¿Qué nos espera con Obama?

Escrito por on Ene 26th, 2009 y archivado en Política. Tu puedes seguir los comentarios a esta entrada a traves de RSS 2.0. Comentarios y referencias estan cerrados.

El discurso inicial de Barack Obama como Presidente No. 44 de los Estados Unidos fue muy bien recibido por los comentaristas de prensa en México, incluso por aquellos que suelen tener una posición antinorteamericana. El interés del público en general también llama la atención. Un columnista de “Excélsior” comentó que hubo una disminución del tránsito en la ciudad de México entre 11 y 12 de la mañana del martes 20 de enero, lo cual reflejaría un especial interés de la población por ver y escuchar el mensaje inaugural de Obama.

Pero no tardó en abrirse paso la cordura. Soledad Loaeza, cuyo prestigio como analista de asuntos políticos es ampliamente reconocido, escribió en “La Jornada” que más nos vale irnos preparando para enfrentar las cosas con realismo. Dice, por ejemplo, que si el tema de la seguridad en nuestro país se sigue complicando, al grado de llegar a convertirse en un problema de seguridad nacional para Estados Unidos, Obama actuará como lo haría cualquier presidente norteamericano. En otras palabras, si llegara a ser necesario intervenir de manera más directa en los asuntos de México, no le temblaría la mano. En ese momento, de la actual “obamanía” que se respira en el ambiente no quedaría ni rastro. El héroe se convertiría en villano de la noche a la mañana.

Lo anterior se apega a la más estricta lógica. A Obama le queda clarísimo (como lo dijo en su discurso) que Estados Unidos sigue siendo la primera potencia económica y militar del mundo y eso impone un liderazgo indiscutible. Y lo primero a lo que están obligados es a cuidar sus fronteras, al norte y al sur.

Probablemente Obama le imprima una cierta congruencia a la política exterior norteamericana, guiándose por los principios que les dieron origen como nación. Por eso afirmó que los intereses y los ideales no deben contraponerse. Pero no dijo que vayan a desaparecer los intereses. Si le impone un cierto perfil de ética pública a la política exterior, en nada nos beneficia (ni nos perjudica, como dijera el clásico).

Hay tres grandes temas de interés para México en la relación con Estados Unidos: el intercambio económico, la política migratoria y la lucha contra el crimen organizado. Por ahora no es momento de tratar el tema de los flujos migratorios con una economía norteamericana en recesión. Si allá se están perdiendo millones de empleos, no vamos a pedirles que se hagan cargo de nuestros propios desempleados, que siguen aumentando.

Por lo que hace al comercio bilateral, el tema tiene que ver básicamente con el TLC y, de acuerdo con casi todos los especialistas en la materia, no conviene abrir ahora un proceso de renegociación. Saldríamos perdiendo. Cuando mucho, se podría avanzar en los acuerdos paralelos sobre relaciones laborales y medio ambiente. La idea de Carlos Salinas de Gortari de establecer una política de empleo para Norteamérica, que signifique la protección de los empleos (por sectores) en Canadá, Estados Unidos y México, suena interesante pero quizá demasiado ambiciosa, tal vez ilusoria.

El único tema que no podemos evitar, ni allá ni acá, es el de la lucha contra el crimen organizado. Hay tres grandes rubros: el consumo de drogas en Estados Unidos, el tráfico de armas y la ayuda a México en materia tecnológica. El ex presidente Bush se complacía en afirmar que ha habido una pequeña reducción en el consumo de drogas entre los norteamericanos. Aunque sea cierto, por allí no se puede avanzar gran cosa; es un asunto muy complejo y de largo plazo. Donde habría que poner todas las baterías es en el tráfico de armas. La inmensa mayoría proviene de Estados Unidos. Mientras la venta de armas en ese país siga siendo libre y su ingreso a México no esté vigilado porque en sentido estricto no tenemos un sistema de control migratorio por la vía terrestre de Estados Unidos a México, el asunto es muy difícil de resolver. Pero hay que insistir porque finalmente el problema está más allá de nuestras fronteras y es del interés de los dos países encontrar alguna forma de solución.

La cuestión sobre la ayuda a México en materia tecnológica es también muy complicada. El Congreso de los Estados Unidos no aprueba un solo dólar de apoyo a países extranjeros si no se cuenta con un claro y preciso sistema de supervisión sobre los países beneficiarios. Es decir, están dispuestos a ayudar pero a su modo. El problema, en el caso de México, es que aquí también hay Congreso y éste tiene cada vez más una mayor independencia con respecto al Ejecutivo.

La opinión pública mexicana considera como verdaderamente insignificante la ayuda financiera del llamado “Plan Mérida”: 400 millones de dólares. Por supuesto que el gobierno mexicano sabe que el “quid” del asunto no está en el monto sino en lo que significa esa bagatela en términos reales: helicópteros de última generación, alta tecnología satelital para programas de inteligencia, intercambio de información, etc. Esto es lo que México requiere y que el aparato militar norteamericano no está dispuesto a “soltar” sin disponer de los controles mínimos. Es entendible su posición. Si, como ellos saben, todos nuestros cuerpos de seguridad están infiltrados por el crimen organizado, poner a disposición del gobierno de México su tecnología más preciada significaría compartirla con las organizaciones criminales. No se trata de un asunto menor.

Las objeciones por parte del gobierno mexicano también son de peso. No sólo cuentan el Congreso y la opinión pública de México. Abrir el tema de la discusión de fondo, con el gobierno de los Estados Unidos, sobre el combate al crimen organizado, implica poner sobre la mesa la estrategia que se está siguiendo por parte del Estado mexicano. Y éste, por supuesto, es un tema de soberanía nacional. Arriesgarse a someter el asunto a la consideración de un gobierno extranjero, con el pretexto de que éste nos quiere ayudar, es ir a las profundidades de la historia. A cualquier Presidente de México le temblaría la mano. Por otra parte, el problema se tiene que abordar, queramos o no. Si los norteamericanos consideran que la inseguridad en México pone en peligro su propia seguridad nacional y deciden intervenir de manera directa en nuestro país, ¿qué vamos a hacer? ¿considerar la posibilidad de una confrontación militar? ¡Vaya problema!

El encuentro del Presidente Calderón con Obama antes de su toma de posesión es un acierto de la diplomacia mexicana pero nada más. O también se puede interpretar como la preocupación que hay en Estados Unidos con respecto a México. Al principio de su gestión, el nuevo presidente norteamericano tendrá como prioridad en su agenda la crisis económica de su país y tal vez, en política exterior, la situación del Oriente Medio. Pero si en México seguimos acumulando problemas en la lucha contra el crimen organizado, como el secuestro reciente de un experto cubano-norteamericano en materia de seguridad (recuérdese el caso Camarena en los ochenta), no tardaremos en pasar a la primera fila de las preocupaciones, pero no para bien.
Lo más preocupante del caso es que en México, por un lado, el gobierno no acaba de entender que casi todos nuestros problemas relacionados con Estados Unidos se resuelven en el Congreso de ese país, más que en el Ejecutivo. Por otra parte, la oposición política mexicana y la comentocracia no logran ver más allá de sus intereses inmediatos. Si alguna política de Estado debiera unificarnos, mucho más allá de las coyunturas políticas, es la batalla contra la inseguridad. El problema es tan grave que en este momento tiene ya una dimensión histórica. No basta con acusar de catastrofistas a los círculos militares norteamericanos que están hablando de nuestro país como un “Estado fallido”. Hay que proponer. Y, nos guste o no, hay que cerrar filas con el Gobierno de la República en este asunto.

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