Problemas de seguridad en México

Escrito por on dic 15th, 2008 y archivado en Miscelánea. Tu puedes seguir los comentarios a esta entrada a traves de RSS 2.0. Comentarios y referencias estan cerrados.

camara-seguridad-escondidaEl país enfrenta problemas que parecen insolubles: la inseguridad pública generalizada y el ataque del crimen organizado a las instituciones de la República. Son sólo dos ejemplos y por desgracia no son los únicos. Hay quienes hablan incluso del “Estado fallido”, refiriéndose a la incapacidad estatal para vencer a las bandas delincuenciales. Presenciamos, sin duda, un deterioro creciente de la vida institucional. Ante a esto, conviene no perder de vista el contexto histórico. Sólo así podremos tener una perspectiva de largo plazo que nos permita elevarnos por encima de la coyuntura para tratar de avizorar lo que podría ser México en las próximas décadas, a partir de la conciencia generalizada de que las instituciones nacionales constituyen bienes públicos.
Iniciamos el siglo XX con el país en orden, pacificado, con un proyecto económico en marcha. Pero el costo de esta suerte de “pax mexicana” era muy alto: falta de libertades individuales y públicas, inexistencia de capilaridad social debido a la cerrazón y estrechez de las élites, sumisión creciente a los intereses económicos de Estados Unidos, un capitalismo salvaje con graves consecuencias en la vida diaria de los trabajadores, una masa campesina en la miseria, sometida al vasallaje de los hacendados, etc.
Madero vio con claridad el momento histórico en 1910. Tuvo el liderazgo intelectual y moral suficiente para imponerse en la avalancha de la Revolución por él iniciada. Porfirio Díaz optó por la prudencia y eligió el exilio. Corría el año de 1911. Tras una elección democrática, Madero se convierte en Presidente de la República. Poco duró el gusto de la democracia naciente. Muchos factores influyeron en la caída de Madero, desde la mezquindad incomprensible y supina de los actores políticos de la época, hasta la infamia de la traición de Huerta. Y desde luego todo ocurrió en el marco vergonzante del “monroísmo” de la hora. El embajador Henry Lane Wilson se tomó en serio aquello de “América para los americanos”. Organizó el golpe contra Madero pero no pudo contener los instintos asesinos de Huerta y sus esbirros.
El costo nacional para terminar con el oprobio del huertismo fue inmenso en todos los órdenes. Se perdieron cientos de miles de vidas, la economía del país quedó arruinada, las diferentes facciones revolucionarias se repartieron el país a su gusto y beneficio, profundizando con ello una lamentable concepción patrimonialista del poder público. Los años de 1915 y 1916 fueron sin lugar a dudas los más dramáticos del siglo XX.
A pesar de sus limitaciones intelectuales, Carranza logró imponerse. Contó con tres aliados fundamentales: los ejércitos del general Obregón, el apoyo del Presidente Woodrow Wilson y el descrédito público que el gobierno convencionista de don Eulalio Gutiérrez arrojó sobre las huestes de Villa y Zapata que intercambiaban prisioneros para fusilarlos por gusto y que saqueaban cuanta propiedad encontraban a su paso. Así llegamos al año de 1917 con una nueva Constitución y con un gobierno precario que terminó con el asesinato de Carranza en 1920.
Con el gobierno de Obregón se inicia la reconstrucción del país. Fueron cuatro años de empuje: construcción de infraestructura, cruzada nacional por la educación, recuperación de las finanzas públicas, reconocimiento diplomático internacional, etc. Pero quedaron pendientes tres asuntos fundamentales: la democracia, la probidad en el manejo de los recursos públicos y la ausencia de un auténtico estado de derecho. El propio Obregón acabó con los sueños democratizadores al reelegirse como Presidente. Eso le costó la vida.
Calles siguió con la construcción del andamiaje institucional pero cometió, al menos, dos errores estratégicos: el conflicto con la Iglesia católica y la pretensión de convertirse en el poder tras el trono. Con el primero abrió una profunda herida en la sociedad mexicana y dejó al gobierno en manos del embajador Morrow, el nuevo emisario imperial que le allanó el camino a Pascual Ortiz Rubio tras la campaña electoral fraudulenta en la que se le arrebató el triunfo a José Vasconcelos, cuyo ideario se resumía en superar los tres pendientes que dejaron los caudillos sonorenses. El segundo error le costó el destierro.
Creo que en realidad el verdadero fundador de las instituciones del siglo XX mexicano fue el general Cárdenas. Cuando decidió expulsar a Calles del país en 1935, se inició en México el presidencialismo sexenal. A partir de entonces, todos los ex presidentes se retiraron sin tratar de imponerse al sucesor. Además, Cárdenas le da forma al corporativismo que le fue funcional al país durante décadas y que hoy, por desgracia, se ha convertido en un lastre para nuestro desarrollo. Adicionalmente, le dio a México un auténtico lugar de soberanía en el concierto de las naciones.
A grandes rasgos lo anterior resume el esfuerzo de varias generaciones. Parafraseando a Churchill, eso nos ha costado “sangre, sudor y lágrimas”. Jamás debemos perder de vista este contexto. En lo personal creo que el deterioro institucional del momento, por grave que sea, no podrá regresarnos al primer cuarto del siglo XX. Me parece inimaginable. Pero para que no ocurra ese retorno, se requiere que los principales actores del país estén conscientes del enorme costo que nos ha significado contar con un aparato institucional, por imperfecto o por insuficiente que parezca. Por eso la locura de quienes pretenden el derrocamiento del actual gobierno no pasa de ser eso, un trastorno demencial de unos cuantos.
Quizá el principal factor que contribuye al deterioro del momento es el declive del presidencialismo. El articulista Luis Rubio (“Reforma” 14-12-2008) trata el tema de manera elíptica. Afirma que algunos de los estudiosos que se han ocupado de los asuntos latinoamericanos y que compararon la situación de México (en la era del PRI) con la de Brasil, deben estar sorprendidos por el cambio en los papeles. En efecto, Samuel Huntington, Guillermo O’Donnel y Philippe Schmitter, señalaban que el sistema político mexicano tenía una gran ventaja sobre el brasileño porque había logrado una notable cohesión de las élites, lo que no ocurría en el gran país del sur. Ahora, por desgracia, la situación se ha invertido. En Brasil se ha logrado ahora esa cohesión y en México, tras la disolución del sistema presidencialista, las élites actúan de manera cada vez más dispersa.
Sin embargo, el articulista señala que él es relativamente optimista con respecto al futuro porque si bien hay problemas serios en el sistema político, México tiene hoy una sociedad mucho más evolucionada que tarde o temprano encontrará la forma de empujar a los actores políticos en una dirección correcta que atienda el interés general. Creo compartir en alguna medida esta visión. Efectivamente, un país es mucho más que su clase política y finalmente las sociedades, en la era moderna, acaban empujando al resto de los elementos del conjunto hacia la conquista de nuevos bienes públicos, sobre todo cuando hay una clase media en ascenso.
Finalmente, al menos uno de los tres pendientes de los que hablábamos se ha logrado superar. Hoy, México cuenta con un sistema democrático en el que el voto se respeta. Los otros dos, la visión patrimonialista del poder público y la ausencia de un verdadero estado de derecho, siguen sin resolverse. Y el segundo es quizá el más grave y el más difícil de resolver. Ha dado lugar a un nivel de impunidad inaudito.
Mientras no se rompa el hilo de la continuidad institucional, habrá siempre la posibilidad de ir avanzando, paso a paso, en la solución de los grandes problemas nacionales, como les llamara don Andrés Molina Enríquez. Si cada seis años se avanza un escalón, el recuerdo de las dos primeras décadas del siglo pasado irá quedando en la penumbra de los recuerdos. Por ahora ese peldaño es nuestro sistema de justicia y en el empeño de mejorarlo radicalmente no caben los afanes mezquinos de la coyuntura.

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