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País de señores

Escrito por Jesús Orozco Castellanos | 10 de Noviembre de 2008 | Categorias: Desde la Ventana | Tiempo de Lectura: 6m 33s | Leido 44 veces.

Estoy releyendo la extensa autobiografía de José Vasconcelos. Hay coincidencia generalizada en el sentido de que se trata de un referente obligado para entender el siglo XX mexicano. No tengo la menor duda. Como sabemos, Vasconcelos nace en 1882 y muere en 1959. Le tocó vivir varios de los procesos cruciales de la historia de México: el Porfiriato, el Maderismo, la fase armada de la Revolución, el carrancismo, el liderazgo de los sonorenses, el cardenismo y la consolidación del presidencialismo en la era civil. Además, fue un actor protagónico: asesor personal de Madero, representante de Carranza en Estados Unidos, rector de la Universidad Nacional, primer secretario de Educación Pública y candidato presidencial en 1929. Su producción filosófica y literaria es abrumadora. Creo que Vasconcelos y Octavio Paz fueron las dos principales figuras intelectuales de México en el siglo XX.
Vasconcelos y Octavio Paz coinciden en algo que me parece de gran importancia para comprender la historia de nuestro país: la época de mayor florecimiento de México en todos los órdenes fue la colonia. El testimonio palpable lo tenemos en el enorme patrimonio histórico y cultural que está a la vista. Nuestra arquitectura colonial, civil y religiosa, es una joya de América y forma parte del acervo universal. Jamás hemos superado ese nivel. Uno puede ver la vieja ciudad novohispana de San Miguel Allende. Allí sigue con todo el esplendor del siglo XVIII. Todo lo que se ha construido después en los siglos XIX y XX no le agrega nada en términos de belleza arquitectónica; en algunos casos la demerita, por decirlo con suavidad. Cuando mucho, se ha mejorado la infraestructura urbana, como ocurre con todas nuestras ciudades coloniales, nueve de las cuales son consideradas patrimonio histórico y cultural de la humanidad por la UNESCO. En América sigue Perú con dos.
Vasconcelos dice con profundo orgullo que en México tuvimos imprentas, libros, universidades, museos, teatros y orquestas, antes que Boston, Filadelfia o Nueva York. En la Nueva España nacieron Juan Ruiz de Alarcón, Sor Juana Inés de la Cruz, Miguel Cabrera, Francisco Javier Alegre, Rafael Landívar y Francisco Javier Clavijero, por citar sólo algunos entre los más eminentes pensadores, pintores y literatos. Fuimos la metrópoli de la colonización española en América. Al momento de producirse la independencia de las 13 colonias en Norteamérica, la riqueza material de México era muy superior a la de la naciente República, como lo pudo atestiguar años después el barón de Humboldt. Los jesuitas desterrados por Carlos III a finales del siglo XVIII hablaban ya de su patria con admiración y respeto, con el orgullo a flor de piel.
Cito de memoria un párrafo del prefacio de la obra “Rusticatio Mexicana” del poeta Rafael Landívar, escrita en latín: “Rusticatio Mexicana huic carmini prefixi titulum, tum quod fere omnia in eo congesta ad agros mexicanos pertinent, tum quod de Mexici nomine et totam Novam Hispaniam, vulgo in Europa apellari sentiam”. Una traducción libre sería: “Le puse por título a este poema ‘Por los campos de México’ porque casi todas las cosas en él contenidas pertenecen a los campos mexicanos, así como para sentir que el nombre de México y el de toda la Nueva España sea reconocido por toda la gente en Europa”. La calidad poética de la obra es estremecedora, lo mismo que el profundo sentido de orgullosa mexicanidad que en ella se respira.
Tal vez por todo lo anterior dice Vasconcelos en el tercer tomo de su autobiografía (”El Desastre”), refiriéndose a la época colonial: “Cuando fuimos país de señores”. La insistencia en referirse a este “pasado glorioso” va acompañada de esa profunda reflexión que no acabamos de asimilar: al producirse la independencia de España, sobrevino una tendencia casi natural a renegar de la raíz ibérica de nuestra raza. Con la Reforma se profundizó esta idea y se comenzó a tratar de encontrar en nuestro pasado indígena el origen de la verdadera grandeza de México. Esto se volvió mito y dogma con el triunfo de la Revolución. De pronto la colonia se convirtió en una época oscura y poco fecunda. Hasta la fecha resulta muy difícil contravenir ese mito para poner las cosas en su justa dimensión.
Para México el XIX fue un siglo perdido entre guerras intestinas y visiones encontradas con respecto a los orígenes y la fortaleza de nuestra identidad nacional. A medio camino perdimos más de la mitad de nuestro territorio a manos de un vecino que en sólo 70 años se había convertido en potencia, con resultados funestos para la soberanía de México. Incapaz de superar sus conflictos internos, el otrora “país de señores” sucumbió ante la fuerza y la soberbia de un poder imperial naciente. Con la Reforma se consolidó a duras penas el Estado nacional. Decía Reyes Heroles que tras la generación del dolor sobrevino la generación de la gloria. Habría que tomar con cuidado la frase. No olvidemos que para asegurarse el triunfo frente a los invasores franceses, los liberales estuvieron dispuestos a entregar a los norteamericanos la cintura del país: el paso a perpetuidad por el istmo de Tehuantepec mediante el Tratado McLane-Ocampo que por fortuna rechazó el Congreso de los Estados Unidos.
Fue hasta el siglo XX que logramos construir un país más o menos en forma. La devastación de la guerra civil arrasó con los escasos avances económicos del porfiriato. Fue necesario construir sobre ruinas. El primer intento de obra civilizadora por medio de la educación y la cultura se dio con Vasconcelos, en medio del militarismo, el asesinato y la brutalidad como métodos de lucha política. Y por si fuera poco, con los Estados Unidos como árbitro supremo de nuestros conflictos. Cómo olvidar que para conseguir el apoyo militar (en armamento) para sofocar la rebelión delahuertista, Obregón aceptó la firma de los Tratados de Bucareli, que constituyen una auténtica vergüenza en la historia nacional.
El general Calles inició la construcción del andamiaje institucional al tiempo que provocó una guerra civil innecesaria, terrible y devastadora que provocó una profunda división en la sociedad mexicana. Aún no la superamos y no es para menos. Según refiere Jean Meyer en la Apostilla de su libro “La Cristiada”, el ex presidente Miguel de la Madrid le encargó a un experto en historia militar de México que realizara un cálculo sobre el número de víctimas de la guerra cristera (de ambos bandos). La cifra es aterradora: 250 mil muertos.
Con el general Lázaro Cárdenas se inicia el camino de la dignidad nacional. La expropiación petrolera, por primera vez en la historia, envió una clara señal al mundo en el sentido de que México es un país independiente y soberano. Antes, Cárdenas le dio un golpe mortal al caudillismo con la expulsión de Calles del país en 1935. Al mismo tiempo, México tuvo la fortuna histórica de contar con Franklin D. Roosvelt en la Presidencia de Estados Unidos. Tanto Cárdenas como Manuel Avila Camacho supieron entender y aprovechar la coyuntura. Norteamérica necesitaba aliados en vísperas de incorporarse al frente de batalla de la Segunda Guerra Mundial. Terminada la contienda y en el contexto de la guerra fría, empezamos, mal que bien, a jugar a las vencidas con el gobierno norteamericano.
Al terminar el siglo XX logramos edificar un país de cien millones de habitantes, suficientes para no correr el riesgo de vernos convertidos en un Estado más de la Unión Americana. Finalmente fuimos capaces de desarrollar un perfil cultural propio en todos los campos del arte, en la música y la danza popular, en la gastronomía, en las artesanías, etc. Costó muchísimo trabajo y un sinnúmero de vidas. Cada que se habla de replantear nuestra relación con el mundo, particularmente con Estados Unidos, no está de más recordar que, en efecto, “fuimos país de señores”. Y no porque sea una frase grandilocuente sino porque tenemos un pasado que nos enorgullece y que debe proyectarnos al futuro.

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