Cuando el pasado nos alcanza
Escrito por Jesús Ortega Martínez | 11 de Noviembre de 2008 | Categorias: Trinchera | Tiempo de Lectura: 2m 54s | Leido 39 veces.
En la pasada elección presidencial se dio un paso atrás en el proceso de transición democrática que el país llevaba a cabo, con lentitud pero consistentemente. En julio de 2006 se interrumpió abruptamente ese camino y en esa elección se volvieron a presentar las prácticas más nefastas del viejo régimen, como las de utilizar los recursos del Estado para golpear a la oposición, especialmente de izquierda, y obstaculizar, mediante argucias ilegales y trampas de toda naturaleza, su derecho a acceder al gobierno por la vía constitucional y pacífica. La más grave de estas patrañas fue la intervención grosera del entonces Presidente de la República, Vicente Fox, para impedir, a toda costa, que AMLO, el candidato más fuerte de la oposición, ejerciera su derecho constitucional a ser electo. Fox, ciertamente, no decidió sobre quién lo sucediera, pero sí hizo todo lo posible para decidir quién no debiera ser Presidente. En ese sentido, Fox Quesada contribuyó de manera determinante a un pernicioso proceso de regresión antidemocrático que tiene ahora peligrosas manifestaciones.
La más grave es la que algunos analistas políticos han optado por llamar la “feudalización del poder” y que básicamente consiste en que el poder casi omnímodo que acumulaba el Presidente de la República ahora se ejerce de la misma manera (prepotente, abusiva y despóticamente) por buena parte de los gobernadores.
Muchos de ellos controlan, casi en forma absoluta, a la mayoría de los medios de comunicación estatales, mantienen sometidos a los congresos locales y a los tribunales superiores de justicia, ejercen los presupuestos y demás recursos públicos sin control alguno, intervienen groseramente en la composición y en las decisiones de los institutos locales electorales; cooptan, amenazan o reprimen a no pocos de los líderes de los partidos de oposición y, para colmo, mantienen sujetos a su voluntad a muchas de las organizaciones civiles, empresariales y sindicales que existen en su respectiva entidad. Es decir, la mayoría de los gobernadores se comportan como verdaderos “señores feudales”, como caciques que convierten a cada una de “sus” entidades en una nueva “Comala” y cada uno de ellos (varios, la mayoría) se transforma en un nuevo Pedro Páramo.
Este fenómeno de “la feudalización del poder” es hijo directo del foxismo —y del panismo que irresponsablemente contribuyó— y se convierte en el principal obstáculo para retomar el camino de la transición.
Estos nuevos “Pedro Páramo” se jactan de su dominio absoluto, presumen de destruir y de aplastar a la oposición política, de controlar y anular cualquier manifestación de inconformidad y lanzan a vuelo las campanas (la jerarquía eclesiástica también colabora) cuando “arrasan” y hacen reaparecer, como en los viejos tiempos, el tristemente célebre “carro completo”.
Es cierto que la oposición, lo digo por lo que al PRD corresponde, hemos cometido serios errores: desatención a los estados, olvido de los dirigentes locales, divisiones y conflictos internos, soslayo a las manifestaciones de corrupción, sobre todo el hecho de que no hemos logrado presentarnos como alternativa nueva y viable ante los ciudadanos. Pero sin menospreciar esto, poco se puede hacer frente a personajes que, como el de Rulfo, hacen y deshacen sin control alguno (ahora ni siquiera el de la Presidencia), disponen autoritaria y despóticamente sobre la vida social y política de su territorio, de “su Comala”.
El viejo régimen que había fallecido en 2000, recorre, y no precisamente como fantasma, al México del nuevo siglo.
ortegamartinezjesus@hotmail.com










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