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AMLO no esta hecho para el triunfo

Escrito por Jesús Orozco Castellanos | 3 de Noviembre de 2008 | Categorias: Desde la Ventana | Tiempo de Lectura: 6m 44s | Leido 39 veces.

El movimiento que encabeza López Obrador es algo que está en la opinión pública y, se quiera o no, forma parte del entorno político del país, de tal manera que abordar ese tema no es una obsesión periodística. Merece atención analítica en la medida en que incide en las decisiones que se ven obligados a tomar los diferentes actores políticos.
El diseño político del grupo de AMLO tras la derrota de julio del 2006, fue algo tan fácil de entender como difícil de operar. Se trataba de impulsar un conjunto de reformas mediante un doble mecanismo: la movilización en las calles y el trabajo parlamentario de los legisladores del Frente Amplio Progresista (FAP). Pero dada la condición minoritaria del FAP, en lugar de empujar reforma alguna se terminó por tratar de impedir las iniciativas provenientes del Ejecutivo federal. Fue el caso de la ley de pensiones del ISSSTE y de la iniciativa de reforma energética.
Además, los sectores más radicales del obradorismo vieron en la oposición a las iniciativas del gobierno, mediante la presión callejera, la posibilidad de conseguir en el camino la propia renuncia del Presidente Calderón. De no ser así, por lo menos se logra mantener vigente en el escenario político y mediático al ex candidato presidencial de cara al 2012.
El doble mecanismo al que me referí tuvo su aplicación puntual en el proceso de la iniciativa de reforma energética. Fue incluso ingenioso. Dentro y fuera del Congreso AMLO y sus partidarios forzaron la realización de un prolongado debate en el Senado. Después vino la farsa de la “consulta nacional”. Enseguida la formación de un grupo de “intelectuales y expertos” que hicieron una propuesta propia, la cual fue entregada al Senado para ser analizada. Los senadores del FAP hicieron suya esa propuesta y entraron en el juego de la negociación con el gobierno, el PAN y el PRI. Al final, el gobierno decidió incorporar a todos los actores y se negoció una propuesta al gusto de casi todos.
A cada paso emprendido en el proceso anterior, correspondió una movilización pública por parte de AMLO y sus grupos “en defensa del petróleo”. Se llegó incluso a manejar la amenaza de “paralizar al país” si la iniciativa de reforma no cumplía con los requisitos exigidos por el “movimiento”. Funcionó muy bien como mecanismo de presión. El petróleo se convirtió en un símbolo de la defensa de la soberanía nacional. Durante algunos meses no había otra cosa en el altar de la patria.
Hay que reconocer la eficacia con la que lograron moverse AMLO y sus seguidores. Llegaron a tener en un puño al gobierno y al PRI. Obligaron al propio PRD, del cual no tienen el control, a plegarse a su causa. Todo iba bien hasta que AMLO decidió romper el eslabón final de la cadena. Si hubiera manejado como un triunfo, que lo fue, el desenlace de la reforma petrolera, hubiera tenido la autoridad política, intelectual y moral para emprender el siguiente proyecto: la defensa de la economía popular. Pero como tiró a la basura el trabajo de sus aliados (los senadores del FAP y el comité de intelectuales y expertos), difícilmente los va a volver a engañar.
La eficacia del doble mecanismo estriba en que las propuestas políticas se conviertan en propuestas legislativas. Pero para darle garantías al proceso, hay que respetar los compromisos pactados. Sólo así se puede respaldar el capital político del grupo parlamentario del FAP. Esto le permite contar con espacios de negociación con el PAN, el PRI y el gobierno. Pero si no hay seriedad, si no se cumple con la palabra empeñada, si los senadores del PRD quedan en ridículo impulsando una reforma que su líder tira por la borda para dar gusto a los radicales, no hay forma de que los legisladores perredistas puedan seguir apoyando al caudillo. No obtienen nada a cambio, salvo desprestigio.
La nueva bandera lopista de la defensa de la economía popular supone la aprobación de un presupuesto de alto contenido social. Eso corresponde a la Cámara de Diputados que a más tardar en noviembre debe aprobar el presupuesto federal para el 2009. De los 127 diputados del PRD, sólo 30 son afines a López Obrador. Con esa fuerza es imposible presionar a favor de una propuesta legislativa. Los 97 restantes, alineados con Nueva Izquierda, no quieren saber nada de AMLO después de que se burló impunemente de sus compañeros senadores.
Es un hecho la división entre AMLO y el grupo Nueva Izquierda que tiene el control mayoritario del PRD. Nadie se atreve a romper de manera formal pero en la práctica existen ya dos grupos irreconciliables. Si AMLO hubiera respetado el trabajo de los senadores de Nueva Izquierda, tendría todas las posibilidades de volver a poner en marcha el doble mecanismo para impulsar una nueva propuesta política. Esa oportunidad ya se perdió. El grupo parlamentario del PRD se quedó sin autoridad y sin fuerza política para intentar espacios de negociación con los demás partidos políticos. Pedirles que se vuelvan a inmolar en beneficio del caudillo es prácticamente imposible. No son ingenuos y tienen intereses que defender.
AMLO y sus allegados saben que provocar la caída del actual gobierno es un sueño guajiro. Pero usar eso y en general toda la movilización pública como bandera para mantener la visibilidad política y mediática del caudillo con miras al 2012, es algo que está al alcance de la mano. Sin embargo, se les olvidó que el PRD es un partido político que necesita votos. Al partido nadie le garantiza que pueda ganar la elección presidencial del 2012. Lo que está a la vuelta y es lo que más les preocupa es la elección intermedia del próximo año. De eso depende su proyección electoral en el mediano plazo y la cantidad de recursos económicos que se pueden obtener por parte de la autoridad. Todo lo demás son especulaciones.
Nos encontramos ya ante dos visiones antagónicas. El grupo Nueva Izquierda que domina el PRD está preocupado por su porvenir como partido político. Saben que si no se gana en las urnas, no hay poder alguno. Y para ganar votos hay que negociar con todos los actores políticos y presentar una imagen de institucionalidad. Prefieren pagar el costo de que esta actitud sea vista como entreguismo al gobierno y al sistema. Si no repuntan ahora, se pueden colapsar en 2009. La más reciente encuesta de Consulta-Mitofsky les da en este momento un 11% en la intención de voto. Por su parte, el grupo de AMLO sólo ve las posibilidades de éste como candidato presidencial en el 2012. En función de este único objetivo pretende subordinar al PRD. No hay conciliación posible. Si Nueva Izquierda decide marginar a las corrientes obradoristas a la hora de seleccionar candidatos a diputados para el 2009, la ruptura será inevitable.
Aunque no lo parezca, en este momento López Obrador está maniatado políticamente. No tiene espacios de maniobra. Su bandera de la defensa de la economía popular no pasa de ser una entelequia si no se le arropa con trabajo parlamentario. La única posibilidad que tiene de recuperarse depende de los errores que cometan sus adversarios. Si de aquí al 2012 el acontecer político no presentara cambios, AMLO estaría liquidado. Pero sabemos que la realidad no es así. Ninguna actividad humana es ajena al cambio. De eso se nutre el desarrollo histórico. Y alguno de esos cambios podría favorecer al movimiento lopista. Pero aun en el caso de que logre sobrevivir de aquí al 2012, se ve muy difícil que pudiera tener éxito como candidato presidencial. Si el PRD no lo postula, Convergencia y el PT lo harían con gusto pero sin dinero.
Alguien decía que AMLO no está en la dinámica de un proyecto electoral, que él ya está “pensando en la historia”. Pero tal vez será en la historia de los perdedores. A final de cuentas su problema es de orden mental. No está hecho para el triunfo. En su ADN sólo aparece la víctima. Ese es uno de los componentes. El otro es el de sus sueños de redentor. Son los papeles que le acomodan. Pero lo que para él es una obsesión que alimenta su vida entera, para el país es una pesadilla.

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