entre los fieles de la Iglesia católica.
Lo que me llama la atención, en el caso de nuestro país y especialmente del centro-occidente, es que ahora llegamos a una especie de extremo. Del rigorismo del pasado pasamos a una suerte de desenfreno y de ignorancia generalizada de nuestra cultura y del pasado en que se sustenta.  Como decía José Vasconcelos, la religión católica es una parte fundamental de nuestro proceso cultural. Y no se refería sólo al dogma, a la tradición teológica y al conjunto del andamiaje intelectual del cristianismo. Decía él que los misioneros españoles que llegaron a América tuvieron éxito y en un periodo relativamente corto porque trajeron consigo el “aparato cultural” de Europa: lenguaje escrito (sintético), arquitectura, pintura, escultura, música, teatro, literatura. En el caso de México, las iglesias y conventos de la Nueva España se convirtieron en expresión enraizada y viva de la fe cristiana. Además, desde el punto de vista artístico y por citar sólo dos ejemplos, Santo Domingo en Oaxaca y la capilla de El Rosario en Puebla son la expresión más acabada del barroco americano y figuran entre las joyas de la arquitectura universal.
Mucha de esta riqueza artística está a la vista, casi intacta. En días pasados estuve con mi familia en San Miguel Allende, joya de la cultura novohispana del siglo XVIII que acaba de ser declarada por la UNESCO patrimonio histórico y cultural de la humanidad (una más de nuestras ciudades coloniales). Tal vez será por eso que la ciudad está invadida por turistas y residentes norteamericanos. ¡Qué dieran ellos por tener en su país esa riqueza! Sus antepasados comenzaron a desarrollar cultura justamente en el siglo XVIII, cuando ya nuestros ancestros tenían doscientos años de haber implantado en América lo mejor de la riqueza cultural de Europa, que tenía tras de sí las grandes aportaciones de Grecia, Roma y la Edad Media. Y no sólo residen en San Miguel. Están sustituyendo a nuestros indígenas en la venta de artesanías (en otra ocasión abordaré este tema).
Lo peor del caso es que algunas de las tradiciones de semana santa, como el baño a cubetadas en la vía pública y la quema de judas, resultan ya inaceptables ante la escasez de agua que padecemos y la contaminación ambiental urbana. Año con año se recomienda el abandono de esas prácticas y la gente no hace caso. Se insiste ahora en que no se compren hojas de laurel el domingo de ramos porque esa planta está en peligro de extinción. Sin embargo, a la salida de las iglesias se siguen vendiendo las ramitas de laurel como si nada ocurriera.
El desenfreno de la semana santa en México es un fenómeno que tiene que ver con dos hechos importantes. Por un lado, es el periodo vacacional que abarca al mayor número de personas en nuestro país. Prácticamente sólo trabajan quienes atienden servicios básicos y de emergencia.  Por el otro, el crecimiento de las clases medias implica ciertos hábitos de descanso: visita de playas, diversiones masivas en lugares abiertos o cerrados, consumo indiscriminado de comida y alcohol, deportes acuáticos, etc. Esto explica el éxito creciente del concepto de “todo incluido” en los hoteles de playa.
Recuerdo que en mi infancia me parecía un sueño inalcanzable (además de prohibido) realizar lo que hacían algunos de los parientes ricos (médicos o abogados): ir en semana santa a las playas de Melaque o Barra de Navidad en las costas de Jalisco. Puerto Vallarta no existía como zona turística y Acapulco estaba en el “finis terrae”. Hoy en día las excursiones a playas en autobús (incluyendo Cancún), con alojamiento en hoteles económicos, están al alcance de una buena parte de la población. Los sectores de mayores ingresos saturan los aviones y los hoteles de lujo.
Lo anterior parece ya irreversible. A pesar de la actual crisis económica, Acapulco registró una ocupación hotelera del 95% en la semana santa que acaba de terminar. Lo que sigue estando en nuestras manos es la templanza (por razones elementales de salud), el hábito de la reflexión y el sentido común. Me parece que es preferible visitar iglesias coloniales que disponer de un metro cuadrado por persona en una playa contaminada.


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