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Felipe San José, faro de mundos posibles

Escrito por Angela Piedad | 3 de Septiembre de 2008 | Categorias: Columna huésped | Tiempo de Lectura: 7m 5s | Leido 193 veces.

UAA 168 Escribo este retrato del maestro San José desde mi condición de proscrita de los salones de clases de la universidad en la que él da clases, soy fugitiva de las clases de letras de esa universidad. Lo soy porque él tuvo a bien echarme de ahí, me corrió. Y nunca dejaré de agradecérselo.
Una mañana de enero, en el umbral entre un semestre y otro, me pidió que fuera a su cubículo. Estando ahí me miró a los ojos y me preguntó por qué no era ya la misma en las clases; ahí, ante él, después de meses de preguntármelo yo también, acepté que definitivamente odiaba estudiar letras, lo cual era un descubrimiento horrible. Me apasiona la literatura como nada más en el mundo, no imagino mi vida sin ella, y sin embargo, odiaba la carrera. Le dije que lo que yo quería era escribir y nada más. Me dijo que ya no fuera, que no volviera, que me pusiera a escribir y ya. Sonó tan fácil entonces, tan lógico. Recibí sus palabras como una sentencia. Salí de su cubículo impresionada, temblorosa, con estupor y agradecimiento, con la mente clara, con las alas desamarradas y con una sensación de tranquilidad que no había conocido antes. Una descarga eléctrica me convulsionaba la mente mientras caminaba por los jardines de la universidad, fría y desolada en esos días de invierno. Salí de ahí para no volver en mucho tiempo. Volví años después sólo a buscarlo para pedirle que me dejara estar en una clase suya, que me dejara volver a escucharlo, pero llegué tarde. Las clases de ese semestre habían llegado a su fin, tendría que esperar todo el verano, ¡Qué tristeza! ¡Qué lamentable!
Pero quizá fue mejor así, quizá sea mejor guardar el recuerdo de aquellos días en que asistí a las aulas cuando sus clases eran uno de los espacios de libertad más grandes que he pisado, donde voluntad y amor eran los motivos que nos hacían estar ahí escuchándolo. Cuando en esa institución la libre cátedra más que simplemente existir, me aventuro a decir, alcanzó su máxima expresión.
Su clase era la primera que tenía por la mañana, no muy temprano, porque en su opinión hacer cualquier cosa antes de las diez es pecaminoso, práctica que la mayoría de mis compañeros agradecían. El ritual iniciaba desde que se acercaba al salón. Llegaba con la tranquilidad propia de quien ha visto más tempestades que la mayoría, con su guayabera en primavera o una chamarra negra y boina en otoño. Un libro grueso bajo el brazo y una taza de café humeante. Saludaba a todos al entrar y movía el escritorio hacia el centro donde todos lo viéramos por igual. Se sentaba, daba un sorbo a la taza, encendía un cigarrillo, soplaba una gran bocanada que momentáneamente lo cubría casi por completo y detrás del humo empezaba a leer, su voz salía por detrás de esa nube que hacía parecer que estábamos presenciando el acto de hechicería de un brujo. Hablaba y echaba a andar los engranes de otros mundos, abría las puertas a mundos posibles, mundos de tinta y papel. Leía para todos con esa voz ajada pero sonora y penetrante para darle vida al Cid o a Melibea, para echar a cabalgar a Don Quijote.
Algunas veces, entre los cubículos del departamento escuchaba decir a algún otro profesor envidioso que «el maestro San José no era buen maestro porque sólo nos leía» y ¿Qué otra cosa es la literatura? Él nos enseñaba la verdadera alquimia de ella. Porque eso es el arte, es evento. Nada es Don Quijote sin la mirada del lector, nada es El Cid sin la voz del que abre el libro y nos lee los versos, no existe la literatura encerrada en tomos empolvados en una biblioteca. Existe sólo en la lectura, sólo en el tiempo efímero de la lectura, en ese contacto con el lector, con el destinatario. Existe la música cuando los sonidos se esparcen en el aire,existen Las hilanderas de Velazquez cuando alguien hilvana su mirada hacia el cuadro. Nada es el arte sin ese eventual contacto con los espectadores. Eso hacía él: hacernos destinatarios. Su clase era evento, era presencia, era vida.
En lugar de platicarnos las teorías al respecto, en lugar de repetir un prólogo,de hacer comentarios sobre las obras, te ponía de frente a ellos sin prejuicios, sin rodeos, sin trabas, sin contaminaciones, sin preámbulos rebuscados. Te tomaba de la mano y te metía en la obra para que la hicieras tuya, para que tú decidieras. Sabía conjugar pensamiento y emoción. Estaba más allá de los complejos de los estudios literarios, que cuando se quieren empeñar en convertirse en «ciencia», cuado quieren convertir a la literatura en objeto de estudio como de laboratorio, sólo se ponen en ridículo. Él, en cambio, está siempre contra esa química a veces capaz de producir tantas aberraciones y se pone del lado de la alquimia. Después de las demás clases llegaba él a regresarte al ansiado pozo del desorden. Nos desasnaba a todos con una tremenda ligereza, pero nos dejaba siempre la dosis de ignorancia, de misterio necesaria para seguir amando nuestra carrera. Nos dejaba esa imprescindible dosis de ceguera para no desencantarnos, para que la fascinación por el arte no se esfumara.
Y como nada permanece en el mismo punto, asistí a una época en que la represión y la intolerancia fue permeando la vida cotidiana de la universidad, cada vez se iba respirando un aire más denso, más emponzoñado. La era de la libertad y plenitud había terminado. Él se mantuvo triunfal por algún tiempo haciendo mofa y parodia de los discursos y las reformas de las autoridades. Su clase era una hazaña cotidiana, él oponía resistencia ante esas necedades. Pretender que fuera niñera, por ejemplo, cuidar que todos los alumnos estuvieran en el salón, cuando su emblema había sido siempre el no pasar lista, porque daba por sentado que sus alumnos eran adultos y que estábamos ahí porque así lo habíamos decidido. Recuerdo también cuando le exigieron que aplicara exámenes, y dijo: ¿Y qué lesvoy a preguntar? ¿Qué canto de La Comedia es mejor? ¿Según quién? Con el tono y la sonrisa de un bufón ridiculizaba lo que las autoridades decían haciéndolesperder todo poder. Era capaz de derribar cualquier argumento de la autoridad. Él era emblema de rebeldía, rebeldía inteligente.
Pero me han llegado vientos con la noticia de que la cuerda está por reventarse, que como la historia nos ha reseñado, siempre estamos a la merced de los caprichos de hombres locos, acomplejados o estúpidos y, al parecer, y no me extraña, él no está dispuesto a cumplir con alguna sentencia estúpida o caprichosa, así que dejará de ser ese faro para los estudiantes, faro de mundos de tinta y papel.
Para mí el maestro San José fue siempre un regalo. Después de las clases de teorías en las que me sentía tan vacía, porque mientras más teorías conocía, mientras más de un teórico francés o alemán leía más lejos me sentía de la literatura, y aunque llegaba él a devolverme el necesitado y ansiado poder lúdico de las palabras hubo un momento en el que pequé de excesos de teoría, pequé al querer desvelar ese misterio que hace al arte y el castigo a mi engolosinameinto fue grande, fue un hartazgo que me hizo odiarla y lo mejor que alguien pudo hacer por mí, fue lo que él hizo: decirme que me fuera, darme el respiro que necesitaba para volver a disfrutarlo, y ahora, este párrafo lo escribe esta exiliada que desde El Exconvento de Valenciana, en Guanajuato, le dice que después de tenerlo como maestro ha quedado inhabilitada para escuchar a cualquier otro. Cualquiera que lo haya tenido por maestro deberá estar inhabilitado para escuchar cualquier otra voz.

Publicado en el peiódico Aguas, 1 de septiembre de 2008. Se publicxa con autorización expresa de la autora

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Hay 12 comentarios

  1. No estoy seguro de que esto sea un buen homenaje a un profesor: “pero nos dejaba siempre la dosis de ignorancia, de misterio necesaria para seguir amando nuestra carrera”. Eso no es ser buen profesor, si lo que quieres es misterio pues no creo que la universidad fuera un buen lugar para ti, y qué bueno que te saliste… ¿estás segura de que te saliste?, ¿no será que reprobaste por “sobredosis de ignorancia”?

  2. El cobarde anónimo parece ser unas de esas autoridades reseñadas por la autora. “Anónimo”: No entiende usted el sentido de la Universidad, no debe ser arrogancia de conocimientos, sino continua busqueda. Por eso es importante el maestro Felipe San José. Y por la cerrazón de gente como usted la UAA se ha estancado. Y peor tantito si usted es maestro de la carrera de letras y quiere volver ciencia a la literatura. Si es así, vaya que hay gente que no sabe ni dónde está parada. Ojalá que dejen trabajar tranquilo al maestro Felipe San José. Felicidades a la autora por el excelente artículo.

  3. Àngela, es genial volver a leerte. Desde que te conozco sé que existen los prodigios.

  4. Estoy de acuerdo con Miguel en que el maestro San José es una autoridad, pero también me preocupa el comentario de su exalumna, no creo que él dejara ignorancia, y tampoco creo que él recomendara a una alumna abandonar la carrera.

  5. Miguel Hernández: Creo que no entendiste bien lo que yo quería decir con mi mensaje anterior, es probable que el problema haya sido mío al no haberme explicado bien. Yo conozco al Maestro Felipe San José dese hace mucho tiempo, de unos cursos que me impartió en su inolvidable estilo. Mi comentario no era definitivamente en su contra, yo me refería a que no me había gustado nada la manera de homenajearlo. Supongo que esta señorita también le tiene afecto, pero sus palabras pueden interpretarse de maneras que no dejan muy bien parado al Maestro. Creo que decir que deja siempre una dosis de ignorancia no es una manera muy grata de calificarlo. Y le preguntaba si había salido por consejo del Maestro, lo que me niego a creer, o porque no había pasado las materias. Si de cualquier manera insistes en llamarme cobarde, no te preocupes, yo no te llamaré de ningún modo.

  6. Lector Anónimo: ¿No cree que todo anónimo tiene algo de cobarde? ¿O por qué no pone su nombre? Será que la autora que usted quiere leer mal tiene razón. Que en la UAA no hay libertad y que el temor que usted y muchos sienten es el mejor indicador del autoritarismo que priva en esa máxima casa de estudios. Y finalmente, usted me puede llamar por mi nombre, lástima que usted no tenga el valor de dar el suyo.

  7. Bueno, Miguel, que para ti anonimato sea sinónimo de cobardía es respetable, pero no tengo por que aceptar que así sea. Tu análisis es interesante, nada más. Y suponer que no escribo mi nombre porque la autora tiene razón es exagerado. Hasta ahora me has tachado de cobarde, de cerrado (”la cerrazón de gente como usted”), de maestro de la universidad y de que quiero hacer de la literatura una ciencia. Ninguno de esos calificativos me corresponde. Yo no te califico de nada, porque no te conozco (así pongas tu nombre una y otra vez). Comenté, y lo vuelvo a comentar, que yo respeto al Maestro Felipe San José. También dije que afirmar que él deja cierta dosis de “ignorancia” no es un buen elogio. Además de continuar molesto porque no pongo mi nombre, ¿te parece que todo, absolutamente todo lo que escribe esta señorita es perfecto?, ¿opinas de cada una de sus afirmaciones o de todo en bloque?, ¿no puede agradarte algo y no agradarte todo?

  8. Lector anónimo: Me precio de discutir con gente con capacidad para hacerlo. Usted no cumple con la primera condición de honestidad: dar la cara. Ya le he dedicado bastante tiempo. Si quiere volver a dirigirse a mí, ponga su nombre, de lo contrario no espere más respuestas de mi parte a sus necedades.


  9. Bien, quien inicia un diálogo tiene derecho a terminarlo. Como mi participación inicial no se dirigía a ningún valiente Miguel, y afortunadamente él no contestará ni pío a menos que ponga mi nombre, no lo pongo. Ahora sí, reitero mi preguntas a la redactora del texto “en favor” del Maestro San José: ¿de verdad te saliste de la carrera por invitación del Maestro?, ¿tenías buenas calificaciones y aun así decidiste que lo tuyo era el goce literario aderezado con “dosis de ignorancia”?

  10. Está bien, acepto que soy un frustrado, cobarde y mediocre que sólo sale a la suprficie a lanzar bilis.

  11. No querido lector, no hagas eso. No te acuses de algo que no cometiste. El error es mío, la verdad es que no sé leer muy bien y me gana la pasión. Yo andaba por aquí leyendo y pues te ataqué porque así soy, bruto, atrabancado, pero después de reflexionar: la culpa no es tuya sino mía. Te admiro tanto que incluso he decidido sumarme al anonimato. De ahora en adelante, que nadie sepa quién eres tú (lector) ni yo (el otro lector).