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Éxodo de empresarios

Escrito por Jesús Orozco Castellanos | 1 de Septiembre de 2008 | Categorias: Desde la Ventana | Tiempo de Lectura: 6m 42s | Leido 45 veces.

textiles Hay temas de la historia reciente que son muy difíciles de tratar, en virtud de su complejidad y delicadeza. Pero lamentablemente ya son parte de la vida cotidiana en nuestras ciudades. Me refiero al éxodo de empresarios por el entorno de inseguridad al que nos estamos enfrentando. El dilema de salir o quedarse no es fácil cuando están en riesgo familias enteras. Las decisiones son comprensibles porque está en juego la vida misma. Sin embargo, el tema nos remite a una reflexión de fondo.
Recientemente leí un artículo en el diario “Reforma” sobre la inseguridad en México. Sin desconocer las gravísimas fallas que ha tenido el Estado mexicano, acumuladas durante décadas, el autor menciona al final, como de paso, algo que por desgracia es cierto: la ostentación de riqueza y la falta de sensibilidad ante las causas sociales por parte de la mayoría de los empresarios de nuestro país, influyen, de distintas maneras, en el clima de inseguridad que por años hemos vivido.
Se quiera o no, la ostentación, en ocasiones escandalosa, es un señuelo para delitos como el secuestro. Las páginas de sociales de los periódicos constituyen, en muchos casos, fuentes de información para los delincuentes. Recientemente, las redes cibernéticas proporcionan también algunas pistas sobre las fortunas individuales.
La ostentación es un problema psicológico y de formación ética. Lo primero tiene que ver, generalmente, con el afán por el reconocimiento público. A falta de otros méritos, la riqueza se ostenta como la única forma de obtener celebridad y la atención de los demás. En algunos casos se convierte en patología. Se trata de personas que por azares de la vida tienen dinero pero no saben hacer negocios, todo lo que emprenden fracasa y sólo saben gastar. Si no se les reconoce por su talento, se hacen visibles por lo único que tienen: automóviles, ropa, joyas, etc. Por el contrario, hay empresarios exitosos que durante años han sido reconocidos por su labor en beneficio de la comunidad. Eso les basta y por ello no necesitan hacer alarde de su fortuna. En su inmensa mayoría son austeros y su estilo de vida no va más allá del de cualquier ciudadano de clase media.
Como problema ético, el derroche es una muestra de insensibilidad social, de un desconocimiento profundo de la sociedad en que se vive. En un país de pobres, la ostentación es un insulto y fomenta rencores sociales. Más allá de las discusiones académicas sobre la lucha de clases, la división existe; fomentarla ya no constituye una metodología socialmente aceptada, ni siquiera por quienes siguen creyendo en la lucha revolucionaria. Por lo tanto, resulta pésimo que uno de los polos de la sociedad aliente los odios con el ultraje del dispendio hecho público. Esto atenta contra los principios elementales de la ética. Nada más alejado de la tradición evangélica. Bien lo decía Santo Tomás de Aquino: nadie puede gozar de lo superfluo mientras otro carezca de lo necesario.
En lo que se refiere a la insensibilidad social, sus efectos inciden en el ritmo de avance para superar la marginación y la desigualdad, lo que impacta finalmente en la cohesión social. En países como los nuestros, la acción del Estado resulta insuficiente para combatir la pobreza. En sociedades con tradiciones de altruísmo la brecha de la desigualdad es menor, a veces mucho menor. Desde luego no comparto la idea de que la pobreza es uno de los componentes básicos de la delincuencia. Afirmarlo es una falacia, además de un insulto. Países de alto desarrollo tienen niveles de incidencia delictiva iguales o mayores que los nuestros. Sin embargo, la marginación extrema sí genera condiciones objetivas para ciertas actividades. En este espacio hemos mencionado que, según datos de la SEDENA, 360 mil personas en México, ante la falta de opciones, se dedican al cultivo de enervantes. Y hemos señalado también que en los barrios marginales de Medellín (Colombia) floreció la institución del sicariato, en los tiempos de Pablo Escobar.
Veamos algunas cifras sobre las aportaciones al altruísmo. De acuerdo con el World Wealth Report (Reporte Mundial sobre la Riqueza) 2008, los magnates de América Latina han incrementado sus fortunas personales en un 20.4% en los últimos tres años, muy por encima de sus pares en Estados Unidos, Medio Oriente y Asia. En el informe del año anterior se señala que los latinoamericanos adinerados destinan el 3% de sus activos financieros a la beneficencia, frente al 8% en el Medio Oriente (¡!) y el 12% en la Unión Americana y en Asia. Por desgracia, en ese rubro México está por debajo de la media en América Latina. Y si analizamos exclusivamente el caso de nuestro país, las labores de altruísmo se concentran principalmente en las ciudades de México y Monterrey. Esta última destaca de manera especial. Desde hace muchos años los empresarios regiomontanos han venido apoyando importantes proyectos educativos y culturales.
Anteriormente, las donaciones en Norteamérica y Europa se enfocaban principalmente a la cultura (museos, galerías de arte, orquestas), a la atención de grupos vulnerables y al medio ambiente. Es muy común encontrar en los museos norteamericanos placas con listados enormes de los patrocinadores. Muchas de las grandes orquestas se sostienen con aportaciones de particulares. Pero hoy en día vemos cómo las fundaciones privadas están apoyando de manera directa programas de combate a la pobreza y de apoyo a proyectos educativos. Los casos de Bill Gates y Warren Buffet son ejemplos notables. Incluso el Ing. Carlos Slim se está sumando a esas tareas, aunque en una escala menor.
Por fortuna, las labores de altruísmo en México están creciendo, a pesar de lo reducido de las aportaciones y de que en muchos casos son con objeto de la deducción fiscal. El efecto que pueden tener este tipo de actividades en un país como el nuestro es que se verían reducidas en alguna medida las cargas financieras del Estado, el cual podría liberar recursos del erario para destinarlos, por ejemplo, a grandes proyectos de infraestructura y a las tareas ingentes de la educación y la salud públicas. Esto ocurre en los países desarrollados, aunque por desgracia también se destina buena parte de los recursos liberados al gasto bélico, como sucede con los integrantes de la OTAN.
Las donaciones altruistas tienen efectos de mediana y larga data en las sociedades. Hay tareas más urgentes en el corto plazo. Además, es como predicar en el desierto. Finalmente, el desprendimiento es algo que se tiene o no se tiene. Pero el tema de la ostentación sí merece una atención inmediata, aunque no sea por razones de mejoría psíquica o de apego a los principios de la ética. Dadas las actuales circunstancias, el sentido común aconseja dejar a un lado la ostentación. Si alguien conduce un automóvil Ferrari por nuestras maltratadas calles (a causa de las lluvias) corre un riesgo que nadie le desea, salvo los delincuentes.
P.D. La marcha que ayer se llevó a cabo en diferentes ciudades del país parece que se convirtió en una especie de termómetro. De acuerdo con la crónica de “El Heraldo”, la concentración en Aguascalientes fue de unas diez mil personas. En cambio, en Ciudad Juárez fue un fracaso. Incluso en Monterrey, la manifestación no reunió más de dos mil personas. En Veracruz también fue numerosa. Llego a la conclusión de que en Aguascalientes hay una sentida preocupación por la seguridad pública. Pocas veces hemos visto aquí una concentración pública de esas dimensiones. Pareciera que en lugares como Ciudad Juárez la gente está acostumbrada a un clima permanente de violencia. Llevan décadas así. Lo que estamos viendo es que las ciudades tradicionalmente seguras han visto de pronto una alteración muy grave en el clima de seguridad. Y por supuesto que eso nos preocupa a todos. No es lo mismo observar cómo se hacen pedazos entre sí las bandas delincuenciales, que ver un incremento cotidiano de todo tipo de delitos. La marcha es una llamada de atención que no podemos ni debemos desestimar.

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