El país en crisis
Escrito por Rodrigo Avalos Arizmendí | 10 de Agosto de 2008 | Categorias: Diálogo Privado | Tiempo de Lectura: 4m 53s | Leido 39 veces.
Un libro que en breve comentaré con usted en este Diálogo Privado, cuyo título reza “El campo no aguanta más”, me lleva a concebir la siguiente frase: el país no aguanta más.
Desde luego, no me refiero al advenimiento de una catástrofe. No, no se trata de eso.
Me refiero a tantos y tantos palos de ciego que, desde el Gobierno, se han venido dando en torno a los principales problemas que afronta -y enfrenta- la sociedad mexicana.
Porque palos de ciego son los que el Gobierno de Felipe Calderón está aventando en el terreno de la economía. Mire que sacar a Eduardo Sojo de la Secretaría de Economía para sustituirlo con Gerardo Ruiz Mateos, uno de los miembros del equipo compacto de Los Pinos.
Los que saben de esto, dicen que ni para el caso. Quién sabe.
Están de acuerdo los especialistas en que Sojo no daba el ancho. Ni el largo tampoco. Pero creen que el remedio será peor que la enfermedad.
Lo cierto es que todo lo que en estabilidad económica habían logrado Ernesto Zedillo y Vicente Fox en doce años de Gobierno, se le vino abajo a Calderón en año y medio.
Y lo más grave es que lo peor está por venir, de acuerdo con los economistas.
Los precios se han disparado y la canasta básica a estas alturas resulta un mito y no precisamente genial.
La clase media ya no siente lo duro cuanto lo tupido y los productores del campo ven, con angustia, cómo el horizonte se empieza a ensombrecer.
Y es en este terrible escenario que el fenómeno de la delincuencia se desborda y ataca lo más sensible de la sociedad: la familia.
A Calderón le tocó de cerca una de las tantas tragedias familiares que registra la historia criminal en México de los últimos años: el caso del secuestro y asesinato del niño Fernando Martí.
La industria macabra del secuestro tocó uno de los clanes familiares más representativos y queridos de la iniciativa privada en México.
Además, de manifiesta cercanía afectuosa con el Presidente de la República.
Calderón casi sintió en carne propia la tragedia. Una tragedia repetida muchas veces en familias de distintos estratos socioeconómicos.
Pero ahora la vivió de cerca, y con la familia Martí compartió dolor y oraciones.
Y entonces sobrevino el grito que llamó a la unión de los mexicanos para enfrentar a la delincuencia. Y la propuesta de impulsar penas más drásticas para secuestradores y asesinos de secuestrados.
Muchos se han pronunciado en apoyo a la propuesta presidencial. Pero otros no. Estos últimos afirman que el problema no se va a resolver con más penalidad, sino con lucha frontal a la impunidad.
¿De qué sirve -dicen- que se aprueben penalidades más severas si no se aprehende a los secuestradores?
No son pocos los gobernadores que sostienen que primero hay que limpiar la casa -las policías, pues- y después discutir el tema de las penalidades.
Pero por lo pronto, la propuesta calderonista ha generado una polémica nacional que, por momentos, parece distraer a la opinión pública del meollo del problema.
El debate está en todos los confines de la República. Así, por ejemplo, si la gobernadora de Yucatán, Ivonne Ortega Pacheco, se pronuncia por la cadena perpetua para secuestradores, el mandatario del Estado de México, Enrique Peña Nieto, piensa que esto no resuelve nada.
Creo yo que más que pensar en pena de muerte o cadena perpetua, el país debe pensar en combatir la impunidad, pues preocupa mucho que en los casos en que hay una situación muy lamentable en el país, comencemos a reaccionar de esta manera.
Y me refiero a esas propuestas de ciudadanos, de políticos y aún de funcionarios públicos -incluyendo al Presidente de la República- que frente a una tragedia tan conmovedora como la del niño Fernando Martí, reaccionan al impulso del dolor y la furia.
Y es que frente a estas expresiones debemos reconocer que el problema que tenemos en México es la impunidad, parece que más que pensar en endurecer las penas, lo que tenemos que hacer es en agarrar a los que cometen delitos.
Definitivamente los escenarios de crisis se están fusionando peligrosamente.
Son tres y de ellos podrían derivar otros. Pero por lo pronto, estos tres jinetes del Apocalipsis -la economía que se desploma, la delincuencia organizada al alza y el deterioro de la política que impacta en el tejido federalista y republicano- se presentan amenazadoramente cada vez más cerca.
Lo más aterrorizante es que no se observen medidas eficaces ya no para vencerlos sino, cuando menos, para contenerlos.
Lo cierto es que esta desesperación presidencial ante la sombría expectativa de un país que se le deshace entre las manos, parece reflejarse en los más recientes discursos de Calderón.
Por ejemplo, el del miércoles, cuando casi a gritos llama a los gobernadores, a las organizaciones y en general a todos los sectores, a hacer un frente común contra la delincuencia.
Horas antes, había dado posesión a uno de sus leales como secretario de Economía en lugar de Eduardo Sojo, a quien mandó a la presidencia del INEGI.
Este nombramiento, el de Gerardo Ruiz Mateos, le ha sido muy criticado a Calderón por los expertos en economía, que lo ven como el menos preparado para desempeñar este cargo.
Afirman que Calderón está desechando a los verdaderos conocedores del tema en aras de privilegiar la lealtad y la confianza a través de ubicar en cargos cruciales a sus allegados.
Pero la frase ya corre de boca en boca en los círculos financieros y empresariales del país: Calderón no le entiende a la economía.
Ante un panorama tan nebuloso y cuando hasta sus propios aliados del sector privado empiezan a cuestionarlo, Felipe Calderón ve cómo se le están revirtiendo sus estrategias de operación de los programas federales en los estados.










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