EL ANGLOSAJONISMO Y LA DOCTRINA MONROE

Escrito por Alejandro Mora Gallardo on Mar 31st, 2009 y archivado en De terrorismos a terrorismos. Tu puedes seguir los comentarios a esta entrada a traves de RSS 2.0. Comentarios y referencias estan cerrados.

DE TERRORISMOS A TERRORISMOS 26

EL ANGLOSAJONISMO Y LA DOCTRINA MONROE


Nos vemos tentados a imaginar que la raza anglonormanda ha recibido de la Divina Providencia el mandato en este planeta, con todo lo que a ello atañe.

James D. Nourse (periodista de Kentucky)

La colonización novoinglesa proseguida por los estadounidenses terminó siendo un despiadado exterminio de pieles rojas, cuyos episodios finales comenzaron a efectuarse en California, el confín del expansionismo de la civilización en el Lejano Oeste, cuando los ‘peregrinos’ se toparon con el Océano Pacífico.

En 1849 se inicia la ‘fiebre dorada’ al descubrirse en el Norte de California el preciado metal en abundancia. Atracción suprema que materialmente detonó un flujo de migración muy intenso de gambusinos y demás tipos de pobladores ya preferentemente citadinos, provocando un crecimiento asombroso en la ciudad de San Francisco, el mejor puerto en la zona convertido en una ciudad cosmopolita, a la que arriba toda clase de ambiciosos aventureros y pendencieros en busca del dinero fácil y de la vida placentera. Para que de esa manera la colonización terminara a las orillas del Pacífico produciendo la antítesis de las originales colonias puritanas de Nueva Inglaterra, una ‘ciudad del pecado’. Haciendo ver que la travesía de los ‘arios siguiendo al sol’ dejaba atrás su halo mítico poético y religioso para terminar instaurando un modo de vida contrario a los ideales originarios, una ciudad del futuro que se asentaba en procura del oro (dinero) y la diversión, generando un ambiente propicio para que la violencia proliferase y así el número de crímenes e injusticias fuese copioso. Puede decirse que casi todos llegaron a esta ciudad solamente como adoradores devotos de Mammón[1]. Ni más ni menos, pues se trataba del inicio de la ‘american way of life’. La civilización que procura la ganancia y el consumo exacerbado y así desangelada.

Significando a donde desemboca el Destino Manifiesto Providencial; en el utilitarismo, el pragmatismo, el hedonismo del capitalismo ya desenfrenado que tiende hacia la economía casino y las formas más facinerosas o ruines de adquisición de capital-dinero.

Lo más nefasto del caso es el hecho de que el colofón de la civilización ‘liberataria’ traída por los arios, en ese largo y secular periplo que culminaba en el oeste americano, se edificó sobre el exterminio de los aborígenes en un breve lapso de 10 años, en los que más de 100,000 cuerpos nativos fueron sacrificados[2]: El gobierno federal pagó al estado de California cerca de un millón de dólares (no incluidos los gastos militares oficiales) por la destrucción sistemática de los indios californios. Se formaron bandas de éstos que, luchando entre sí, se destrozaron mutuamente. Miles de niños indígenas fueron raptados y vendidos. En la ex misión de Los Ángeles se vendía aguardiente de ínfima calidad mezclado con ácidos, que enloquecía a los nativos y los impelía diabólicamente a hacerse materialmente trizas entre ellos. Los borrachos sobrevivientes eran encerrados los sábados y el lunes eran alquilados por las autoridades a los estancieros que necesitaban del trabajo indígena: dos o tres dólares por una semana de trabajo. El indio no recibía, por supuesto, nada y un gran número de ellos huía a los montes con sus mujeres e hijos”.[3]

A diferencia la colonización católica realizada en Norteamérica por franciscanos y después por jesuitas, tanto españoles como franceses, tenía la calidad cristiana de la caridad y la piedad. En lo que el proyecto colonial de los franceses fue cualitativamente distinto al de los británicos, pues los franceses practicaban el mestizaje no teniendo complejos de superioridad racial. Es decir, no tuvieron el asco que afectaba a los normandos para tratar con los ‘mugrosos cobrizos’. Los normandos solían condenar todos los aspectos de la cultura aborigen y los trataban de suprimir por completo. A diferencia, los jesuitas y colonos franceses podían acercarse al indio y convivir con ellos fraternal y amorosamente. Los puritanos y demás neocristianos siempre rechazaron el mestizaje y éste separatismo racial terminó por condenar a los aborígenes, efectuándose una evolución en el trato a los indios que fue de un racismo calvinista a un racismo de índole nacionalista, normando, caucásico-germánico-anglosajon …, estadounidense…., confederado.

La disputa por el predominio colonial en Norteamérica enfrentó a británicos con franceses desde 1608 hasta 1763. Llevándose a cabo más de cinco guerras en las cuales ambos bandos utilizaron a las tribus autóctonas como sus respectivos aliados: los británicos emplearon a la Confederación Iroquesa, los franceses a la Confederación Huronea hasta 1649, cuando fueron exterminados por los iroqueses, posteriormente sus aliados fueron los wiandotas. Efectuándose una lucha desigual por el mayor número de británicos y el poderío de sus aliados iroqueses, además de que el dominio de la flota británica en el Atlántico fue un factor decisivo a favor de los casacas rojas. Mientras que los franceses contaban con una cantidad muy reducida de colonos. “En 1750 el Canadá francés tenía una población de solamente 50 o 60 mil granjeros y comerciantes en pieles, al paso que las colonias inglesas llegaban a 1 250 000 habitantes”,[4] teniéndose que apoyar los franceses en la labor tenaz de sus misioneros jesuitas y en sus aliados indios.

La Guerra de los Siete Años (1756-1762) disputada en Europa repercutió en Norteamérica como la guerra de europeos y sus aliados indios, culminando con la derrota de la alianza francesa. Denotándose que la organización colonial francesa no fue eficaz: En la propia Nueva Francia, las tres supremas autoridades (el gobernador, el obispo y el intendente) hacían todo lo posible para ponerse de acuerdo en nada o en casi nada. La coparticipación de poderes impedía deslindar claramente el campo compartido de responsabilidad”.[5] Y el impulso de colonos católicos franceses nunca fue profuso como para competir con el de los protestantes normandos. Así que la guerra la pierden los franceses por lo que tras del Tratado de París (1763) queda libre el terreno para que los británicos prosigan su obra destructora eliminándose la manera francesa de colonialismo mestizo, además de que los jesuitas fueron expulsados. Ergo, los indios quedaron abandonados a su suerte, desamparados ante la bestia nórdica.

Provocándose otra malévola ‘conspiración’ de los aborígenes en contra de las anglocolonias, tratándose de un gran esfuerzo producto de una alianza tribal realizada para derrotar y expulsar de su suelo a la religión y cultura perniciosa del hombre blanco.

Que en general los pieles rojas sintieran preferencia hacia los franceses es comprensible, lo que se manifestó de manera franca en la rebelión que encabezó el gran Jefe Pontiac de la tribu de los ottawas (para los británicos ‘el Satán del bosque’), quien inspirado en la influencia paternalista francesa denunciaba las injurias inglesas.

En un Consejo de Guerra intertribal: El prorrumpió en invectivas contra la arrogancia, la rapacidad e injusticias de los ingleses, poniéndolas en contraste con la actitud de los franceses a quienes habían aquellos expulsado del país. Declaró que el comandante británico lo había tratado con desdén y desprecio…. Presentó el peligro que les sobrevendría por causa de la supremacía inglesa. Los ingleses habían expulsado a los franceses y ahora sólo aguardaban un pretexto para volverse contra los indios y destruirlos (y así, entre soñando y profetizando sus anhelos, imagina que los franceses volverán y los apoyarán en la nueva guerra). Los indios y sus hermanos franceses lucharían una vez más codo con codo, como lo habían hecho siempre, y derrotarían a los ingleses, al igual que los habían puesto en fuga hacía ya muchas lunas”. El destino estaba ya dictado por el designio supremo, la fuerza militar británica se imponía propinando otra derrota a los pieles rojas por su mayor poderío militar; pero queda constancia de la preferencia indígena por el proyecto colonizador francés: Ellos vinieron y nos besaron, nos llamaron sus hijos y nosotros encontramos en ellos sino a padres. Vivíamos como hermanos y compartíamos los mismos alojamientos y siempre teníamos con qué abrigar nuestros cuerpos. Nunca se mofaron de nuestras ceremonias y jamás profanaron el lugar de nuestros muertos. Siete generaciones han pasado y nosotros no los hemos olvidado todavía. Cerca, muy cerca estaban de nosotros”.[6]

Las misiones jesuitas ubicadas en el norte de la Nueva España, de manera similar a las franciscanas, buscaron crear reservas aisladas con el propósito de preservar a los nativos en ellas, evitando la rapaz presencia de colonos a su lado. En el caso de los jesuitas: los sistemas que implantaron en sus misiones del Noroeste de México, particularmente por lo que se refiere a la organización de los pueblos indígenas fueron más racionales que los de las demás órdenes religiosas y contribuyeron a disminuir los daños inevitables que la colonización iba a traer a los indígenas”.[7] Cumplían pues con su objetivo primario y eran misiones que desde un punto de vista económico podían ser un éxito, proliferando gracias a la influencia que tenían estas órdenes en la Corona hispana, consiguen establecer la preservación con miras utópicas y como tales ajenas al entorno y al peligro que se cernía sobre de ellas desde el norte.

Los franciscanos hacia 1635 habían edificado 40 misiones habitadas por 30 mil indios cristianizados y desarmados en Carolina del Sur, Georgia y Florida. Desde fines del siglo XVII fueron replegándose hacia el Sur empujados por los novoingleses y sus aliados aborígenes entrenados y armados como sus perros de presa. En 1704, muy a la manera de la barbarie nórdica, un tal Moore, ex dirigente en Carolina del Sur, al mando de 50 ingleses y mil guerreros pieles rojas bien armados, en una sola campaña acabó con trece misiones; sacrificó estúpidamente sin provecho alguno para los vencedores las 6 mil cabezas de ganado; quemó a los misioneros Parga y Miranda y se llevó para venderlos como esclavos en las plantaciones del sur a más de 6 mil indios católicos. Los misioneros y sus pupilos eran blanco fácil para la penetración anglosajona: La utopía franciscana falló principalmente porque los frailes, a diferencia de los jesuitas, habían prohibido el uso de armas de fuego entre sus indios y habían hecho todo lo imposible para mellar su natural combatividad; por eso, cuando la partida de virginianos esclavistas y sus feroces aliados creeks, yuchis e incluso cheroquíes atacaron por sorpresa a las misiones pudieron disparar tranquilamente sobre los sorprendidos recién conversos como si éstos fueran patos posados en el agua”.[8] La forma de colonización depredadora normanda termina por predominar en Norteamérica.

Las misiones franciscanas ubicadas en California prosperaban hacia 1834. La fiebre dorada fue la plaga que arrasó con ellas al unísono de que exterminó a los indios. Las reformas liberales mexicanas de 1833 intentaron ubicar en pueblos autosuficientes a los indígenas cristianizados, pero lo que consiguieron fue hacerlos víctimas de terratenientes. Era el caso de que el norte de la Nueva España que pasa a ser el norte de México estaba escasamente poblado. En sí, desde el siglo XVII el impulso colonizador hispano había disminuido no siendo capaz de poblar en abundancia tan inmensas regiones, gran parte de ellas semidesérticas. El norte de Hispanoamérica resultaba falto del impulso colonial y por tanto despoblado, a diferencia, comparado con el impetuoso impulso colonial de los anglosajones el hispánico resulta minúsculo. Las misiones católicas con su celo preservativo cumplieron su parte al aminorar los asentamientos de colonos junto a la edificación de los Presidios, los que pasaron a ser atalayas fronterizas aisladas; poco pobladas y muy alejadas del centro de México y como tales desconectadas por la falta de comunicación presta y transporte fluido; mucha tierra y pocos habitantes aislados entre sí y de su capital.

Los fértiles campos del sur de Texas relucían incitando la codicia anglosajona con su tipo de colonialismo antiutópico y antipreservativo. La tierra había que ocuparla para explotarla de manera intensiva arrasando aborígenes, importando esclavos, aniquilando misiones y presidios. Absorbiendo la rala presencia mexicana, dando cuenta del vigor normando que avanzaba instaurando el progreso. El pragmatismo capitalista terminaba por imponerse arrastrando a la humanidad hacia la apropiación privada. A diferencia, el proyecto colonial hispánico era apto para ‘salvar almas’, mas no para predominar como forma de colonización competitiva.

En el transcurso del siglo XIX prevaleció en los Estados Unidos una ideología de corte racista basada en viejos mitos manejados con un sesgo avieso. Los ‘Arios siguen al Sol’ y en su camino hacia el Poniente van civilizando al Planeta, amparados en la Providencia, obrando cual designio del Destino Manifiesto que les otorga la aquiescencia divina para implantar su dominio sobre el resto de naciones.

Contundente ideología de poder propia de la cultura normanda que así se autoproclamaba portadora del designio divino; la supremacía de una raza que conquistaba el serpentrión occidental americano, a la vez de que era capaz de colonizar a la India y de entrometerse en China, cerrando así el cerco sobre el orbe entero.

Portentosa ideología de la supremacía en cuanto que conjugaba los designios divinos con nociones míticas e investigaciones científicas que en su conjunto apuntalaban la hegemonía aria: La raza caucásica era la mejor dotada, más vigorosa e inteligente que ninguna otra; las tribus (naciones) germanas representaban lo mejor de esa raza, y dentro de este conglomerado étnico, los anglosajones (o en el caso de cómo lo concebían los confederados del sur, los anglonormandos) eran la nación suprema, tal y como lo prueba su impulso conquistando el mundo en la hora definitiva en que la civilización alcanzaba su etapa superior.

La semilla de la supremacía racial germana brota en Alemania y pronto se difunde entre los anglosajones. La idea original del filósofo alemán Herder que distinguía peculiaridades raciales destacando atributos germánicos, tergiversada por añadidos de carácter religioso y racista, incorporando la creencia del pueblo elegido y exaltando el vigor de la raza germana, terminó por producir una ideología racial supremacista. Si el germanismo empezó por ser una consideración de los estudiosos de la política enfocados en aspectos del gobierno y del derecho, en el siglo XIX pasó a ser una ideología racista que intentaba justificar la supremacía de las naciones nórdicas, apoyándose en estudios lingüísticos y antropomórficos aunados a consignas religiosas.

Encontrando en Norteamérica campo fértil para su desenvolvimiento. Designios arcaicos de mitología germánica y yahevismo (alianza de la divinidad y su pueblo elegido), como Destino Manifiesto por el que Dios otorgaba la tierra, los favorecía; pues como norteamericanos eran miembros de la cepa inglesa y por tanto miembros de la “imperial raza anglosajona, cuya misión en la tierra es como la de los judíos en Canaán, someter la tierra y poseerla. [9] Compartiendo las mismas características tanto la madre patria inglesa, como por transmisión directa, los Estados Unidos de América avanzaban en su pragmatismo utilitario: “El mismo materialismo, la misma vulgaridad, la misma sed de tierras y anhelo de libertad individual”.

El mismo G.F.W. Hegel consideraba a la cultura germano-cristiana como la culminación de la Historia, el Espíritu ‘encarnaba’ en Germania y en particular los ingleses eran los misioneros encargados de propagar la fuerza dominante de la Era, basada en el comercio y en la industria. (Lecciones Sobre la Filosofía de la Historia Universal).

Grandes cerebros germanos se comprometieron con esta idea. El destacado economista alemán Friedrich List escribe en 1841 que las razas germanas estaban destinadas por la providencia, “por su naturaleza y su carácter, a la solución de la gran tarea de encabezar los asuntos mundiales, civilizar países bárbaros y salvajes y poblar aquellos que aún están inhabitados”.[10]

Prestigiadas plumas inglesas de carácter romántico se unieron al coro, derramando ríos de tinta proclamaron la supremacía anglosajona. Entre los germanos los anglosajones representaban el segmento supremo, eran “la crema de la crema”, la culminación de una ancestral estirpe: “Los anglosajones llegarían a ser el producto final de una larga línea de seres superiores que se remontaba, pasando por su cuna indo-germánica, hasta la Creación misma”.[11] Escritores de la jerarquía de Sir Walter Scott enaltecen la cultura anglosajónica con un halo de romanticismo que conduce al nacionalismo, presente en su obra más apreciada en los EUA: Ivanhoe. E incluso escoceses como Thomas Carlyle, entre los decenios de 1830 y 1850, fueron entusiastas propagandistas de la supremacía normanda, adquiriendo tonos de racismo hegemónico que justificaba tanto el exterminio de los indios como la esclavitud de los negros, “como quien extermina animales salvajes y somete a especies inferiores”. Así lo señala el doctor Charles Cadwell, en sus ansias por defender la esclavitud, pues es en el Sur de los EUA en donde este racismo alcanza sus peores elucubraciones. “La civilización está destinada a exterminarlos, así como a animales salvajes”.[12] Justificándose el exterminio, la esclavitud por el poder de la auténtica aristocracia de la raza suprema: la anglonormanda, los descendientes de Guillermo el Conquistador que están por encima, incluso, de los plebeyos yanquis. Racismo exaltado que pretendía a la esclavitud como la forma preferente de civilización: esclavitud o extinción. Verdaderas consignas raciales que anticipan al nazismo apareciendo en los Estados Unidos un siglo antes de Hitler.

La civilización suprema era esclavista y despótica: “Un pueblo, ya consciente de su superioridad, nunca vacilará largo tiempo en el ejercicio de su despotismo sobre sus vecinos… La raza debe tener expansión… La guerra es el principal elemento de la civilización moderna y nuestro destino es conquistar”. La adquisición de Texas y México asegurarían la “perpetuación de la esclavitud por los siguientes mil años…, la esclavitud será el medio y el gran agente para rescatar y recuperar para la libertad y la civilización todas las vastas planicies de Texas, México, etc.”.[13] Estas consignas eran formuladas por W.G. Simms, un prolífico e influyente escritor charlestoniano con notable aceptación en los estados del Norte. Y cuando el filibustero William Walter invadió Nicaragua, Simms reconoció, en 1857, que el filibusterismo era de cepa anglonormanda, patente de su progresismo.

La noción del progreso acompaña al supremacismo racial, puesto que solo los normandos son capaces de llevar a cabo este desarrollo, tal y como lo prueba la Historia. Apoyados en científicos –preferentemente etnólogos y frenólogos- que con sus análisis manidos aportan ‘pruebas’ contundentes de la supremacía racial caucásica. Aquí también los ejemplos son abundantes: “El europeo, llamado por su alto destino a dominar el mundo, que sabe cómo iluminar con su inteligencia y someter con su valor, es la expresión suprema del hombre y se encuentra a la cabeza de la especie humana. Los demás, mísera horda de bárbaros, no son, por decirlo así, más que un embrión”. Esto fue escrito por J. J. Virey, un francés acoplado al anglosajonismo. Junto a él, otros científicos como el inglés William Lawrence, aseveraban lo mismo: “Al declarar la inferioridad moral e intelectual de los indios americanos ante las razas blancas, yo hablo de una inferioridad común a ellos junto con otros pueblos de piel oscura de todo el mundo. La opinión propiamente antropomórfica también es empleada, así lo expresa George Combe, el frenólogo más destacado en Gran Bretaña y Norteamérica: las razas existentes de indios americanos muestran cráneos inferiores en su desarrollo moral e intelectual a los de la raza anglosajona, y que, moral e intelectualmente, estos indios son inferiores a sus invasores anglosajones, y han retrocedido ante ellos”.[14] La frenología fue utilizada para ‘probar’ la superioridad racial de los normandos y con ella la ciencia estadounidense hizo investigaciones a modo para respaldar las consignas supremacistas anglosajonas.

Si en la declaración de independencia jeffersoniana estaba escrito que todos los hombres fueron creados iguales, el predominio de los intereses clasistas e imperialistas hacían de ella mera retórica; por igual que su ‘cristianismo’ era otra excusa para disimular su racismo, tal y como lo pudo consignar un negro emancipado: “Afirmo sin el menor género de dudas que la religión del Sur es una mera cobertura para los crímenes más horribles… una justificación de la barbarie más espantosa, una santificación de los fraudes más odiosos y un oscuro refugio bajo el que los actos más oscuros, más asquerosos, más burdos e infernales de los negreros encuentran la mayor protección…. Yo detesto el cristianismo que maltrata a las mujeres, les roba a los hijos en la cuna, corrupto, esclavista, parcial e hipócrita de esta tierra”.[15] Puede contrastarse este testimonio con la defensa de la esclavitud realizada por George Fitzhugh, quien sosteniendo una apreciación idílica y anacrónica de la esclavitud la propone como un mejor sistema social comparado al liberalismo capitalista que se instauraba en el septentrión estadounidense, al que calificaba como: “El sórdido espíritu del becerro de oro ejerciendo su señorío por doquiera, y de todas partes brotan los suspiros y gemidos de los oprimidos”.[16] Como si en la esclavitud todo fuera cantos gozosos. Interesante es constatar como este autor, con ideales propios de la Antigüedad Grecorromana ya fuera de época, obsoletos en pleno siglo XIX, criticaba al liberalismo haciendo ver sus peores aspectos. Pretendía Fitzhugh que la esclavitud doméstica y sus valores tradicionales era preferible a la competencia inhumana a la que el capitalismo arroja a las personas. El caso era que la esclavitud de los estadounidenses sureños resultaba mucho peor que la grecorromana al contrastar con las colonias del norte y con las nuevas naciones iberoamericanas que la habían abolido; el hecho es que la mayoría de los negros eligieron la libertad aun y cuando los ubicaba en la pobreza.

Pero más allá de este punto, lo importante para la trascendencia en la historia de los Estados Unidos aquí se asoma como profundas desavenencias habidas entre los habitantes del Norte, que miran la esclavitud como un obstáculo al desarrollo del país, y los sureños anquilosados en esta formación socioeconómica retrógrada, siendo entre ellos con quienes el racismo alcanzó las expresiones más recalcitrantes. Mas que por intención humanitaria, el racismo y el esclavismo sería superado en los EU por interés pragmático, pero como los pieles rojas no se adaptaban a la esclavitud su exterminio se intensificaría después de la Guerra Civil.

¿Se puede ser más explícitamente imperialista y procrear consecuencias más catastróficas para los pueblos aborígenes y para los esclavos arrancados de su tierra? Trátese de un episodio más en la historia de los vencidos, que como tal se olvida y se borra, desechada por la imposición de tan portentosa civilización y de su dominio ideológico que aún hoy día impide calibrar sus hazañas imperialistas. Así como el racismo nazi aniquiló judíos, polacos, ucranianos, rusos, gitanos; el racismo anglosajón aniquiló pieles rojas, esclavizó africanos y despojó a mexicanos para dejar establecido el territorio de los Estados Unidos de Norteamérica.

El progreso construido sobre el despojo y la extinción de los nativos, y apoyado en la esclavitud de los africanos, será superado por el establecimiento de un modo de producción revolucionado que no requería de esclavos, sino del trabajo asalariado[17] para propiciar el desarrollo del sistema socioeconómico más productivo y así poderoso en la Historia.

Lo que venía realizando la expansión anglosajona como progresión imperialista se sintetiza en dos palabras: ‘fraude y sangre’: Ergo, o por engaño y despojo o por cruenta guerra, la apropiación de las tierras se lleva a efecto, significando el inicio del imperialismo estadounidense que suprime a los pieles rojas y despoja a los mexicanos.

Para cuando el propósito angloamericano era el de que todo el continente en un futuro próximo estaría “en manos de la raza anglosajona”; propósito que desde Jefferson estaba presente en la idea de nación norteamericana, el cual, si bien resultaba imposible de cumplirse materializándose como una conquista racial, encontraría con la Doctrina Monroe y el panamericanismo la forma de implantar un dominio neocolonialista, beneficiándose de la apropiación y de la extracción de riquezas materiales, y después, de capitales del Subcontinente.

Así pues, la ideología supremacista anglosajona se construyó con retazos de mitología germánica exaltada, así como por tesis filosóficas ilustradas y como tales deslizadas del eurocentrismo hacia la supremacía germánica; adulteradas con añadidos yahevistas, acompañados con la fantasía de una literatura romántica-nacionalista, siendo apuntalada por estudios científicos prejuiciados. Ideología supremacista que va a ser complementada con la Doctrina Monroe aparecida en los años 20, aportando las consignas de carácter geopolítico y los postulados diplomáticos así como la estrategia imperialista para concretar su dominio americano.

Una vez consumada la independencia del conglomerado Iberoamericano de España, y ante el peligro de que la Santa Alianza, apoyando a España posibilitara la reconquista. Los ingleses, ellos mismos miembros de la mencionada alianza de monarquías europeas conservadoras, pero beneficiados por la mayor libertad mercantil que significaba la desaparición de las trabas que imponía la Corona borbónica, contemplaban como suyos los dominios de las nuevas naciones ‘independientes’, aprovechando su mayor desarrollo industrial-mercantil, por ello se oponían a que los españoles volvieran a regentear sus antiguos dominios. Orillando al gobierno británico a proponer una alianza con los norteamericanos para contraponerse a las potencias eurocontinentales. Formando otro bloque de potencias septentrionales interatlánticas, capaces de estimular el nuevo dominio neocolonial que se cernía sobre Iberoamérica.

Así ocurrió que el ministro británico de relaciones exteriores, George Canning, propuso a su contraparte estadounidense, Richard Rush, en Londres, una alianza en procura de oponerse a los propósitos de reconquista. A la sazón, James Monroe era presidente de los Estados Unidos y tan importante propuesta requería de una respuesta consensuada, por ello Monroe consultó con los presidentes que le antecedieron: Jefferson y Madison, quienes en principio vieron con buenos ojos tal concertación. Empero, se le atribuye a John Quincy Adams, Secretario de Estado, la moción de preferir que los EUA actuaran de manera independiente del Reino Unido en los asuntos concernientes a América. Y no se equivocó, el unilateralismo era la estrategia adecuada a seguir para los norteamericanos, contraponiéndose y compitiendo con los británicos en su injerencia en Iberoamérica.

Lo que daba cuenta de la mayor fuerza detentada por estas potencias nórdicas que irán desplazando al resto de las otras poderosas monarquías europeas, ubicadas en un segundo plano en Iberoamérica. Precisamente la Doctrina Monroe se hizo explícita en un texto concerniente al mensaje anual pronunciado en 2 de diciembre de 1823, a propósito de los deseos de intromisión de una potencia europea de segundo nivel en América. Se trataba de contestarle a Rusia que los EUA no tolerarían sus pretensiones a detentar derechos exclusivos en la costa americana del Pacífico norte, encontrando así una tan enérgica como diplomática respuesta disuasiva por parte de los usamericanos.

Con la Doctrina Monroe los EUA le proponen a las potencias europeas que si ellos no se entrometen en los asuntos de ese continente, los europeos deberían hacer lo mismo en América. EUA se erige como el guardián de las naciones americanas: “manifestando que debemos considerar cualquier esfuerzo que éstas hagan por extender su sistema a cualquier parte de este hemisferio como peligroso para nuestra paz y seguridad”. Cualquier intervención europea en un país americano independiente sería considerada “como una demostración de sentimientos poco amistosos hacia los Estados Unidos”. [18]

Irónicamente la Doctrina Monroe nacía como una doctrina de rechazo al colonialismo, cuando que en realidad planeaba la futura promoción del neocolonialismo estadounidense sobre Iberoamérica. Para los EUA la independencia de los ‘continentes americanos’ de todo dominio europeo era un hecho irreversible. Esta recién consolidada ‘independencia’ serviría para que a partir de ese tiempo se intensificara el intercambio con ventajas, lo que hasta ese entonces se realizaba en menor medida, de eso se trataba el nuevo negocio en puerta. Y cuando que en lo inmediato el contacto con la frontera hispanoamericana de un México débil en lo político y en su condición socioeconómica, facilitaba la culminación de su expansión territorial. Así comienza el ‘América para los (norte)americanos’.

Dos años después, un enviado extraordinario en condición de ministro plenipotenciario arribaría a México con la misión de concertar un nuevo acuerdo de fronteras e incrementar la ascendiente de su comercio por sobre la competencia británica. Tratábase de un maestro de la intriga, quien vino a patentar el sello distintivo de la diplomacia estadounidense: la maquinación intervencionista. (Aunque su apellido les huela a nochebuena)


[1] Frank Soule et al. San Francisco durante y después de la fiebre de oro (1849-1855) en: EUA5 –documentos de su historia socioeconómica II-. Instituto Mora. 1988 : 292.

[2] En esto de calcular el número de aborígenes masacrados por los distintos invasores europeos hay controversia en los cálculos. La ‘escuela de Berckley’ es generosa a la hora de calcular las víctimas que se le atribuyen a los hispanos, pero restringida en lo que se refiere al número de víctimas sacrificadas por los anglosajones. Para Ortega y Medina el de “California fue el genocidio moderno mayor y más rápido ocurrido en la historia de los Estados Unidos e incluso de toda América”. Juan A. Ortega y Medina. La Evangelización Puritana. FCE. 1976. : 264.

[3] Ididem. Las matanzas más crueles se cometieron en ese entonces: Unos indios que sobreviviendo en las cuevas sacrificaron un novillo fueron cazados por los blancos, muriendo aproximadamente 30. “En la cueva había también algunos niños. Kingley no pudo soportar el tener que matarlos con su rifle Spencer calibre 66. ‘Los destrozaría muy feamente’. De suerte que los mató con su Smith, calibre 38, y su revólver Wenson”. Ibíd. 264-265. Cita de Mark Twain.

[4] Samuel Eliot Morison, Henry Steele Commager y William E. Leuchtenburg. Breve Historia de los Estados Unidos. FCE. 1987 : 79.

[5] Ortega y Medina. Op.Cit. : 262.

[6] Ibíd. : 278 y 279. Incluye citas de F. Pakman y de James Truslow Adams, ésta última presentando la opinión del jefe de los chippewas, ya en 1829.

[7] Ibíd. : 261. Cita de Miguel Othón de Mendizábal. : 261.

[8] Ibíd. : 236.

[9] Francis Liber, emigrante alemán en: Reginard Horsman. La Raza y el Destino Manifiesto; -orígenes del anglosajonismo racial norteamericano-. FCE. Colección Popular 285. 1985.: 243 y 250.

[10] Ibíd. : 59.

[11] Ibíd. : 69.

[12] Ibíd.. : 170.

[13] Ibíd. : 232-234.

[14] Ibíd. : 76, 83 y 89.

[15] Frederick Douglas. Citado en Carl Sagan. El Mundo y sus Demonios –la ciencia como una luz en la oscuridad-. Planeta. 1997 : 393.

[16] George Fitzhugh: En Defensa de la Esclavitud (1854). En: EUA5. –documentos de su historia socioeconómica II-. Instituto Mora. 1988 : 235.

[17] En realidad una forma de esclavitud más sofisticada que favorece la producción intensiva en detrimento de la condición del trabajador: “cerrado el trato se descubre que el obrero no es ‘ningún agente libre’”. Compelido a trabajar para sobrevivir, está obligado a venderse al vampiro que lo chupa, la ‘serpiente de sus tormentos’, por lo que deberá luchar para disminuir las horas de su trabajo en la esclavitud fabril. Karl Marx. El Capital. Tomo I/Vol. 1. Siglo XXI 1980 : 364.

[18] La Doctrina Monroe (2 de Diciembre de 1823). En EUA 1 –documentos de su historia política I- Instituto Mora. 1988 : 393.

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