¿Y que festejamos con eso de la Revolución Mexicana?

Escrito por on nov 24th, 2008 y archivado en Política. Tu puedes seguir los comentarios a esta entrada a traves de RSS 2.0. Comentarios y referencias estan cerrados.

Al cumplirse el aniversario 98 de la Revolución Mexicana, varios articulistas de prensa se han hecho una pregunta elemental: ¿Qué festejamos? La respuesta tiene que ver con la historia del país pero sobre todo con el presente y, más aún, con el futuro. Desde esta perspectiva, surgen algunas preguntas más importantes que la primera: ¿Hay en el horizonte alguna forma de resolver los problemas generados o agravados durante el “ancienne regime”? ¿Hasta dónde los mitos de la historia oficial nos impiden construir el futuro del país?

Con respecto a la primera pregunta, me parece que la respuesta es muy simple: los hechos de la historia están para ser analizados, más que para celebrarlos. La Revolución fue un proceso histórico muy complejo que finalmente devino en un régimen político cuyas características básicas fueron: el Estado benefactor, el autoritarismo vertical fincado en el presidencialismo y el corporativismo como forma de control social. Y el aceite de toda esta maquinaria tiene nombre: la corrupción. En el camino, se construyó un entramado institucional que le da soporte y fortaleza al Estado mexicano actual.

El Estado benefactor llegó a su fin durante el sexenio de Miguel de la Madrid. La razón es bien conocida: Echeverría y López Portillo dejaron las arcas vacías. Con las finanzas públicas destrozadas y con una recaudación fiscal absolutamente insuficiente, era imposible satisfacer las demandas de obreros, campesinos, indígenas y en general de la población marginada del país. Vaya, no había dinero ni para dotar de mesabancos a las escuelas públicas y de medicamentos a los hospitales.

El régimen político autoritario, basado en el poder omnímodo de la figura presidencial, falleció de muerte natural en 1997, tras la reforma electoral aprobada un año antes. En el momento en que el gobierno perdió el control de la Cámara de Diputados, el Presidente dejó de ser lo que era. Apenas tres años antes, el ex presidente Carlos Salinas se quejaba de que, cuando iban a salir de vacaciones, los ministros de la Suprema Corte de Justicia de la Nación “sólo le avisaban”, no le pedían permiso.

Por si fuera poco, el régimen revolucionario triunfante cuyo andamiaje diseñaron los caudillos sonorenses y el general Cárdenas, perdió el poder presidencial en el año 2000. Además, a los nuevos inquilinos de Los Pinos sólo les gusta una parte de la Revolución, la que protagonizó Madero. Le mandaron hacer una estatua en la residencia oficial y allí se le rinde homenaje privado y exclusivo. Más aún, le cambiaron el nombre al Instituto de Estudios Históricos de la Revolución Mexicana. Ahora sigue siendo instituto y de estudios históricos, pero de las Revoluciones de México. En él caben todas, para que nadie se sienta ofendido.

Con respecto a la segunda pregunta, subsisten, por lo menos, dos graves problemas generados o acentuados durante el régimen revolucionario: el corporativismo y la corrupción. El primero constituye uno de los principales lastres para el país. Basta con ver el caso del sindicato de los maestros. ¿Hay alguna salida al gravísimo problema de la educación pública en México mientras no cambie la organización sindical? Y lo más preocupante es que los opositores al cacicazgo de Elba Esther Gordillo están peor que ella. Allí están de muestra los estados de Oaxaca, Guerrero, Michoacán y Morelos. Tal vez en algo pudiera ayudar el desarrollo tecnológico para aplicar sistemas de educación no escolarizada. No se me ocurre más. En el corto plazo no se ve solución.

La corrupción por supuesto que no se inició con el régimen revolucionario pero allí encontró su mejor caldo de cultivo. Ya desde la colonia las alcaldías mayores eran vendidas por la corona española al mejor postor, y ese postor cobraba impuestos y se quedaba con ellos para recuperar, con creces, la inversión emprendida. Durante la fase armada de la Revolución se acuñó el verbo “carrancear” como sinónimo de robar. Los caudillos sonorenses metieron la mano al erario como si fuera propio; amasaron fortunas que aún disfrutan sus nietos y bisnietos. Durante el régimen de Miguel Alemán la corrupción alcanzó niveles de escándalo. Se atemperó con Ruiz Cortines pero de Echeverría en adelante volvió por sus fueros.

Para colmo, los panistas en el poder no siguieron el ejemplo de probidad de Manuel Gómez Morín; adoptaron con fervor las malas artes de los próceres revolucionarios. Al parecer fue lo único que aprendieron. Y el problema es aún más grave si consideramos que la corrupción abarca a la sociedad entera, incluyendo el ámbito de las empresas privadas.
Y lo que estamos viendo en estos días rebasa todo lo imaginable: el ex titular de la SIEDO (Subprocuraduría de Investigaciones Especializadas en Delincuencia Organizada de la PGR), fue arraigado bajo la acusación de recibir 450 mil dólares mensuales por parte de una de las bandas de narcotraficantes. Es inevitable recordar las novelas del escritor francés Maurice Leblanc (1864-1941). Su célebre personaje Arsenio Lupin (un refinado ladrón de cuello blanco) llegó a ser prefecto de la policía de París en algunos de los relatos. Es decir, la Iglesia en manos de Lutero.
Si pensábamos que el caso del general Jesús Gutiérrez Rebollo (el zar antidrogas del gobierno de Ernesto Zedillo detenido en febrero de 1997 y condenado a 40 años de prisión por estar al servicio de Amado Carrillo Fuentes) fue una excepción, estábamos equivocados. Ahora están bajo investigación varios de los altos mandos de la SIEDO y de la Secretaría de Seguridad Pública federal. Y por si algo faltara, también fue detenido el director de INTERPOL México. Todos ellos están acusados de recibir dinero a cambio de proporcionar información para proteger a algunos de los dirigentes de las bandas delictivas. Por supuesto que para cubrirse, protegen a unos y persiguen a otros.

La corrupción es un fenómeno que afecta a todos los países del mundo pero hay grados y formas de medirlo. México está entre los peores. La experiencia indica que el proceso de erradicación es muy largo y complejo. Inglaterra en el siglo XVIII era un ejemplo de inmundicia. ¿Cómo lograron corregir eso? Con reformas legales, con educación y más educación. En el caso nuestro y por lo que respecta al sector público, me parece que un paso importante sería una reforma jurídica puntual que obligue a los diferentes niveles de gobierno a llegar al detalle, peso por peso, en la presentación de las cuentas públicas ante el poder legislativo. Y por supuesto que esta información debe estar disponible en internet para que cualquier ciudadano pueda consultarla. Hay avances pero son todavía insuficientes.

En suma, el 98 aniversario de la Revolución Mexicana es en todo caso una oportunidad más para la autocrítica. Durante años hemos dado por buenos varios mitos insostenibles. Por ejemplo, decir que hay solución de continuidad entre la Reforma y la Revolución porque ésta significa un paso adelante al introducir el liberalismo social en la Constitución de 1917, es algo que no se sostiene o que, en el mejor de los casos, sólo es parcialmente cierto. La redacción final del artículo 27, en el sentido de que corresponde a la nación la propiedad originaria de las tierras y aguas comprendidas dentro de los límites del territorio nacional, rompe con la concepción liberal de la Reforma y significa un retroceso. En tiempos de la colonia, la propiedad original correspondía directamente al rey.

La rigidez de estas concepciones nos impide avanzar, dar los pasos necesarios para construir el futuro del país. Eso fue, en última instancia, lo que impidió una reforma energética de fondo. Una verdadera reforma laboral, indispensable para volver más competitiva nuestra economía, resulta por ahora impensable. La frenarían los intereses del corporativismo sindical y el mito de que la Revolución se hizo para favorecer a las clases sociales más desprotegidas.

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