México: las primeras cuatro décadas del siglo XX

Escrito por on ene 12th, 2009 y archivado en Sociedad. Tu puedes seguir los comentarios a esta entrada a traves de RSS 2.0. Comentarios y referencias estan cerrados.

jose_vasconcelosLa historia de México durante las primeras cuatro décadas del siglo XX, es uno de los temas que me han provocado especial interés en mis lecturas recientes. Y por supuesto que hay personajes centrales en esa época. Uno de ellos es José Vasconcelos. Otro, en la línea de las aspiraciones democráticas de la clase media, es Manuel Gómez Morín, cuya extensa biografía ha sido publicada recientemente por María Teresa Gómez Mont al amparo del Fondo de Cultura Económica. El libro vale la pena. Conociendo a Vasconcelos y a Gómez Morín se pueden entender muchas claves de nuestro desarrollo histórico.
El historiador de Harvard, John Skirius, sostiene en su libro “José Vasconcelos y la cruzada de 1929″ (Siglo Veintiuno Editores), que el principal error estratégico de Vasconcelos en su campaña fue no haber concretado las alianzas militares con el general Gonzalo Escobar y con los cristeros. En otras palabras, pienso yo, pareciera que el candidato Vasconcelos, en lugar del modelo de Madero (convocar a la rebelión después de las elecciones), debió haber aplicado el de Obregón en 1920: primero el golpe militar para contar con un Presidente provisional a modo que hiciera posible el triunfo electoral. Sin embargo, me parece que el fracaso vasconcelista se explica por una razón más profunda: José Vasconcelos aspiraba a una democracia que sólo es posible cuando hay clase media. En 1929 era reducidísima en México. Baste recordar que en esa época más del 80% de la población del país era analfabeta.
Desde esta perspectiva, la historia parecería darle la razón a Manuel Gómez Morín, quien vio con simpatía pero con escepticismo la campaña vasconcelista. El fundador del PAN le apostó a un proyecto de largo plazo mediante la formación de un partido político. Vasconcelos, mesiánico al fin, creyó siempre que la democracia en México era un problema de liderazgo personal, al estilo de Madero. Las clases medias ilustradas, decía, eran las depositarias históricas del saber y la cultura; a ellas correspondía la tarea de gobernar y sólo había que encontrar al guía más apropiado, al más capaz, al más honesto, al que mejor encarnara el ideal de patriotismo. No había que esperar la maduración gradual de la sociedad; bajo la conducción de un líder iluminado, tomando como base la educación, el pueblo avanzaría en la tarea de su propia redención.
Por su parte, Gómez Morín (uno de los “siete sabios”, subsecretario de Hacienda a los 24 años, director de la Escuela Nacional de Jurisprudencia a los 25, fundador del Banco de México a los 28), creyó siempre en el gradualismo y durante años trabajó la idea de formar un partido político independiente que poco a poco fuera ganando espacios para terminar con el militarismo, instaurando al final una democracia civilista y moderna. El planteamiento fue históricamente acertado pero los fundadores del PAN, quizá por el temor de caer en el caudillaje del que venían huyendo, formaron un partido testimonial sin sentido de poder, sin liderazgos fuertes.
En este punto Vasconcelos tenía razón y lo planteó con una asombrosa lucidez en una carta dirigida a los fundadores del nuevo partido durante la asamblea constitutiva. Fue leída el 14 de septiembre de 1939. Les decía que compartía punto por punto los principios de la nueva organización política pero que un partido sin liderazgos, por muy altos y nobles que fueran sus ideales, estaba condenado a servir de comparsa (legitimando los poderes establecidos) o a ponerse al servicio de los oportunistas políticos del momento, llámese Juan Andreu Almazán o cualquier otro, renunciando con ello a los ideales y a la honra. Puso el dedo en la llaga, como bien señala la propia Ma. Teresa Gómez Mont.
De hecho, ninguno de los fundadores del PAN, incluyendo Gómez Morín, llegó a contar con un liderazgo nacional realmente sólido. Más allá de los acostumbrados fraudes electorales, los candidatos presidenciales de este partido, del tipo Efraín González Luna,  Luis H. Alvarez, José González Torres o Efraín González Morfín, jamás tuvieron el empaque necesario para convertirse en figuras políticas de peso nacional, como lo fue en su momento José Vasconcelos. Fue necesario que llegaran los “bárbaros del norte”, encabezados por Manuel J. Clouthier, para inyectar al partido ambición de poder real. El resultado para el país fue lamentable en más de un sentido: nada más alejado del espíritu fundacional del PAN que Vicente Fox. Sin duda, Felipe Calderón sí tiene ese perfil (su padre, don Luis Calderón Vega, fue uno de los fundadores) aunque habrá que esperar a que concluya su gestión para poder evaluar su gobierno.
Se ha hablado mucho de la contribución de José Vasconcelos al proyecto educativo y cultural del México posterior a la Revolución. Pero muy poco se ha dicho de su aportación al proceso democrático del país. No podemos negar que toda una generación, especialmente de jóvenes, quedó marcada por la experiencia de la campaña presidencial de 1929, desde Alejandro Gómez Arias hasta Jaime Torres Bodet y Adolfo López Mateos. John Skirius publica una larga lista de colaboradores, adherentes y simpatizantes de Vasconcelos. Entre los últimos menciona al entonces joven Octavio Paz. Tampoco se puede pasar por alto la enorme influencia que Vasconcelos tuvo en Manuel Gómez Morín.

No sólo fue su maestro. Durante años discutieron apasionadamente sobre la situación política de México y los proyectos para la democratización del país. Más allá de sus divergencias, sin duda magnificadas por el carácter exaltado de Vasconcelos, el diálogo entre ambos contribuyó en alguna medida al desarrollo institucional del país. Dicho en pocas palabras, el “maestro de América” dejó prendida la llama de la democracia. Otros, desde distintas trincheras, la siguieron avivando y hasta donde alcanzamos a ver, pareciera difícil que se apague en el futuro. Vivimos en una democracia incipiente, imperfecta, pero democracia al fin.
Por otra parte, volviendo al tema de las clases medias, efectivamente fueron éstas las que decidieron dar comienzo a la alternancia política en México en el año 2000. Pero lo curioso del caso es que son esas mismas clases medias las que le dan cada vez mayor soporte al PRI. Quienes se congregaron en septiembre de 1939 para fundar el PAN, veían en el Partido de la Revolución Mexicana formado por Cárdenas la antítesis más acabada del corporativismo y de la antidemocracia, al servicio de un grupo en el poder. En el fondo había dos concepciones de México: una, la de la clase media ilustrada que provenía del esplendor de los criollos en la era colonial y que aspiraba a un proyecto democrático fincado en los valores del mundo occidental; otra que pretendía, al menos en el discurso, la redención de la masa oprimida (indígenas, campesinos, obreros) mediante las nuevas formas de organización social que aparecieron en los inicios del siglo XX.
Pero al final, la historia escogió caminos diferentes. México se convirtió en un país inmensamente poblado con una importante clase media en ascenso. Estudios sociodemográficos recientes revelan que en América Latina, México, Brasil y Chile están a punto de convertirse en países de clase media, es decir, países en los que más de la mitad de los hogares se pueden considerar como pertenecientes a esa clase social, de acuerdo con parámetros de ingreso, vivienda, bienes patrimoniales, etc. Además, el mundo cambió: el sistema socialista se vino abajo, los valores del individualismo y del consumismo prevalecen, los ciudadanos rehuyen el cambio, los jóvenes son ajenos al idealismo de otros tiempos. La sociedad mexicana de principios del siglo XXI, como las sociedades de casi todo el mundo, se ha vuelto pragmática y aspira a lo elemental: empleo, educación, seguridad, calidad de vida en última instancia. Son los bienes públicos de nuestra época. Los dirigentes políticos que ofrecen la certeza de contribuir al mejoramiento del entorno son los que tienen éxito. Los que no convencen o infunden miedo colectivo, fracasan. Hoy en día, las únicas formaciones políticas que ofrecen esa mínima seguridad en nuestro país, me parece, son el PRI y el PAN. Los viejos adversarios se dan la mano.

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