Los años no pasan en balde

Escrito por on Feb 23rd, 2009 y archivado en Sociedad. Tu puedes seguir los comentarios a esta entrada a traves de RSS 2.0. Comentarios y referencias estan cerrados.

colegioportugalAunque suene a petulancia, últimamente he tenido la tentación de escribir mis memorias. De hecho, hace algunos años comencé a escribir notas de lo que recuerdo de mi infancia. Me parece que la utilidad de este tipo de ejercicios estriba, más que en el valor de los hechos narrados, en las reflexiones que se pueden hacer sobre ellos desde la perspectiva que el paso del tiempo nos va abriendo y enriqueciendo. Espero poder utilizar con cierta solvencia la frase aquella de que “los años no pasan en balde”.
Cursé la secundaria y la preparatoria en el Colegio Portugal de 1965 a 1970. En ese tiempo el bachillerato se terminaba en dos años. El entorno físico, espléndido por cierto, era el jardín de San Marcos. Sólo había un problema que se presentaba año con año: los famosos “tapancos” de la feria (ahora les dicen “antros”) se instalaban en la calle Manuel M. Ponce, justo frente al Colegio. Terminado el festival abrileño se desmontaban y, todavía lo recuerdo, la estela de la inmundicia se prolongaba por varios días. Siempre he sido muy sensible en términos de olfato. Será por eso que disfruté tanto la novela “El perfume”, de Patrick Süskind. Por lo demás, el ambiente era bastante agradable, sobre todo en la prepa, de la que fuimos primera generación, igual que en la secundaria nocturna. Hice muchos amigos y amigas en ese tiempo. Algunos y algunas lo siguen siendo.
En 1968 se celebraron los primeros 25 años del Colegio Portugal. El acto solemne se realizó en el jardín de San Marcos. Fui el orador oficial por parte de los estudiantes. El padre J. Guadalupe Díaz (que en paz descanse) me tenía un especial aprecio. Siempre fue recíproco. No sé si al padre Díaz le gustaban mis discursos. El hecho es que 25 años después, en el evento de los cincuenta años del Colegio, siendo yo secretario de Desarrollo Social del gobierno del Estado, volví a ser el orador oficial. Nunca he tenido problema para hablar en público, aunque un periodista experimentado afirma que apenas si se me escucha.
Semanas después de la celebración de los 25 años, ocurrieron los trágicos sucesos de octubre, en los que fueron asesinados a mansalva decenas de estudiantes en la Plaza de las Tres Culturas de Santiago Tlatelolco en la Ciudad de México. Iniciábamos la preparatoria. Recuerdo la profunda conmoción que nos causó y la rabia inconmensurable que sentimos al ver los encabezados de los periódicos capitalinos que se referían a la tragedia como una “reyerta” entre estudiantes y policías. Mediante una colecta entre nosotros, reunimos algo de dinero para enviar a la capital del país a uno de nuestros compañeros para que se informara de primera mano sobre los pormenores del movimiento estudiantil. Era imposible que, teniendo 19 años, no se solidarizara uno con los caídos. Además, cuando la sangre derramada es de inocentes, el hecho siempre clama al cielo.
En la secundaria y al principio de la preparatoria tenía yo la costumbre de llevar un diario. Por desgracia lo perdí y nunca he podido encontrarlo. Anotaba mis experiencias del día y mis reflexiones sobre lo que se me ocurriera. Cuando tuve compañeras, procuraba observarlas con cuidado y tomaba nota de lo que más me llamaba la atención de su físico y de su forma de ser. A más de alguna le escribía poemas (desde muy joven aprendí la métrica de la lengua española) aunque tengo la impresión de que nunca me atreví a entregárselos personalmente. Si alguna vez lo hice, espero que no los hayan conservado: la cursilería era un signo de la época. Tenía también una visión bastante idealizada de la relación con las mujeres. Para empezar me producían una ternura infinita (unas más que otras, claro). De esto se desprendía un respeto casi reverencial. Fuimos formados en un código de valores que nos impedía el contacto corporal cuando no estaba ligado al afecto y/o a la formación de una pareja formal. Por lo demás, nunca tuve éxito con las mujeres. Era yo el más aplicado del grupo pero en ese tiempo no se apreciaban esas cualidades. Las compañeras preferían a los buenos deportistas, a los que tocaban la guitarra o sabían cantar.
Quizá mi generación fue la primera, por lo menos en el centro-occidente del país, que comenzó a tener problemas con el código al que me referí. Para nuestros padres eran impensables las relaciones sexuales fuera del matrimonio o la infidelidad. Era el caso todavía de mis hermanas (mayores que yo). Pero ya entre mis compañeros era muy común diferenciar entre la novia con la que se tenía pensado formar una familia y las aventuras ocasionales con amigas a las que se asignaba una función específica, si no es que única, de satisfacción sexual. Pero todavía entonces se tenía muy en alto la relación con la novia a la que se pensaba convertir en esposa. Hablo de la visión de los jóvenes. Entre las muchachas esta concepción era aún más acendrada. Además, una vez formalizada la relación, el divorcio era considerado como una solución extrema (“ultima ratio”) cuando el matrimonio se volvía insostenible.
Tengo la impresión de que a 40 años de distancia se ha producido una profunda transformación en los códigos de comportamiento. Hay muchas razones de por medio: médicas, tecnológicas, religiosas. Los medios de anticoncepción son de acceso universal y cada vez más baratos. La revolución de la informática y las comunicaciones pone a disposición de cualquiera cantidades inimaginables de información, de manera que hay fácil respuesta a las expectativas y a los problemas que puedan presentarse. En el ámbito religioso, si coincidimos con el cardenal Carlo María Martini, parecería que no hay una respuesta de la Iglesia actual a los enormes cambios de conducta que se han producido entre los jóvenes en materia de sexualidad. Las prohibiciones de antaño ya ni siquiera se conocen.
En la actualidad, pareciera que los jóvenes (hombres y mujeres), en sus relaciones de pareja, no tienen propósitos diferenciados como antes. El contacto corporal es parte de su vida cotidiana. No hay distinción entre la “novia” y la “amiga”.  Al final, los jóvenes se casan con la mujer que les gusta y en el momento que les parece oportuno. Y si la relación no funciona, el divorcio está al alcance de la mano.
Los hechos están más o menos a la vista. Lo que no está muy claro es el camino a seguir. Si un joven me pide que le dé una razón para tener o no tener relaciones sexuales con su novia, ¿qué argumentos le puedo dar más allá de los principios religiosos en que fui formado? Le comencé a dar vueltas al asunto y decidí comentarlo en familia.
Mi hija (tiene 16 años) me dio una pista muy interesante cuando me dijo: “Tu planteamiento es superficial, papá. Hay que ir al fondo. El problema tiene que ver con la estructura misma de la personalidad. Si una mujer es educada para convertirse en objeto sexual y por tanto para que alguien la elija, se incorpora necesariamente a la oferta y demanda del sexo, al mercado de la sexualidad. En ese caso, corre el riesgo de toda mercancía: abandono por desuso, falta de interés o hastío. En cambio, si la mujer es educada en el desarrollo y defensa de sus propios valores, está en posibilidad de elegir por sí misma y con plena libertad no sólo su comportamiento sexual sino el abanico entero de sus aspiraciones y potencialidades como ser humano”. (¡!)
Creo que tiene razón. Además, esa debiera ser también la perspectiva de los varones. Si sólo buscan objetos sexuales y por ese camino contraen matrimonio, tarde o temprano van a terminar en el hartazgo, sobre todo en la medida en que la pareja deja de ser atractiva. Y si hay hijos de por medio, serán ellos los que terminarán pagando los errores de sus padres. Por el contrario, si hay coincidencias de fondo en términos de carácter, formación intelectual, gustos, sensibilidad, se puede pensar en una vida entera en común. No es tan difícil encontrar las afinidades. Se puede hacer la prueba con los amigos. Si es uno capaz de pasarse varias horas platicando con alguien sin aburrirse, significa que hay mucho en común. Y cuando una pareja espiritualmente vinculada encuentra la bendición de los hijos, la solidez de la familia está prácticamente asegurada.

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1 comentario en “Los años no pasan en balde”

  1. Eugenio Herrera dice:

    Saludos a Jesus y felicidades a la Bettina por sus conceptos

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