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Mito y leyendas municipales

Escrito por Carlos Reyes Sahagún | 10 de Noviembre de 2008 | Categorias: Recuperando Aguascalientes | Tiempo de Lectura: 4m 18s | Leido 115 veces.

Para algunos la sola posibilidad de asistir resulta inadmisible; simplemente no se plantea. Otros se arrugan en la entrada y dan media vuelta para alejarse de ahí como de la peste, y todavía hay unos cuantos que ya estando adentro; a las primeras de cambio, se regresan por donde vinieron, en busca de la luz; aunque sea la artificial del alumbrado público.

Los demás, la mayoría, entran armándose de valor, amparados en el hecho de formar un grupo compacto; apretujado, y en las risas nerviosas que cuando menos en algo atarantan el silencio opresivo que reina ahí.

Pero invariablemente van dispuestos a experimentar el miedo y sentir la adrenalina recorrerles el cuerpo.

Se trata de la octava temporada del espectáculo Mitos y leyendas (¿acaso no son sinónimos?) patrocinado por el Ayuntamiento de Aguascalientes, que en 54 ocasiones presentó un grupo de 40 actores en los panteones de La Cruz y de Los Angeles, y que concluyó la noche de ayer.

Y sin embargo no son ni mitos ni leyendas, sino historias de sangre y muerte; seis historias que convocan nuestros miedos más profundos y primitivos, muy propicias para esta temporada de difuntos, levantones y ejecuciones en despoblado, con todo y tiro de gracia (¿por qué le decimos así a un hecho tan horrendo?).

Este año el espectáculo fue dirigido por el también actor José Concepción Macías Candelas, quien asumió el reto de incursionar en un ambiente que hasta ahora le fue desconocido. El montaje contó con la excelente iluminación de Alan Santacruz, el diseño de escenografía de Adrián Rodríguez, la sonorización de Felipe Martinez, un vestuario elaborado por gente de la UAA, y la participación de actores y trabajadores de los panteones.

Nueve veces Verónica, El ahorcado del Posada (que más bien debió llamarse La apuñalada del Posada), Ojos de gato, El vagón de la muerte, Muerte en la calle Palmira y Almas blancas son los nombres de estas narraciones, algunas de ellas afincadas en hechos de sangre ocurridos en Aguascalientes, unos ya olvidados, que fueron recreados para el teatro por Macías Candelas y dos dramaturgos que trabajan con él.

El director señala que se buscó contar historias, y contarlas bien; hacer un buen uso del espacio, disponiendo de una iluminación que antes no se tenía, y que contribuyó a generar una atmósfera muy propicia para recrear estos relatos en un ambiente íntimo, con una cercanía tal entre actores y espectadores, que casi se podía percibir el aliento de quienes contaban su desgracia y lastimoso penar; casi.

Los escenarios fueron tumbas, capillas y andadores de los panteones, debidamente sumergidos en la tenebrosa y mágica oscuridad nocturna.

Finalmente, sobre las historias habría que decir que en general son poco conocidas y no excesivamente remotas en el tiempo. En este sentido, se quiso ir más allá del lugar común de la leyenda del Cerro del Muerto, Juan Chávez, Posada y difuntos que los acompañan en este peregrinar sin fin, etc., cosa que se agradece en estos tiempos en que La catrina bien podría presentar una demanda por abuso.

Para integrarlas se realizó un trabajo de investigación, al que se sumó la tradición oral que los autores escucharon en casa, con un resultado que en mi opinión fue bastante satisfactorio.

El panteón; ese lugar de muerte y desolación, el miedo agazapado en cada tumba, por obra y gracia del teatro fue transformado en un emplazamiento escénico para representar algún aspecto de la historia de Aguascalientes.

Considerando estos aspectos, Macías Candelas buscó que el espectáculo tuviera una dimensión artística, generar lo que los teatristas llaman un hecho escénico, la convergencia de dramaturgia, escenografía, vestuario, iluminación y actuación, para que ocurra lo imposible y descabellado, y mientras el respetable escucha y ve, en el fondo de su mente martilla aquel refrán que proclama que como te ves me vi, como me ves te verás… Porque, ¿quién que sea humano podría negar la posibilidad de un destino análogo al de este migrante, que busca el sueño americano sólo para encontrarse con el sueño eterno; o aquel inquilino desalojado violentamente de su vivienda?

Las historias logran su objetivo porque están bien contadas, en un escenario idóneo, con la iluminación y el vestuario apropiados, pero también porque en alguna medida las sentimos cercanas; posibles.

Por otra parte se me ocurre que, además de lo planteado por el director, otra posibilidad es que la experiencia cumpla también con la función de familiarizarnos con ese lugar en el que la muerte reina sin oposición alguna, porque después de todo, y aunque no le guste, hay un panteón en su futuro. ¿O a poco usted piensa que no se va a morir?…

Un risueño José Concepción Macías Candelas, quizá con risa nerviosa, me comenta que hay quienes van dispuestos a ser asustados. ¿Para qué?, me pregunto, si con andar en algunas zonas de la ciudad a ciertas horas, o leer las noticias políticas y económicas de este diario o la sección policíaca es más que suficiente, y además es gratis. (Sus comentarios relacionados con esta columna puede dirigirlos a migrante@mexico.com).

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