DE TERRORISMOS A TERRORISMOS 25
EN EL REINO DEL DESTINO MANIFIESTO
Se ha erigido una fiera pira donde queríamos descubrir un paraíso
Camilo Renato
Abran paso, se trata de ‘los hombres más groseros y sin ley que uno pueda imaginarse y como jamás se haya visto’.
W. Brandon
La divergencia entre la Europa romana y la Europa Germana estaba latente desde el Medievo y así se manifiesta en una disputa acaecida en Constantinopla en junio de 968. Episodio acontecido cuando al obispo Liutprando se le encomendó la misión de ir a Constantinopla a dialogar con el emperador Nicéforo buscando relajar las diferencias con la Iglesia Ortodoxa. Allí se reveló la distinción entre una cristiandad de abolengo helénica y proclive a discusiones ‘bizantinas’, como el surgimiento del ‘espíritu santo’, además de propensa a crear herejías, y una Iglesia Romana presta para extirparlas, acorde con sus respectivos raigambres de una Hélade intelectual y una Roma legista. Pero la disputa más álgida en aquella ocasión se da en torno a la distinción entre germanos y romanos al responder Liutprando al emperador cuando siente lastimado su verdadero origen nacional: Nosotros no somos romanos sino (germanos), somos lombardos, sajones, francos, forenses, bávaros, suabos, borgoñones, y despreciamos a la estirpe romana que viene de un ‘fraticida hijo de una ramera’, Rómulo, quien originó a Roma juntando a deudores con esclavos y fugitivos con asesinos y demás criminales, esos fueron los romanos originales. Nosotros –los germanos- despreciamos a tal extremo a los romanos que “cuando perdemos la paciencia con un enemigo, todo cuanto tenemos que decirle es ‘romano’, porque en nuestras lenguas esta sola mala palabra abarca toda la gama de la vileza, la cobardía, la avaricia, la decadencia, la falsedad y todos los demás vicios”.[1] He aquí un anticipo de lo que vendría con la Reforma Protestante menos de seis siglos después.
La Iglesia romana pretendía su primacía sobre la ortodoxa por el manejo de la ‘herencia’ de San Pedro. Los ortodoxos por su parte se sienten más ilustres y no tenían por qué reconocer el primado romano, sino que argumentan: ¿Acaso no fueron martirizados en Roma San Pedro y San Pablo? ¿Y no fueron acaso las autoridades romanas y sus soldados quienes martirizaron y crucificaron a Cristo? Estas disputas condujeron a que en 1054 los enviados de León IX se enfrascaran en Constantinopla en un altercado con el patriarca Miguel Cerulanio y de ello resultara la mutua excomunión. ¡Y qué decir de multitud de movimientos cristianos que discrepan de la ortodoxia católica! La unidad cristiana desde sus orígenes estuvo amenazada por numerosas ‘herejías’.
En la Inglaterra de los Tudor la reforma religiosa que inicia Enrique VIII de manera preferente se marca como separación de Roma. Importante decisión del monarca que así obtenía el control de su reino haciendo a un lado la intromisión de los prelados papistas y quitándose de encima las anatas, primicias y diezmos, lo que representaba la liberación y una ventaja en la configuración del poder de un Estado-nación-moderno. Además de que la independencia del Vaticano les permitía desconocer las Bulas de Donación concedidas por el papa Alejandro VI a los iberos. Siendo de carácter civil los propósitos primarios en la discrepancia, la reforma religiosa como tal quedaba un tanto al margen, no así la confrontación social que de ella se derivaba; lo que se prueba con la propia actitud del Rey, pues antes de romper con Roma Enrique VIII había realizado un escrito en contra de Lutero, para después buscar el apoyo de los príncipes protestantes en momentos en que una posible alianza entre los Reyes Católicos de España y el monarca de Francia se contemplaba, mas cuando Carlos V y Francisco I se contraponen, Enrique se aleja de los protestantes.
En el período siguiente a la muerte de Enrique sus herederos harían oscilar al Reino entre los dos extremos religiosos en disputa. Eduardo VI (1547-1553) sería un joven rey que guiado por sus ministros implanta legalmente al protestantismo; pero su sucesora, María I (1553-1558), hija de Catalina de Aragón, llevaría a cabo la restauración del catolicismo contando con el apoyo de su primo Carlos V y desposándose con su sobrino segundo Felipe. Y la restauración terminó por ser violenta, persecuciones y ejecuciones que conducen a la hoguera a 273 protestantes, permitiendo el retorno de los agentes del Papa, lo que sólo logró exacerbar el anticatolicismo y el antihispanismo entre los ingleses. Para cuando el Parlamento iba tomando fuerza haciendo por el predominio del gobierno civil por sobre cualesquier influencia religiosa.
De manera tal que la Iglesia Anglicana fue quedando en medio de los dos extremos religiosos en pugna, tratando de adoptar un canon mediador. En tiempos de Isabel I (1571), se publican los treinta y nueve artículos con que se estructura el culto de la Iglesia Anglicana, en parte aceptando la influencia calvinista, no dejando de tener un carácter ambivalente por su preocupación de ser conciliadora entre los radicales. No logrando este propósito al verse rechazada tanto por los católicos, que se sentían desplazados del Reino, como por los puritanos, quienes pretendían una reforma más rigurosa. Descontento que impulsó a los puritanos a separarse de los anglicanos y a emigrar al Nuevo Mundo para establecer en las colonias su ‘sociedad redimida’, siguiendo los preceptos calvinistas que optan por la desobediencia al Estado y el separatismo dictados desde Ginebra…
Si Martín Lutero comenzó su rebeldía dirigida hacia Roma con intención de implementar una teología liberada de la liturgia acartonada y del imperialismo católico, anteponiendo la autoridad de las Escrituras a la autoridad del Papa, tenía margen para hacer de la Nueva Iglesia una organización liberal (lo que en parte logra por ejemplo al permitir el matrimonio de los clérigos y al abrir las puertas ampliando la participación de todo feligrés, dando prioridad a la renovación de las conciencias antes que a una reforma litúrgica), empero, la tendencia de su praxis religiosa se va volviendo recalcitrante conforme la presión del Papa y del Emperador le afectan. Para protegerse de los más poderosos enemigos que un europeo podía tener en esa época, a Lutero no le queda de otra sino resguardarse en el apoyo que le brindan Príncipes del septentrión alemán. Y en este proceso su doctrina se va tornando intransigente y acartonada a la manera que le conviene a sus protectores, hasta llegar a ser un cristianismo de Estado semejante al medieval.
El Lutero rebelde consideraba que quemar herejes era contra la voluntad del espíritu cristiano: “El poder secular debía ocuparse de sus propios asuntos, y permitir que cada uno creyese esto o aquello según pudiese y según decidiera, y no usar la fuerza con nadie en relación con esta cuestión”.[2] Tras las complicaciones con el alzamiento de los milenaristas, Lutero considera que la libertad cristiana no está ligada a la libertad política, ergo: campesinos someteos a vuestros amos. Si el pueblo no puede asumir la dirección de la Nueva Iglesia en paz, que el Estado se encargue de ordenarlo manteniendo el status quo. El viejo Lutero no deja de ser un fiel discípulo del fundador de su orden. (Era agustino).
Tenemos pues que en el siglo XVI Europa padece la presión de tres religiones institucionalizadas que intentan imponer su dominio teocrático sobre el abigarrado mapa geopolítico europeo propiciando guerras intra e internacionales. En 1555 la Paz de Augsburgo determina que en Germania los príncipes decidan la religión oficial del Estado, lo que significa un retorno medieval cuando el monarca-pontífice detentaba el poder absoluto. A su vez la Confessio Helvética de 1566 sanciona la separación de las iglesias protestantes distinguiéndose toralmente entre luteranos y calvinistas. Por su parte, la Iglesia Católica con su Contrarreforma se volvía más intolerante, la Inquisición pasó a predominar en Roma con Paulo IV, él mismo un fanático papista intolerante que había organizado la Inquisición, quién se jactaba de ser capaz de enviar a su propio padre a la hoguera si fuera hereje.
La atmósfera en Roma “era puritana e intolerante, pero no reformista. Se organizó el índice de Libros Prohibidos, y hubo quemas de libros. Se obligó a los judíos a usar una estrella amarilla; Daniel de Volterra, el ‘Pantalonero’, fue empleado para vestir los desnudos de la Capilla Sixtina. Los protestantes fueron quemados y se silenció a los liberales”.[3] Parecía que Europa retrocedía en materia religiosa, pero era el caso que la religión ya no era el sector preponderante en el conglomerado de la Europa Occidental, y la escisión de la Cristiandad permitía el predomino de los Estados Nación Modernos.
La Iglesia que organizó Juan Calvino (1509-1564) en Ginebra representó el ejemplar más conspicuo de la teocracia cristiana que se pudo formular en la época, basada en una concepción condenatoria del ser humano, la visión pesimista de la condición humana de raigambre agustiniana,[4] según la cual al admitirse que unos cuantos están destinados a la salvación, se pone énfasis no en los pocos que se salvan sino en los muchos que se condenan; ergo, el hombre es un pecador perverso irremediable que se desenvuelve en un mundo desvirtuado. Por orden de Dios, Satanás impera en la tierra en la medida en que Dios lo permite. Puesto que al haber preconcebido la salvación y la condenación de los humanos desde su infinita omnisciencia. Dios panea salvar a unos y condenar a otros porque le place proceder de esa manera. No hay libre albedrío, la voluntad humana es insuficiente para procurar la salvación.
Perspectiva inquisitiva de teólogos intransigentes y puristas a semejanza de los propios fariseos que Jesucristo critica en los evangelios. ¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que cerráis a los hombres el Reino de los Cielos! Vosotros ciertamente no entráis; y a los que están entrando no les dejáis entrar. (Mateo 23 13) Es la praxis reclusoria y enfermiza, diría Nietzsche, propia del ‘espíritu tarantulesco’ que destila veneno en los sacerdotes ‘resentidos’: “muchos de ellos han sufrido demasiado, así ahora están empeñados en hacer sufrir… Y no saben amar a su Dios sino crucificando al hombre” (…) “En todas sus quejas se percibe un dejo de venganza; todo su elogiar es un hacer mal, y ser juez se les antoja la dicha suprema…” “¡Y al oírlos llamarse a sí mismos ‘los buenos y justos’ no olvidéis que para fariseos no les falta más que –el poder!”.[5] Y eso es lo que precisamente no les falta a los católicos y a los calvinistas.
Lo que Calvino instaura en la pequeña Ginebra es una teocracia basada en la exégesis condenatoria cual decretum horribile. En tiempos de tribulación meter miedo en las ovejas funciona a la perfección para levantar por sobre de su pavor, pleno de superstición, un dominio riguroso controlado por eclesiásticos. En un mundo ‘dominado por el pecado’, afectado por disturbios, resulta consecuente poner más énfasis en la condenación que en la salvación, sin llegar a ser milenaristas apocalípticos; porque el fin perseguido radica en la edificación de una comunidad de fieles preservados del mal y por tanto puros, siguiendo estrictas reglas de conducta para convertirse así en los elegidos: “Quien se encuentre a sí mismo en Jesús y es miembro de su cuerpo gracias a la fe, tiene la seguridad de su salvación”.[6] La misma garantía de la erradicación del pecado le otorga el poder de mando para imponer el código moral irrestricto vigilado por el Consistorio que domina Calvino junto con los consejos pastores y los ancianos, rigiendo bajo una profesión de fe, con formalismos dogmáticos, convirtiéndose en rectores de la vida cotidiana, con poder de excomulgar y castigar a los transgresores. Una jerarquía eclesiástica que entre ellos mismos se elegían, ‘aprobados’ por la aclamación popular, después de 1561, ‘aceptados’ silenciosamente por el pueblo. Teocracia policíaca que se apoya, como la Iglesia Católica, en el orden civil ejercido por magistrados, encargados de aplicar las penas. Dicen hacer por la virtud: “Pero en el fondo solo creen que hace falta la policía”. (Nietzsche). Ocurriendo que con la exoneración de los ‘libertinos’, (ginebrinos que se oponían al radicalismo teocrático siendo los ‘perores’ de ellos torturados y ejecutados), logra Calvino procrear un sistema teológico totalitario, perfeccionando los antecedentes del catolicismo y la exégesis condenatoria.
La disciplina puritana al interior de sus sociedades rayaba en el ascetismo extremo, para mantener la pureza del ‘pueblo elegido’ debían aplicarse atroces castigos: azotes, mutilaciones; pudiendo sentenciar a muerte en la picota, en la horca o en la hoguera, según fuese el ‘merecimiento’. Una atmósfera de vigilancia y represión predominaba, y como las brujas eran la ‘encarnación’ pérfida de Satán en la época, resulta que las personas ejecutadas en Massachussets acusadas de hechicería, superan a las achicharradas por la Santa Inquisición en la Nueva España.[7]
Calling, el llamado, la vocación que Dios da a cada hombre para que labore en la tierra; el trabajo como bendición divina propiciando el éxito mundano. Cambio de la trascendencia a la inmanencia. La obra del individuo que se materializa para su propio bienestar y el de su familia, supera la actividad del sacerdote y del monje, parásitos de la sociedad. La ‘vida no es un sueño’, el mundo es una realidad para la acción emprendedora que garantice la conquista, el apoderamiento y el usufructo de la tierra.
La predestinación es de capital importancia en la ideología puritana. Por medio de la acción en el mundo, no negando ni condenándolo para apartarse, sino por el contrario, activándose en él para dominarlo, haciendo de los negocios el modo de vida preferente. Dios premia a los audaces que se arriesgan venciendo los obstáculos que se interponen en su éxito personal, validando el premio provisional en el aquí y ahora. La confirmación de la elección divina se da con el éxito mundano y viceversa, el fracaso es señal de rechazo divino. Trátese de un cristianismo adaptado al mercantilismo. ‘De mi reino no es de este mundo’, imperativo transmundista del cristianismo originario, ocupado de amparar al débil y al pobre: ‘porque a los pobres siempre los tendréis con vosotros’, se pasa al nuevo cristianismo que afirma de manera positiva el estar en el mundo para enriquecerse en él, incluso transformándolo al dominar la naturaleza –las criaturas inferiores están destinadas a ser sometidas por el hombre, para que las use como le plazca. Disparándose el uso de la razón como ingenio mecánico que modifica la Natura. Entonces, ‘el reino es de este mundo’, los nuevos creyentes lo procrean.
Esta aceptación del mundo dignificado por el trabajo y la santidad, bendecido por la divinidad que encamina hacia el éxito productivo no es en sí un fruto directo del calvinismo puritano, sino de su evolución en la adopción anglicana, en la que se abre la puerta al escrutinio racional, tal y como aparece en Francis Bacon (1561-1626). La revelación está bien para la trascendencia; la razón para la inmanencia. Es de los asuntos mundanos que el hombre racionalista debe ocuparse.
Retomando los arcaicos designios divinos. Ellos y nadie más que ellos son los elegidos. Thomas Hooker (1586-1647), reverendo de la Nueva Sión Americana desarrolla esta noción basándose en la cita del Génesis 15 18, referente a la Alianza que firmó Yahvé con Abraham: “a tu descendencia le he dado esta tierra desde el río de Egipto hasta el Río Grande, el río Éufrates”. Justificando en lo ‘dicho por su Dios’ la dominancia sobre otros pueblos, pasando a ser el fundamento que los sionistas arguyen para proclamar su legítimo dominio, dándose desde ese entonces una empatía ente los neocristianos y las consignas del ‘pueblo elegido’.
Los puritanos retoman la consideración de ser el ‘pueblo elegido’ dentro de la Cristiandad, sintiéndose como los únicos ‘depositarios del pacto interno y externo’ en tanto que electos por Dios. Por consiguiente se consideran a sí mismos como ‘exclusivos representantes tipológicos del contrato divino-humano’: sus monopolizadores. “Los separatistas (congregacionistas, presbiterianos, etc.) ingleses, escoceses y novoingleses de los siglos XVI y XVII se sintieron a salvo y excluyeron de la salvación al resto de los cristianos, fundamentalmente a los odiados papistas”.[8] Dios justifica su empresa en el Nuevo Mundo.
Reinterpretando y correlacionando el Antiguo con el Nuevo Testamento, los puritanos se hacen ver como el nuevo pueblo elegido a semejanza de Israel. Un solo Dios, un solo pueblo consentido: prefigurándose una coincidencia entre los sionistas actuales y el gobierno de tele-evangelistas bushianos que atosigan a la Mesopotamia y amenazan a Irán con una soterrada alianza imperialista….
Si la España católico-papista estaba condenada por sus excesos imperiales, Dios mostraría preferencia por Inglaterra, como nuevo pueblo elegido, vigorosamente superior por su ‘pureza racial’ al hispano. El calvinismo inglés, como un puritanismo anticatólico-antihispano exacerbado, en su celo exagerado incluso rompe con la Iglesia Anglicana, para que cual practicantes de la más límpida pureza, y una vez que su patriarca Calvino excluye a la jerarquía política de su comuna teocrática, se tornan en los más intransigentes de entre los neocristianos.
Algunos de estos ‘puros’ se convierten en ‘separatistas’ trasladándose a Holanda para formar la Congregación de Leyden (1607), escapando de la persecución anglicana. Cruzando posteriormente el Atlántico se convierten en ‘peregrinos’ en busca de su tierra prometida para fundar la Nueva Sión, pues su fervor arranca de las raíces del Antiguo Testamento. Los ‘elegidos de Dios’ en su afán por regenerar al mundo se establecen en el Nuevo Mundo. Pero no fueron los simples de la tierra que arribaron con antelación a Plymounth (1620) quienes alcanzan el éxito en la Nueva Inglaterra, sino los ricos comerciantes y profesionistas que fundan Massachusetts, estado destinados a configurar al Mundo Moderno en la nueva tierra prometida (1630s); o de otra manera, a como lo proponen los ‘caballeros’ de Virginia, en lo que pasará a ser la forma retrógrada.
Una nueva religión cristiana para la burguesía anglosajona, cuyo apotegma pasa a ser: el tiempo es dinero… Sintiéndose los poseedores de la verdadera religión, se sienten los consentidos de Dios para implantar su fundamentalismo intransigente: ‘No dudamos que Dios está con nosotros, y si Dios está con nosotros ¿quién puede ser nuestro enemigo?’ Siendo este el punto fundamental que justifica su actitud impositiva desde aquel entonces. Norteamérica sería la Nueva Sión, y al igual que los hebreos, su incondicional entrega a Dios justificaría su entronización por sobre el resto de las naciones. Como nuevos enviados de Yahvé regenerarían al mundo, en esta doctrina neo judaico-cristiana basarían la supremacía del pueblo que ha de obrar siguiendo los designios divinos cual Destino Manifiesto, tal y como lo proclama el reverendo Ezra Stiles: La Divina Providencia estaba abriendo el camino para la implantación y erección en esta tierra del imperio mejor organizado que haya podido aparecer en el mundo. En el cual la libertad y la propiedad estarán garantizadas. (Imperio) que sería renombrado por (su) libertad civil y religiosa y por (su) ciencia y artes.[9]
Roger Williams fue el insigne subversivo (‘profeta’) que al dilucidar el ‘reduccionismo divino tribal’ a la usanza del Antiguo Testamento, lo identifica como un retroceso a como el catolicismo lo había superado, procurando la ecumene universal: Un solo Dios para todos los hombres, sin preferencias tribales o nacionales. Al ser la ‘voz que clama en el desierto’, Roger Williams se gana la animadversión de las autoridades que representan a la teocracia en Nueva Inglaterra y es obligado a emigrar en el invierno de 1635 al territorio de los narragansettos, en donde fue bienvenido por su amigo el chieftan Canonnas, quién le donó tierras para que pudiera fundar Providence (Rhode Island). Estableciendo una comunidad que se entendía con los aborígenes, lo que resulta intolerable para los puritanos, para cuando la compañía Athenor cobra más fuerza.
Reoger Williams pretende instaurar en Providence un gobierno de corte civil liberal, otorgando libertad religiosa, “un refugio para personas afligidas por motivos de conciencia”, oponiéndose al dogma del pacto y a los contratos arbitrarios que les imponían a los nativos, no reconociendo la autoridad del Rey de Inglaterra entre ellos, con lo que el celo independentista comienza a arraigarse entre los novo-ingleses. Cuando que la ‘teología del pacto’ hacía ver como inferiores a los aborígenes, no dignos de retener la tierra.
La tierra se la dio Dios a los santos, como pueblo elegido. John Cotton, desde una perspectiva apegada a la Biblia argumenta que ninguna “nación debe desalojar a otra sin permiso especial del Cielo, tal y como lo hicieron los israelitas, a menos que los nacionales los perjudiquen injustamente…”.[10] Será el caso que la sola presencia de los indios salvajes es motivo perjudicial para la instauración de la civilización blanca.
Mientras que desde el punto de vista jurídico, legalmente la toma de tierras estaba justificada por un contrato de compraventa, así se les dieran wampum (cuentas de nácar) a los indios a cambio de inmensas extensiones. A como lo venían haciendo desde el siglo XVI, se trataba de un ‘trueque de conversión de reinos’, dándoles las ‘perlas del cielo’ a cambio de las ‘perlas terrestres’, cambiándoles su paraíso por el pandemónium en construcción… Eso sí, legitimados con rigurosos contratos, válidos desde su propio código de leyes: “Los colonos ingleses posteriores adquirieron mucha experiencia de estos ejemplos novoingleses; experiencia que andando el tiempo pasó casi íntegra a los norteamericanos; los cuales, gracias asimismo a las provocativas guerras contra los indios, fueron ensanchando su territorio: una política que después, a escala continental, practicarían contra españoles y mexicanos”.[11]
Llegando Roger Williams a la inevitable disputa con la autoridad eclesiástica representada por John Cotton, quién se contrapuso a las tesis sustentadas por Williams en lo que respecta a la evangelización de los indios; argumentaba el puritano que la sangre indiana derramada era lavada y blanqueada por la sangre del Cordero.[12] Justificando la destrucción de los indios así como de los creyentes heterodoxos. Esta máxima autoridad religiosa en Nueva Inglaterra sostenía la translación del pacto bíblico a las colonias puritanas. Roger Williams se opone argumentando el mal empleo de las escrituras como artilugio para autojustificar la exacción: cuando que “la resurrección de Cristo había disuelto la única federación que había existido: la de Jehová con Israel. Por consiguiente, ninguna nación sobre la Tierra podía, a consecuencia del pacto político, ejercer un poder espiritual dominante sobre las otras (…) la presencia histórica de Cristo había hecho inoperante el pacto antiguo de Jehová con el pueblo elegido (…) la verdadera civilización cristiana podía florecer en cualquier estado no obstante la presencia de conciencias contrarias ya judías o gentiles. Todos los hombres y todas las naciones, por voluntad de Dios, tenían libertad de conciencia y la única espada que se podía levantar contra ellos era la del espíritu divino: la palabra de Dios, en suma, no exigía uniformidad religiosa y rechazaba todo intento encaminado a imponerla. La uniformidad negaba la sociabilidad cristiana; olvidaba la encarnación de Cristo y confundía lamentablemente lo civil y lo religioso”.[13] La supuesta preferencia por el ‘pueblo elegido’ era una patraña que contravenía el desenvolvimiento de la religión cristiana, un mero artilugio, una excusa acomodaticia para sentirse con derecho a ocupar la tierra y someter a los nativos a sus imperativos.
La evangelización de los pieles rojas fracasa porque el cristianismo adaptado al mercantilismo no es apto para la adopción de pueblos en un sistema de competencia individual, en el que la obtención de ganancias pecuniarias empieza a prevalecer. Ni el Estado, ni Iglesia unificada alguna se hacen cargo de la evangelización, sino que es manejada como una empresa mercantil que reditúa escasos beneficios, y en la que las comunidades de los pieles rojas no son permitidas porque éstas serían consideradas una incómoda competencia.
La noción de caridad y ayuda al prójimo cambia perdiendo su esencia de piedad para con el otro; los peregrinos ven mal dar limosna; la autosuficiencia individual a través del trabajo era la vía de salvación. ¡Qué importa si con ella se perjudica al otro en el afán desquiciado de adquirir ganancias!
En este ambiente el negocio de la salvación de los aborígenes no funciona por la incompatibilidad entre fines y medios: “La modernidad anglosajona puritana aplicaba a la vida espiritual la regla del éxito económico”. Y como este no otorgaba dividendos el mecanismo no funcionaba a pesar de las buenas intenciones de no pocos evangelizadores y misioneros. “Podemos sostener que los evangelizadores puritanos no fracasaron en su temple espiritual, en su amor o en su ferviente deseo religiosos de salvar a los nativos; lo que los hizo fracasar fue la modernidad de un método inadecuado para la redención del indio”.[14] En otras palabras; lo que lo hace fracasar es la preponderancia que adquiere el sistema capitalista.
El sistema capitalista como tal tenía la prioridad de despojar al indio -atrasado en los menesteres productivos- de su hábitat para revolucionarlo con la productividad intensificada, y si el indio no se adaptaba como esclavo o siervo era prescindible, dado que los propios colonos eran laboriosos y tenían parcelas reducidas. Entonces, la preservación de los indios resulta imposible, pues la ambición mercantilista y el modo de cultivo anglosajón prevalecen sobre la intención evangelizadora.
La ética calvinista se niega a oponerse al ímpetu mercantil; si bien Calvino no puede justificar la usura si abolió su prohibición, inclinándose por el préstamo a conciencia y el comercio justo, empero, su opinión es meramente nominal: Su apocamiento revela la presión que se detenta a efectos de la transformación social que conmueve a Europa con la relevancia que cobran las actividades de la compraventa y el préstamo. La religiosidad protestante se adapta al cambio de época que rebasa propiamente el entorno religioso, haciendo que el neocristianismo siga a la transformación socioeconómica.
La laxitud que los puritanos dan a las actividades mercantil-lucrativas permite el desarrollo mercantil-productivo, impulsando a las colonias norteamericanas a un floreciente desarrollo de la civilización material.
Cuando comienzan a aparecer los mercaderes que abusan en la obtención de ganancias, surgiendo los ricos comerciantes que especulan con tierras y multiplican su dinero con el préstamo con interés, la religión puritana se entibia a la hora de combatir la regla de oro lucrativa: comprar barato para vender caro. Al juzgar a un comerciante bostoniano, Robert Keayne por ventajoso y usurero, John Cotton predica en su contra apoyándose en los viejos textos del Antiguo Testamento, pero su efecto se diluye en una sociedad laxa que se ha abierto a las prácticas mercantiles. Y Cotton dice algo de por sí ingenuo, que Keayne actúa por ignorancia. La admonición religiosa es eclipsada por la opinión de la fuerza imperante en Boston. El orden civil sobrepone su código a como lo estipula la Corte General: 1. A causa de que allí no había ninguna ley en vigor que limitase o dirigiese a los hombres en asuntos de provecho en sus negocios; 2. A causa de que era una práctica común en todos los países el que los hombres empleasen la ventaja de elevar los precios de los artículos; 3. A causa de que (aunque en este caso él era el principal culpable) no era el único que había incurrido en esta falta; 4. A causa de que en la comarca todos los hombres dedicados por doquier a la venta de ganado, maíz, tabaco, etcétera, eran culpables de iguales excesos en los precios; 5. A causa de que no se podía hallar ninguna regla que igualase la proporción o tasa entre el comprador y el vendedor, aunque mucho esfuerzo se había consumido en ello y a pesar de las muchas leyes que se habían hecho con ese objeto; las cuales, no obstante, han sido rechazadas por no ser seguras ni satisfactorias…..”[15]. El orden jurídico al servicio de la burguesía “…, vuestro derecho no es más que la voluntad de vuestra clase erigida en ley…”.[16]
¿Qué se desprende de este código? El abuso mercantil ya era una práctica generalizada en la Nueva Inglaterra del siglo XVII, por qué la habrían de condenar El ‘gremio’ entero de los comerciantes saldría perjudicado; pero en la sociedad puritana ellos eran la clase preponderante y no se iban a juzgar ni a condenar a sí mismos. Siendo el apartado 5 clave en cuanto que hacía constar el fracaso de toda sociedad con mercado en la procuración de establecer un intercambio justo.
Es a fines del siglo XVII “cuando toda objeción contra el préstamo a interés y contra las ganancias indebidas (usura) serán declarados inoperantes. La Asociación de Cambridge declarará en sus Treinta Casos Importantes ‘que la Sociedad Humana en las circunstancias actuales, se hundiría sí toda usura fuese impracticable…, la economía se regía en lo sucesivo por el interés y no por disposiciones éticas y virtuosas; cosas ambas hacia las cuales ya había apuntado más o menos solapadamente Juan Calvino”. Quod scripsi, scripsi.[17]
Sería cosa de que avanzasen las prácticas mercantiles para que la sociedad puritana se transformara en una sociedad capitalista regida por el ‘valor’ de cambio, el productivismo y la usura bancaria. Pasándose de adorar a Jehová a adorar a Mammón.
Los colonos puritanos, cual enviados de Jehová al Nuevo Mundo ya podían combinar el hacer el reino de este mundo, aquí y ahora en la tierra, con la sagrada adoración; los dos planos se traslapan, pero conforme avanza el crecimiento material, y con ello el reino de las comodidades y placeres, el celo puritano decrece. Primero Jehová, después Mammón… Primero Mammón, después Jehová. Una transformación que va del reino de la oración al reino de la diversión.
Cuando la interpretación del Evangelio se transforma prevaleciendo el éxito mundano sobe los valores trascendentales. Los pobres pasan a ser los réprobos en la Tierra; en el ‘nuevo evangelio’ de los puritanos burgueses el fracaso en este mundo es prueba de su condenación, tergiversándose el Evangelio original. Ya no es el rico sino el pobre el destinado a la condenación. ¡Santa teocracia plutócrata puritana! Lo que va acorde con la situación económica prototípica de toda sociedad con Estado, justificándose que el capitalismo termine por exacerbar la concentración de las riquezas en unos cuantos. La salvación restrictiva calvinista acaba por ‘rescatar’ a los ricos, puesto que sólo unos pocos son los elegidos que se salvan, como unos pocos son los que acaparan las riquezas en la sociedad capitalista.
No hay libre albedrío, los hombres han sido predestinados por Dios para ser condenados, solo unos cuantos elegidos por Él se salvarán. La noción del hombre pecador, irredento, de Juan Calvino resulta adecuada para que los puritanos se la apliquen a los nativos precolombinos: “hombres malos, instrumentos del diablo que deben ser redimidos”.[18] Pero esta redención estaba en entredicho por la propia naturaleza condenatoria del calvinismo.
Reformadores del mundo de cepa normanda, como abolengo de una raza elegida. La providencia así lo quiere, el Imperio de los buenos se consolida, los teutones se extienden hacia el oeste edificando el progreso de la humanidad, pues es en el oeste en donde alcanza su cenit el desarrollo de la civilización, con la procuración de la libertad y la instauración del progreso. Thomas Jefferson declara que Norteamérica es para los blancos y no para los indios y negros: “cuando nuestra rápida multiplicación se expandirá… para cubrir el norte, si no el sur del continente, con un pueblo que hable el mismo idioma, gobernado por formas similares…, no podemos contemplar con satisfacción cualquier mancha o mezcla en tal superficie”. Lo que indica que tampoco se admitía el mestizaje. Evangelización y prosperidad material conjugadas y resumidas en la frase de John Quince Adams: “Todo el continente de Norteamérica parece destinado por la Divina Providencia a ser poblado por una nación, a hablar un idioma, a profesar un sistema general de principios religiosos y políticos, acostumbrado a un tenor general de usos y costumbres sociales…”. Posteriormente, hacia 1820 James Monroe considera que los norteamericanos son los apropiados para poblar las Américas “porque tienen mayor conocimiento y energía que los otros habitantes del Continente”.[19] Un gobierno republicano, con principios liberales, expandiéndose y suprimiendo el viejo orden monárquico europeo, impulsando el progreso científico, era dueño del futuro. Habría que ir hacia una sola Unión Federal. Pero esta perspectiva ecuménica cambia ante la división con los esclavistas.
Entretanto, irremediablemente los pieles rojas serán destruidos por el avance indetenible de la civilización. El problema del indio a los ojos de los anglocolonos radica en su incapacidad para aceptar al ‘Dios verdadero’ y el modo de vida europeo; ante su obstinación por permanecer en una manera de ‘existir endiablada’ no quedando más remedio que suprimirlos.
La terrible máquina asesina norteamericana se echa a andar desde fines del siglo XVIII para ir expulsando, arrastrándolos hacia el oeste y así condenándolos a la extinción, pues si inicialmente se les ofreció la transformación para que pudiesen vivir al lado de los colonos, después de la independencia los colonos, ya estadounidenses, se portan de manera intransigente desplazando incluso a tribus como lo cherokees que se habían adaptado al modo de vida civilizado…
La maldición de la civilización se cierne sobre las sociedades premodernas `proclamando su extinción. La supuesta cultura superior, en realidad no lo es desde parámetros de acción cualitativos, sino que implica superioridad basada en el mayor potencial productivo y militar, patentándose en el exterminio de pueblos no competitivos. Como fieles continuadores del ‘anima de Caín’ que representan, la civilización capitalista se mostraba desde su origen en América como un tipo de civilización destructiva por antonomasia, de manera irrefrenable, apta para arrasar con las otras alternativas de vida.
Si por disputas religiosas los ingleses habían manifestado que en Irlanda el mejor irlandés era el occiso; en Norteamérica los estadounidenses terminarán por considerar que el mejor indio es el indio muerto. Amparados en su supuesta superioridad conferida, ya no tan solo por la divinidad, sino por la opinión autorizada de los ‘especialistas’: “el reemplazo de una raza inferior por una superior no era sino el cumplimiento de las leyes de la ciencia y de la naturaleza”.[20] Los Colonos del Sur son absolutamente intransigentes, no querían a los indios como vecinos. Con sus gobernadores y miembros del Congreso presionan a la administración del Presidente Monroe para que los expulse más hacia el oeste. Petición que en un Congreso dominado por representantes antiindigenas se termina por aprobar en una resolución tomada en 1823.
Los cherokees ubicados dentro de Georgia y Alabama habían logrado adaptarse a la civilización y prosperaban. Eran cerca de 15 000 los que subsistían cultivando la tierra, tenían su propio “gobierno representativo, sus propios tribunales judiciales, escuelas de tipo Lancaster y propiedad privada”.[21] Lo que los hacía también mal vistos; ni como salvajes ni como adaptados serían aceptados por los estadounidenses…
Y como siempre, el grupo humanitario que se opuso al desplazamiento es minoritario y como tal insuficiente para detener a los representantes del progreso. Los blancos podían faltar a su palabra, la felicidad de los indios no tenía cabida en su proyecto de nación; no habiendo manera de detener la oleada de población blanca hasta el Pacífico, la fiebre por las tierras indias era semejante a la fiebre dorada hispana, para colmo materializada como tal cuando se encuentre oro en California, para ser así el Dorado del expansionismo Usamericano.
Un fatal destino manifiesto se cernía sobre los pieles rojas, se hiciera lo que se hiciera la “raza india estaba destinada a extinguirse”. Esa era la visión oficial del gobierno: “su deber era adoptar las medidas posibles para su conservación, pero todas fallarían”.
Cuando llega a la presidencia de los Estados Unidos el primer presidente cowboy, Andrew Jackson (1828), el destino de los indios queda signado. Un empleado de la presidencia llamado Lewis Cass apela a la Divina Providencia que sustenta el Destino Manifiesto para darle a los indios su merecido: “Los indios tienen derecho a gozar de todo lo que no obstaculice los designios de la Providencia y las justas reclamaciones de los demás”. (El lugar que les estamos dando es) “resultado de nuestra superioridad en poder físico y moral”.[22] El caso es que ese ‘todo’ se reduce a casi nada. Argumentando este burócrata en contra de las consignas rousselianas. ¿Quién podía creer que la vida civilizada no fuera preferible a la de los salvajes?
El ‘sendero de lágrimas’ se llamó a la procesión de aborígenes expulsados de Georgia y Alabama hacia Oklahoma. No obstante lo cual Andrew Jackson estaba muy quitado de la pena y seguro de sí mismo, pues sentía el apoyo de la providencia conduciendo el destino del pueblo elegido por excelencia. Los EUA estaban bendecidos al ser dirigidos por un gobierno amparado por la divinidad, por lo que vivían henchidos de prosperidad y de felicidad. El pequeño inconveniente radicaba en el estorbo que representaban los aborígenes. Pero ¿quién sería tan tonto para preferir el modo de vida salvaje que dejaba la naturaleza intacta, a establecer la civilización con sus ciudades repletas de enseres? Había que borrar de la tierra los wigwman de los pieles rojas y apagar la hoguera del consejo tribal para comenzar a encender la gran hoguera de la civilización industrial. El progreso estaba bendecido por la Divina Providencia como Destino Manifiesto de la supremacía anglosajona, por no decir teutona.
Detentándose ya en tal postura las consignas eurocéntricas de la civilización suprema, como razón constructiva que crece edificando la tecnósfera hasta llegar a ser razón instrumental que obra con fe ciega en el progreso hasta el grado de procrear un mundo irracional. Estando desde este episodio histórico presentes dos problemas torales del futuro desarrollo capitalista que la ‘edad de la razón’ no ha sabido resolver. Una auténtica cultura superior, guiada por la razón, cual elemento distintivo del ser humano pensante, había procedido encontrando la manera de respetar a los pueblos aborígenes, y no habría iniciado la conquista de la tierra a destajo, hasta el grado de propiciar la extensión de la extinción.
Efectivamente, se trataba de que la máquina que erige la civilización resultara indetenible. No faltaba el sangrón anglosajón (Thomas Dew) que justificaba la extinción de los aborígenes de la manera más cínica posible: si hubiesen aceptado la esclavitud como los negros, se hubiesen salvado. Mientras que el estudioso y propagandista de la ‘democracia’ estadounidense, Alexis de Tocqueville, lo constata: el gobierno central sabía de antemano que el desplazamiento hacia el oeste era el camino a su extinción, no quedarían tierras para ellos: “No se podría destruir a los hombres respetando mejor las leyes de la Humanidad”.[23] Destruidos por la civilización que propicia el progreso.
Y si los hombres de color se atrevían a unirse para combatir a sus exterminadores y opresores, habían declarado su sentencia de muerte por vía violenta, o lo que es lo mismo: o se extinguían por la buena o por la mala. Entonces, en Florida, a fines de los años 30 y principios de los 40 del siglo XIX una rebelión de esclavos cimarrones y de guerreros pieles rojas vivieron sus últimos años como ‘bravos’ atacando a los ‘cara pálidas’. Claro que por esta legítima defensa los hombres de color fueron aniquilados, previa deshumanización: “horror y abominación deben seguir a todo pensamiento de ellos. Si no pueden emigrar deben ser exterminados…”. Los salvajes no pueden ser domesticados. “Tanto podréis esperar que el hombre rojo cambie el color de su piel como sus hábitos y costumbres”.[24] Queda claro, se trata de un exterminio racial ahora conocido como etnocidio. La gran mayoría de las tribus se extinguieron, los sobrevivientes son confinados en reservas en donde sobreviven como animales salvajes acotados.
Ese no sentir remordimiento tras de exterminar pueblos es prototípico de los estadounidenses, conducta que han seguido manteniendo a lo largo de su historia, tras de cientos de atrocidades cometidas en su afán de establecer el Destino Manifiesto y la Doctrina Monroe, primero aplicada cual panamericanismo, después como imperio-mundo. Notable resulta que el establishment usamericano, y en sí la sociedad normanda, no puede tomar conciencia de las atrocidades cometidas como Imperio, efectuando un mecanismo de bloqueo que han instalado en la ideología que controla su mentalidad y activa su conducta. Proclamándose: el pueblo elegido ? la sociedad moralmente superior ? el mejor de los gobiernos posibles: ‘demócrata’ ? los misioneros de la libertad, la igualdad y la justicia, siendo el caso de que se creen su propia propaganda política porque en lo profundo de su subconsciente colectivo se siguen considerando el pueblo elegido, amparado por la Divina Providencia, lo que no es sino un manejo de la religión a su favor de raigambre bíblico.
Por consiguiente, si actualmente los pueblos palestino, afgano e iraquí mueren desangrados, será porque ‘Dios lo quiere’, según los resabios de los puritanos que vienen a ser Georgie Bush y sus titiriteros, entremezclados con los neonazis sionistas. [Ahora que con el simulador del cambio (con Obama la farsa debe continuar, cual nueva marioneta escogida por el establishment en un episodio más del consabido ‘cambio democrático’; entiéndase: dos partidos un sistema; tradúzcase: la sobredeterminación que ejerce la élite del poder usamericano no deja de ejercer su dominancia con los cambios de personal en Washington, a menos que alguien pueda demostrar lo contrario porque cambió la decoración en la Casa Blanca a tonos más serios). Si bien Obama tiene oportunidad de realizar algunas correcciones a la política de extrema derecha implementada por Bush II, su administración no deja de ser, por la oscilación del péndulo tan a la derecha que se ha efectuado desde Nixon y Reagan más los Bushes, un tímido corrimiento hacia la izquierda que sigue ubicándose en la extrema derecha, así que con su profusa demagogia mediática, intentará solapar lo que el junior apenas podía escenificar en un discurso dictado por el telepronter, en lo que vino a ser una manera burda de manifestar la política decadente que impone un sistema al servicio del complejo industrial militar, los petroleros y los barones del dinero. Sin dejar el establishment pro y sionista de dictar la política intervencionista usamericana, pretendiendo incrementarla en la misma medida en que la crisis del sistema capitalista generada por la propia bancocracia yanqui-sionista se agudiza].
Para mediados del siglo XIX ya nadie se atreve a defender a los nativos, los bravos pelean pero es imposible oponerse a la máquina monstruo que erige la civilización estadounidense, como cultura neolítica están destinados a desaparecer junto con la naturaleza silvestre. Está claro, se les condena por su intrínseca inferioridad, lo que la Humanidad civilizada debía celebrar a favor del progreso mundial. Teorías raciales de carácter científico ayudarían a justificar el genocidio.
En lo sucesivo habría que encomendarse a Dios, pues con el desarrollo de la asociación puritana mercantil vendría la vorágine de la devastación que culmina en la abominación desoladora. Los pieles rojas lo percibieron desde el siglo XIX: se acabó la vida y comenzó la sobrevivencia.
[1] Arnold J. Toynbee. Estudio de la Historia III. Origen/Planeta. 1985 : 55-56.
[2] Paul Jonson. Historia del Cristianismo. Javier Vergara. 1989 : 330.
[3] Ibid. : 342.
[4] Siguiendo la estirpe de la teología condenatoria de Jerónimo y Ambrosio que culmina con Agustín; el hacedor del canon ortodoxo de la Iglesia católica que comienza a sobresalir al Imperio romano, primer inquisidor, obrando desde el ambiente consternado del Norte de África, en lucha contra los ‘herejes’ donatistas y pelagianitas.
[5] Friedrich Nietzsche. Así Hablaba Zaratustra. Editores Unidos Mexicanos. 1976 : 86 y 94.
[6] En Paul Jonson. Op.Cit. : 329.
[7] Ortega y Medina. La Evangelización Puritana. FCE. 1976 : 208. De cierto que los campeones en la caza de brujas fueron los germanos y los suizos.
[8] Juan A. Ortega y Medina. La Evangelización… : 46. Destino Manifiesto. Alianza-Conaculta. 1989 : 89.
[9] Citado por Oliver Levy. Los peregrinos de Plymouth. Historia Universal -en sus momentos cruciales- volumen iv/ el crepúsculo de los príncipes: 1601-1789. Aguilar 1972 : 35.
[10] John Cotton: ‘El derecho divino a ocupar la Tierra’. (1630) EUA 4; – documentos de su historia Socioeconómica 1-. Instituto Mora : 256.
[11] Ortega y Medina. La Evangelización Puritana… : 105.
[12] La justificación ideológico religiosa puritana se plasma en el título de la obra del predicador John Cotton: Sangrienta doctrina, lavada y blanqueada con la sangre del Cordero.
[13] Ortega y Medina. La Evangelización Puritana : 95, 99-100 y 97-98.
[14] Ibid. : 189.
[15] Ibid. : 193. Subrayado añadido
[16] Kart Marx-Friedrich Engels. Manifiesto del Partido Comunista. Quito Sol. s/a : 44.
[17] Ortega y Medina. La Evangelización….. : 194. Subrayado añadido.
[18] Ibid. : 44.
[19] Reginald Horsman. La Raza y el Destino Manifiesto –orígenes del anglosajonismo racial norteamericano-. FCE. 1985 : 133, 126 y 134.
[20] Ibid. : 263.
[21] Ibid. : 270
[22] Ibid. : 275-276 y 278.
[23] Ibid. : 279.
[24] Ibid. : 281. Citando a William Graham.
[25] No habría de terminar su presidencia Georgie sin que nos regalara una excelsa explicación de la crisis, exhibido en internet, intentando balbucear alguna frase coherente cuando le falló (¡?¡) el telepronter; no dejando de despedirse después de soltar sus últimos disparates: ‘la historia me absolverá’ (sic); ‘ha sido un placer servir al pueblo’ (sic). ¿Podrá haber un sujeto político más decadente en el próximo futuro. …?.