El aula era una fiesta: dos de octubre, sí se olvida…

Escrito por on Oct 10th, 2008 y archivado en Sociedad. Tu puedes seguir los comentarios a esta entrada a traves de RSS 2.0. Comentarios y referencias estan cerrados.

Tlatelolco5 Septiembre ha sido siempre un mes luminoso, en sus amaneceres el otoño anuncia la caída de las hojas y hace cuarenta años también el ocaso de un gran sector de la juventud y del régimen autoritario mexicano, solo que estamos hablando de la muerte, no de una figura de lenguaje.

En la Unidad Habitacional Nonoalco Tlatelolco construida durante el gobierno de Adolfo López Mateos se previó una plaza insólita para la ciudad que se enorgullecía de sus palacios, una plaza donde quedaban al descubierto las escaleras de templos antiguos entre prados de pasto verde y pasillos de marmolita blanca que conducían hacia la iglesia de Nuestro Señor de Santiago de Tlatelolco, al ultramoderno edificio de la secretaría de Relaciones Exteriores, y hacia los edificios cúbicos y rectangulares de la Unidad habitacional que rodeaban un cuadrado elevado tres metros sobre el nivel de piso para disimular las ruinas prehispánicas.

En uno de sus lados, al norte, se ubicaba una escuela vocacional de IPN que hoy ha desaparecido de la ciudad de México, a mediados de aquel mes esa escuela fue atacada durante la madrugada por desconocidos civiles que ametrallaron la fachada y las puertas y fueron rechazados por los estudiantes que hacían guardia para el Consejo Nacional de Huelga, hacia el medio día siguiente fue la policía la encargada de acosar a los estudiantes rijosos que aparecían imbatibles para los desordenados y desconcertados granaderos que no podían utilizar armas de fuego, pero sería la última vez que les sucedía.

Los miembros del CNH tratábamos de frenar el entusiasmo de los bachilleres más jóvenes que se entusiasmaban acosando en respuesta a los policías, llegó un momento en que los que corrían con la turba de estudiantes detrás eran los representantes de la autoridad ciudadana, cruzaron el puente que lleva hacia Santa María la Redonda y se detuvieron apenas rebasando el edificio de relaciones exteriores; algunos muchachos se fueron de frente hacia ellos, envalentonados por la aparente cobardía de los agentes, y entonces cayeron en manos del ejército que se ocultaba bajo el puente de la Plaza. Era el primer aviso.

Conforme se acercaba octubre y la olimpiada de México, las advertencias habían aumentado: ocupación de escuelas periféricas, desalojo de estudiantes en planteles universitarios y tecnológicos y el despliegue abierto del ejército para hacer las veces de policía ante la impotencia del DDF para contener al movimiento estudiantil. Al final de mes Ciudad Universitaria fue ocupada por los soldados (para salvaguardar el orden olímpico, decía gobernación), la noche del día último algunos escapamos por un túnel que llevaba desde el centro del campus hasta los pedregales del sur (donde hoy se extiende el nuevo campus universitario), y esa misma noche a los incautos del Consejo (unos cuantos preparatorianos y bachilleres que no habíamos sido perseguidos por las autoridades, porque no sabían quiénes éramos o no parecíamos importantes) llegamos a una casa en Copilco donde profesores de Ciencias e Ingeniería tenían comunicación por radio con autoridades que se decían de parte del movimiento estudiantil; esa noche oímos al General por radio decirnos que el ejército no toleraría nada, que suspendiéramos el mitin en la plaza de las Tres Culturas. Nadie nos escuchó.

Armados con una grabadora portátil (orgullosa adquisición fronteriza, regalo de papá) tratamos de dar la información a los mandos del Consejo, pero estaban ocultos de la persecución; el Pino, Cabeza de Vaca, Tita, Sócrates, Guevara Niebla, y todos los mayores no aparecían, el plan del mitin seguiría adelante; los intelectuales se reían de nuestras pretensiones de espías de película “inventando asonadas”, así llegó la mañana del día dos, soleada, brillante, en la escuela de Tacubaya recabamos pegotes consignando la represión para ponerlos donde se pudiera (otra tarea de mitin relámpago que se nos encomendaba en medio de la más importante reunión pública para denunciar al gobierno) y haciéndolo con miedo en cada transporte urbano que abordábamos, fuimos llegando a Tlatelolco, pero era temprano.

El acuerdo era tratar de sacar a cuanta gente pudiésemos de la Plaza, los de facultad subirían al edificio Chihuahua para dar aviso al Comité Nacional, fueron posprimeros desaparecidos, los otros no percibimos nada extraño, no vimos a los soldados bajo el puente (aún sabiendo que de ahí habían salido a mediados del mes pasado) y no se nos ocurrió dar una vuelta por avenida Guerrero, donde estaban las tanquetas y camiones de tropa, simplemente empezamos a ver la llegada de una multitud que jugueteaba con el optimismo adolescente que había privado en cada vela escolar, en cada aula vacía de clases y llena del humo de un sueño de revolución que solo cabía en los imberbes que estábamos enredados en aquel movimiento social creyendo que era el preludio de una revolución (soñábamos en Mayo Rojo, en la canción de Eve of destruction) y esa tarde era el presagio de lo ignoto; pero era muy temprano, uno de los compañeros dijo que podíamos ir a comer en su cada del edificio Tamaulipas, y allá fuimos para escuchar el más reciente disco de los Beatles: Sergeant Pepper’s Lonely Hearts Club Band.

Al llegar la hora de los toros (las cinco, las cinco en punto de la tarde…-Lorca), bajamos a la plaza, el acceso al Chihuahua era imposible, grupos de comisionados solo dejaban pasara los de Comité, otros grupos desaparecían en los cubos de escalera a quienes pretendían subir, pero no lo vimos claramente. En la plaza casi nadie nos pelaba, salvo algunos compañeros de escuela conocidos a quienes poco a poco convencíamos de irse a su casa o a las orillas para poder correr hacia fuera.

De pronto la multitud comenzó a moverse como oscilando en aguas intranquilas, en el cielo volaban dos helicópteros, uno amarillo y otro oscuro, y una luz de bengala iluminaba el atardecer, cayendo con su pequeño paracaídas como en las películas de guerra. Las voces nos ensordecían, no alcanzábamos a escuchar los disparos pero se hicieron evidentes conforme la gente caía en los alrededores, de pronto todos corríamos en busca de salida.

El ascenso al Chihuahua era imposible, de atrás del edificio salían soldados con metralletas y disparaban acomodándolas en la cintura, en todas direcciones había soldados disparando (entonces no lo vimos claro, pero disparaban hacia los edificios, no hacia nosotros, solo unos segundos después cambiaron la dirección de los disparos y las balas silbaron alrededor nuestro.

Nos unimos los menos de quienes habíamos llegado juntos y llegamos al edificio Chiapas, ahí los vecinos abrieron las puertas y nos dejaron entrar hasta el fondo de las viviendas para ocultarnos bajos las camas, en los clóset (todo ese tiempo la grabadora estaba encendida, grabando solo incoherencias, pugidos, estampidos, gritos sin ton ni son), bajo una cama Germán y yo escuchamos tableteo de ametralladoras y sentimos vibrar el piso bajo descargas de artillería: solo oíamos, no podíamos ver nada, los gritos decían más que todo. Al avanzar las sombras de la tarde los vecinos nos pidieron que nos fuésemos, esperaban que todo hubiera acabado, y casi nos sacaron a los andadores, ahora oscuros y sin iluminación, pero los soldados seguía disparando, más pausados, más precisos, algunos grupillos corríamos en busca de un sitio, entrábamos a una casa y de inmediato pasábamos a otra, era peligroso estarse quieto.

En uno de los edificios cercanos al teatro Antonio Caso fue la única entrada silenciosa y solitaria donde pudimos refugiarnos, lo insólito es que en las canchas de básquet ball había adolescentes encestando a la luz del atardecer, más allá, del otro lado del corredor, en los columpios infantiles había un bultito dormido sobre la tabla entre cadenas, nadie se quiso arriesgar a averiguar si era persona, niño o fantasma, subimos hasta una casa donde una anciana nos abrió y se escondió en la cocina sin decirnos más que estuviéramos en silencio.

Lejos de las ventanas para no arriesgar una bala no tan perdida, nos acurrucábamos tras los sillones de la sala, tras el mueble del estéreo Blaupunkt, y entonces caí en la cuenta de la grabadora encendida y se me ocurrió aproximarla a la ventana, miré hacia fuera y divisé a un grupo de tres o más soldados con un oficial de quepí, decía algo en voz alta a los soldados que estaban desconcertados de pie con el arma embrazada, de pronto otro sardo llegó con tres muchachos como de mi edad que llevaban las manos en la nuca, dijeron algo al oficial y éste les indicó que corrieran en cierta dirección, un segundo después ordenó hacerles fuego por la espalda. Cerré los ojos y la grabadora, a partir de ese momento tenía miedo de morir.

Conforme avanzaba la noche los disparos era más fogonazos en los corredores que ruido estallante, tuvimos que dejar a la señora anciana sola, salir del edificio y alcanzar el Tamaulipas, a la casa del amigo que nos presentó al sargento pimienta, y llegamos pasando rápidamente entre tanquetas que recorrían os pasillos y grupos de estudiantes con las manos en la nuca que se “entregaban”, en el estacionamiento cerca de la avenida al norte de la unidad había muchas ambulancias con los ambulantes paralizados junto a sus unidades y soldados encañonándolos para que no se moviesen. Finalmente alcanzamos la escalera del Tamaulipas.

Arriba todo era confusión, los padres del compañero se esforzaban por calmar las histerias de chicos y chicas, los mayores repartían agua y pan blanco a los más chicos, la hermana del compañero me llamó alarmada, tenían un herido en el baño, me llevó a él (todavía no sé por qué) y fui a verlo: estaba tirado en la bañera, con un suéter a rayas horizontales en rojo sobre un fondo azul marino, todo salpicado de sangre, el tipo temblaba, estaba pálido. ¿Dónde te duele? Señaló su nuca: una masa de sangre casi coagulada.

Pedí unas tijeras y agua caliente, ¡Y me llevaron todo! La herida era pequeña, pero tenía astillas de hueso expuestas, era imposible tocársela sin que diera un grito. Llamé al señor de la casa, un hombre de cabello blanco y corto, trabajador ferrocarrilero de fuertes brazos, y le dije que no podía hacer nada para curarlo, que había que llevarlo a las ambulancias. Entonces comenzó otra discusión: si lo entregábamos lo iba a coger el ejército, o matarían; no, la cruz roja lo cuidaría, si se quedaba ahí se moriría si atención adecuada. Finalmente Germán, el señor de la casa y yo, bajamos al muchacho y en el pie de la escalera, ya en la calle, comenzaron los disparos. El hombre nos pidió que corriéramos lejos, así legamos a Peralvillo, a las calles donde habitaban nuestros amigos más lejanos y, desde luego, nuestro maestro de teatro.

En el foro de la escuela se fraguaban todas las comidillas de la semana, la clase de teatro era la primera del lunes por la tarde y la llenábamos los prófugos de matemáticas o física, en su seno estábamos reunidos la mayoría de los despistados sin convicción ni conocimiento político que nos adoctrinábamos con ejemplos de la vieja Guerra civil española, el padre de uno de los compañeros había estado en Madrid a la caída de la república y durante el movimiento él con su pequeñísima esposa llegaban cada medio día con ollas de comida recién hecha, con pan, con algunas frutas que hacían de las veladas algo diferente a pasársela en las máquinas de escribir picando esténciles para impresión o entintándose para hacer volantes para los mítines relámpago, revisando que lo pudieran leer los locatarios y los boleros, que no hubiera la plaga lingüística del partido, que se explicara cómo estábamos de parte de las causas del Pueblo (con mayúscula), los representantes, casi siempre de más edad que todos los demás, revisaban y explicaban, pero también algunos padres (de profesión maestro o abogado, algunos funcionarios menores del gobierno federal o del DF) se avocaban a reescribir, imprimir y hasta distribuir en sus oficinas, en su barrio) los volantes, era una fiesta donde organizaba los sueños de cambio la adolescencia que no medía riesgos, ni siquiera cuando los miembros del muro llegaba a ametrallar las escuelas por la madrugada, también estaba el salón de teatro y el de música, donde Ismael e Yves se ponían al piano y tocaban durante todo el día para los que no estaban de guardia o imprimiendo.

En las calles de Peralvillo la oscuridad de la Unidad se había extendido, buscamos afanosamente la casa del profesor sin poder mirar claramente los números (¿Y si está en su estudio de Tlatelolco?, Entonces ya está muerto o es oreja, gûey). Estaba en su casa, vestido con bata de seda roja y una copa en la mano, sentado ante su madre anciana que no podía dormir y se fue a la sala a hablar con él, a comentar el ruido de balazos. Al vernos la hermana del maestro nos hizo sentar y trajo café con leche y pan dulce, nos instó a comer, entonces empezaron los balazos en la calle, junto a la ventana, el maestro apagó la luz y fuimos hacia la parte trasera, llevábamos a la anciana en andas hasta dejarla en su cama; el viejo nos prestó el teléfono para avisar a nuestras casas: ¿Para que lo quiero, ni modo que esté abierto el estanquillo a esta hora?, mejor maña.

Por la mañana ya estaba el periódico Universal en la sala, no había muestras de disparos en la casa, pero en el diario aparecíamos Germán y yo entre los desparecidos. Cuando contestó la tienda de la esquina mi padre supo que no debía leer el universal, le dije que ahí me daban por muerto y preguntó que iba a hacer. Ir a la chamba, no me han dado el día…

Al salir al día la ciudad estaba en silencio, para ir hacia la secretaría de hacienda tenía que pasar por Tlatelolco, pero desviaban el tráfico, de lejos divisé apenas que ya no había tanquetas, pero los bomberos barrían a chorros el piso de la plaza, desde lejos yo lo veía rojo, pero no estoy plenamente seguro, en san Juan de Letrán no pasaba nada: los autos buscaban pasarse el alto, los trolebuses estaban vacíos, en los camiones muchos adolescentes estaban sentados sin dejar que sus cabezas se vieran por la ventanilla. La ciudad estaba como si nada, solamente pude distinguir una parte de la fachada del Chihuahua quemada y medio destruida. No había tropas, solo algunas ambulancias derivando como sin sentido en torno de la unidad. Ya era tres de octubre.

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1 comentario en “El aula era una fiesta: dos de octubre, sí se olvida…”

  1. El Negro Espinosa dice:

    Héctor,
    Qué util conocer los testimonios de primera mano. Gracias por compartir y mi pregunta es ¿Qué fué de la grabación?
    Un abrazo,
    El Negro Espinosa (vecino del Edif. 16 del ISSSTE, muy cerca de la Plaza de las Tres Culturas, con 12 años de edad el 2 de octubre del ´68)

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