La encíclica “Humanae vitae”

Escrito por on Feb 2nd, 2009 y archivado en Religión. Tu puedes seguir los comentarios a esta entrada a traves de RSS 2.0. Comentarios y referencias estan cerrados.

En 1997 se publicó un espléndido libro titulado “¿En qué creen los que no creen” (Ed. Taurus). Es un diálogo fascinante entre el escritor Umberto Eco (autor de la famosísima novela “El nombre de la rosa”) y el cardenal jesuita Carlo Maria Martini, entonces arzobispo de Milán. Tras la lectura de esa obra investigué un poco la trayectoria del cardenal Martini y me di cuenta de que es una de las mentes más brillantes de la Iglesia católica, si no es que de toda la cristiandad. He procurado seguir la huella de lo que publica.
En el año 2002, al cumplir la edad de retiro, el cardenal Martini cambió el palacio arzobispal milanés, sede de la diócesis más grande del mundo, por una sencilla habitación en la casa de la Compañía de Jesús en Jerusalén, donde dirige el Instituto Bíblico Pontificio. Allí se entrevistó con el jesuita austriaco Georg Sporschill, que desde 1991 trabaja en Europa del Este en la construcción de una organización de atención a los niños de la calle y a los jóvenes desamparados. Mantuvieron ambos un extenso diálogo sobre distintos temas de gran interés para la Iglesia actual. Decidieron publicar sus reflexiones bajo el título de “Coloquios nocturnos en Jerusalén” (Ed. San Pablo, Madrid, 2008).
Es bien sabido que el cardenal Martini, un estudioso de la Biblia mundialmente reconocido, es un hombre de mentalidad abierta. Pero todavía no salgo de mi asombro después de leer sus opiniones sobre la encíclica “Humanae vitae”, publicada por el Papa Paulo VI el 25 de julio de 1968. Afirma de entrada el cardenal: “Lo más triste es que la encíclica es en parte culpable de que muchos ya no tomen más en serio a la Iglesia como interlocutora o como maestra. Pero sobre todo a los jóvenes de nuestros países occidentales ya casi ni se les ocurre acudir a representantes de la Iglesia para consultarlos en cuestiones atinentes a la planificación familiar o a la sexualidad. Debo admitir que la encíclica “Humanae vitae” ha suscitado también un desarrollo negativo. Muchas personas se han alejado de la Iglesia, y la Iglesia se ha alejado de los hombres. Se ha producido un gran perjuicio”. (¡!)
Martini reconoce la valentía del Papa Paulo VI que tomó una decisión en soledad, por encima de las opiniones de la comisión que se formó en 1964 con especialistas en los campos de la medicina, la biología, la sociología, la psicología y la teología. Esa comisión le presentó al Papa Montini un extenso informe. Él también retiró conscientemente el tema de la vida sexual humana en las deliberaciones de los padres conciliares. Decidió asumir la responsabilidad de manera absolutamente personal. Sintió el profundo deber de salir en defensa de la vida humana. De hecho, el Papa Juan Pablo II, “una gran personalidad”, siguió el camino de la estricta aplicación de la “Humanae vitae”. Más aún, “se afirma que pensó en una declaración sobre el tema con carácter de infalibilidad pontificia”.
Pero Martini señala que después de 40 años de publicada la encíclica, en medio de problemas tan graves como el sida y de profundas transformaciones conductuales entre los seres humanos, el horizonte para responder a las preguntas sobre la sexualidad es mucho más vasto. Agrega: “Probablemente el Papa no retirará la encíclica. Pero puede escribir una nueva e ir más lejos. El deseo de que el magisterio diga algo positivo sobre la sexualidad es justificado. En otros tiempos hubo tal vez demasiados pronunciamientos oficiales de la Iglesia en el ámbito del sexto mandamiento. A veces hubiese sido mejor guardar silencio”. (¡!)
Señala reiteradamente que se debe poner el énfasis en los aspectos positivos de la sexualidad: la entrega, el amor, la trascendencia. “Mirar hacia esa meta es más importante que preguntar si se trata de algo permitido o de un pecado”. Insiste en que la Iglesia debe aceptar realidades que no se pueden ocultar: el hecho de que sea cada vez más frecuente que los jóvenes tengan cercanía corporal antes del matrimonio, de que una de cada dos o tres parejas se divorcian en los países occidentales, además de la existencia de parejas homosexuales y del gravísimo problema del sida.
La Iglesia ha contribuido a lo largo de la historia en la defensa de la familia y de los niños. Pero ahora debe “trabajar en el desarrollo de una nueva cultura de la sexualidad y de la relación (…) una nueva cultura que promueva la ternura y la fidelidad. Sólo en un mundo semejante podrán los niños ser niños y crecer felices”.
Aborda el tema de la pederastia: “Es tremendo que se abuse de niños. Es en especial tremendo cuando son sacerdotes los implicados en estos hechos, hombres que deben enseñar y proteger a los niños. Son lobos con piel de oveja, están enfermos. Es doloroso, pero la Iglesia debería aprender a tratar con ellos de forma más abierta y honesta”. Sobre el tema del celibato, lo defiende como una vocación heroica. Pero ante las crecientes necesidades de atención por parte de la Iglesia, sugiere la posibilidad de ordenar a “viri probati” (“hombres experimentados y probados en la fe y en el trato con los demás”).
Desde luego no me tomaré el atrevimiento de abordar temas tan complejos, profundos y delicados. Para empezar no soy un experto. Pero desde la perspectiva de un laico y del sentido común, hay asuntos que no podemos eludir en la educación de nuestros hijos. Siempre que asisto a una boda escucho el solemne compromiso que asumen los contrayentes para “educar en la fe cristiana a los hijos que Dios nos dé”. Y siempre me quedo con la idea de que los novios repiten una promesa ritual que de antemano saben que no están dispuestos a cumplir. Seguramente durante el noviazgo ya se pusieron de acuerdo en el número de hijos que piensan tener, si es que deciden tenerlos. Y no van más allá de dos o tres.
La verdad es que yo no me atrevería a decirles a mis hijos que tengan una familia muy numerosa. De entrada es una decisión libre que ellos deberán asumir, si es que deciden formar una familia. Pero además se ha producido un cambio generacional impresionante con respecto a la calidad en la educación de los hijos. Brindar atención, cuidados de salud, educación, calidad de vida, es algo que se relaciona inevitablemente con el tamaño de la familia. En México, en sólo una generación, pasamos de las familias de diez a doce hijos, a las de dos o tres. En Europa el promedio es aún menor, hay un decrecimiento demográfico.
No me cabe duda sobre el respeto a la vida. Admiro la valentía con la que Juan Pablo II defendió la vigencia del Quinto Mandamiento. Su voz era profética. Pero creo, insistiendo en que mi perspectiva es la de un lego, que el respeto a la vida y la planificación familiar, por ejemplo, son cosas distintas. El conjunto de las prácticas sexuales no necesariamente se relaciona con el aborto. ¿Qué alternativa tienen los adolescentes que entran en la turbulencia de la sexualidad? ¿Qué decir de los preservativos? El cardenal Martini bromea: “Me he convertido en el “cardeal da camisinha”, como me decía riendo un sacerdote de Brasil. Es decir, el “cardenal del preservativo”. Es así como sobre todo algunos periódicos me colocan a veces bajo sospecha”.
“Coloquios nocturnos en Jerusalén” es una lectura provocadora. Seguramente habrá muchas personas en el ámbito de la Iglesia o de la comunidad cristiana que no están de acuerdo con el cardenal Martini. Pero me parece que son reflexiones que apuntan al horizonte, que abren camino en el mundo del tercer milenio. Hay en cada línea un delicado equilibrio entre el amor por la Iglesia y la honestidad intelectual comprometida con las más íntimas convicciones. La valentía de las posiciones nada tiene que ver con actitudes protagónicas o con resentimientos personales. Al contrario. El cardenal Martini hace público su reconocimiento y afecto por ese gran hombre que fue Juan Bautista Montini, el Papa Paulo VI.

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