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Martes negro

Escrito por Rodrigo Avalos Arizmendí | 9 de Noviembre de 2008 | Categorias: Diálogo Privado | Tiempo de Lectura: 5m 56s | Leido 86 veces.

Esa tarde, casi noche, del martes 4 de noviembre, yo no pensaba en otra cosa que plantarme frente al televisor para seguir las postreras incidencias de las elecciones presidenciales de Estados Unidos.
Usted estará de acuerdo conmigo en que todos -cualquiera más, cualquiera menos- los ciudadanos en edad adulta de este país, estábamos en ascuas por lo que en el vecino país del Norte estaba por ocurrir.
Había terminado mis compromisos de ese día Y me había propuesto darle seguimiento al proceso a través de CNN en español.
De pronto, un vocerío altisonante y unas imágenes dantescas, en la pantalla, llamaron mi atención.
-¿Qué pasó ahí? ¿Un accidente? -pregunté. -Yo creo que sí. Dicen que se estrelló un avión en México.
En ese preciso instante la familiar imagen de José Cárdenas apareció en cuadro.
“Quiero ser muy reiterativo: sólo estoy comentando lo que reportan funcionarios de San Luis Potosí y del Distrito Federal. No está confirmado que en el vuelo viajaba Juan Camilo Mouriño”, decía.
Y entonces la historia de ese día cambió por completo para mí. Y para muchos más.
José Cárdenas se mostró como lo que es: un profesional de la comunicación. Fuerte en la locución, de voz profunda, serio el rostro, de acuerdo a las circunstancias. Ganaba momentos valiosos informativamente, pero no caía en el amarillismo ni en el vedetismo personal. Sólo informaba.
Minutos después, cambié de canal. Caí en el 4 de Televisa. Y ahí estaban las imágenes frescas, en vivo.
Las imágenes no cesaban: desde el aire y desde tierra, mostraban las grandes lenguas de fuego, los autos calcinados, el ir y venir de los soldados y de elementos federales y de la Policía del Distrito Federal.
Y hay que decirlo: los mejores “reporteros” que Televisa tuvo esa noche no están en la nómina de la empresa. Pero lo hicieron mucho mejor que los reporteros que cubrían el área del siniestro.
Eran Luis Téllez, secretario de Comunicaciones y Transportes, y Marcelo Ebrard, jefe de Gobierno del Distrito Federal. Y uno y otro, por obra y gracia de la terrible tragedia, estuvieron al aire, en horario Triple A, durante varias horas. Su información fue objetiva, muy aproximada en esos momentos a la realidad.
En esas horas entre los primeros reportes y el momento en que se confirmaba la muerte de Juan Camilo Mouriño, José Luis Santiago Vasconcelos y otros funcionaros.
El miércoles por la mañana el comunicador de Telefórmula, Eduardo Ruiz Healy, hizo su mejor esfuerzo por aparecer -y parecer- como un verdadero patán.
No hubo en él una pringa de compasión, ya no se diga sensibilidad.
Crítico contumaz de Mouriño en vida, aclaró que no acostumbra hablar bonito de alguien a quien en vida critica, cuando muere. E insistió, en momentos en que seguramente la joven viuda y los menores hijos del secretario de Gobernación se debatían en el más profundo de los pesares, en que el funcionario muerto había sido ineficaz y que posiblemente Calderón estaba por sacarlo del cargo.
Iba a decir que fue una grosería pero la definición sería demasiado magnánima para Ruiz Healy. Lo que hizo fue una vergüenza para la profesión periodística.
No venía al caso decir lo que dijo. Tampoco se trataba de que hablase bonito del fallecido funcionario. Bastaba con no tocar, en estos momentos, el tema de su desempeño como secretario de Gobernación.
La conclusión sobre la actuación de los comunicadores en torno al avionazo del martes, tendría que dividirse entre claroscuros. Es decir, que fue de luz y sombras.
Jacobo Zabludosky estuvo bien, austero y profesional. Aristegui, Carmen, impecable y talentosa. Pedro Ferriz, a quien vi y escuché un buen rato, muy conocedor de la trayectoria de los funcionarios muertos en el accidente. Desgraciadamente, de todo hay en la viña del Señor. Para bien y para mal.
Ahora bien: ¿por qué causó tal impacto -políticamente hablando- la muerte de Juan Camilo Mouriño?
Esta pregunta se la formulaban algunos participantes de un panel televisivo. Sus respuestas, más que tales, parecían interrogantes.
Según veo yo las cosas, varios son los factores de que su muerte trágica haya calado tan hondo entre la clase política, más allá de la espectacularidad del accidente y lo estremecedor de las imágenes por televisión.
A saber: primero, por su juventud y carisma. Segundo, por su amistad entrañable con el Presidente de la República. Y tercero, porque sin duda nunca dejó de ser un presidenciable, aun cuando en las últimas semanas se rumoraba de su inminente salida para ser candidato a gobernador de Campeche.
He mencionado tres hipotéticos factores porque quise dejar para un comentario aparte aquello de lo que muy poco se ha hablado:
No se les puede escapar a quienes conocen de esto, que había una campaña al interior del Gobierno calderonista, para descalificar a Mouriño y sacarlo del Gabinete.
De esto, muy pronto se escribirá y se hablará profusamente. Por otra parte, hasta donde sé, no es el único secretario de Gobernación que muere estando en funciones.
De hecho, hay un antecedente lejano, muy lejano: el 12 de febrero de 1948, murió trágicamente el secretario de Gobernación, Héctor Pérez Martínez. Era el sexenio de Miguel Alemán Valdés.
Igual que ahora Mouriño, no cumplía ni dos años en el cargo.
He buscado en los archivos algún otro caso de un secretario de Gobernación muerto trágicamente mientras desempeñaba el puesto. No encontré nada.
Como es costumbre en estos casos, agencias informativas y comunicadores han sacado del archivo tragedias en las que han muerto políticos y funcionarios. Casi todas, en accidentes aéreos.
Sin duda por la premura del caso, no pudieron ser muy acuciosos. Por ahí leí sobre el avionazo en que murió el tabasqueño Carlos Madrazo, en 1969.
Mucho se rumoró entonces de que no había sido un accidente sino un atentado. Madrazo se preparaba para fundar un partido político. En aquel accidente murió también una gloria nacional del tenis: Rafael “El Pelón” Osuna.
Más recientemente, el joven gobernador de Colima, Gustavo Alberto Vázquez Montes murió al desplomarse el jet en que viajaba de Toluca a Colima acompañado de otros seis funcionarios.
Naturalmente, se ha citado el accidente aéreo (en un helicóptero) en que pereció el secretario de Seguridad Pública Federal con Vicente Fox, Ramón Martín Huerta.
Pero ha habido otros trágicos siniestros aéreos. En 1971, el helicóptero en que viajaba el gobernador de Guerrero, Caritino Maldonado, se estrelló en un paraje de la sierra.
El profesor Maldonado había sido delegado del PRI en Sonora, si no recuerdo mal.
Algunos todavía se acordarán de aquella terrible tragedia en la que murieron varios funcionarios federales y estatales cuando el helicóptero en que sobrevolaban la sierra oaxaqueña se desplomó.
Era gobernador Heladio Ramírez López y en el accidente murió su secretario particular Mario Álvarez, esposo de la antorchista de los Juegos Olímpicos de 1968, Enriqueta Basilio.
Para finalizar este comentario, imposible no recordar que Juan Camilo Mouriño fue compañero en la Cámara de Diputados de varios aguascalentenses: Roque Rodríguez, Fernando Herrera, José Luis Novales, Augusto Gómez Villanueva y Lorena Martínez entre otros. En fin

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