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Excusas imperiales

Escrito por Alejandro Mora Gallardo | 15 de Noviembre de 2008 | Categorias: De terrorismos a terrorismos | Tiempo de Lectura: 25m 10s | Leido 47 veces.

DE TERRORISMOS A TERRORISMOS 18

EXCUSAS IMPERIALES
EL HUNDIMIENTO (LA IMPLOSIÓN) DEL MAINE

En el día señalado, Cuba, lo mismo que Canadá y México, caerán como uvas maduras en la boca de los norteamericanos.
Senador Caffery (1896)

En estricta confidencia, agradecería casi cualquier guerra, pues creo que este país necesita una.
Theodore Roosvelt. (1897)

Con décadas de antelación los estrategas del imperialismo usamericano venían concibiendo el designio augural de su estirpe, cual designio del Destino Manifiesto después aterrizado en imperativos geoeconómicos expuestos en la Doctrina Monroe (1823), y más tarde comenzados a operar con las medidas diplomáticas patentadas por el Panamericanismo a partir de 1881. Todo apuntando hacia nuevos procedimientos en la consecución del Imperio, a como en la época del capitalismo industrial se podían llevar a cabo; pero a la vez, no dejando de retomar procedimientos colonialistas propios de etapas anteriores. Es decir, un sector de la sociedad podía ver con buenos ojos la intervención militar y las conquistas extraterritoriales, el sector de la nueva burguesía industrial y comercial, la que en primera instancia se daba por satisfecha con la política de ‘puertas abiertas’ que permitía la penetración de la industria y el comercio norteamericano en los mercados iberoamericanos y asiáticos; lo que viene a ser el colonialismo comercial emanado de la asimetría industrial que genera el capitalismo patentando una contraposición dialéctica entre los países desarrollados, hacedores de las máquinas y los enseres que constituyen la tecnósfera, y los países subdesarrollados, compradores cautivos de tecnología y manufacturas producidas en los países industrializados.

Para qué mayor intervención, no siendo ya necesario el dominio directo, basta con un gobierno delegado en las naciones colonizadas para imponer las condiciones de ‘libre comercio’, en un primer período es suficiente con que les abran las puertas. ‘Si nosotros tenemos las industrias y las máquinas podemos fabricar a raudales las mercancías que invaden los mercados, ‘todo lo que necesitamos son puertas abiertas para inundarlos con lo que cualquier país infradesarrollado no puede producir y por tanto competir’. Así que ¡viva la libe competencia en el mercado de puertas abiertas; dejar hacer, dejar pasar!.., ¡vivan los libres tratados de comercio y los gobiernos tercermundistas conducidos por las oligarquías locales entreguistas y reproductoras, fieles filiales de nuestras empresas metropolitanas! En ello radica la ‘libertad’ que el neoimperialismo requiere.

El capitalismo imperialista usamericano en un principio prefiere establecer protectorados, o en su defecto incorporar colonias, pero sobre todo irá tendiendo a favorecer gobiernos a su favor regenteados por las oligarquías locales. Se constata que en sus primeras oleadas expansivas se contentan con abrir las puertas para exportar sus excedentes que son suficientes para invaden los mercados extranjeros; pero como esta situación no los satisfacía del todo procuraron establecer protectorados, y si la situación lo ameritaba prefirieron realizar la anexión; de lo que se trataba era de ganarle el mercado a los europeos. Mas como para conseguir tales objetivos el camino estaba lleno de obstáculos, había que ir en contra de la oposición que les presentaban otras potencias, los pueblos afectados, así como de voluntades y procedimientos concensúales republicanos internos. La situación se complicaba y el recurso de intervención militar, a la manera imperialista de antaño, se volvía indispensable. Empero, como los Estados Unidos de América eran una república que en su pasado había sido una colonia, sus estatutos políticos y su ánimo popular originalmente tuvieron sesgos antiimperialistas.

Aún a fines del siglo XIX, principios del XX, sectores importantes de la sociedad con presencia política impugnaban los proyectos expansionistas que la facción poderosa y belicosa venía impulsando, nos referimos en específico a lo que vamos a designar como el ‘Partido de la Guerra’, encabezado por el senador John Cabot Lodge y el militar metido a la política, Theodore Roosvelt; mas es obvio que detrás de estos personajes había un sector oligárquico-industrial y mercantil que actuaba como el auténtico patrocinador del impulso imperialista que a partir de ese entonces los EUA emprenderían. Lo que viene a ser el grupo de poder que organiza la política expansionista, partiendo de los imperativos que el sistema capitalista establece en su desenvolvimiento, la realización (venta) de los excedentes producto de una industria sobreproductiva que requiere constantemente de ampliar los mercados para garantizar la plusvalía y así la obtención neta de ganancias a corto plazo. Y cuando los mercados nacionales no son ya lo suficientemente amplios para absorber la sobreproducción, resulta imperativa la conquista de los mercados externos, de allí el que implementando una praxis imperialista-colonialista-capitalista, ejerciendo la fuerza de los vectores centrífugos-centripetos, propios de las grandes potencias, se procede a neocolonizar a las naciones atrasadas.

Sin embargo, en los EUA por el sistema político republicano con división de poderes tripartita que ubica en un primer plano al Congreso otorgándole poder efectivo para decidir asuntos importantes como la declaración de guerra, se vuelve difícil el controlar de manera unilateral la política para imponer las acciones imperialistas que favorezcan a la oligarquía capitalista, la que no deja de ser una minoría. Tratándose de un sector de los industriales y comerciantes que deciden que las intervenciones en el extranjero son necesarias para capturar el mercado que requieren en pos de comprar y vender con ventaja. Ya sea maquinando intervenciones militares con declaración oficial de guerra, que les favorece como penetración y control del mercado conquistado; lo que se puede realizar también de manera clandestina, a través de conspiraciones por medio de las cuales ponen las condiciones político-economicas a su favor, tanto al interior de su nación como para con los regímenes extranjeros. Prácticas para cuya realización requieren de una camarilla de políticos a su servicio, así como de fuerzas intervencionistas militares y policíacas. (Apréciese que en este periodo se decide incrementar la flota de guerra).

Entonces tenemos tres sectores de agentes que constituyen la plataforma del imperialismo usamericano: 1) El grupo de capitalistas imperialistas. 2) La camarilla de políticos que coincide con sus intereses y se pone a su servicio. 3) Las fuerzas armadas y policíacas expertas en operaciones militares y clandestinas con que se ejecutan las acciones intervencionistas.

Corría el año de 1873 y he aquí que se dio una situación similar con antelación al hundimiento del Maine, cuando el barco Virginius, que navegaba con bandera norteamericana transportando armas para los insurgentes de ese entonces (en otra rebelión que duró de 1868 a 1878) fue capturado por un cañonero español, procediéndose a la ejecución de 53 de sus tripulantes acusados de piratería, de los cuales 8 eran norteamericanos. Posteriormente España pagó una indemnización y se admitió que el barco portaba de manera ilegítima la bandera estadounidense, no pasando a mayores el conflicto. Dejándose ver que si USA desaprovechó aquella ocasión para inmiscuirse en la guerra de independencia cubana fue porque aún estaba en etapa de crecimiento interno.

Desde octubre de l894 se produce un acontecimiento que contraria los intereses estadounidenses en Cuba. España establece una disposición aduanera que afecta al flujo mercantil usamericano. (1) El precio del azúcar y del tabaco inicia una caída abrupta.

Con el presidente McKinley el grupo de poder imperialista que se establece y se vuelve beligerante después de la crisis del 93-97 incrementa su activismo político. Glover Cleveland y William McKinley buscaron obrar con prudencia y recato guardando las fórmulas republicanas. Mas en el caso de Cuba se hace notar la presión que establece el ‘Partido de la Guerra’ para provocar la intervención militar, toda vez que sus intereses mercantiles se ven perjudicados por la guerra de independencia y porque advierten que el Imperio Español vive su ocaso.

Un comercio de puertas abiertas les había permitido a los capitalistas norteamericanos penetrar en Cuba. Las cifras de las inversiones usamericanas en Cuba son dadas por el propio presidente Glover Cleveland: “Se estima razonablemente que, por lo menos, de $30 millones a $50 millones de dólares de capital norteamericano están invertidos en plantaciones y en ferrocarriles, minería y otras empresas financieras de la Isla. El volumen comercial entre los Estados Unidos y Cuba, que en 1889 llegó a cerca de $64 millones de dólares, se elevó en 1893 a cerca de 103 millones de dólares, y en 1884, año anterior al estallido de la presente insurrección, llegó a casi $96 millones de dólares”.(2) A más de que a resultas de la guerra mucha ayuda a los insurgentes partía de los EUA, una junta revolucionaria opera desde New York organizando el envío de armas. Pero conforme se prolongaba e intensificaba la rebelión los intereses monetarios de los inversionistas usamericanos resultaban seriamente perjudicados. De allí la firme disposición a intervenir en la Isla, primero pretextando las formas republicanas respetuosas de la independencia de los pueblos y el derecho a configurar su propio gobierno, a manera de ser una intervención humanitaria en favor de la pacificación; pero una vez que se consigue la expulsión de las fuerzas españolas la perspectiva cambia por completo, variando la disposición de ser los paladines de la libertad por la de una intervención permanente a través de diversas formas de control político para garantizar los beneficios pecuniarios, comenzando con instaurar un dominio militar, pasando a establecer protectorados con gobiernos locales subordinados a los intereses metropolitanos, contando para ello con la colaboración de las oligarquías criollas proclives a convertirse en filiales del capital imperialista, en su condición de ser un sector periférico dominante al interior de su nación pero subordinado y colaboracionista para con la fuerza extranjera colonialista.

Un colaboracionista, el Jefe de la Delegación Cubana en New York, Tomas Estrada Palma, en una carta fechada el 29 de enero de 1898 refiere que todo está preparado desde Washington para imponer la paz y el orden en la Isla, y así dar paso a la prosperidad que vendrá al promoverse las inversiones norteamericanas: “Un medio hay que el presidente conoce, por el cual, sin necesidad de anexión, absolutamente, el gobierno de los Estados Unidos tendrá en la República de Cuba una intervención indirecta que servirá para imprimir moralidad a la administración de nuestra hacienda y para darnos crédito con los capitalistas que nos presten dinero. No debo ser más explícito”.(3) No es de extrañar que este sujeto irá a convertirse en el primer presidente de la Cuba usamericana.

En abril de 1898 por la Enmienda Teller los EUA fijaban su posición aseverando que no intentaban anexionarse a Cuba. De la Enmienda Teller a la Enmienda Platt se establece el giro imperialista usamericano….

Para llegar a realizar la intervención en Cuba, ante la resistencia interna de sectores antiimperialistas, y ante la procura de seguir las formas republicanas respetando la constitución estadounidense, la presión del ‘Partido de la Guerra’ requirió de un artilugio, un autoatentado, para provocar la intervención directa en contra de España. Y este fue el caso de la explosión del Maine. El Maine era un buque de guerra defectuoso a cuyo mando pusieron a un capitán incompetente, apenas en abril de 1897 (Charles D. Sigsbee), y así fue enviado a la Habana, en una incómoda visita de cortesía en plena guerra de independencia. Cuando a la sazón se tenía detectado un problema en tales buques consistente en explosiones que eran producto de almacenar carbón junto a los depósitos de municiones, pretextando que servían de protección adicional ante los disparos del enemigo. Ya con anterioridad al caso del Maine habían estallado más de tres buques de la armada norteamericana, por lo que Theodore Roosvelt ordenó una investigación al respecto, revelándose que estaba al tanto del problema y sin embargo en tales condiciones enviaron al Maine a la Habana.(4)

El ‘Partido de la Guerra’ estuvo detrás de toda la maniobra, la que fue comandada por el senador Cabot Lodge en combinación con su allegado y recomendado para ser subsecretario de Marina, el cowboy texano Theodore Roosvelt, quien ocupa el puesto a fines de 1897 estando ya en marcha los planes de la invasión. Ambos eran la cabeza visible del movimiento imperialista, tras de los cuales de seguro se encontraba un grupo de magnates patrocinando las actividades intervencionistas. Desde su puesto Roosvelt tenía que ver con los contratos y proveedurías para la Armada, llegando a ser el auténtico prócer del imperialismo usamericano, él mismo un coronel propuesto para participar en la intervención en Cuba y cuyo desempeño en esta guerra le valdría el llegar a la presidencia.

Entonces, no es casualidad que en los meses anteriores a la misteriosa explosión del Maine, los hombres absolutamente identificados con los objetivos imperialistas del ‘partido de la guerra’ de Roosvelt se encontraran en puestos clave, desde donde incidieron en la marcha de acontecimientos decisivos.(5)

Lodge y Roosvelt se combinaron para presionar a McKinley orillándolo a adoptar una actitud en favor de la intervención. Los documentos denotan cómo la conspiración estaba en marcha, teniendo con antelación a la intervención la estrategia de guerra diseñada, la que consistía en llevar a cabo una guerra relámpago partiendo de ubicar a la flota en Cayo Hueso (Florida). Fueron ellos quienes impulsaron a McKinley a enviar al Maine a Cuba, contando con su aprobación solo hasta que la situación estaba color de hormiga y después de atosigándolo con múltiples argucias para que autorizara la intervención; de hecho McKinley recibió un telegrama de los grandes empresarios en el que lo presionaban para que declarase la guerra. Denotándose que “desde las sombras actuaban poderosas fuerzas dentro de la administración McKinley, las cuales conspiraban para llevar la crisis a un punto de no retorno; los principales actores de esta tragedia fueron cuidadosamente escogidos y sabían qué se esperaba de ellos; se tenía plena conciencia del inmenso peligro que representaba el almacenamiento de carbón bituminoso…, y nada se hico para evitarlo; (además de que la situación no ameritaba el envío del buque, la decisión jamás la hubiera tomado el Presidente), de no haber sido asediado con informaciones tendenciosas y consejos manipuladores de sus más cercanos colaboradores”.(6)

Incluso y cuando España cedía ante las peticiones estadounidenses para que relajara su fuerza coercitiva y reconociera al bando insurgente, no pudieron consentir el conceder la independencia, pero la tendencia iba en el sentido de hacer concesiones con tal de evitar la intromisión usamericana. Cuando que las peticiones estadounidenses en realidad buscaban excusas para posicionarse favorablemente apuntando a la intervención directa desde un principio; el presidente Cleveland no veía con buenos ojos la victoria de los insurgentes, sino que procuraba que éstos aceptaran la paz sin independencia; después, con McKinley será presionada España para que se retire de la Isla y dar lugar a la ocupación usamericana. Total, era mejor la pax usamericana que la pax hispana para fomentar las inversiones del capital estadounidense.
La ‘ambivalencia’ en el discurso de los presidentes Cleveland y McKinley en realidad se explica por una dicotomía que afecta de manera estructural a las instituciones usamericanas, en su condición de ser propias de un sistema capitalista que funge como una ‘democracia’ imperialista, así tenemos que por una parte se van a cuidar las formas democráticas en la cara pública, pero de manera soterrada se llevan a cabo las más viles actividades imperialistas.

Así pues, McKinley accedió a realizar la intervención, pero como otros presidentes norteamericanos vacilaba requiriendo de un pretexto tangible para lanzar la invasión, para que ante los ojos del mundo los motivos fueran aprobados por los protocolos diplomáticos, por lo que se hacía necesario un acción conspirativa, una acción bélica atribuida al bando opuesto que detonara la guerra, la explosión del Maine y su hundimiento fueron la excusa propicia.

La labor de la prensa fue fundamental para procrear el ánimo intervencionista, fomentando un nacionalismo bélico. William R. Hearst fue el más destacado de los empresarios manipuladores, inaugurando con el New York Journal un periodismo amarillista dirigido a despertar en la ‘opinión pública’ emociones subliminales proclives a la causa imperialista, como continuación de la ‘propaganda negra’ en contra de España, teniendo por comparsa al New York World de Joseph Pulitzer, ambos se encargaron de difundir las atrocidades cometidas por los hispanos en Cuba.(7) De manera tal que fueron preparando a la opinión pública para que la guerra fuera aprobada por el ‘pueblo’. Cuando que en realidad la ‘opinión pública’ era manipulada por estos nacientes medios de difusión hacedores de consensos y beneficiarios comerciales con el incremento de ventas de sus periódicos y de las ganancias de empresas relacionadas con ellos; viniendo a ser a la vez un enorme aparato de presión para que el Presidente declarase la guerra. Por supuesto, antes de que hubiese prueba alguna de un ataque español al Maine, Hearst y su prensa amarillista los da por culpables e intensifica la campaña en procura de exaltar los ánimos y hacer la guerra inevitable. “Remember The Maine” fue el slogan que se repitió constantemente para crear el efecto psicológico subliminal que hipnotiza a las multitudes, a la par de que el New York Journal incrementa su tiraje en más de un 50%. “Hearst afirma tener las pruebas de que España realizó el sabotaje contra el Maine”…, unos alambres que (supuestamente) conectaron los explosivos con los detonadores en Tierra”.(8)

La fuerza de los intereses de los grandes capitalistas a fin de cuentas es la que pesa más en la toma de decisiones que implica la intervención en el extranjero para propiciar las condiciones en favor de sus negocios.

El Maine había arribado al puerto de la Habana el 26 de enero de 1898. El capitán del Maine no entrega la documentación en que se indique el número de tripulantes, así pues, el número de marinos muertos en la explosión quedará incierto, son las propias autoridades de la marina usamericana las que manejarán las cifras.(9) Como la situación estaba en calma los soldados pasan a tierra, otros buques norteamericanos anclaron junto al Maine. El dilema radicaba en cuándo iba a explotar el Maine, dejarlo al azar sería un error desde el punto de vista de los conspiracionistas, así que lo más probable fue que una detonación inicia la explosión del almacén de municiones junto con el incendio del depósito de carbón. El 15 de febrero se produce la explosión y por consiguiente el hundimiento. Oficialmente se reporta que los oficiales mayores se encontraban en ese momento abordo del buque, pero por supuesto que el capitán y los oficiales principales resultan ilesos. Según otra versión proporcionada por un testigo, el alto mando se encontraba al momento de la explosión en otro buque norteamericano, el ‘Cita of Washington’. Otro buque llamado el ‘Coshing’ fue enviado supuestamente para avituallar al Maine, al mando del cual estaba el capitán Albert Glevers, un experto en artillería naval y en la producción de torpedos de precisión, teniendo como superior al teniente comandante Willian W. Kimball, destacado oficial de inteligencia en la Marina, autor del plan aprobado desde 1896 para aplicarse en caso de estallar una guerra contra España…(10). No son hechos fortuitos, indican una intención y una tendencia.

La versión oficial estadounidense proclamada por la comisión Sampson, que se encargó por parte del gobierno usamericano de indagar el atentado, no pudo demostrar la pretendida culpabilidad hispana. Todo quedó en un vago: ‘algo externo provocó la explosión inicial en el Maine que a su vez produjo una segunda explosión’. Pero este informe bastó para ser la excusa requerida para declarar la guerra un mes después de que la comisión entregara el informe atribuyendo a una mina submarina el inicio de la explosión. En 1910 otra comisión norteamericana, en este caso llamada Vreelend, pudo hacer indagaciones más precisas pues al buque lo habían reflotado. Los resultados fueron idénticos salvo que consideraron que la explosión inicial fue motivada por un explosivo de baja potencia.(11)

En 1976 Hyman Rickover publica una investigación exhaustiva patrocinada por la Marina de los EU intitulada How the Batleship Maine Was Destroyed que viene a ser la versión oficial definitiva de los norteamericanos. Según la cual se concluye: la explosión que hundió al Maine fue interna, fue provocada por la combustión. Más de 70 años después no cuesta nada aceptarlo, el propósito buscado se logró y ya es Historia, no hay reclamaciones oficiales, ni juicios posibles que valgan para pedir un castigo efectivo a los conspiradores; todos los participantes en esta historia ya están muertos y el encubrimiento persiste. Por lo que esta última versión insiste en que todo fue producto del azar y no hubo premeditación alguna de por medio: Pero “una cosa es la ocurrencia de un accidente absolutamente inesperado, y otra, muy distinta, la de uno que se ha previsto y ‘dejado’ ocurrir. Esto último, lejos de exonerar, incrimina de forma directa a los conspiradores norteamericanos del ‘Partido de la Guerra’, principalmente a las autoridades navales y ejecutivas del propio buque, involucradas en la conspiración”.(12)

En aquel momento un experto en armamento usamericano opinó que la explosión debió deberse al fuego que afectó un depósito de carbón. Theodore Roosvelt lo corrige: esa es una opinión antipatriótica (¿en dónde hemos oído eso últimamente?). “Los mejores hombres del Departamento coinciden en afirmar que, sea probable o no, es ciertamente admisible que el buque haya sido volado por una mina”. Así “Roosvelt imponía su versión oficial, antes de que las comisiones investigadoras pudiesen concluir sus labores, y hacía todo lo posible por desacreditar cualquier punto de vista contrario”.(13) (¿En dónde y cuando se ha vuelto a dar eso? Tengo una vaga sensación de un Dejaa Vhu).

La Oficina de Inteligencia Naval (ONI) bien pudo ocuparse de planificar el atentado. Adviértase lo siguiente: el segundo de abordo en el Maine era Richard Wainwrigth, quien había sido el dirigente de la ONI cuando se elaboró el ‘Plan Kimball, y sólo con tres meses de antelación fue designado al barco; desde luego, no pereció en la explosión, lo que le permitió alcanzar el grado de contralmirante al retirarse en 1911. Mientras que por su parte el capitán Sigsbee jamás fue sancionado ni su carrera resultó afectada a pesar de que se hizo ver que cometió ciertas incompetencias en su desempeño. El teniente John Blandin, oficial de guardia al momento de la explosión le escribió a su esposa al día siguiente del hundimiento: “… Nadie puede decir cuál fue la causa de la explosión. No creo que los españoles hayan tenido algo que ver (…). No publiques esta carta”. Cinco meses después muere en un hospital psiquiátrico.

Finalmente el presidente McKinley en un mensaje especial al Congreso declara que el hundimiento del Maine es atribuible a un ataque externo. La Comisión española que investigó el hundimiento concluyó lo contrario: “la explosión que provocó el desastre fue interna y no exterior”. Años después los propios informes estadounidenses lo aceptarían. Pero según McKinley: Sea cual fuere el agente externo que causó el hundimiento, el atentado demuestra que el gobierno hispano es incapaz de controlar la situación ni “de garantizar la salvaguarda de un buque norteamericano en misión de paz y con derecho de estar allí (sic)”. (14) La excusa había funcionado.

“Había intereses especiales que se beneficiarían directamente de la guerra. En Washington, declararon que un ‘espíritu beligerante’ se había adueñado del ministerio del Ejército, alentado ‘por los contratistas de proyectiles, artillería, munición y otros materiales, que atestaban el ministerio desde la destrucción del Maine”.(15)

El objetivo se logró, además de ser la excusa para provocar la intervención usamericana en Cuba, la Cámara y el Senado concedieron a la administración McKinley un presupuesto para la ‘defensa’ por 50,000,000 de dólares tres días antes de que la comisión Sampson entregara su informe. ¿Ha vuelto a pasar cosa semejante en la Historia reciente de USA?

En 1903 ya con el cowboy texano en la presidencia se impone a los cubanos la enmienda Platt, por la cual Cuba pasa a ser un protectorado de los EU. Pues al haber alcanzado su ‘independencia’, Cuba no debía aceptar convenio alguno con potencias extranjeras, quedando reservada para los EU que se encargarían de proteger la propiedad privada y la libertad individual, garantía de las ganancias de los capitalistas usamericanos; para lo cual, el agradecido gobierno cubano le concedería al usamericano tierras para estaciones de naves y carboneras… Los insurgentes cubanos fueron ignorados olímpicamente.

Por consiguiente, se dejó ir una invasión de capitalistas preparados para aprovechar y acaparar las riquezas naturales y los bienes y servicios que habrían de instalar como nuevos colonialistas de Cuba, así fue que los madereros obtuvieron ganancias colonialistas al vender en el mercado norteamericano 10 millones de acres de bosques cubanos. “La ‘United Fruit Co.’, por ejemplo, llegó a comprar a 25 centavos de dólar, 1 900 000 acres de suelo cubano para el cultivo de la azúcar lo mismo sucedió con las grandes compañías ferrocarrileras, mineras, tabacaleras. Para algunas de las grandes corporaciones Cuba significó el inicio de su transnacionalización; para otras, simplemente su confirmación. Hacia 1901, el 80% del mineral que se extraía de Cuba y se exportaba, pertenecía a la compañía minera norteamericana ‘Bethlehem Steel Co.” Bastaba con garantizar la apropiación como propiedad privada de capitalistas estadounidenses para que funcionara como es debido el neocolonialismo usamericano.
Siendo notable que el ‘espíritu empresarial’ norteamericano es tan intenso que suele perjudicar con sus medidas desaforadas a sus propios peones. Durante los combates en Cuba murieron 5,464 soldados, pero sólo 379 de ellos en acciones de guerra, el resto muere a consecuencia de las enfermedades tropicales y por intoxicación al alimentarse con carne de res adulterada y descompuesta después de pasar largas horas en altamar. Entre los responsables se encontró la mayor empacadora de Chicago: Armour. “La Oficina Industrial de la carne pudo testificar 751 latas de carne echada a perder”.(16)

Tanta certeza y previsión contenida en esta frase escrita por Mark Twain: “Habéis plantado la semilla y crecerá”…., creando una hidra venenosa, una planta carnívora que viene a ser el terrorismo de Estado Usamericano y su praxis de conspiraciones imperialistas.

Pero eso no es todo; W. McKinley no resultó ser lo suficientemente imperialista(17)como para terminar su segundo mandato; es asesinado por un supuesto anarquista que actuó ‘individualmente’. Ya el cowboy texano estaba preparado para suplirlo, puesto que Theodore Roosvelt, después del éxito obtenido en Cuba ascendió a la vicepresidencia por méritos propios y para beneplácito del ‘Partido de la Guerra’. Llegando a ser el primer presidente de los Estados Unidos propiamente imperialista, con todo y su bigote y su porte de Big Brother.

Que el asesinato de McKinley haya sido una mera casualidad vendría a ser semejante a otros casos así oficialmente designados. Pero las analogías que despiertan la sospecha son paranormales. La sospecha flota en el aire desde aquel tiempo, por lo menos al constatar que la pesadilla se había convertido en realidad: “H.H. Kohlsaat relata su viaje con Mark Hanna en el tren fúnebre de McKinley. Estaba intensamente amargado. Maldecía a Roosvelt y decía: ‘Dije a William McKinley que era un error nombrar en Filadelfia a este energúmeno. Le pregunté si se imaginaba lo que pasaría si él se muriese. Y ya lo ve usted, este maldito cowboy es ahora presidente de los Estados Unidos”. (Samuel Eliot Morrison y Henry Steel Commager, Historia de los Estados Unidos de Norteamérica, t. II, p. 449.)(18)

¡Ah la forma semicíclica de la historia en espiral es asombrosa! Por mera coincidencia 62 años después otro ‘solitario desquiciado’ perteneciente al servicio de Inteligencia de la Marina ‘asesinó’ al Presidente Kennedy.

Notas

[1] Gregorio Selser. Cronología de las Intervenciones Extranjeras en América Latina. CEIICH-UNAM. 1997. Tomo II : 254.

[2] “Cleveland al Congreso: Discurso sobre los Intereses Norteamericanos en Cuba (7 de dic. de 1896)”. EUA3, Documentos de su Historia Política III. Instituto Mora 1988 : 318. A fines de 1896, el secretario Olney “estima que las inversiones estadunidenses en Cuba se elevan a la suma de 45,229,000 dólares en los distritos de Cienfuegos, Matanzas, Sagua y en las minas de Santiago. Añadidos algunas haciendas tabacaleras en Pinar del Río y otros establecimientos comerciales y manufactureros, el conjunto puede ser estimado en 50 millones de dólares”. G. Selser. Op.Cit : 289.

3.- Ibid. : 307.
4.- Eliades Acosta Matos. El Apocalipsis Según San George. Abril. La Habana 2005 : 73. (Obtenido a través de Internet. Página de la Revista Rebelión). El propio Teodoro Roosvelt le había pedido al Secretario de Marina, John D. Long, se realizara una investigación de los diferentes tipos de carbón existentes y las causas de su combustión espontánea; pidiendo también se indagara sobre los procedimientos utilizados por navíos extranjeros en lo concerniente a evitar explosiones.
5.- Ibíd. : 47.
6.- Acosta Matos. Op.Cit. : 76.
7.- Las que sin lugar a dudas existieron y fueron atroces, como la orden de trasladas a los campesinos a campos de reconcentración. Vid. Selser. Op.Cit. :295-296. La corona hispana ordenó cancelarlos en 1897.
8.- Selser. Op.Cit. : 309. Tema ya tratado en el artículo No. 4 de esta serie, y en: Crisol#• 170 en su antigua versión escrita.
9.- Oficialmente las autoridades estadounidenses manejan la cifra de 260 muertos, cantidad que hasta la fecha no ha podido ser confirmada.
10.- Acosta. Op.Cit. : 81.
11.- Ibid. : 70.
12.- Ibid. : 77.
13.- Ibid. : 82.
14.- Selser. Op.Cit. 314, 312 y 322.
15.- Howard Zinn. La Otra Historia de los Estados Unidos. Siglo XXI 1999 : 226.
16.- Guillermo Zermeño Padilla. “Imperialismo, Progresismo y Sociedad” (1886-1920), en: EUA9. Síntesis de su Historia II. Instituto Mora 1988 : 138 y 137.
17.- El embajador español en los EU fue expulsado de Washington después de que fue violada su correspondencia, encontrándose en ella una opinión desfavorable al presidente McKinley, la que nos da la idea de ser un sujeto atrapado entre la ambigüedad de la política usamericana: “(Su actitud ante la difícil situación) demuestra una vez más lo que es McKinley, débil y populachero y, además, un politicastro que quiere dejarse una puerta abierta y quedar bien con los jingones de su país”. Selser Op.Cit. : 308. Lo dicho, por una parte cubrir las fórmulas democráticas y por el otro lado quedar bien con los poderosos, pero para estos últimos era un pusilánime no apto para que los representara.
18.- En: Gregorio Selser. Cronología de las Intervenciones Extranjeras en América Latina. T. III 1899-1945. CEIICH-UNAM. 2001. : 45-46.

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