Sin importar la edad, sexo y religión, estas fechas invariablemente nos embargan de un espíritu de paz y armonía que no quisiéramos romper nunca. Los bellos momentos que todos hemos vivido en torno a la familia y amigos más queridos nunca se olvidan. Los recuerdos brotan y difícilmente se borrarán. ¿Quién no recuerda los cuentos clásicos de Navidad que escuchamos cuando niños? Hoy me permitiré, por curiosidad propia y para que mis queridos y queridas lectoras revivan conmigo momentos mágicos de nuestra infancia y si es posible los compartan hoy con sus pequeños, recordar sólo algunos de esos maravillosos Cuentos de Navidad.
La finalidad última del genial género del Cuento es cultivar valores universales. Así, encontramos invariablemente la lucha del bien y del mal en todos ellos, y claro, una enseñanza positiva para los niños, la moraleja, con el triunfo del bien, y la difusión de valores tales como la bondad, la paz, el respeto, la esperanza, la compasión, la solidaridad y el amor para que estén presentes a lo largo del año, y si es posible de nuestras vidas.
Muchos autores de pluma privilegiada han escrito maravillosas historias en torno a la Navidad, en donde la magia, la reflexión y la moraleja nos van atrapando el alma para ponernos a flor de piel nuestros más íntimos sentimientos. ¿Quién no recuerda? “Un ángel en navidad” de Enrique Arenz; “La vendedora de fósforos” de Hans Christian Andersen; o “Cuento de navidad” de Ray Bradbury.
Por supuesto que todos alguna vez hemos escuchado, contado o leído la historia del nacimiento del Niño Jesús; hemos regalado tal vez “El niño que lo quiere todo”; “Un regalo de Navidad”; “El Cocinero de Nochebuena”; “El Conejito Burlón”, o bien, “El Gigante Egoísta”. Algunos más, lectores exigentes que disfrutan otros estilos literarios, han gozado sin duda el clásico de clásicos de Charles Dickens “Un cuento de Navidad”; “Cuento de Nochebuena” de Rubén Darío; “Cuentos de Navidad” de Emilia Pardo Bazán; “La adoración de los Reyes Magos” de Manuel Mújica Láinez; “El aguinaldo” de Carmen Laforet; “La mula y el buey” de Benito Pérez Galdós; “Cuentos de Navidad” de Juan Bosh; y “Navidad en los Andes” de Ciro Alegría.
Con tanta riqueza en el tema, me ha resultado difícil escoger un cuento corto para compartir hoy con ustedes y espero que ustedes con sus hijos o sus nietos. Pero como esta es una fecha de esperanza, en donde los deseos se hacen realidad, el espíritu navideño se apiadó de mí, y pude encontrar al fin el cuento que elegí contarles, de la autoría de Paulo Coelho, titulado simplemente:
UN CUENTO DE NAVIDAD
Siempre esta viva la fe en el corazón de los hombres… Dijo el sacerdote al ver la iglesia llena. Eran obreros del barrio más pobre de Río de Janeiro, reunidos esa noche con un solo objetivo común: la misa de navidad. Se sintió muy confortado. Con paso digno, llegó al centro del altar. Bajo el silencio de la asamblea solo se escuchaba una tierna voz que decía: “a, b, c, d,…”.
Era, al parecer, un niño el que perturbaba la solemnidad del oficio. Los asistentes se volvieron hacia atrás, algo molestos. “a, b, c, d,…”.
-¡Para! – dijo el cura. El niño pareció despertarse de un trance. Lanzo una mirada temerosa a su alrededor y su rostro enrojeció de vergüenza.
-¿Que haces? ¿No ves que perturbas nuestras oraciones?
El niño bajo la cabeza y unas lágrimas se deslizaron por sus mejillas… -¿Dónde está tu madre? – insistió el cura.
-¿No te ha enseñado a seguir la misa?
Con la cabeza baja el niño respondió: No padre, yo no he aprendido a rezar. He crecido en la calle, sin padre ni madre. Hoy, como es navidad, tenía ganas de platicar con el niño Dios. Pero no sé cuál es el idioma que ÉL comprende, por eso digo sólo las letras que yo me sé. He pensado que, allá arriba, ÉL podría tomar esas letras y formar las palabras y las frases que más le gusten.
El niño se levantó. Me voy -dijo-. No quiero molestar a las personas que saben tan bien cómo comunicarse con Dios.
Ven conmigo -le respondió el sacerdote-. Tomó al niño por la mano y lo condujo al altar. Después se dirigió a los fieles. Esta noche, antes de la misa, vamos a rezar una plegaria especial.
Vamos a dejar que Dios escriba lo que ÉL desea oír. Cada letra corresponderá a un momento del año, en el que lograremos hacer una acción, luchar con coraje para realizar un sueño o decir una oración sin palabras.
Y le pediremos que ponga en orden las letras de nuestras vidas. Vamos a pedir en nuestro corazón que esas letras le permitan crear las palabras y las frases que a ÉL le agraden.
Con los ojos cerrados, el cura se puso a recitar el alfabeto.
Y, a su vez, toda la iglesia repitió: “a, b, c, d”…
FELICES FIESTAS!!!
Lorena Martínez Rodríguez
Diputada Federal por Aguascalientes
www.lorenamartinez.org
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