Las primeras damas

Escrito por on dic 23rd, 2008 y archivado en Sin categoría. Tu puedes seguir los comentarios a esta entrada a traves de RSS 2.0. Comentarios y referencias estan cerrados.

familiacardenas37-6453201Sobrevivió a todas las Primeras Damas que le sucedieron. A doña Soledad de Ávila Camacho. A doña Beatriz Velasco de Alemán, a doña María Izaguirre de Ruiz Cortines.


Y naturalmente, a doña Eva Sámano de López Mateos, a doña Guadalupe Borja de Díaz Ordaz, y a doña Carmen Romano. Iba a cumplir 97 años.


Quizás lo más extraordinario en la vida de doña Amalia Solórzano de Cárdenas, haya sido la dignidad con la que vivió su viudez: respetada y prestigiada, cuya voz era escuchada y, con frecuencia, tomada en cuenta. Y a diferencia de otras Primeras Damas, a ella no la acompañaron malas famas. Ni propias ni de su marido. Sin duda la grandeza de su marido, el general Lázaro Cárdenas, le permitió llevar una vida basada en la disciplina y en el decoro.

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De doña Amalia no se tienen sino referentes positivos, antes, durante y después de la Presidencia de don Lázaro. Con ella se confirma la máxima: detrás de un gran hombre, hay una gran mujer.


Verdad de verdades, aunque no siempre sea así.

Y es que don Lázaro fue un hombre de excepción. Por ejemplo, si bien todo mundo lo recuerda como el gran expropiador del petróleo, lo cierto es que fue un impulsor de la iniciativa privada.

Como Presidente de la República, auspició y promovió la creación de la Cámara Nacional de la Industria de la Transformación, la CANACINTRA. De hecho, por algún tiempo este organismo dependió del Gobierno. Y nada menos que de un Gobierno que estableció la educación socialista y se declaró izquierdista él mismo. Así de grande fue don Lázaro, en sus facetas más encomiables.

Porque no todo fue en él, así, hay que decirlo. Pero sus actos positivos hacen que sus cosas negativas se tornen mortecinas. No hay duda de que Lázaro Cárdenas fue el ex presidente más respetado de todos. Incluso, después de

muerto.

Y por ende, su compañera, doña Amalia, prolongó ese estatus de respeto y de dignidad durante su vida.
Para algunos, su larga vida fue posible gracias a esa laxitud espiritual que la hizo sortear con donaire los peores momentos que le tocó encarar.

Una a una, fueron muriendo las Primeras Damas que le sucedieron: doña Soledad de Ávila Camacho en 1955; doña Beatriz de Alemán en 1983; doña María de Ruiz Cortines, en 1973; doña Eva Sámano De López Mateos, en 1969; doña Guadalupe De Díaz Ordaz, en 1972, y más recientemente, doña Carmen Romano.

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Se dice que las comparaciones son odiosas. Y lo son, creo yo, cuando se hacen con un sentido peyorativo hacia alguien. No así en el referente de una personalidad fuera de serie, como la de doña Amalia.
Como decía, ella no fue acosada por las malas famas. Todo lo que le rodeaba inspiraba respeto.

Incluso, de ella se hablaba con cierta devoción en sectores de la derecha. Y de su esposo, el ex presidente, lo menos que se ha dicho es que fue un estadista completo.


Fundamentalmente, doña Amalia vivió una larguísima viudez fortalecida por el enorme recuerdo de su marido. Algo que muy pocas ex primeras damas pudieron o pueden presumir.


El caso más conocido por las nuevas generaciones fue el de doña Carmen Romano, cuyo marido fue incapaz de vivir una vejez con dignidad. Pocas ex primeras damas se escaparon de la maledicencia popular. Incluso, en círculos políticos y periodísticos.


¿Cuántas historias no se tejieron en torno a doña Beatriz Izaguirre, la segunda esposa de don Adolfo Ruiz Cortines? En este caso, los papeles se invirtieron: mientras él fue un presidente austero y frugal en su vida personal, ella hizo negocios y llevó una vida de frivolidad.


Otras primeras damas fueron personas dignas, pero agobiadas por los escándalos amorosos de sus maridos. Tal fue el caso de doña Beatriz de Alemán, que soportó en silencio los amoríos del presidente. Los más notorios -por conocidos- los que sostuvo con la poetisa Pita Amor, con María Félix y con una exuberante modelo brasileña.


Famosas fueron las infidelidades de don Adolfo López Mateos. Doña Eva, su esposa, jamás le reprochó nada y soportó con estoicismo hasta el hecho de que su marido mantuviera una relación muy íntima con una joven estudiante universitaria a quien, se dijo, desposó sabrá Dios como. Todo esto no trascendió hasta mucho tiempo después de su muerte.
Ciertamente son escasísimos los presidentes que se han salvado de dicha fama. Díaz Ordaz, que no era precisamente un dechado de galanura, protagonizó un célebre romance con La Tigresa Irma Serrano.


Una relación que no estuvo desprovista de episodios tormentosos, como cuando La Tigresa llegó a Los Pinos acompañada de un mariachi a darle “gallo” a su amado don Gustavo. Tuvieron que intervenir las guardias presidenciales para cortarle el paso a la señora y a los mariachis. Todo esto precipitó la enfermedad de doña Guadalupe Borja, que terminó con su vida.


Se dice que el poder seduce y que trae como accesorio inevitable una propensión del mandatario a tener relaciones extra-maritales. Es posible.


Pero no menos cierto es que, apenas ungido un candidato presidencial, la corte que le rodea pone a su disposición la tentación de la carne.


Cito textualmente un trazo de la entrevista a Luis Echeverría:
“Al día siguiente (de su postulación como candidato presidencial): ‘Usted va hacer la gira todo el día y cuando llegue en la noche al hotel, en el cuarto de atrás va a haber una muchacha, que vamos a escoger, que quiere ir. Usted va a llegar a las diez, once de la noche, abre la puerta y va a haber una muchacha que se acueste con usted’. Dije: No, ni una, no lo acepto. ‘Pero señor, usted va a llegar ya cansado, a su edad necesita usted a su mujer’”…Es lo que le digo, pues.
El matrimonio Salinas-Occelli terminó en divorcio. El de López Portillo-Romano, también.


Y en esta larga historia de malas famas, se yergue la figura del general Cárdenas, en cuyo hogar prevalecieron, siempre, los valores familiares.


Esto explicaría por qué hasta la casa de los Cárdenas acudieron a presentar sus condolencias izquierdistas y derechistas, priístas y perredistas, y también panistas.

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