Reflexiones Navideñas

Escrito por on Ene 5th, 2009 y archivado en Religión. Tu puedes seguir los comentarios a esta entrada a traves de RSS 2.0. Comentarios y referencias estan cerrados.

march_symphonyAproveché las vacaciones decembrinas para ponerme al corriente con algunas lecturas. Así leí, entre otras cosas, “A la sombra del Angel”, el espléndido libro de Kathryn S. Blair. El relato es una semblanza biográfica novelada de sus suegros: Antonieta Rivas Mercado Castellanos y Albert Blair. Como es sabido, Antonieta fue la hija predilecta de Antonio Rivas Mercado, el arquitecto de mayor prestigio durante el porfiriato que diseñó y construyó la columna de la Independencia que hoy conocemos como “el Angel”. Ella nació con el siglo y se casó en 1918 con Albert Blair, ingeniero norteamericano de origén inglés que fue compañero de estudios en Estados Unidos de dos de los hermanos Madero. Su amistad lo llevó a participar en la lucha armada del maderismo para derrocar a Porfirio Díaz. En 1919 tuvieron un hijo al que pusieron por nombre Donald Antonio. Este se casó con la periodista norteamericana (nacida en Cuba) Kathryn Skidmore, autora del libro que comento. Hasta donde sé, ambos viven en San Miguel Allende, ciudad que en estos días ha sido declarada por la UNESCO patrimonio cultural de la humanidad.
El libro nos lleva, aunque no es su único propósito, a un repaso muy interesante de la vida social, política y cultural de México durante las tres primeras décadas del siglo XX. Recoge de manera puntual y verosímil la forma en que las élites porfirianas percibieron y vivieron los dramáticos cambios históricos que se produjeron en el país. Registra igualmente, tomando como prototipo la figura de Antonieta Rivas Mercado, la transformación generacional que llevó a los intelectuales mexicanos a modificar su concepción del país. Como ejemplo, Antonieta terminó por apreciar la obra de los muralistas mexicanos que su padre aborrecía.
Existe una muy abundante literatura sobre el tema del cambio generacional que menciono. Desde posiciones distintas, los intelectuales de la clase media que se formaron durante el porfiriato y que terminaron por oponerse al sistema, encontraron un mínimo común denominador: la pasión por México. Lo mismo los ateneístas (Vasconcelos, Antonio Caso, Cravioto, Alfonso Reyes, etc.) que sus discípulos los “siete sabios” (Manuel Gómez Morín, Narciso Bassols, Antonio Castro Leal, etc.) coincidieron en que era necesario dotar a México de un nuevo andamiaje institucional que convirtiera las distintas posiciones revolucionarias en un proyecto de nación. Además, había que desarrollar, de cara al mundo, una nueva cultura, una valoración inequívoca y nueva de lo mexicano. En este espíritu cultural renovador se inscribe el mecenazgo de Antonieta Rivas Mercado que lo mismo patrocinó la obra editorial de los “contemporáneos” (Pellicer, Novo, Villaurrutia, etc.), que la creación del Teatro Ulises y la formación de la Orquesta Sinfónica de México encabezada por Carlos Chávez.

Me parece que no hemos valorado suficientemente, a noventa años de distancia, las enormes aportaciones de los intelectuales y artistas mexicanos en los años veinte y treinta del siglo pasado. Quizá la historia oficial en alguna medida se convirtió en estorbo para la valoración crítica y objetiva de la época y sus logros, al separar de manera maniquea a revolucionarios y reaccionarios, desestimando la obra de estos últimos. Pero la verdad es que desde hace muchos años contamos en México con el suficiente aparato de investigación académica independiente para llegar a un conocimiento más afinado y puntual de nuestra historia. Ha habido, además, en mayor o menor medida, libertades de pensamiento y expresión indiscutibles.

José Joaquín Blanco, en su libro “Se llamaba Vasconcelos”, hace una crítica fuerte del personaje, por sus evidentes contradicciones, pero le reconoce la enorme audacia de su proyecto educativo y cultural. Yo incluso me atrevería a decir que los intelectuales y artistas mexicanos de los años veinte y treinta, no sólo Vasconcelos, le consiguieron a nuestro país un lugar en la cultura universal.

El nacionalismo cultural de esos años tuvo resultados muy concretos: la escuela mexicana de pintura, el desarrollo de una cinematografía propia que ahora tiene proyección internacional con los cineastas mexicanos que producen en Estados Unidos, varias generaciones de literatos de talla internacional, el prestigio de nuestra música popular en el mundo. De hecho, la música en español que se escucha actualmente en casi todo el planeta es generalmente mexicana. Hay una anécdota reveladora: en los juegos olímpicos de Atenas 2004, los organizadores de la ceremonia inaugural, cuando hizo acto de presencia la delegación española, decidieron que el público escuchara la canción “Granada” como la melodía más emblemática de España. Seguramente no sabían que el autor es el mexicanísimo Agustín Lara.

En los años 20, México era un país escasamente conocido fuera del continente. Las pocas noticias que llegaban de nuestro país a Europa daban cuenta de una barbarie que parecía no conocer límites. Por ejemplo: a principios de octubre de 1927, mientras desayunaban en el restaurante de su hotel en Londres, José Vasconcelos y Manuel Gómez Morín leyeron en un periódico local en primera plana una nota en la que se informaba del terrible asesinato del general Francisco Serrano (candidato a la Presidencia de la República) y un grupo de sus partidarios (la matanza de Huitzilac). Ambos personajes quedaron colapsados. La “fiesta de sangre” no tenía para cuándo terminar. Les daba vergüenza decir que eran mexicanos.

Hoy, a 81 años de distancia, México ocupa un lugar importante en el concierto de las naciones. A lo largo de dos décadas (de 1920 a 1940), intelectuales, artistas, diplomáticos y hombres de Estado lograron que nuestro país fuera reconocido como una nación soberana con un perfil cultural propio. Generaciones enteras de mexicanos ilustres se dieron a la tarea de reconstruir el país para ponerlo nuevamente a la cabeza de la América española.
Lamentablemente, tengo la impresión de que estamos perdiendo el paso. Las generaciones a las que me refiero se preocuparon, en primer término, por contar con una amplia y rigurosa formación académica. En segundo lugar, se dieron a la tarea de viajar para conocer otras culturas y sociedades. Pero no viajaban como turistas. Vivían años enteros en Europa o en Estados Unidos. Se dedicaban al estudio, a escribir, a recorrer durante meses bibliotecas y museos. Esto los convirtió en políglotas, incluso en polígrafos. Octavio Paz, que no perteneció a esas generaciones, alcanzó a tener este tipo de formación. Y él decía precisamente que los intelectuales latinoamericanos tenían una ventaja incomparable sobre sus colegas norteamericanos y europeos: estos últimos jamás se preocuparon por conocer una lengua distinta a la materna, salvo los casos de aquellos, ensayistas o historiadores, que se dedicaron al estudio de los temas iberoamericanos. Todavía Carlos Fuentes pertenece a este prototipo de intelectual. Pero pareciera que es el último que nos queda en México.

Si bien es cierto que algunas instituciones académicas de prestigio en nuestro país forman a sus alumnos en el conocimiento de por lo menos dos lenguas distintas al español y envían a sus estudiantes a distintos países del mundo a continuar sus estudios o especializarse, falta la formación cultural amplia y generosa de las generaciones precedentes. Salvo excepciones, es alarmante el nivel de incultura de nuestros jóvenes. Se les está formando de manera especializada para incorporarlos al mercado de trabajo. Esto no está mal. De hecho los intelectuales de la época porfirista, siguiendo la tradición de los liberales de la Reforma, estudiaban la carrera de abogado (había dos opciones más: ingeniería y medicina) para allegarse recursos económicos. Y en general eran muy exitosos como profesionales y esto les dio una independencia personal e intelectual que ya quisiéramos. Pero ellos utilizaban su profesión como un peldaño. No era la escalera completa, como ocurre ahora. Creo que estamos a tiempo de corregir. En última instancia, maestros y padres de familia tenemos la última palabra. En todo caso, esto constituye un buen deseo para el año que comienza.

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