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¿En verdad no podemos hacer nada?

Escrito por Jesús Gómez Serrano | 23 de Agosto de 2008 | Categorias: Columna huésped, Estuvieron en portada | Tiempo de Lectura: 8m 8s | Leido 128 veces.

malEl otro día fui a una tintorería del centro comercial San Marcos para recoger un par de prendas que había dejado en reparación. Era la segunda ocasión que lo intentaba; en una visita anterior, a pesar de que fui el día marcado en el recibo y de que había liquidado por anticipado el servicio, me explicaron que el sastre no había hecho todavía el trabajo. En México estamos más que acostumbrados a esta informalidad, de manera que ni siquiera me molesté. Lo que hice fue dejar pasar no uno o dos días, como me aconsejaron, sino una semana completa, asegurando de esta manera que mi vuelta no fuera de balde.
Al parecer, mis prendas estaban listas, pero el sistema automático que tiene instalado la tintorería para ubicar la ropa no funcionaba, o funcionaba mal. La persona encargada de la entrega tenía que comunicarse a gritos con un tal “Luis”, que trabajaba (supongo) en la parte alta del establecimiento, para que accionara manualmente el sistema.
En esas estaba cuando un señor llegó a la tintorería con la misma intención que yo: recoger su ropa. Como el servicio de entrega era lento y él tenía prisa, le explico a la dependienta que por favor lo atendiera, que había dejado su coche “mal estacionado” y que por esa razón no podía esperar mucho tiempo.
Yo me puse a pensar un poco en ese curioso planteamiento. El señor no encontró lugar en el estacionamiento del centro comercial, pero en lugar de dar vueltas hasta encontrar un cajón vacío o de buscar sitio en otro lado, decidió pararse en cualquier lugar, bloqueando la salida de otros autos. En seguida se dirigió a la tintorería y escudado en ese primer abuso pretendió cometer otro, consistente en que se le atendiera de manera preferente, sin importar que otras personas (yo incluido) hubiéramos llegado antes que él a demandar cierto servicio. La situación me pareció entre cómica y absurda.
Yo no tenía mucha prisa ni ganas de pelear, de manera que me puse en plan de observador. Me quedé pensando que esa insignificante escena condensaba de alguna manera nuestra mexicana forma de hacer las cosas, atropellando la ley y los derechos de los demás. El señor de mi historia asumía que por estar mal estacionado, impidiendo la salida de un par de vehículos con el suyo, tenía derecho a que se le atendiera con urgencia en la tintorería. No sólo no reparaba su primer abuso, sino que intentaba cometer otro. Pero el caso de este señor no es único, me dije, más bien ejemplifica un rasgo del carácter nacional.
Ya después, camino a casa, oyendo las tristes noticias del día (la principal era una matanza de inocentes en un pueblo de la sierra de Chihuahua por sicarios que se esfumaron en la nada después de hacer su “trabajo”, sin que fuera posible localizarlos -¡gran misterio!-, a pesar de que se emplearon vehículos terrestres y hasta helicópteros), me puse a pensar un poco en la posible relación entre ese nimio incidente y la terrible realidad de nuestro país.
Al parecer, hay cierto consenso en cuanto a que parte de la culpa la tiene eso que llamamos “impunidad”, que el Diccionario de la Lengua Española define muy sucintamente como “falta de castigo”. Según estadísticas oficiales, el 99% de los delitos que se cometen en México quedan impunes, lo que hace de la profesión de delincuente la más lucrativa y la más segura de todas. El que secuestra, roba o asesina sabe que sólo hay un uno por ciento de posibilidades de que lo castiguen. Eso es terrible, sin duda, y además nos hace ver con claridad meridiana que el problema no se va a acabar aplicando cadenas perpetuas o restableciendo la pena de muerte, reformas que en las actuales circunstancias sólo deben ser temidas por ese uno por ciento de delincuentes que tienen la mala suerte de ser atrapados por la policía, juzgados por los tribunales y remitidos a las cárceles.
Pero por qué, me pregunté, no advertimos la contradicción existente entre el hecho (muy legítimo) de exigir que se castigue a todos los delincuentes y se eche sobre ellos eso que antiguamente se llamaba “el peso de la ley” (y supongo que inspiraba verdadero pavor, o por lo menos algo de respeto), y la propia conducta, basada en pequeñas pero muy reales arbitrariedades y abusos, que no juzgamos dignas de castigo.
Me parece que, en su insignificancia, el episodio de la tintorería, ilustra esa cultura de impunidad en la cual parecemos tan plácidamente instalados. No soy tan tonto como para ignorar que una cosa es un asesinato masivo y otra completamente distinta estacionarse en lugar prohibido. Sin embargo, creo que hay un vaso comunicante entre ambos hechos. Finalmente se trata de impunidad, de esa costumbre que tenemos de actuar de espaldas o de plano en contra de la ley, a sabiendas de que no se nos castigará. Para un ciudadano común y corriente, casi cualquier pequeño abuso está permitido mientras no “lo cachen”. Así pensamos. Así actuamos. ¿Y con esa cara le exigimos al gobierno que encabece la pomposamente llamada “lucha frontal contra la impunidad”?
Hasta hace no mucho, el terrible flagelo de eso que eufemísticamente se llama “delincuencia organizada” se vivía en Aguascalientes como vaga o distante referencia periodística. A fines del año pasado recibí un mensaje electrónico, entre chusco y cínico, en el que supuestamente se promovía el turismo hacia Tijuana y los mayores atractivos eran las “prácticas de tiro”, la participación en la persecución de narcotraficantes, las entrevistas con sicarios, un viaje a San Diego “encajuelado” y cosas así. Me dio risa, claro, pero me proporcionó también cierto alivio el pensar que Tijuana estaba muy lejos y que ni yo ni ninguna de las personas a las que quiero vive ahí. Ocho meses después todo parece haber cambiado y donde dice “Tijuana” puede ponerse “Aguascalientes”, sin que la gente deje de entender el chiste. Y casi todas las gentes a las que quiero viven en Aguascalientes. Y la mayor parte de los que aquí vivimos no tenemos otro lugar a donde ir, aunque quisiéramos.
Entiendo que ha habido guerras que han dejado menos víctimas que las que ha dejado la que en nuestro país se libra oficialmente contra el narcotráfico. Creo que el número de muertos en México durante los últimos tres años, por razón de esa guerra, ya no está lejos del de soldados norteamericanos muertos en Irak a raíz de la invasión o “guerra de liberación” decidida por Bush.
Todo eso es terrible y nos rebasa. ¿Pero es que en realidad no podemos hacer nada, aparte de quejarnos, de aprender a vivir con temor y de refugiarnos temprano en casa?
Creo que podemos y debemos hacer muchas cosas. Una es exigirles a las autoridades que hagan su trabajo, a los gobernadores que desquiten los estratosféricos sueldos que cobran, a los políticos de todos los colores que se dejen de estupideces, que entiendan que México está antes que sus mezquinas ambiciones y se pongan de acuerdo. Creo que ese es el sentido de fondo de las grandes marchas a las que se está convocando para el próximo sábado 30 de agosto, a las que todos los que pudiéramos deberíamos asistir.
Todo eso está muy bien y no me opongo. Es más, creo que es necesario. Pero creo que el problema tiene otra dimensión, más pequeña o menos visible, pero no por ello menos crucial, que consiste en luchar para convertirnos en ciudadanos observantes y respetuosos de la ley. Debemos fomentar eso que con tino y elegancia se llama “cultura cívica”, pero de manea diferente, empezando por casa, por nosotros mismos.
Hablamos de los suizos con envidia, y en seguida nos burlamos de los mexicanos, que somos “tan diferentes”. El error consiste, creo, en poner la mirada en las grandes diferencias (el ingreso por habitante, el nivel de educación, la calidad de los servicios de salud, etc.) y no en las pequeñas. Un día un amigo me dijo que en los parques públicos de Suiza la gente puede fumar, pero disponiendo de ceniceros portátiles, en los que depositan su ceniza y sus colillas.
Tengo para mi que los grandes problemas que enfrenta el país, y de cuya adecuada solución depende nuestro futuro, tienen mucho que ver con nuestra pequeñez como ciudadanos. Nos consolamos pensando que esos problemas nos rebasan, que ni siquiera los entendemos, pero nos negamos a aceptar que con nuestros pequeños abusos y arbitrariedades (y el que esté libre de culpa, por favor, que tire la primera piedra) fomentamos de manera directa ese clima de impunidad. Y como cualquier tendero sabe, la guerra en la que sin haberlo deseado estamos metidos, pasa por el combate frontal contra la impunidad. La odiosa e insolente impunidad de los grandes capos, pero también la pequeña y confortable impunidad de todos nosotros, simples ciudadanos.
Siempre hemos pensado que el país debe cambiar, que la democracia debe echar raíces, que la pobreza debe erradicarse, que nuestras ciudades deben ser más habitables. Pero asumimos que esos cambios deben darse o inducirse “desde arriba”, desde las alturas del poder, y que al efectuarse, por arte de magia nos convertirán a todos en mejores ciudadanos. Creo que hay un problema de enfoque, o que las dificultades que hemos experimentado en todos los terrenos tienen que ver con las reticencias de los ciudadanos, que no aceptamos actuar de acuerdo a códigos de civilidad modernos. Somos nosotros, parapetados detrás de nuestros “pequeños” privilegios y abusos, los que de muchas maneras impedimos el avance de las “grandes” reformas”, que por otro lado no dejamos de exigir a gritos.
Mientras no advirtamos que somos parte del problema, y no sólo víctimas inocentes, es difícil o imposible que se insinúe en el horizonte el país con el que soñamos.

(Publicado originalmente en Hidrocálido del 20 de agosto. Se publica con autorización expresa del autor)

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