El lenguaje oral: Una sublime forma de expresión

Escrito por on ene 9th, 2009 y archivado en Sin categoría. Tu puedes seguir los comentarios a esta entrada a traves de RSS 2.0. Comentarios y referencias estan cerrados.

00002272_lenguajeSe sabe que el erotismo sugiere. Que, al sugerir, seduce. Que, al seducir, embriaga, juega con los sentidos por medio de la imaginación. Que nos deja librados a nuestra libertad. Que, en fin, nosotros, desde nuestro deseo, deberemos completar la imagen. La pornografía no sugiere ni seduce ni embriaga. La pornografía es directa, es brutal, abomina de la imaginación porque abomina y desdeña al receptor. No le concede la libertad de la imaginación, el juego de la fantasía. No le concede nada a su propia creatividad. No hay creatividad. Sólo hay explicitez, visibilidad infinita, o sea, obscenidad. Obsceno es lo que exhibe todo. El erotismo estructura artísticamente al sexo. La pornografía lo exhibe con tosquedad, con un pretendido realismo que sólo es ausencia de estética, negación del goce, reclamo brutal de lo primitivo, de la fiesta áspera y hormonal de lo primario.

Lo mismo con el lenguaje. No hay palabras “malas” ni hay palabras “buenas”. Hay palabras. Lo que determina que una palabra sea valiosa o sea una cloaca es la estructuración del lenguaje. Las palabras se “organizan” para transmitir. El comunicólogo transmite. Si está al servicio de una estética porno, primaria, y hasta bestial y agresiva arrojará palabras incluidas en contextos primarios, de un pretendido realismo que sólo es el pretexto de la pornografía del lenguaje. Los medios de comunicación están en manos de cultores de la estética de la basura. Se habla, sin mesura alguna, con orgullo incluso, de la televisión basura. La mayor parte de la televisión mexicana está hecha por emisores sincronizados por las veleidades del mercado para receptores que no desean otro mensaje más que el tradicional, el perseguido por la masa, por una diversión sosa, sin obstáculos intelectuales. Detrás de una pretendida autenticidad popular se encubre el más tosco de los primitivismos, la falta de elaboración, la frontalidad sin matices, la falta de ingenio. Pocos de los comunicadores tienen ingenio o talento, prefieren seguir las directrices de la emisora que los hace ser y aparecer. Sólo se limitan a reproducir (con un realismo extremo: tal como la pornografía) los aspectos más ásperos, más directos de una cultura que no lo es, de una estética de la no elaboración, de un arte que detesta el arte porque no sabe hacerlo y porque es más fácil copiar la basura, copiar lo ya establecido, la forma pragmática del ser, de la marginalidad extrema para expresarla en un contexto que la respete. El realismo basura no respeta lo que exhibe. Lo exhibe tal como dice que es. Pero ni siquiera “esa” realidad tiene la impureza, la tosquedad que los medios le otorgan a un público embelesado por el cúmulo de la corriente comercial, atrapando entre sus imágenes a todo aquel dócil individuo de la falsa educación mediática. Lo más dañino que hacen los medios es una organización trivial de la realidad. Los sectores populares no viven sino es a través de la mercadotecnia engañosa y de los contenidos simplones, buscando lo directo, lo que golpea, lo que, incluso, “asombra”.

De esta forma, el ciudadano medio que escucha a los comunicólogos con frecuencia no puede creer lo que escucha. Se ríe de la irrealidad tamizada para ser realidad, en un mundo globalizado y desenfrenado por la información. ¿Por qué se llega hasta ahí? Porque la basura es fácil y la basura vende. Un negocio en verdad redondo. Así, cada vez el receptor pedirá más basura. Como una comida cuyo condimento se aumenta día a día y llega por fin el instante en que nada alcanza. ¿A dónde piensan llegar los comunicólogos inventados por la televisión abierta? Hasta donde sea necesario para seguir sumando rating. Ganando dinero con la basura.

Una vez aquí, hundidos en la impecable e implacable obsesión de vender día a día, los medios alimentan a la población de mentiras y verdades disfrazadas, no sabremos cómo salir de ese señuelo, sumergidos en ellas.

Si los medios son mediáticos es porque no son inmediatos, sino porque esa “mediatez” es creatividad, elaboración, arte popular. Pero arte popular, no pornografía en su más laxo sentido.

Pocas cosas superan un ejemplo que golpea en el punto exacto. Como (me permitiré hacer uso en esto) algunos comunicadores se defenderán diciendo que están frente a dinosaurios puristas, frente a censores encubiertos o frente a beatos de la lengua obsesionados por su uso santo y virginal, recurriremos a un ejemplo, tomaremos una palabra fuerte, ruidosa, con porte de vendaval y llena de sonido y de furia, como Shakespeare, en Macbeth, imaginaba la historia. Esta palabra es “cabrón”. ¿Es buena, es mala? Ni una cosa ni la otra. Si la usan dentro de la estética comunicacional chillante será mala porque se apelará a su aspecto abiertamente ofensivo, a su cualidad para resaltar la acción fuerte o a una persona exitosa o malvada según su contexto. (El público está tan maltratado en esto que no bien escucha un insulto, una grosería, que cuando escucha algo de esto se puede hasta reír).

Si alguno de nuestros comunicadores convencionales lograra, alguna vez, incluir una “mala” palabra en una frase de tal ingenio no sería eso, no sería un comunicador estilizado, sería un artista y bien ganada tendría la permanencia en su puesto. Si no sabe hacerlo, que le haga entonces un sencillo favor a la cultura de este país tan necesitado de actos generosos, de desprendimientos patrióticos: que se marche y brinde el espacio al verdadero lenguaje de la palabra oral.

Be Sociable, Share!

Los comentarios estan cerrados