Ha muerto Jehová, a los 16 años de edad
Escrito por Carlos Reyes Sahagún | 14 de Agosto de 2008 | Categorias: Recuperando Aguascalientes | Tiempo de Lectura: 5m 13s | Leido 73 veces.
Ya no podrá sentarse en una banca de la plaza, para ver pasar a la gente, o ir al estadio, a mentarle su madre al portero del Necaxa (¿por qué nadie lo quiere, al pobre?). No escuchará repicar las campanas de catedral cuando lleguen las peregrinaciones del quincenario, ni verá el alumbrado navideño en las calles del centro. No disfrutará de las delicias de su sexualidad; del cálido volumen que en las noches llena los brazos y el alma, y por lo tanto tampoco podrá comprarle un globo al hijo de meses que no tendrá, para luego disfrutar del asombro que le habría producido a éste esa bola de colores, moviéndose frenética ante sus ojos, gracias al vigoroso aleteo de sus brazos.
No recibirá el aguinaldo en la empresa donde habría trabajado como obrero, o taxista, o trailero o albañil, ni será danzante en el día de la Santa Cruz, la Virgen de la Asunción o la de Guadalupe. No desfilará el 1 de mayo, gritando insultos a todo y a todos; a la vida, silbando mentadas amparado en la multitud, y mucho menos irá a estudiar a la universidad.
Ya no podrá irse a Las Violentas, de juerga con los amigos, o a alguno de los bien llamados antros que florecen en abril como flores del pantano. No bailará al ritmo de alguna tonada de Valentín Elizalde, digamos aquella de ¡Ay, cómo me duele que te saquen a bailar; que te saquen a apretar!, etc. No ahorrará para comprarse una casa de dos por 40, ni tendrá una ancianidad feliz, ni nietos que le besen la mano, porque ha muerto, a los 16 años, cuando apenas comenzaba a dejar atrás la niñez.
La que probablemente fue su única aparición en la prensa obedeció, no a que haya hecho la primera comunión, o sido chambelán de alguna prometedora quinceañera de vestido violeta mexicano y moño rosa más mexicano, o por haber contraído nupcias, o graduarse de técnico en informática o de ingeniero industrial. Tampoco fue motivo de atención por parte de los periódicos por haber obtenido la mejor calificación en su escuela, o por distinguirse en alguna disciplina deportiva, sino porque fue asesinado.
Todas sus oportunidades de vida fueron canceladas de golpe, y a golpes, porque de esa forma fue muerto hace unos días, en el fraccionamiento Rodolfo Landeros. Su obituario bien podría ser un gran ¡NO! En su lápida podría escribirse el siguiente obituario: Aquí yace Jehová, a quien la vida dijo no, en tanto la muerte le abrió sus brazos ávidos y helados.
Pero, ¿quién era este Jehová; quien fue? No lo sé; una noticia en los diarios, una estadística más de la violencia sin fin que padece Aguascalientes.
El relato de su muerte apareció en la edición de El Heraldo de Aguascalientes correspondiente al pasado domingo seis de julio. Dice Heriberto Alcalá Guerrero en su nota que Jehová, de apellidos Jiménez Cardona, formaba parte de una banda juvenil, y que el día de su muerte estaba en una pollería, a la espera de comprar un pollo. Entonces llegó otro adolescente, miembro de una banda rival, y, sin mediar provocación, le dio un golpe brutal. Como pudo salió Jehová a la calle, sólo para encontrarse con otros cuatro adversarios. Corrió y corrió, pero fue alcanzado y golpeado hasta morir…
Según este diario los hechos tuvieron su origen en los motivos más intrascendentes que se puedan imaginar: una riña de muchachos, por nada, porque sí; porque están en la edad y les hierve la sangre. La policía detuvo a cuatro de los cinco asesinos, cuyas edades fluctúan de los 14 a los 17 años. El periódico publicó sus fotografías, y en sus ojos advierto agresividad y frialdad, una seriedad retadora; orgullosa, probablemente defensiva, el arrepentimiento brillando por su ausencia.
Vuelvo a observar las fotografías y trato de imaginarme a estas flores (lo escribo sin asomo de sarcasmo), tronchadas cuando apenas comenzaban a abrirse; cuando podría esperarse que comenzaran a dar fruto, víctimas como el difunto, de la pobreza, la ignorancia y la falta de oportunidades, que en conjunto les reservan un ingrato destino, impotentes para escapar a un trágico sino.
Me los imagino en el acto de golpear a Jehová, y golpearlo hasta que ya no pudiera suplicar por su vida, o moverse en el suelo encogiendo las piernas, buscando la protección inútil de sus brazos; de sus manos, la mirada fija, muy fija, en el vacío insondable de la eternidad, esa dimensión que inventamos para amortiguar el desamparo que nos provoca haber nacido, y su lado oscuro: el miedo a la muerte, el lugar en que buscamos la cura para nuestras frustraciones.
La eternidad, ese espacio incierto donde creemos que se encuentra lo que hemos perdido, la inocencia, la luz, y a veces las ganas de vivir… La eternidad.
¿Qué se necesita para que llegar hasta ese extremo?, porque no hubo poder humano que los hiciera detenerse; ni siquiera el hecho de que su víctima se llamara Jehová, que es, lo dice el diccionario de la RAE, el nombre de Dios en la lengua hebrea.
Esto último sí que es un sarcasmo, considerando el contexto de una sociedad como esta, que se piensa y se cree religiosa, y en la que la religión; el ejercicio de una confesión religiosa, ejerce funciones de control preventivo, personal y social, entre otras cosas para garantizar la continuidad de la vida, el orden, etc. Bueno, igual asesinan a quienes se llaman Jesús, o Salvador… Jesús se llamó el que mató a traición a Zapata. Jesús se llamó el hermano asesinado de don Venustiano Carranza. Jesús…
Me imagino a Moisés, diciéndole al testarudo pueblo hebreo, y con él a todas las naciones que culturalmente son herederas de esa tradición: No matarás. Y entonces, miles de años después, en el fraccionamiento Rodolfo Landeros de Aguascalientes, en México, cinco adolescentes preguntarían, no con palabras, sino con hechos: ¿Y por qué no? ¿Qué pasa si mato? (Sus comentarios relacionados con esta columna puede dirigirlos a
(Sus comentarios relacionados con esta columna puede dirigirlos a migrante[@]mexico.com).
No recibirá el aguinaldo en la empresa donde habría trabajado como obrero, o taxista, o trailero o albañil, ni será danzante en el día de la Santa Cruz, la Virgen de la Asunción o la de Guadalupe. No desfilará el 1 de mayo, gritando insultos a todo y a todos; a la vida, silbando mentadas amparado en la multitud, y mucho menos irá a estudiar a la universidad.
Ya no podrá irse a Las Violentas, de juerga con los amigos, o a alguno de los bien llamados antros que florecen en abril como flores del pantano. No bailará al ritmo de alguna tonada de Valentín Elizalde, digamos aquella de ¡Ay, cómo me duele que te saquen a bailar; que te saquen a apretar!, etc. No ahorrará para comprarse una casa de dos por 40, ni tendrá una ancianidad feliz, ni nietos que le besen la mano, porque ha muerto, a los 16 años, cuando apenas comenzaba a dejar atrás la niñez.
La que probablemente fue su única aparición en la prensa obedeció, no a que haya hecho la primera comunión, o sido chambelán de alguna prometedora quinceañera de vestido violeta mexicano y moño rosa más mexicano, o por haber contraído nupcias, o graduarse de técnico en informática o de ingeniero industrial. Tampoco fue motivo de atención por parte de los periódicos por haber obtenido la mejor calificación en su escuela, o por distinguirse en alguna disciplina deportiva, sino porque fue asesinado.
Todas sus oportunidades de vida fueron canceladas de golpe, y a golpes, porque de esa forma fue muerto hace unos días, en el fraccionamiento Rodolfo Landeros. Su obituario bien podría ser un gran ¡NO! En su lápida podría escribirse el siguiente obituario: Aquí yace Jehová, a quien la vida dijo no, en tanto la muerte le abrió sus brazos ávidos y helados.
Pero, ¿quién era este Jehová; quien fue? No lo sé; una noticia en los diarios, una estadística más de la violencia sin fin que padece Aguascalientes.
El relato de su muerte apareció en la edición de El Heraldo de Aguascalientes correspondiente al pasado domingo seis de julio. Dice Heriberto Alcalá Guerrero en su nota que Jehová, de apellidos Jiménez Cardona, formaba parte de una banda juvenil, y que el día de su muerte estaba en una pollería, a la espera de comprar un pollo. Entonces llegó otro adolescente, miembro de una banda rival, y, sin mediar provocación, le dio un golpe brutal. Como pudo salió Jehová a la calle, sólo para encontrarse con otros cuatro adversarios. Corrió y corrió, pero fue alcanzado y golpeado hasta morir…
Según este diario los hechos tuvieron su origen en los motivos más intrascendentes que se puedan imaginar: una riña de muchachos, por nada, porque sí; porque están en la edad y les hierve la sangre. La policía detuvo a cuatro de los cinco asesinos, cuyas edades fluctúan de los 14 a los 17 años. El periódico publicó sus fotografías, y en sus ojos advierto agresividad y frialdad, una seriedad retadora; orgullosa, probablemente defensiva, el arrepentimiento brillando por su ausencia.
Vuelvo a observar las fotografías y trato de imaginarme a estas flores (lo escribo sin asomo de sarcasmo), tronchadas cuando apenas comenzaban a abrirse; cuando podría esperarse que comenzaran a dar fruto, víctimas como el difunto, de la pobreza, la ignorancia y la falta de oportunidades, que en conjunto les reservan un ingrato destino, impotentes para escapar a un trágico sino.
Me los imagino en el acto de golpear a Jehová, y golpearlo hasta que ya no pudiera suplicar por su vida, o moverse en el suelo encogiendo las piernas, buscando la protección inútil de sus brazos; de sus manos, la mirada fija, muy fija, en el vacío insondable de la eternidad, esa dimensión que inventamos para amortiguar el desamparo que nos provoca haber nacido, y su lado oscuro: el miedo a la muerte, el lugar en que buscamos la cura para nuestras frustraciones.
La eternidad, ese espacio incierto donde creemos que se encuentra lo que hemos perdido, la inocencia, la luz, y a veces las ganas de vivir… La eternidad.
¿Qué se necesita para que llegar hasta ese extremo?, porque no hubo poder humano que los hiciera detenerse; ni siquiera el hecho de que su víctima se llamara Jehová, que es, lo dice el diccionario de la RAE, el nombre de Dios en la lengua hebrea.
Esto último sí que es un sarcasmo, considerando el contexto de una sociedad como esta, que se piensa y se cree religiosa, y en la que la religión; el ejercicio de una confesión religiosa, ejerce funciones de control preventivo, personal y social, entre otras cosas para garantizar la continuidad de la vida, el orden, etc. Bueno, igual asesinan a quienes se llaman Jesús, o Salvador… Jesús se llamó el que mató a traición a Zapata. Jesús se llamó el hermano asesinado de don Venustiano Carranza. Jesús…
Me imagino a Moisés, diciéndole al testarudo pueblo hebreo, y con él a todas las naciones que culturalmente son herederas de esa tradición: No matarás. Y entonces, miles de años después, en el fraccionamiento Rodolfo Landeros de Aguascalientes, en México, cinco adolescentes preguntarían, no con palabras, sino con hechos: ¿Y por qué no? ¿Qué pasa si mato? (Sus comentarios relacionados con esta columna puede dirigirlos a










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