DE TERRORISMOS A TERRORISMOS 24
EL DESTINO MANIFIESTO
Génesis del Imperialismo Anglosajón
Héctor Alejandro Mora Gallardo
El hombre puritano elegido, el electo, verbigracia el que, en cuanto tal, tiene plena confianza (fiducia) de haber sido elegido, se siente destinado a ser amo del mundo.
La conciencia política norteamericana hará suya la constante libertaria del expansionismo inglés iniciado por los Raleights y Gilberto, y heredara de aquella audaz generación isabelina las premisas fundamentales para su imperialismo a escala continental y mundial.
Juan A. Ortega y Medina
La intromisión de los europeos en territorios erróneamente considerados como indianos estuvo signada por sus intereses colonialistas de conquistar para dominar y saquear las riquezas del Continente que desde la incidencia europea seria visto como el Nuevo Mundo. Un mundo estatuido del todo por el dominio colonial que implantan los europeos destruyendo a las culturas aborígenes.
El dominio metropolitano a la española fue establecido con una monarquía absolutista que controlaba por completo a las Indias Occidentales por intermedio de los delegados de la Corona, virreyes y demás funcionarios peninsulares y criollos estableciendo una hegemonía cerrada y excluyente del resto de naciones europeas.
Por su parte los ingleses inician su colonización en la segunda mitad del siglo XVI de una manera precaria, intentando establecer en el norte del Nuevo Continente un dominio similar al español; de cierto que comenzaron con un patrón colonial semejante al hispano, lo que representó para los pueblos originales un flagelo. En primera instancia para las tribus antillanas, pero lo mismo les acontece a los pieles rojas, pudiendo variar la política colonialista aplicada a los autóctonos, pero de igual manera significando el exterminio de su cultura, y en no pocos casos la extinción de su raza.
La conquista y colonización hispana dio lugar a un encontronazo entre reinos dominados por la moneda –de preferencia áurea-, y organizados bajo la autoridad de un poderoso monarca en franco ascenso de poder autócrata implementando un Feudalismo de Estado,[1] y Estados Arcaicos y/o pueblos tribales; preocupándose los ibéricos por proceder respaldados en la legitimidad que les confería ‘la verdadera y única religión’ garantizada por el papa en turno. En realidad, aprovechando su ventaja tecnológica, resultado a su vez de un mayor potencial socioeconómico que concreta en la superioridad militar, proceden al dominio colonial absoluto sobre los nativos conquistados cuyo instrumental apenas si rebasaba la industria neolítica.
La ‘fiebre dorada’ arriba con los europeos desde su primer enviado: Cristóbal Colón; a cuyos codiciosos y educados ojos, a la manera mercantil, todo lo que brillaba era oro o convertible a él; todo ‘valor’ se tasaba en oro, lo que privilegiaba a las especias, los esclavos, y las tierras. Los adornos de oro que para los nativos no eran más que un aderezo para lucir, a los ojos de los europeos detonan sus delirios áureos: “Hay muchas especies y nueve grandes minas de oro y otros metales…,” informa el Almirante a los Reyes Católicos, por lo que para el segundo viaje les promete traerles “cuanto oro necesiten…, y cuantos esclavos pidiesen…”. De esa manera, desde C. Colón quedan enunciados los propósitos y principios que avalan la colonización.
En la imaginería simbólica de las Escrituras Sagradas, los aborígenes, en su santa inocencia, son los habitantes del Paraíso Perdido, como si fuesen los auténticos descendientes de Abel, ajenos a la compulsión hedonista y lucrativa: “no dan ninguna importancia al oro y a otras cosas de valor. Les falta todo sentido del comercio, ni compran ni venden y dependen enteramente de su entorno natural para sobrevivir. Son muy generosos en sus posesiones… (y) esperan ser atendidos con el mismo grado de generosidad…”.[2] Redistribución de bienes era le nombre de esta auténtica economía que los hispanos vienen a destruir por completo. Mientras que los europeos hacen las veces de ser los descendientes de Caín, los auténticos hacedores de la civilización, maldita desde sus orígenes, destruyendo el Paraíso Perdido para implantar su dominio crematístico-capitalista.
¿El resultado de la barbarie civilizada?: En dos años la mitad de los 250 000 indígenas que aproximadamente poblaran la Española habían muerto por asesinato, enfermedad o suicidio… En el año 1615, quizá quedaban 50 000 indígenas… Para 1650 no quedaba uno solo de los arawaks autóctonos, ni descendiente alguno. Y como se dice ahora: extinción es para siempre. ¡Oh, sí!, ¡se dirá!, ¡‘Las Casas exageró!, pero la prueba irrevocable de la barbarie española es la total extinción de las culturas del Caribe. Aquello fue simple y sencillamente un etnocidio, el mayor genocidio en la Historia. Contando con la bendición papal, como después será, con la anuencia del Jehová de los protestantes puritanos, o de los obispos anglicanos, la espada y la cruz invaden el Continente Ignoto implantando su marca y seña: el reino del terror.[3]
En aras del progreso se sacrifican a los simples, imperativo de realización capitalista que no dejará de imponerse por la fuerza, para que posteriormente lo intenten justificar los detentadores de la ‘razón…, ilustrada’. Todo sea por el indetenible progreso del mundo y la construcción de la tecnósfera; a la larga, la ‘razón instrumental’ sirve al verdadero dios de los occidentales: Más que Pluto o el Borrego Dorado, un Leviatán hiperbólico para llegar a ser la máquina-monstruo que erige la civilización capitalista.
Cuando el ‘Siglo de las Luces’ transcurría en Europa suponiendo la Edad de Oro del racionalismo, como contraparte sombría de tal ‘luminosidad’ alcanzada, los esclavistas europeos extrajeron a la fuerza 6 millones de personas de África, para hacer de este siglo, también, la ‘edad de oro’ del esclavismo.[4]
Nada tiene de ilógico, dentro de la retorcida lógica capitalista, que el siglo de la Ilustración, en contrapartida, en su lado oscuro, haya sido el siglo en que la esclavitud alcanzó su mayor auge, puesto que así es como funciona este sistema mundo con fuerza centrípeta absorbiendo riqueza hacia sectores metropolitanos privilegiados a costillas de los muchos periféricos sacrificados. Cuando Europa está en plena etapa de expansión, África perdía aproximadamente 50 millones de seres humanos.[5]
En la disputa por la hegemonía colonialista. La confrontación entre el Norte europeo, reformista, y así separatista de un Sur católico, contrarreformista e imperialista, se expresa, para fines del siglo XVI, principios del XVII, en la confrontación entre las Coronas de España e Inglaterra.
Desde una perspectiva religiosa la necesaria crítica al hedonismo Vaticano, visto por Lutero como la ‘Gran Babilonia’, condujo a la separación de Roma. Desde el sentir del cristianismo auténtico significaba una reacción más, entre tantas otras que se habían presentado al interior de la Iglesia Católica, sirviendo para purificarla, al purgarla y posibilitar su renovación. Desde la posición de la jerarquía eclesiástica era otra herejía a la que había que aplastar para mantener el status quo monárquico-absolutista que el Vaticano detentaba en connivencia con el Emperador Habsburgo, pretendiendo imponer un dominio universal, en cuerpo y alma, con la espada y la cruz, imperando allende los mares para que nunca se ponga el sol de la Cristiandad.
Pero he aquí que a los reinos del Norte en ese momento les es imperativa la escisión del dominio meridional para independizarse del Imperio Habsburgo y de la dominación pontificia de Roma.
Como movimiento social la Reforma Protestante se da en un momento en el que el Norte de Europa ha madurado para separarse y desligarse del dominio cultural meridional, signado en el poder y el ‘prestigio’ de la Iglesia Romana y en su organización jerárquica que iba más allá del ámbito ‘espiritual’, respaldando el orden político-económico cuasi-feudal al que había que suprimir para permitir la emancipación de las naciones septentrionales.
De manera que la Reforma protestante vino a ser la bandera que inspira la emancipación de la Europa Septentrional en su búsqueda por dejar de estar subordinada al clero romano, suprimiendo sus gravosos diezmos y similares impuestos. O sea que la Reforma Protestante por una parte modificaba a fondo la liturgia cristiana, pero la transformación más importante la efectuaba en el terreno político al impulsar la independencia de los principados alemanes del pretendido Sacro Imperio de Carlos V. Movimiento separatista que ayudaría a procrear las nacientes naciones modernas de Inglaterra y Holanda, distinguiéndose por su separación de Roma y su contraposición a España. Dándose una distinción importante al interior de las iglesias protestantes: Por una parte quedan las iglesias luteranas más cargadas a reformar formalmente la liturgia cristiana, a diferencia de “las iglesias calvinistas, en las cuales la actividad mundana y aun el éxito terreno figuraban como deberes cristianos”.[6]
La primera justificación dada por los ingleses para apoderarse de Norteamérica es de índole ‘espiritual’, propagar la ‘verdadera religión cristiana’, que en su caso es la anglicana puritana; sólo en base de auspiciar la religión se podría edificar una sociedad promisoria. Los colonos cumplían con la misión del Todopoderoso como un ‘designio’ que cual ‘destino manifiesto’ se cumplía al evangelizar a los indios, teniendo la misión de derrotar a Satanás en un territorio que le pertenecía; no dejando de ser una concepción muy semejante a la hispana, por ser en calidad de ‘cristiana’, absolutista y providencialista; así debe ocurrir porque Dios lo ordena. El hábitat procreado por culturas de tecnologías rudimentaria es confiscado para establecer el ‘reino de este mundo’, santificando por el único Dios valedero. Estando de por medio, por supuesto, la competencia contra los españoles, pues ese fue el propósito primordial de establecer colonias en la Nueva Inglaterra: edificar bases desde las cuales atacar el dominio hispano del Atlántico.
Al interior de la Cristiandad los europeos divididos por la Reforma Protestante no dudarán en pretenderse, cada bando, como los auténticos seguidores de Cristo, representantes del Dios único en dos versiones que diferían en sus exponentes geopolíticos, viniendo a ser los dos bloques en que se parte la Europa Occidental; la que es capaz de invadir al resto del mundo. Escisión que responde a profundas diferencias histórico-culturales dando cuenta de la partición en sus vertientes originales: latinos meridionales y germanos del septentrión.
La verborrea de los dirigentes de las primeras colonias y los ministros de religión que escriben sobre el deber ser de la colonización inglesa durante el siglo XVI, intenta la justificación tradicional con la misión religiosa de cristianizar para compensar la toma de tierras, mera excusa religiosa, propia de la ideología predominante todavía en aquel siglo. Es en seguimiento de designios divinos que se lucha por el predominio en el mundo. Entendiéndose que Inglaterra estaba amenazada ante la expansión del imperio español que hacia 1580, con la anexión de Portugal, comprometía su soberanía; por lo que para los ingleses es un asunto de sobre vivencia combatir al Imperio Habsburgo. Estaban obligados a contraatacar al Imperio monopolista dotado de recursos en América que le permitían patrocinar las guerras que emprenden para apuntalar su dominio en Europa. Para los ingleses del siglo XVI el negocio colonial era un asunto de piratas y esclavistas. Tratando de minar a España en donde más le dolía, sangrándola de áureo y argenta.
Las primeras empresas coloniales inglesas en América también padecen la fiebre dorada, los empresarios y la Corona mandan a capitanes y soldados a buscar minas, mientras que Sir Walter Raleigh románticamente va a en busca del Dorado al unísono de que imagina profecías en las cuales Inglaterra aparece como libertadora de aborígenes sojuzgados por España. Pretendiéndose superiores moralmente y ser una cultura cualitativamente distinta a las ibéricas. Lo que el paso del tiempo desmentiría; las diferencias son graduales, los propósitos los mismos; prevaleciendo en ambos casos el imperativo determinista: la disputa por obtener el dominio colonial para engrandecer a su propio reino.
Si no había oro en Norteamérica y si Sir Walter fracasa en su intentona en Sudamérica, pronto los ingleses se adaptan a ser piratas, pues era la mejor estrategia ligada al mejor negocio de la época, el que les permitía drenar las riquezas del enemigo: lo que le quitas lo ganas para tu reino(a). Ofreciéndose también ese otro negocio que comenzaba a ser el tráfico de esclavos.
Para cuando los esclavos africanos son la principal mercancía a explotar, los ingleses se irán acomodando para incrementar el tráfico, y consta que aquél era el mayor negocio criminal de la época, el que como todos los de su especie redituaba estratosféricas ganancias. Lograban venderlos a 4 o 6 veces el precio de compra. Por algo desde el primer viaje de Sir John Hawkins, en 1556, se percibe el interés inglés por competir en el negocio, interés que se ve grabado en su propio escudo de armas, en donde se dibuja a una persona de apariencia mora, cautiva y atada. Es por ello que Sir Hawkins navega por las aguas del Caribe en la década de 1560’s, vendiéndoles de contrabando a los novo hispanos tan preciada mercancía, implicando el soborno de algún funcionario corrupto o simular tomar el puerto, o tomarlo par imponer la compra de la carga. Aunque en otra ocasión no le va tan bien (1568) al ser copado en San Juan de Ulúa por la flota que trae al nuevo virrey, don Martín Enríquez. Al producirse la batalla Hawkins terminó por perder 5 navíos y a la mayoría de su tripulación que fueron muertos o hechos prisioneros y flagelados, lo que da pie a que escriba un inflamado panfleto en el que califica a los españoles de ser poco menos que demonios. Pero el caso es que el tráfico devino de manera flagrante en una fuente de acumulación de capital que a largo plazo coadyuva al fortalecimiento de la industria inglesa. Así lo consideraba desde aquel entonces la inteligencia inglesa: “el comercio de negros y las consecuencias naturales que son su resultado, pueden ser vistos con toda justificación como un inagotable fondo de riqueza y de poderío naval de la nación”.[7] Tratándose de la sangre que cual sabia vital hizo andar las ‘ruedas de la máquina’.
El inglés, como hombre nuevo sustentado en una religión abierta a la inmanencia intramundana se ocupa del negocio lucrativo sin prejuicios morales. Por eso se consigna que del Homo purus o puritano se llega al Homo faber y oeconomicus.[8]
Se siente la rabia inglesa que a la defensiva lucha por golpear al poderoso Imperio de la época y lo va mellando en donde más le duele, al capturar barcos repletos de oro y plata. Fue el caso de la expedición que en abril de 1585 zarpó de Plymouth capitaneada por Richard Grenville y Ralph Lane, con el propósito de establecer una colonia en la isla Roanoke; pero los colonos allí depositados no resistieron y fueron recogidos por Francis Drake poco más tarde. Ocurriendo que la empresa se salva de la bancarrota gracias a la captura del galeón Santa María de más de 300 toneladas, botín que fue más que suficiente para recuperar la inversión arriesgada por la Reina Isabel I y los comerciantes y aventureros que hacían las veces de socios capitalistas
Para 1587 Sir Walter Raleigh dirige otro intento de coloniaje en América, cuatro años después otra expedición no encuentra colono alguno en el dominio señorial que Raleigh tenía en Roanoke. Pero el Sir también encontró compensación a su fracaso colonial al apoderarse de la Carraca española Madre de Dios de 1 600 toneladas, obteniendo una ganancia de £86 666, según el propio Raleigh consigna.[9]
Las colonias pueden esperar, lo urgente es contraatacar al Imperio, por ello los ingleses se hacen piratas para robar los tesoros, y esclavistas para irle a ofrecer tan preciada mercancía –el oro negro de aquel tiempo- a un Imperio que les negaba todo comercio. Bloqueados como estaban por completo, dado el proteccionismo hispano; ese es el punto capital que explica su comportamiento: “En realidad los ingleses luchaban dramática, tesonera y angustiosamente por su supervivencia y no hacían, por tanto, sino responder con violencia y por motivo de elemental defensa vital mercantilista al cerco y a los ataques monopolistas hispanos. Los españoles –escribía un comerciante inglés en el año crucial de 1588- como saben que la riqueza de nuestro país depende de la salida de nuestros productos, no solo nos prohíben venderlos en cualquier parte de sus dominios, sino que también, para el mismo efecto, nos vedan hacerlo con el emperador y sus ciudades hanseáticas e incluso con los países orientales, buscando con ello obligarnos a ‘cesar nuestro comercio’, a reducir así ‘a un gran número…, de desempleados a los más duros extremos”.[10] Simple y sencillamente porque en aquel entonces el Imperio era España.
La Leyenda Negra contra España fue creada por la inteligencia protestante que supo emplear esa revolucionaria herramienta que venía a ser la imprenta, un invento de época capaz de transformar las mentalidades de grandes conglomerados de ciudadanos sabiéndola emplear con astucia.
En Inglaterra, esa ínsula semiseparada de Europa, primera nación en implantar aspectos fundamentales de la Modernidad, se inicia el movimiento separatista de Roma desde tiempos de Enrique VIII (1491-1547) y la creación de la Iglesia Anglicana (mediante el acta de Supremacía de 1534). Derogándose los privilegios de que gozaba la Santa Sede, pasando el Rey a proclamarse líder de la Iglesia en Inglaterra, respaldado por los obispos.
El Imperio español es católico desde sus progenitores, los Reyes (por ello así llamados) Católicos, y se prosigue y perpetúa con los exacerbados descendientes de la dinastía Habsburga, lo que aunado a una estrecha alianza con la ‘Santa Sede’, inmiscuida y aprovechada como máxima autoridad que arbitra la repartición colonial entre Portugal y España, los conjunta como entidades que establecen el orden imperial vigente durante el siglo XVI. Lo que para los otrora reinos más poderosos de Francia e Inglaterra, representa el aminoramiento de su potencial, a la hora en que Europa se fortalece en base a explotar los dominios coloniales.
Esta situación de época ubica a Inglaterra como a la nación marinera de orientación atlántica abocada a contraponerse al dominio ibérico. Convertidos en sus principales rivales fueron astutamente propagandistas destilando un veneno antihispánico que se condensa en la Leyenda Negra; ‘haciéndole ver al mundo’ la barbarie cometida por los españoles en las Indias Occidentales en contra de los indefensos nativos.
Para los ingleses los españoles son crisohedonistas, retomando las denuncias de Fray Bartolomé de las Casas escritas en su Brevísima., hacen ver a los hispanos como a los hombres más despiadados, y auténticos adoradores del borrego dorado: “Hay un dios a quien ellos adoran mucho”[11]: El Oro; estas palabras le son atribuidas a un supuesto cacique que escapó de la Española a Cuba para prevenir a los locales del arribo de los sanguinarios españoles: ‘Arrojen su oro al río para evitar ser vejados por los hombres blancos’.
La Santa Inquisición era un engendro de la demoníaca relación Vaticano-Corona de Castilla, concebida para someter a europeos y colonos al Imperio Católico. Los ingleses exageran la perfidia hispana inquisitiva radicando en ello la Leyenda Negra. Se trata de un prototípico acto de propaganda para desprestigiar al enemigo: “Este intento se basó en la exageración de las circunstancias reales…, e implicó que las actividades descritas eran privativas de España”, cuando que en realidad eran propias de todos los reinos, incluido, por supuesto, Inglaterra: “El gobierno inglés no solo condonó el uso de la tortura, sino que activa y públicamente lo defendió, pese al hecho de que generalmente estaba prohibida por derecho común. En uno de los documentos más notables redactados jamás por un alto funcionario, lord Burghley justificó torturar a los católicos, por motivos bien conocidos por cualquier inquisidor: lo merecían por negarse a dar testimonio contra ellos mismos”.[12]
Como ‘casa de tormento’ la Inquisición española era de lo más decente y regulado en la época, al obligar a aplicar sus procedimientos bajo vigilancia oficial. Los flagelos multitudinarios fueron en Europa tan católicos como protestantes. Así como España condenaba herejes protestantes, en la paranoica Inglaterra se hacía escarmentar a los ‘conspiradores’ católicos.
Si la tortura en la Inquisición hispánica estaba reglamentada, en Inglaterra un tal Roger Topcliffe era el torturador oficial, a quién la Corona le entregaba víctimas para que dispusiera de ellas sin rendir cuenta alguna, ni conociendo freno en sus terroríficas prácticas; como los condenados católicos eran torturados por considerarlos traidores al Reino, no había piedad alguna para con ellos: “El hecho de que muchos de aquellos hombres fueran leales ingleses no aplacó a los que habían llegado a creer que catolicismo y traición eran sinónimos. Curas y jesuitas fueron ahorcados, arrastrados y descuartizados como traidores y, como tales, su destino fue mucho más horrible que todo lo que pudiese deparar un auto de fe”.[13]
Tan despiadados los unos como los otros. Empero, aquí como en el trato a los indios, la Corona hispana al menos se preocupó por procrear un marco jurídico que procuraba proteger y aminorar la despiadada explotación de sus súbditos conquistados, o el flagelo de las carnes sometidas en las ‘guerras de secesión’ de la Cristiandad; mientras que por su parte los protestantes solían ser en este punto más intransigentes y sostenían principios autocráticos en los procedimientos inquisitivos. Y peor cosa fue la casería de brujas en las muy ‘civilizadas’ regiones de la Europa septentrional; así como en Nueva Inglaterra el caso de las ‘brujas de Salem’ es un buen ejemplo de lo que el fanatismo ligado a la superstición solía hacer entre estos ‘hombres de Dios’.[14]
Siendo un hecho consabido que al calor de las guerras de religión se cometen los peores asesinatos y las peores masacres. Emmanuel van Menter, en su Historia de Bélgica, se encarga de poner a Felipe II, al Duque de Alba y al Papa de Roma en su lugar: ‘han actuado como turcos en los Países Bajos’ Usando como buen protestante el lenguaje bíblico, realiza una analogía en que se comparan los protestantes holandeses con los israelitas. Cuando que el Papa y Felipe II se asemejan “al sanguinario Baalac maldiciendo a los israelitas y el otro más bien al faraón persiguiendo y oprimiéndolos, pero ambos son parecidos al león embravecido y al oso hambriento de que habla Salomón. Los asesinos enviados contra el ‘santo gobernador’, el Príncipe de Orange, por este Babilón romano y este Periandro español’ son llamados, entre otras cosas, ‘miserables miembros de la hueste de Caín y campeones de Satanás”[15] Lo que a muchos podrá parecerles una diatriba exagerada, pero el asesinato del campeón de la lucha por la independencia de los Países Bajos: Guillermo de Orange, resultó ser una villanía del establishment católico, digna de fomentar la rabia entre los holandeses, pues pusieron precio a la cabeza de su Príncipe: 25 000 escudos de recompensa a quien lo asesinase; cantidad que el Rey Católico pagó religiosamente a la familia del asesino al ser este capturado y ejecutado. ¿Tenían o no razón los holandeses para estar enfurecidos? Es un aserto histórico considerar que los peores crímenes se dan al calor de las disputas religiosas.
Con Oliverio Cromwell el antihispanismo, anticatolicismo vuelve a la carga apoyado en las mismas excusas pseudo religiosas para sustentar su ‘Designio Occidental’ Sus argumentos para justificar una expedición de ataque a las Indias Occidentales contra la Española, que termina por apoderarse de Jamaica, son proclamas religiosas. Cromwell elegía atacar a España por sobre Francia considerando que la primera era más abiertamente antiprotestante y por tanto merecía un mayor castigo. Si se le cuestionaban las posibles consecuencias que traerían tal acción dificultando el comercio con España y las ventajas que pudieran obtener de ello los holandeses; Cromwell responde: “Dios proveerá”.
Si ante el Consejo presenta el plan de intervención en las Indias Occidentales a manera de ser el ‘Designio Occidental’ y un consejero (Lambert) razona considerando que la expedición sería más perjudicial que benéfica para los intereses de Inglaterra; Cromwell responde: “Dios me ha traído aquí para considerar la labor que podemos hacer en el mundo así como en nuestra patria”. Está claro: porque Dios lo quiere se realiza la empresa militar-mercantil pues la recompensa material se obtendría de lo saqueado en la América española. El lenguaje pseudoreligioso encubre el impulso bélico que tiene objetivos lucrativos. La cruz encubre y justifica el poder de la espada en la abierta disputa por el predominio Atlántico. Cuando a la sazón España era el rival a vencer: “El imperio que amenazaba con devorar al mundo”. Pero Cromwell siente necesidad de inmiscuir el pretexto ‘religioso’ para combatirlo: “En verdad, nuestro verdadero enemigo es el español. Es él. Es un enemigo natural. Lo es hasta la médula, por razón de esa enemistad que hay en él contra todo lo que es de Dios”.[16] En realidad, lo que les dolía a los ingleses era el monopólico dominio hispano.
La destrucción de la Colonia de Providence Island en 1641 es motivo más que suficiente para atribuirles a los hispanos una amenaza continua en contra de sus colonias, exagerando más de la cuenta. Lo que vale para echar más troncos a la hoguera de la ‘Leyenda Negra’ antihispánica; muy diversos libelos y panfletos durante los siglos XVI y XVII pregonaban la perfidia hispana, sus matanzas de indios y la Santa Inquisición están para comprobarlo. Los españoles, como papistas, para los anglicanos y puritanos son los representantes del Diablo, del Anticristo; en contra de ellos marcha hacia Occidente la verdadera religión cristiana para regenerar a los oprimidos, dice Cromwell: “La gloria de Dios y el avance del Reino de Cristo serán, en última instancia, el fin principal de la expedición” Para ese entonces el protestante tiene en mente que toda guerra es justa si va en contra de los idólatras, herejes y miembros de la falsa Iglesia. Mas a fin de ‘principios’ –excusas-, la espada no tiene por qué pedir permiso para ejecutar su oficio: “la conquista es libre para todos los pueblos, ninguna Ley de Naciones puede prohibir el poder de la espada”.[17] Interprétese así, lo que se le gane a España por la espada y el cañón no acepta reclamación ni tiene devolución.
El motivo más importante que los ingleses tuvieron para acusar a los ‘ahijados de la cruz perversa del Vaticano’ habidos al interior del Reino se los otorgó el ‘Complot de la Pólvora’. Lo que ocurrió cuando los ‘pérfidos’ católicos ingleses de ánima jesuítica osaron atentar contra la vida del rey Jacobo I, cuyo trato dispensado a sus súbditos católicos intentó ser menos severo que el de su predecesora, la ‘Reina Virgen’, heroína de los pueblos protestantes. Contrastando con ella, la política laxa de Jacobo en un principio dio visos de debilidad por lo que tuvo que pasar a apretarlos, aumentándoseles las multas por ‘recusación’. Y la elite de católicos del partido jesuita le respondió preparándole la ‘conspiración de la pólvora’, no otra cosa sino pretender hacer volar al Rey junto con los miembros del Parlamento.
El 5 de noviembre de 1605 el rey debió de haber estallado en el Parlamente en plena sesión inaugural, pues bajo el suelo del recinto había bodegas ocupadas con barricas de vino, todo era tornarlas por barriles de pólvora; procedimiento que se le atribuye a un caballero católico llamado Guy Fawkes. Aconteciendo que uno de los conjurados, al apiadarse de un pariente que asistiría a la sesión, le envía un anónimo en el que le advertía que no acudiese a Westmister, lo que provocó una minuciosa indagación y el descubrimiento de los barriles de pólvora…”[18] Eso era lo que necesitaban los protestantes para proceder contra los aún numerosos y poderosos católicos de Inglaterra; a Fawkes lo torturaron para que dijera lo que quisieron que dijera y lo enviaron al cadalso, lo mismo hicieron con el padre jesuita Garnet. Pero he aquí que investigadores modernos consideran que el complot fue maquinado por Rober Cecil, Conde de Salisbury, quien a la sazón era el poder tras del trono de Jacobo I. (Un documento encontrado en el Castillo de Cecil hace dudar de la autenticidad del complot católico). Según esto, el padre Garnet si acaso estaba enterado del complot. [19]
Como quiera que haya sido, el caso es que la conspiración dio el pretexto para barrer con la oposición, aunque Jacobo I no quiso hacer una cacería de brujas. Ya en una Act de 1604 se proscribía a la religión católica considerando a quienes la ejercieren como traidores a la patria; los católicos deberían someterse o emigrar. Y si es cierto que no se aplica con rigor la disposición, el hecho es de qué sirve para cargarles multas cuantiosas. Dejándole claro a la Santa Sede que el monarca británico no podía ser depuesto por considerarlo hereje, anulando la vieja fórmula románica de que un príncipe excomulgado podía ser finiquitado. Si los católicos ingleses querían permanecer en el Reino debían jurar fidelidad a la Corona: “Todo católico que rechaza ese juramento caería bajo la sanción del Praemunire, exponiéndose a la prisión perpetua y a la confiscación de sus bienes. Pero también podía verse en la alternativa de recibir la comunión según el rito anglicano o de pagar ruinosas multas”. Lo que no dejaba de tener un cierto parecido con el método de la Santa Inquisición: “Para cobrar las primas prometidas, muchos delatores acusaban a los papistas ante los jueces de paz, obligándolos a exigir juramento y a castigarlos en caso de negativa. Así, durante la primera mitad del siglo XVII, varios millares fueron encarcelados. En 1622, cuando por motivos matrimoniales, Jacobo quiso mostrar su condescendencia hacia los católicos y hacia España, ‘su protectora’, 400 sacerdotes y probablemente 4 000 laicos, estaban encarcelados”.[20]
Los ingleses pueden presumir que ejecutaron menos personas en los conflictos religiosos que sus rivales continentales católicos. Cierto, pero esto no significa que fueran distintos, ni superiores en eticidad, simplemente fueron más pragmáticos, tal y como lo prueban las disposiciones del ‘buen Jacobo’ para con los acosados católicos; para qué masacrarlos, era mejor cobrarles una cuantiosa multa.
La semilla de otra concepción colonialista estaba sembrada en el inglés anglicano y/o puritano que se separa de la Europa papista para intentar otra forma de cultura partiendo de otra interpretación de la Biblia, acercándose al Jehová del Antiguo Testamento. Interpretando que el Supremo (su Dios) les había heredado la Tierra a los elegidos, a los puros, para que se multiplicaran en ella. Y si esa tierra estaba ocupada por aborígenes improductivos y de satánica religión, habría que tomarla y ponerla a producir. Consideraron que la nueva ‘Tierra Prometida’, como antaño Canaan para los hebreos, era un don que el Cielo otorgaba. Ergo, para los atribulados colonos, venidos de una atribulada Europa estrecha en tierras, su necesidad de expansión se traduce en mandato divino: ‘poblad y explotad la tierra virgen’; lo que es igual a practicar el cultivo intensivo y extensivo, creando el Nuevo Reino de Sión. Si los pieles rojas se contentaban con lo poco que daba la Naturaleza de manera silvestre y sus cultivos no eran intensivos, había que hacerlos a un lado pues habían desaprovechado su oportunidad. Por la ‘gracia de Dios’ la civilización cristiana desplaza a las culturas aborígenes que subsisten con una economía natural, adquiriendo derecho de incrementar la explotación y con ello la producción de mercaderías, contándose con el respaldo de una muy superior tecnología que se los permitía: “Los indios, según John Winthrop, el gobernador novo inglés (de Virginia), habían recibido de Dios sólo el derecho natural de posesión; pero no el derecho civil, que implicaba el mejoramiento del suelo, la cría de ganado y la multiplicación de los frutos y cosechas. Por supuesto, los puritanos habían recibido de Jehová ambos derechos”.[21] Religión y progreso mancomunados.
Otra interpretación de la Biblia, originalmente calvinista que se irá modificando conforme los intereses pragmáticos de los novo ingleses lo disponen, permite la gestación del reino de Dios en la Tierra. Su valorización intramundana y su santificación del trabajo, aunada al seguimiento del ‘Llamado’ (Callin) con el que Jehová les otorga un quehacer en el mundo, validaban la conquista y el exterminio de los nativos. El ‘cristianismo’ se adapta a la hegemonía del ‘hombre nuevo, el hombre moderno’ Los elegidos de Dios hic et nunc pueden alcanzar la realización. (Aquí y ahora).
La colonización angloamericana podrá tener sus diferencias peculiares de esta otra Europa que nacía en el septentrión; pero como colonización ejecutada en contra de los nativos significó lo mismo: opresión, despojo, mortandad, implantación de un régimen de terror en contra de los pueblos aborígenes.
Las colonias inglesas del siglo XVI, por igual que las españolas buscaban minas de oro y están dominadas por soldados; la segunda oleada anglo colonial está liderada por peregrinos puritanos. La estrategia de evangelización puritana intentó convertir al salvaje en un civilizado regenerándolo moralmente al hacerlo un cristiano reformado, para lo cual se requiere de concertar un pacto con ellos, permitiéndose que a cambio de que entregasen sus riquezas materiales, los puritanos les recompensaran ‘iluminándolos espiritualmente’ y salvándoles de sus demoníacos ídolos al darles a conocer la palabra de Dios. Pero como las riquezas materiales de los aborígenes eran para los estándares europeos exiguas, las tierras pasaron a ser el objeto codiciado…
Originalmente una idea utópica impulsó a los peregrinos: fundar la Nueva Sión a manera de una sociedad comunal; empero los imperativos capitalistas que determinaban la colonización bajo contrato firmado con el empresario patrocinador de la colonia, impedía que una asociación de ese tipo se realizara. El espíritu evangélico de una comunidad de los apóstoles se hacía a un lado para venir a explotar la tierra y fomentar la propiedad privada. Si bien predicadores excepcionales como Robert Cushman vieron con malos ojos esa tendencia: “¿Por qué tendrías tú que tener tu lote particular? ¿Por qué piensas vivir mejor que tu vecino y desdeñas hacerlo medianamente como él? Empero, ¿quién, me pregunto, trajo al mundo esta particular noción? ¿No la trajo acaso Satanás, que no contento con conservar su posición con sus iguales quiso poner su trono sobre las estrellas?”.[22] Admonición desatendida, el diferencial económico es primordial en el reino de este mundo. Y la Civilización que engendra el progreso aspira a llevar su reino a las estrellas…
La estrategia político-militar para someter a los nativos consistió en aprovechar la animadversión existente entre diversas tribus que se combatían entre sí, realizando alianzas con algunas para caer sobre otras y después en constituirse en los ‘legítimos árbitros’, supremos dictadores que decidían premios y castigos a las tribus involucradas en guerras. Resultando ser los ‘premiados por Dios’, pues a fin de cuentas los novoingleses se irían quedando con las tierras merced al pretexto de que los indios preparaban un complot en su contra. Buena excusa para maquinar la violencia que les garantizara el desplazarlos, puesto que como los pieles rojas no tenían suficientes bienes materiales que trocar a cambio de su ‘iluminación espiritual’, los ‘santos peregrinos’ optan por agenciarse las tierras para construir por sí mismos el Reino de la Abundancia.
Así ocurría que la evangelización puritana comenzaba por establecer un pacto con los pieles rojas por medio del cual se les pretende civilizar, primer paso para que pudieran conocer la ‘verdad revelada’ que ya después el ‘designio divino’ manifestaría si estaban destinados o no a la salvación. Pero si los indios osaban romper el ‘pacto’ los enviados de Dios tenían derecho a castigarlos, derecho de guerra sagrada que cual ira celestial delegada en brazos puritanos garantiza el terror para los infortunados nativos. La peste enviada por Dios a los indios era la señal de que su destrucción era conveniente: “¿qué más podían hacer los puritanos sino inspirarse cómodamente en aquellos juicios tan misteriosos cuanto terribles y lanzar también a sus colonos (santos guerreros) contra los inestables y endemoniados pieles rojas?”. Si morían por viruela y demás enfermedades contagiosas que los europeos traían de su mundo contaminado al ‘paraíso perdido’, pues había que emplear la guerra bacteriológica para provocar la mortandad. Así por ejemplo, en 1763 el supremo jefe de las fuerzas británicas, general Jeffry Amherst, contactaba al coronel Henry Bouget “para que viese la manera de contagiar a los indios con la viruela”. Y Bouget responde: “Trataré de inocularles la… con algunas cobijas que puedan caer en sus manos y tendré cuidado de no contraer yo mismo la enfermedad. Asimismo el capitán Simeón Ecuyer, jefe del Fuerte Pitt durante el asedio de Pontiac (un jefe militar aborigen), entregó a los indios algunas cobijas recogidas del hospital de variólicos”.[23] Santa manera de exterminar al prójimo.
Incluso y en la desaprobación del reverendo pastor de Lyden, John Robinson, la violencia está justificada: “Hay una cosa que es más gloriosa a los ojos del hombre que agradable a Dios, conveniente para los cristianos: convertirse en el terror de un mísero y bárbaro pueblo” Todo sea por implantar el Reino de Dios en la Tierra. El ‘pacto’ celebrado con los indios –que por supuesto no lo comprendían-, toda vez que era ‘infringido’ permitía a los ‘hombres de Dios’ exterminarlos. Además de que la ‘ociosidad’ de los nativos contravenía el mandato divino: “era contra las leyes de Dios y de la naturaleza que tanta tierra permaneciese ociosa en tanto que muchos cristianos querían trabajarla”.[24] Contrato de compraventa de tierras. La mejor manera de practicar el despojo con descargo de conciencia.
En la cosmovisión del piel roja decir tierra de ‘nadie’ significaba tierra de todos; para el europeo tierra de nadie era tierra enajenable. He aquí la transferencia de valor desigual, típica del colonialismo, practicada con mayor intensidad por los puritanos mercantilistas. Ah, pero que quede claro, el contrato es legítimo. La sutil distinción entre dos culturas diametralmente opuestas se revela en su noción de propiedad; para el piel roja la tierra, el agua, los árboles, no podían pertenecer a nadie, eran el patrimonio de todo ser humano; para los europeos, era objeto explotable y debía convertirse en una propiedad privada para su funcionamiento adecuado… Todo despojo quedaba legalmente justificado. Así de simple y sencillo; desde entonces la civilización en progreso por antonomasia que es la anglosajona arrebata lo que necesita.
Pequeña diferencia, la economía tribal es economía porque se practica sustentando a pequeñas agrupaciones que siguen un patrón estacional dependiendo de lo que la naturaleza provee. Lo de los europeos ya era explotación intensiva de recursos hasta su virtual extinción, empezando por castores y bisontes…, pero también pieles rojas. Y hoy la lista de especies extintas o en peligro de extinguirse está en plena expansión, comprobando la eficacia del progreso.
Los pequoda era una agrupación tribal que presentaba oposición militar a la expansión colonial, por lo que los novoingleses concretaron una alianza con los mohicanos y narragansettos para combatirlos, conducidos por el capitán John Mason. El resultado: “Los pequodas fueron casi completamente aniquilados, sin perdonar ancianos, mujeres ni niños; porque el capitán, veterano de las campañas de Flandes, conocía harto bien su oficio”. Peste, guerra, hambre, los jinetes apocalípticos de Jehová se complacían en destruir a sus enemigos para dar lugar a su pueblo, de manera tal que el puritano no sintió remordimiento alguno al cooperar con la divinidad en la destrucción de los nativos, “en tanto que <eran el> brazo ejecutor de Su ira y maldición”.[25] Entonces, se entiende que para los anglocolonizadores la codicia por las tierras sustituye la fiebre dorada de los españoles.
La intransigencia puritana iba bien con los intereses lucrativos, la excusa religiosa funcionaba justificando que el absolutismo terrorista de la teocracia puritana se impusiera pasando por sobre los nativos. Siempre es bueno tener al ‘Dios verdadero’ de su parte. Incluso, al interior de las ‘santas colonias puritanas’ algunos herejes son expulsados porque los reverendos no toleran ningún tipo de disidencia, puesto que si alguien osaba cuestionar la norma de vida y los procedimientos empleados por la teocracia, ipso facto era transterrado, puesto que entre los puritanos imperaba la estricta obediencia. Así ocurrió que en 1637, una notable mujer en Massachssetts, Anne Hutchinson, entra en discusiones teológicas con los eclesiásticos, oponiéndose a la dictadura teocrática y a su intransigente orden cívico, supuestamente santificado y apto para la trascendencia; cuando que Anne sentía a la religiosidad como algo intuitivo y espontáneo, surgido de un sentimiento íntimo, y no como algo tan formalmente impuesto. Esto le valió ser considerada una hereje antinominalista, por lo que el supremo mando compuesto por los políticos y eclesiásticos de ocasión (el establishment de siempre que vez tras vez condena a los ‘subversivos’) deciden expulsarla junto con sus familiares, sirvientes y seguidores. No es de extrañar que la nueva colonia por ellos fundada fuese destruida por una banda de mohicanos, casualmente los más files aliados de los puritanos, sólo una hija de Anne se salvó en la despiadada matanza: “Los puritanos muy cristiana y religiosamente vieron en aquella carnicería (a la que –según parece- no habían sido ciertamente ajenos) la mano vengadora de Dios que así castigaba a todos los que osaban abandonar su senda federal y escogían la de Satán”.[26]
En sí, la evangelización anglopuritana se sintetiza en lo siguiente: la religión bíblica se usa como excusa suprema para dominar a los pieles rojas haciéndoles aceptar que tenían una religión demoníaca que ellos les ayudarían a superar, siempre y cuando su comportamiento fuera el adecuado, el de correctos puritanos, fervorosos, honrados, trabajadores y austeros. Apareciendo también la noción hobbesiana de que entre estos salvajes el hombre es el lobo del hombre para sí proceder a justificar la civilización impuesta.
Claro que cuando los mercaderes toman el comando de la colonización las excusas como matices salen sobrando, fue el caso de la guerra del Rey Felipe en 1675, cuando la tribu de los wampanoagas liderada por Metacon (llamado por los novoingleses Felipe) cansados de los atropellos y las trampas propias de los europeos deciden hacerles la guerra, lo que desde la perspectiva puritana es interpretado como un ‘satánico complot’ en contra del ‘pueblo elegido de Dios’. Esta guerra viene a ser un ejemplo sobresaliente del encontronazo llevado a cabo en Norteamérica, en la cual, como en los demás casos efectuados en el Continente, el poderío europeo supera el empuje de los bravos guerreros para terminar por masacrar a los aborígenes. El valeroso Metacón es asesinado y escarnecido, su cabeza es colgada de la torre vigía en Plymounth,[27] los sobrevivientes son vendidos como esclavos y las tierras confiscadas quedándose con las mejores los capitalistas de la compañía Athentor.
Así iniciaba Norteamérica, conociendo el dominio de los laboriosos peregrinos del Nuevo Jehová. De los puritanos a la american way of life no hay sino una dialéctica de la progresión, quedando el piel roja entre ser una caricatura hollywodense y un emblema deportivo.
[1] En España a la sazón los nobles detentaban la propiedad del 95% de la tierra, representando tan sólo un 2% de la población. Howar Zinn. La Otra Historia de los Estados Unidos. Siglo XXI. 1999 : 12.
[2] Ibid : 14 y 16.
[3] Ibid. : 15. Para decirlo rápido: Lo que hicieron los hispanos “con los arawaks de las Islas Antillas, Cortés lo hizo con los aztecas de México, Pizarro con los incas del Perú y los colonos ingleses de Virginia y Massachussets con los indios powhatanos y pequotes”. Ibid. ; 21. Y la lista es larga y continua…
[4] Vid Eric R. Wolf. Europa y la Gente sin Historia. FCE. 1987 : 241.
[5] Zinn. Op.Cit. : 31.
[6] George Sabine. Historia de la Teoría Política. FCE. 1981 : 270.
[7] Malachy Postlethwayt (mercantilista inglés que escribió en defensa de la Real Compañía de África), citado por Wolf. Op.Cit. : 243.
[8] Juan A. Ortega y Medina. El Destino Manifiesto –sus razones históricas y su raíz teológica-. Alianza CONACULTA. 1989 : 73.
[9] “Cuenta la leyenda que a la reina Isabel, que no solo había invertido en ella sus ahorros, le tocó en el reparto del botín, además del numerario correspondiente, un estuche colmado de riquísimas perlas; acaso las mismas con las que aparece profusamente adornada en todos los retratos que se le hicieron durante su reinado”. Ortega y Medina. Destino Manifiesto… : 57.
[10] Ibid. : 58.
[11] William S. Maltby. La Leyenda Negra en Inglaterra –desarrollo del sistema del sentimiento antihispánico. 1558-1660-. FCE. 1982 : 24.
[12] Ibid. : 55.
[13] Ibid. : 57.
[14] En Salem, 1691-1692, una mentira infantil que fantaseaba con el miedo a las ‘brujas’ llevó al cadalso a 33 personas y a la cárcel a más de 200, debido a la credulidad fanática de los puritanos.
[15] Maltby. Op.Cit. : 76.
[16] Ibid. : 148 y 149.
[17] Ibid. : 151 y 152.
[18] Leon Cahen. La Evolución Política de la Inglaterra Moderna UTHEA : 224.
[19] Ibid. : 123-124 n 1.
[20] Ibid. : 224 y 225.
[21] Ortega y Medina. Destino… : 78.
[22] Ortega y Medina. La Evangelización Puritana en Norteamérica. FCE. 1976 : 64.
[23] Ibid. : 309.
[24] Ibid : 60 y 78.
[25] Ibid. : 71y 88.
[26] Ibid. : 75.
[27] “Todavía por 1785, sobre la fachada del viejo ayuntamiento de Salem colgaban, cubiertos de polvo y resecos (cabelleras de indios cual trofeos de esta guerra); en el libro de inventarios…, de la Corte de Massachussets, aún se puede comprobar las partidas acordadas para pago de los cazadores de cabelleras. Con meticulosidad digna de mejor causa (¡loor de la honradez mercantil de todo buen puritano!) se especificaban en el viejo libro las diversas tarifas en que eran tasados los apéndices capilares de los pieles rojas muertos en emboscadas, a campo abierto o a traición”. Ortega y Medina. La Evangelización… : 104.
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