La Guerra del Opio. Y en Los Inicios del Imperio
Escrito por Alejandro Mora Gallardo | 8 de Noviembre de 2008 | Categorias: De terrorismos a terrorismos | Tiempo de Lectura: 23m 5s | Leido 172 veces.
De Terrorismos a Terrorismos 17
EXCUSAS IMPERIALES
La Guerra del Opio. Y en Los Inicios del Imperio
“Que la bandera tenga ahora ‘las rayas blancas pintadas de negro y que las estrellas sean substituidas por cráneos y tibias’.
Mark Twain
En la primera parte del siglo XIX los colonialistas ingleses hacían excelentes negocios en China traficando con opio, un enervante que introducían de contrabando, sobornando a gobernadores y funcionarios locales lograban ganancias de proporciones coloniales, (cuatro, cinco, seis cifras de ganancias porcentuales netas), a la vez de que embaucaban al pueblo chino, práctica que favorecía su embrutecimiento para ubicarlos como pueblos colonizados. Empero, el emperador Tao-Kuang ordenó suprimir el oprobioso comercio de droga así como de otro tipo que efectuaran los ingleses, lo que dio al traste con tan rentable negocio. La respuesta inglesa no se hizo esperar, bloquearon y bombardearon los principales puertos de China hasta que no le quedó más remedio al Emperador que firmar un acuerdo conocido como el tratado de Nakin. Como parte derrotada tuvo que hacer dolorosas concesiones: ceder Honk-Kong a perpetuidad a los ingleses, así como conceder la apertura y el establecimiento de mercaderes ingleses en los principales puertos chinos; y para colmo, se incluía un pago por indemnización de 21 millones de libras. Todo ello sin que el tráfico del opio fuese regulado; en el ‘tratado de paz’, la importación siguió prohibida y el contrabando siguió efectuándose mientras las ganancias eran acaparadas con mayor facilidad por los traficantes occidentales, auténticos invasores imperialistas. Buen negocio colonialista que repercutía en propiciar no pocas fortunas en Occidente. (Tanto en Inglaterra como en Nueva Inglaterra). Buen ejemplo de ganancia capitalista por medio de una intervención colonialista empleando las peores argucias de manera inescrupulosa, sin tener en consideración los efectos perniciosos que el tráfico de opio significaba para el pueblo chino.
El tratado por su condición oprobiosa estaba destinado a ser suprimido, el gobierno chino, por obvias razones, hizo todo lo posible por evitar que tan abusivo ‘acuerdo’, realizado con la perfidia típica de los intereses colonialistas europeos, perdurase. Lo que condujo a que los ingleses efectuaran otras intervenciones militares para hacer efectiva su penetración en una cultura milenaria que durante siglos aventajó a los europeos en instrumental técnico.
De manera significativa, la segunda etapa de esta guerra colonialista tuvo por motivo, o excusa para ser iniciada, el que los chinos hayan capturado la lancha arrow, una embarcación inglesa en la que viajaba un pirata… (Como si no fueran en el fondo eso los invasores europeos)…; buen pretexto, la excusa que los británicos requerían para recomenzar una guerra de presión en contra del caduco Imperio Chino. Y caduco porque no podía rivalizar ni competir en ese entonces con el poderío europeo. En este caso la alianza anglo-francesa se produjo para que las dos grandes potencias coloniales europeas a sangre y fuego lograsen la penetración en el corazón del Lejano Oriente. (La excusa para que los franceses se entrometieran en China fue la muerte de un misionero). Haciéndose notable cómo los ejércitos chinos resultaban impotentes para detener a los invasores del lejano occidente; la armada anglo-gala pudo conquistar el fuerte estratégico de Ta-ku y marchar para tomar y saquear e incendiar a Pekín, propiciando que la corte imperial huyese hacia Yehol. Corría el año de 1860. Aceptando por segunda vez la derrota, al gobierno imperial chino no le quedó más remedio que volver a concertar un tratado desventajoso, entonces designado como el tratado de Tiensin.
Ejemplar caso de intervención que muestra los propósitos característicos del colonialismo en práctica, pujando por abrir el mercado chino y conectarlo a Europa para colocar sus excedentes industriales, lo que se podría sintetizar en la apertura a sus productos y la extracción de las materias primas que requiriesen, logrando que se aceptase la intromisión de los agentes ingleses y su obtención de territorio y propiedades chinas. La referencia de las cláusulas del tratado de Tiensin revelan de por sí las intenciones en juego: 1) La apertura de nueve plazas comerciales además de las ya dominadas. 2) Concesión de Chi-Kung, ubicado enfrente de Hong-Kong. 3) Admisión de un ministro inglés en Pekín. 4) Libre navegación por el Yang-Tse. 5) Libre movilidad para los súbditos británicos con pasaporte en toda China. 6) Autorización para que adquiriesen propiedad privada en territorio chino. 7) Jurisdicción consular de Inglaterra en China.
Libre ejercicio de la cristianización misionera. 9) Revisión del arancel aduanero. 10) Legalización del comercio de opio. 11) Indemnización de guerra concerniente en ocho millones de taels pagados a Inglaterra y Francia.(1) Las tarifas a la importación del opio irían variando. Pero con el tratado se legalizaba el lucrativo negocio de los narcotraficantes occidentales. Años después las otras potencias occidentales conseguirían tratados semejantes. Ergo, los emperadores chinos subsiguientes harían lo posible por modernizar y hacer competitiva a su Nación, adoptando los sistemas administrativos y militares europeos, pero a diferencia de Japón, su ascenso hacia la modernización industrial sería mucho más lenta y complicada.
Producción, administración intervencionista, comercio-transporte, dominio total de los mares, superioridad militar, la fuerza centrífuga de las potencias occidentales se dispara y consolida durante el siglo XIX cristalizando la etapa madura del imperialismo moderno. Pero he aquí que se haga indispensable el rol que juega el tráfico de opio inescrupulosamente efectuado por los anglosajones como una arma lacerante que les sirvió para crear un conflicto, además de un serio problema de salud pública, merced al cual desestabilizó al gobierno y logró un pretexto para invadir a China; y una vez obtenida la victoria, arrancarle enclaves geoestratégicos forzándolos a la apertura de su mercado interno, para inundarlo con los ya para entonces codiciados artículos europeos, propios de una tecnología superior que requería de ser reproducida y realizada más allá de su lugar de origen, aceptando el traslado del capital matriz protegido por patentes y/o por la capacidad exclusiva de procrear máquinas portentosas ajenas por completo al desarrollo de las sociedades no occidentales, como era el caso de los ferrocarriles.
La Guerra del Opio pasa a ser un caso primario y conspicuo de intromisión imperialista manejando enervantes para obtener una ventaja intervencionista. El contrabando masivo de opio propició el consumo exacerbado de un psicotrópico generando una demanda generalizada en el pueblo chino. Insuflando un mal social del que se beneficiaron tanto los narcotraficantes como las grandes empresas capitalistas.
Con el correr del siglo XIX los Estados Unidos van incorporándose a las potencias occidentales en calidad de ser su principal heredero fuera de Europa. Su producción agrícola e industrial dada su extensión territorial y la incorporación de inmigrantes apuntaba a situarla como una potencia mundial tan solo por los recursos naturales con que contaba, avizorándose un futuro de grandeza proporcional a su potencial territorial y a su capital humano. Como por oleadas incesantes fueron arribando los inmigrantes incrementando la población y proporcionando mano de obra de todo tipo, lo que acontecía al unísono de que se iba relevando a los pioneros que viajaban a colonizar, etapa tras etapa, las distintas fronteras de un Far West prolongado hacia el Sur y hacia el Pacífico.
El comercio y la industria concentrada en el noreste fincaron el desarrollo estadounidense. Una clase mercantil, próspera y ambiciosa, conectada a Europa para ser capaz de incorporar los avances de la industria, marchando a la par del desarrollo inglés, generando su condición competitiva: “La más diversa información científica, mecánica e institucional cruzaba rápidamente el Atlántico, siendo a menudo modificada y perfeccionada al ser utilizada en América”. (2) En ello radica la clave en la configuración de la potencia de América, marchar a la par del desarrollo europeo, pero con un potencial nacional mucho mayor que el de cualquier metrópoli del Viejo Continente. Tan solo Gran Bretaña, por sus dominios coloniales, podía ser una potencia industrial superior, partiendo de ser la patria originaria de la Revolución Industrial, procreando la sociedad propiamente capitalista, con su fuerza productiva, su capacidad tecno-industrial, su hegemonía militar, su agresividad imperialista; causa y efecto en el proceso histórico del desarrollo moderno hasta llegar a ser el imperio preponderante en el siglo XIX, imponiendo su dominio en los siete mares, aventajando a Francia y Alemania, las otras dos naciones europeas capaces de seguirle el paso como países capitalistas avanzados. (Precisando que la unidad alemana se fragua entre 1866-1871, y como tal es un Estado-Nación tardío en el conglomerado europeo, pero cuya consecución le garantiza el convertirse en una potencia).
Lo importante del caso es que los Estados Unidos no se quedaron atrás. La sociedad moderna por antonomasia se vendría construyendo en su territorio al irse edificando sus principales ciudades desde fines del siglo XVIII. En los Estados Unidos se alcanza el apogeo de la Edad de Hierro…, perfeccionado como acero: The Age of Steel. La producción de hierro y acero fue fundamental para construir un país propiamente moderno. Símbolo del progreso, el hierro y el acero procesado en fundiciones que incorporaban las mejoras europeas y las perfeccionaban, alcanzó una producción de dimensiones colosales: en 1860 produjeron menos de 1 millón de toneladas, 70 años más tarde casi 36 millones, poniéndose a la cabeza del mundo.(3) En lo que observamos cómo la combinación de tenencia de recursos naturales más la generación de nueva tecnología le dieron a los EUA el predominio mundial. Por lo que no se trata de un crecimiento meramente cuantitativo, producto simplemente del aprovechamiento de tan vastos recursos, sino de una economía productiva auténticamente moderna. La industrialización crecía más rápido que la población, puesto que la elaboración de la ciencia y la tecnología fue una actividad preferente en el Noreste. La inventiva desarrollada por los técnicos y obreros estadounidenses era prueba palpable de la actitud emprendedora que caracterizaba al ciudadano usamericano. Independencia y recursos, estímulos monetarios, el apogeo del liberalismo cual producción científica tecnológica elaborada por individuos ingeniosos obrando con libertad para acrecentar la producción y el confort. A tal escala que si se puede hablar de ‘una edad de los inventos’,(4) en realidad, ésta se inicia a finales del siglo XVIII y aún no conoce su final. Aprovechando su auténtica independencia pronto generaron condiciones para inventar maquinaria original, primero de manera individual, posteriormente, terminando el siglo XIX, lo hicieron con equipos de investigación patrocinados por las grandes empresas.(5)
Recursos humanos y naturales sin igual, como potencial cuantitativo, aunados a la inteligencia y capacidad productiva, potencial cualitativo, cristalizando en el Producto Nacional Bruto, que a su vez propicia una producción per capita por encima de la de los europeos.
La fórmula del éxito usamericana salta a la vista: Una auténtica independencia del dominio europeo, con un gobierno liberal nacionalista y potencialmente imperialista desde sus orígenes, condición sine qua non para su auténtico auto-desarrollo, su auténtica independencia de las metrópolis coloniales. Sus vastos recursos naturales, tierras cultivables, corrientes hidráulicas, bosques maderables, minas de muy diversos metales, hidrocarburos; su industria textil, de la construcción, maderera, los astilleros, las fábricas de armas, de ferrocarriles, sus primeros buques de vapor. Para 1830, todo ello hacía de los EUA la cuarta potencia del mundo, para cuando apenas si empezaba en realidad su desarrollo material. Comparándola con el resto de naciones de América y del resto del mundo ya era la superpotencia en cierne.
No sería muy aparatosa la flota de cuatro buques que anclara en la bahía de Edo (hoy Tokio) en Japón a mediados de julio de 1853, dos de estos buques eran de vela y dos de vapor. No parecía la gran flota para hacerse temer por los japoneses, pero si era suficiente para cumplir con la misión que el presidente Millard Fillmor le había encargado al comodoro Mateo C. Perry: abrir el Japón al comercio norteamericano. Ya con antelación el comodoro Perry había realizado ‘visitas de cortesía’ a islas cercanas dando demostración de su poderío naval y militar al desembarcar marines, lo que le redituó, en el caso específico de Okinawa, la concesión del carbón para alimentar las calderas de sus vapores transoceánicos.
La misión del comodoro Perry era un ultimátum: abran sus puertos a nuestro comercio, tienen el plazo de un año para decidirlo, de lo contrario se las tendrían que ver con una flota de mayor envergadura. Partiendo de algún puerto americano ubicado en el Pacífico, California u Oregón, en menos de tres semanas la flota americana podía arribar a Japón. El poderío industrial-comercial-militar norteamericano era suficiente para obligar a los japoneses a abrirles las puertas a los americanos. Si los ingleses eran capaces de penetrar en China por los Mares del Sur, los norteamericanos lo eran de hacerlo atravesando el inmenso Océano Pacífico, mostrándose a la par de los británicos.
Los japoneses sopesaron la situación, no les quedaba de otra, la ventaja industrial-militar de los norteamericanos los obligaba a la apertura; tomando la decisión correcta se abrieron al comercio occidental, pero conscientes de que habrían de aprender la técnica para poder a futuro equipararse a ellos y así competir y mantener su independencia, de lo contrario seriamente amenazada. Cuarenta años después Japón sería la potencia asiática que competía con los europeos por el predominio en el Pacífico. En 1905 la armada japonesa derrotaba a su homologa rusa, por primera vez una armada europea era derrotada en una batalla naval por un país no occidental. El destino manifiesto aplicado en el Oriente creó el discípulo aventajado asiático.
En los inicios del Imperio
1890, Wounded Knee (Dakota del Sur), soldados del ejército de los EUA masacran un campamento de aborígenes, asesinando a 300 hombres, mujeres y niños. Con esta matanza los angloamericanos dieron término a la colonización interna, abriendo la puerta para pasar a la colonización externa. En la última década del siglo XIX los Estados Unidos de América inician su intervencionismo externo de manera intensiva, justo cuando su balanza comercial con el exterior se incrementa de manera portentosa: “El volumen de comercio exterior de los Estados Unidos en 1865 había sido de 404 millones de dólares; en 1890 la cifra era de 1 635 millones”. El factor exportación de petróleo por la Compañía Standar Oil de los Rockefeller, incrementándose desde la década de 1860, resulta ser otro elemento de empuje para el expansionismo usamericano. En ese entonces controlaba el 70% del mercado mundial exportando preferentemente queroseno. “En 1880, la marina de los Estados Unidos ocupaba el doceavo lugar en el mundo; para 1900, con 17 acorazados y 6 cruceros armados, ocupaba el tercer lugar”.(6) Indicadores que revelan que a la sazón USA está lista para competir con las potencias europeas por el predominio colonial. Teniendo el poderío naval para dominar en sus mares inmediatos, lo que antes les era imposible ante la supremacía de la armada británica.
Desde las últimas décadas del siglo XIX los grandes empresarios no tenían un partido favorito, invertían en los candidatos triunfadores. Así, Mark Hanna, el último magnate perteneciente a la dinastía de Ohio, patrocinó el ascenso a la presidencia de William McKiney, viniendo a ser el candidato de los industriales y grandes comerciantes; como republicano derrotó al demócrata William Brayan de tendencia popular agraria. El Presidente MacKiney aparecía como ‘su hombre apropiado’ para iniciar la expansión imperialista; los objetivos eran claros: penetrar en los mercados extranjeros, por la buena o por la mala.
Hacia 1893 comenzó en los Estados Unidos una marcada depresión que propició desempleo, bajos salarios, carestía e inconformidad social. Era la señal que cabalmente interpretada lanzaba a los capitalistas a la expansión. En el fondo se trataba de una crisis de sobreproducción, característica del sistema capitalista ya en ese entonces científicamente detectada. Bien diagnosticada por un senador de Indiana: “Las industrias americanas están fabricando más de lo que el pueblo americano puede utilizar; las tierras americanas están produciendo más de lo que pueden consumir”. La solución al problema la conocía el en ese entonces futuro presidente McKiney: “Necesitamos un mercado extranjero para nuestros excedentes”. Si bien era cierto que “en 1898 el 90% de los productos norteamericanos se vendían en el país, el 10% que se vendía en el extranjero ascendía a mil millones de dólares. En 1885, una publicación de la industria siderúrgica, Age of Steel, escribió que los mercados internos eran insuficientes, y que la superproducción de productos industriales ‘debería remediarse y evitarse en el futuro, mediante un mayor comercio con el extranjero’”. (7) Por consiguiente, era la hora de que el Destino Manifiesto y la Doctrina Monroe se activaran junto con el Panamericanismo intensificando la ideología y la diplomacia intervencionista, la que desembozada era vil propaganda imperialista.
Acorde con las teorías de la guerra clásicas, se sabía que el efecto producido por una guerra de intervención en el extranjero provocaba la cohesión y desviaba el malestar interno desahogándolo en el otro, el enemigo externo –haciendo invisible al interno-, catarsis que consigue la cohesión nacional. La experiencia política internacional así lo indicaba, así solía actuar el nacional-imperialismo, ahora propulsado con mayor intensidad por la dinámica colonialista del capital.
En realidad el primer impulso imperialista made in Usa se había producido desde la invasión a México, consiguiendo la anexión de Texas, Nuevo México, California. Representando la extensión territorial total que los EUA procuraron conseguir de este a oeste y de norte a sur, a resultas de una productividad industrial que aventajaba en mucho la de los Estados Unidos Mexicanos. El león americano sentía esos territorios contiguos como propios para extender sus cotos de caza, incorporando a unos cuantos corderos habidos en tan extensos territorios semiocupados.
Más el impulso de esta primera oleada imperialista usamericana era capaz de ir más allá de Norteamérica, tocando otros territorios que estaban en la mira de su expansión; hasta la década de los años 50, Argentina, Nicaragua, Japón, Uruguay y China (Shangai) e incluso Angola, presenciaron el desembarco de marines en misiones de protección de intereses norteamericanos. Por supuesto que este primer impulso se detiene con la Guerra Civil en los años 60, para reaparecer como una segunda oleada en la década de los 90.
Si el presidente McKinley expresaba “que no podía pensarse en una anexión por la fuerza (de Cuba). Esto, según nuestro código de moralidad, sería una agresión criminal”. Por designios del Destino Manifiesto era preciso apoderarse del Archipiélago Filipino. El ‘partido de la guerra’ buscaría la manera propicia de lograr una intervención militar y la consecución de los recursos geoeconómicos procurados tanto en el Caribe como en Centroamérica y en el Pacífico. Con la expulsión de los hispanos de Cuba y la anexión de Puerto Rico, el dominio en el Caribe estaba asegurado; la conquista de las Filipinas, aunada a la anexión de Hawai, las pequeñas islas de Midway y de Wake, junto con Samoa y una parte de Guam, iba en camino de convertir al Océano Pacífico en un lago norteamericano, de allí la imperiosa necesidad de crear una vía férrea o abrir un canal en Centroamérica, primeramente proyectado para Nicaragua, posteriormente para el Darién.
El caso de la intervención en las Filipinas fue el más problemático. Las instituciones de gobierno usamericano habrían de ocuparse del asunto. Presentándose una oposición interna al imperialismo en diversos sectores sociales, así como en el congreso algunos legisladores, argumentando consignas auténticamente libertarias emanadas de la Constitución Estadounidense, se oponían a la anexión; mientras otros calculaban con razón pragmática en función del costo beneficio y concluían que la anexión de Filipinas no resultaba redituable. Otra facción política consideraba que con estas acciones imperialistas se denigraba la autenticidad de la democracia estadounidense. Otros más se oponían a la anexión de territorios y etnias por prejuicios racistas, por lo que solicitaban no inmiscuirse con etnias oscuras y no puritanas; ya tenían demasiados negros al interior de los Estados Unidos como para permitir relacionarse con otros similares. Pero el impedimento anticolonialista de mayor peso procedía de la propia Constitución estadounidense, la que no permitía la adquisición de posesiones extraterritoriales ni el gobierno de pueblos ajenos sin mediar alguna enmienda. No obstante lo cual el ‘partido de la guerra’, los imperialistas liderados por John Lodge, terminaría por imponerse, logrando que los legisladores finalmente aprobaran la anexión el 6 de febrero de 1899, con la mayoría de dos tercios. En lo que Lodge describió como “la lucha más dura que yo haya presenciado”. A manera de compensación se le otorgaban a España 20 millones de dólares por acceder a entregarles las Filipinas.
Pero el dominio de las barras y las estrellas se complicó en Filipinas, puesto que a los ya ‘civilizados y catolizados’ filipinos, a la manera española, no les pareció que estos otros ‘cristianos’ los quisieran regenerar y purificar de la perversión hispano-católica. El conflicto estalló por lo que hubo necesidad de volverlos a civilizar (neocolonizar) a sangre y fuego. Una vez más la verdadera religión y la cultura superior pasó a bendecirlos y favorecerlos: “El coronel Frederick Funston se jactó de que podía ‘maltratar a estos asiáticos cabezas de proyectil hasta que pidan piedad a gritos’, para que ‘no estorben el paso del carro del progreso y la decencia anglosajones”.(9)
Un auténtico imperialismo existía entre diversos personajes principales de la política, o intelectuales, hombres de negocios, periodistas etc., etc. Pudiendo ser demócratas o republicanos, las posiciones en lo referente al imperialismo se confundían, se ocultaban los verdaderos intereses… Mientras que el bando contrario estaba compuesto por intelectuales y trabajadores -e incluso clérigos- que se unían para protestas en contra de la invasión a Filipinas. Enarbolando la bandera del antiimperialismo.
La invasión a las Filipinas requirió de un prolongado esfuerzo por parte de la stratocracia usamericana, tuvieron que utilizar un número de contingentes superior al empleado en las Islas del Caribe, pues la resistencia de los filipinos fue valiente y patriota. La derrota de las débiles fuerzas militares hispanas por mar fue pan comido; debido a la ventaja industrial-militar que los estadounidenses tenían sobre una España a la que la Revolución Industrial anglosajona la había relegado al nivel de un país colonizado y no colonizador, su debilidad militar no hacía sino reflejar el atraso industrial. La potencia marítima estadounidense fue suficiente para derrotar a las fuerzas españolas en Cuba, aun y cuando fueran mucho menores que las hispanas. Diez semanas de lucha bastaron para arrebatarle al otrora poderoso imperio en el que no se ponía el sol sus últimas islas y archipiélago soleados. En la Bahía de Manila la flota hispana fue fundida por la superior capacidad de fuego de la flota norteamericana a fines de abril de 1898. Pero las ‘hazañas’ colonialistas de USA estaban por venir versus la resistencia filipina. Emilio Aguinaldo era el nombre del jefe de los insurgentes filipinos que encontrándose exiliado en Honk-Kong fue llamado por los propios norteamericanos a Manila, quien como buen insurgente pretendió organizar una república independiente, la República de Visaya. El comandante en jefe de las fuerzas estadounidenses era el comodoro Dewey, gestor de la intervención total; pronto ambos se confrontaron. A los filipinos, que al igual que los cubanos ya estaban en camino de expulsar a los hispanos, no les debió parecer tolerable el cambio de nuevos amos advenidos con la ‘oportuna’ intervención anglosajona. Como alternativa propusieron su independencia bajo un protectorado norteamericano, pero fue rechazada la propuesta. Y es entonces que la excusa imperialista sale a relucir, la recolonización se hace necesaria por ‘la Gracia de Dios’.
Un supuesto dilema se le planteaba al presidente McKinley:(10) ¿Devolvérselas a España?, obvio qué no. ¿Concederles a los filipinos la autodeterminación? Imposible, eran incapaces de autogobernarse y quedarían a merced de las potencias europeas (o de Japón). Entonces, por la ‘gracia de Dios’ había que recolonizarlos y convencerlos de entrar en la verdadera civilización para su propio beneficio, los verdaderos intereses usamericanos no había por qué mencionarlos. Los historiadores recogen una versión atribuida al propio presidente McKinley, en la que cuenta que tras de largas noches en vela dijo verse iluminado por Dios Todopoderoso pudiendo resolver el ‘dilema’: “tomando a todos los filipinos para educarlos, civilizarlos y cristianizarlos”. Los precoces intereses usamericanos no había por qué mencionarlos.
Si se hablara con la verdad el discurso debió de haber sido: necesitamos sus islas como base de nuestra milicia y comercio en dirección al Extremo Oriente, es nuestra ruta natural hacia él. Y no vamos a permitir que alguna otra potencia de las que rondan por el Pacífico se apropie de las Filipinas. La competencia colonialista obliga a la intervención imperialista.
Ergo, maquínese la conspiración que sirva como excusa para intensificar la dominación total de las Filipinas. Ante la opinión pública el presidente McKiney anunció que la guerra se produce “cuando los insurgentes atacaron a las tropas norteamericanas. Pero, más tarde, soldados norteamericanos testificaron que Estados Unidos fue quien abrió fuego primero. Después de la guerra, un oficial del ejército que habló en el Faneuil Hall de Boston, dijo que su coronel le había ordenado provocar un conflicto con los insurgentes”. Las hazañas horrorosas de esta guerra son memorables, anticipos de la intervención en Corea y de la invasión a Indochina. “La Liga Antiimperialista publicó cartas de soldados de servicio en las Filipinas. Un capitán de Kansas escribió: ‘Se suponía que Caloocan tenía 17 000 habitantes. El Duodécimo de Kansas lo arrasó y ahora en Caloocan no hay ni un solo nativo”.(11)
En dos frases Charles Denby, ex-embajador de los EU en China y miembro de una comisión formada para analizar la anexión de las Filipinas, sintetiza el quid imperialista: Vamos en pos de los mercados más grandes que existen hoy en el mundo. Paralelamente con estos mercados irán nuestras benéficas instituciones y la humanidad nos bendecirá.(12) Todo sea por la inevitable expansión capitalista; pero los designios del mercado no substituyen a los designios divinos, se sincretizan en la nueva religión del dinero-mundo y el Destino Manifiesto, forma ideológica que acompaña al imperialismo yanqui hasta la fecha encubriendo los hechos crueles y sedando la conciencia de los actores imperialistas, ellos mismos, obrando como unos sujetos inconscientes en la trama de la ‘comedia diabólica’ en que se convierte la historia del capitalismo imperialista.
Noam Chomsky resume así esta intervención humanitaria: “Esta fue una de las guerras coloniales más asesinas de la historia. En ella cientos de miles de filipinos fueron masacrados. La prensa admitió que se trataba de una matanza generalizada, pero aconsejó que se siguiera matando ‘a los nativos a la manera inglesa’ hasta que ‘respeten nuestras armas’ y finalmente admitan buenas intenciones. También esta fue una supuesta intervención humanitaria.(13) O dicho sea por los historiadores estadounidenses: “Los Estados Unidos se encontraron haciendo en las Filipinas exactamente lo mismo que lo que habían condenado a los españoles en Cuba”.(14)
NOTAS
1.- F.E.A. Kraus. El Sistema de los Estados Mundiales. Historia del Mundo Espasa Calpe T. IX : 499.
2.- Paul Adams, comp. Los Estados Unidos de América. Historia Universal Siglo XXI vol. 30 : 110.
3.- Samuel Eliot Morrison, Henry Steele Commanger, William E. Leuchtenburg. Breve Historia de los Estados Unidos. FCE. 198 : 453.
4.- Vid. Breve Historia… Op.Cit. : 448-450.
5.- Adams. Op.Cit. Cap. 3.
6.- Breve Historia de los Estados Unidos : 587 y 594.
7.- Howard Zinn. La Otra Historia de los Estados Unidos. Siglo XXI. 1999 : 223 y 224. Incluye cita del senador Albert Beverdige.
8.- Breve Historia… Op.Cit. : 600.
9.- Ibid. : 601.
10.- Los historiadores recogen una supuesta versión atribuida al propio presidente McKiney en la que dijo verse iluminado por Dios Todopoderoso para ser capaz de resolver el dilema: tomando a todos los filipinos para educarlos, civilizarlos y cristianizarlos.
11.- H. Zinn. Op.Cit. : 233.
12.- En EUA 3; documentos de su historia III. Instituto Mora. 1988 : 340.
13.- Estados Canallas. Paidos. 2001 : 112.
14.- Breve Historia… Op.Cit. : 601.










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