Terminaron las precampañas de los partidos políticos, a través de las que seleccionaron a los candidatos que contenderán por una diputación de mayoría en el proceso electoral federal que se lleva a cabo este año.
Lo visto hasta ahora deberá dejar lecciones para los jugadores de la contienda, el árbitro y los medios. En la labor de proselitismo la nueva norma no representó cambios significativos en la dinámica partidista, los aspirantes siguen con sus viejos métodos y los partidos adecuan sus mecanismos a las disposiciones, con algunos candados que provocaron equívocos intrascendentes. Lo más notable es que no se advierten beneficios sustanciales para la democracia al interior de los partidos.
El árbitro ha sido rebasado por la pretensión “orwelliana” de monitoreo de los spots –contenido y pauta- y el comportamiento partidista, tarea en la que, además, se entregarán muy malas cuentas; pero más gravé aún es que se ha doblegado a los intereses de los medios, sujetos que deberían ser regulados, no los reguladores.
En el caso de los medios su cometido busca probar la ineficacia de la reforma para regresar al anterior estado de cosas, en lo cual pueden avanzar ante las limitaciones de la actual norma y toda vez que la “spotización” que se buscó evitar es lo que se ha obtenido con el nuevo formato de control de tiempos.
Pero más allá de estos sucesos que se presentaron durante la precampaña, estamos ya frente a un planteamiento abierto de las estrategias partidistas, en las que destaca la iniciativa panista de lanzar una campaña negativa contra el Partido Revolucionario Institucional. Por su parte, el PRI mantiene la difusión de medidas popularmente atractivas, evitando entrar al debate con el dirigente nacional del PAN, descalificando su actitud y, en el frente político, recriminando la pasividad del gobierno federal ante a los grandes problemas nacionales. En tanto que el PRD reprueba el espectáculo lamentable que están dando sus adversarios y se aísla de la confrontación, apoyándose con spots en los que se privilegia la propuesta.
En términos de mensajes, tonos, formas y estilos puede hacerse un balance de lo que están queriendo transmitir los partidos, seguramente con saldos negativos por las limitaciones demostradas, pues los spots son, en ese sentido, espejos de la realidad de los institutos políticos. Pero también ya hay datos que muestran cambios significativos en las preferencias, lo cual es un asunto que requiere exploración, pues da la impresión que se debe a la decisión del PAN de atacar al PRI. Así, en la segunda encuesta electoral de Berumen y Asociados, publicada por El Universal, el PRI cayó del 39.9% de la intención del voto al 30.3, y el PAN pasó de 25.1 a 27.4.
Es evidente que la contienda es larga y en su recorrido se van a presentar múltiples sucesos que pueden modificar las intenciones del voto del electorado. Nadie puede anticipar victorias ni darse por muerto. En todo caso, es importante que en el cálculo estratégico de los partidos se tenga la capacidad de leer la realidad, interpretarla y actuar en consecuencia.
Pero si esta variación que se da apenas en la precampaña se debe a la postura beligerante del panismo o si así es entendida, es de esperarse que vengan muchos ataques más en la contienda.
Independientemente de los movimientos en las preferencias y sus explicaciones, la campaña negativa debe verse como parte de la libertad que ofrece el sistema democrático y dejar de satanizarse como si fuera la evidencia de inmadurez y barbarie de las contiendas políticas, por lo que conviene revisar algunas claves que nos explican esta forma de hacer campaña, particularmente en el actual proceso electoral.
Primera: entender la naturaleza de la campaña, la naturaleza de la política.
Una campaña es una muestra persuasiva de ofertas, una lucha de propuestas y a veces de carismas, es el ejercicio legitimado de toma de decisiones colectivas en el que se delega el poder a la persona o personas que la mayoría ciudadana que vota decide que la represente en sus intereses desde el Ejecutivo o el Legislativo. Una campaña es entonces, esencialmente, una confrontación de ideas, en la cual se busca imponer la propia sobre la del adversario o, en su caso, desacreditarla, lo que sería un ejercicio de argumentación que niega al contendiente.
Pero además de que esa es la naturaleza de las campañas, lo es también de la democracia y de la política. Una lucha permanente por vencer en propuestas, posturas, adhesiones, posiciones y poder. Ello no impide la posibilidad del acuerdo y la concordia política, pero hay que distinguir que campaña, democracia y política son ejercicios de deliberación en los que los sujetos que deciden tienen que ver propuestas.
Segunda: el absurdo de lo “políticamente correcto”.
Dejando a un lado la explicación y origen del término, justificado en un contexto que suaviza el lenguaje de radicalismos segregantes, hoy el comportamiento “políticamente correcto” en nuestra realidad impone una hipócrita urbanidad, un falso respeto a los derechos humanos y un rebaje del debate de las ideas.
La oposición y el ataque se descalifican a priori, perdiéndose la oportunidad de encontrar buenos argumentos en la lid política. Hay en general dentro de los partidos políticos una limitación discursiva, pero hay también atrás una tradición de sojuzgamiento de las instituciones al poder presidencial que sigue pesando, aunque ese poder ya no exista.
La idea es no caer en la superficialidad de lo “políticamente correcto”, sino en una dinámica de apertura a la crítica bien estructurada, no de estridencias ni agresiones personales. ¿Cuáles son las fronteras? Las que la ciudadanía establece con su inteligencia para distinguir lo que quieren decir los políticos y si lo que dicen les transmite algo. Justamente la idea de que la ley establezca los límites es algo que abona al estado de pasividad y ausencia de análisis. El “cállate chachalaca” de Andrés Manuel López Obrador contra Fox, y el señalamiento de que el Peje era “un peligro para México”, son experiencias de la elección de 2006 que deben dejar aprendizajes a los actores políticos y a la sociedad.
Tercera: la importancia de los cálculos partidistas.
El primer cálculo para los partidos es ganar la elección, el segundo es la forma en que lo pueden lograr. La calidad de sus campañas y si ello fortalece a la democracia es otra cosa.
El análisis y la experiencia muestra que confrontar si otorga dividendos. No es una regla, pero si se asume una postura beligerante con sentido para la población, es factible la adhesión de simpatías o el socavamiento del oponente. En ese contexto, hay que destacar que la decisión fundamental no es pelear por pelear, sino subir un tema que establezca el debate y gane la agenda.
En el caso actual, en el que el PAN se lanzó contra el PRI en la voz de Germán Martínez, podrá criticarse el estilo fajador del presidente panista, que no resulta muy simpático; sin embargo, por el tema que escogió, esta ganando la atención a su causa y poniendo en tela de juicio al PRI, que no se ha desmarcado y que, además, comete el error de seleccionar entre sus candidatos, tanto de elecciones federales como locales, a figuras de dudosa reputación, vinculadas, si no realmente si presuntamente, con el narcotráfico.
Se decide un tema central de la agenda pública: el narcotráfico, y se emplaza al PRI sobre una definición: ¿Apoya o no la lucha del presidente contra el crimen organizado? El PRI está metido en un dilema en el que no tiene hasta ahora una respuesta que le convenga.
Cuarta: las campañas sirven para comparar modelos.
El tema central de las últimas cuatro contiendas federales se centra en torno al modelo de país que queremos. En 2000 se dio una alternancia, pero no se ha profundizado en un cambio de reglas, instituciones y cultura política.
El PAN puede presumir de un antes y un después, pero lo cierto es que su comparativo es programático y no de fondo. Culturalmente no hay una victoria blanquiazul porque no ha logrado instaurar un nuevo modelo de entendimiento político, no hay un nuevo acuerdo social, de ahí que afirmáramos en esta misma columna que por ello hay una nostalgia por el PRI.
Si entonces no ha tenido el PAN la capacidad de lograr una nueva construcción política, la campaña le puede servir entonces para decir lo que representa el PRI y el legado que ha dejado.
Aparte de esta campaña, en general todos los procesos electorales deben ser un ejercicio de comparación de propuestas.
Quinta: confrontación a pesar de las disposiciones legales.
En la contienda se abren los cauces de confrontación, pese a las prohibiciones legales que existan. En realidad el mejor juez es la audiencia electora, que puede premiar o castigar los excesos o los vacíos.
En el caso de los lances panistas que estamos viendo, no deberían tipificarse como una campaña negativa, porque no son parte de los contenidos de la propaganda política o electoral, sino del discurso del día a día del líder panista. Esto dice la norma y precisamente, por la pretensión de regulación excesiva, el PAN se aplica a cumplir lo dispuesto en el control de spots, pero se va por la libre en el discurso político.
Ahora bien, si el PRI se atreviese a solicitar que el accionar de Germán Martínez sea tipificado como una violación a la ley, haría un movimiento equívoco, pues entraría al juego del panista.
En resumen, hay que elevar la calidad de las contiendas con las regulaciones necesarias, no con excesos que inhiben la libertad y el debate, que monopolizan la contienda a nivel partidista y que consideran a la población incapaz de comparar, tomar sus decisiones y asumir sus propios compromisos.
El autor es socio consultor de Azpol comunicación + estrategia política (www.azpol.com).
gusta
loading...