Déjenme Matar a mi Hija
Escrito por Jesús Eduardo Martín Jáuregui | 2 de Julio de 2008 | Categorias: Itinerancia | Tiempo de Lectura: 4m 59s | Leido 46 veces.
Me estremeció la historia que los últimos días ha ocupado los espacios de los órganos informativos de Aguascalientes, la madre que agobiada por la enfermedad de su hija, convenientemente asesorada, solicito “permiso” al C. Gobernador para practicarle “eso que llaman eutanasia” y así acabar con sus sufrimientos. Quizás la cuestión no me estremeció lo suficiente, porque, a mi manera de ver, dejaba traslucir la estructura de un montaje convenientemente diseñado para impactar a la opinión pública, en el mas puro estilo del magnate de los periódicos americanos William Hearst, aquel que sirviera de modelo al genial Orson Welles para su no menos genial película “Citizen Kane”.
Sin menoscabar en lo mas mínimo la pena de la madre y el sufrimiento de la hija, la cuestión se planteaba demasiado bien armada. El hecho mismo de formular la solicitud al Gobernador implicaba no un desconocimiento, si una trampa, porque sus asesores perfectamente conocen que no se encuentra dentro de las posibilidades de un gobernador, satisfacer una pretensión de esa naturaleza. Si por el contrario, la petición podría formularse al Congreso. Me parece, sin embargo, que mas allá del caso particular, la discusión de cualquier tema resulta distintiva de una sociedad madura.
Recuerdo que siendo muy niño por alguna plática que pudo ser de mi mamá, me enteré de la roca Tarpeya. Un risco en donde las madres romanas (¿serían los padres?) lanzaban a los hijos deformes. Mi mamá agregaba a los feos, lo que me hacía dar infinitas gracias a Dios de haber nacido en el siglo XX y bastante alejado de Roma. Años mas tarde comprendí que en las circunstancias de la Roma de los Reyes, la eugenesia significaba por una parte liberarse de una carga y por otra liberar a la criatura de una vida infeliz. En Roma el Pater Familiae tenía potestad de vida o muerte sobre los integrantes de su familia. Todavía ni el Estoicismo ni su heredero directo, el Cristianismo, habían incorporado el amor como eje fundamental de la vida. El amor al prójimo que tiene que pasar por el amor a si mismo.
Nadie tiene derecho a privar a nadie de la vida. Sorprende sin embargo que muchas personas que protestan porque un toro de lidia se sacrifique en un ritual estético, abonan por el supuesto derecho de una mujer de privar de la vida a su hijo en gestación.
Stefan Zweig, autor de estupendas biografías, que cultivó también exitosamente la novela, escribió una joyita que tituló “La Confusión de los sentimientos”. El tema fundamental es el engaño, quizás debiera decirse el autoengaño, con respecto a los sentimientos. ¿Cuántas veces cuando nos dolemos del sufrimiento de un familiar en realidad nos estamos quejando de la carga que nos significa atenderlo, cuidarlo, ver por él? Cuándo me duelo de una enfermedad incurable de un dependiente me estoy doliendo, mas bien, de que tenga que sacrificar mi vida para su cuidado. La cuestión es dura, pero es real, seguramente todos conocemos historias de madres que hicieron de la atención a sus hijos su proyecto de vida, como también conocemos historias de hijos que hicieron del cuidado de sus viejos su razón de vivir.
Merece la pena distinguir también cuando hablamos de alguien desahuciado o cuando hablamos de un enfermo incurable. Un enfermo terminal merece un trato digno y parte de ello consiste en respetar su derecho a que no se le prolongue un sufrimiento inútil, a que no se prolongue un tratamiento a sabiendas de su ineficacia y a que no infle estratosféricamente las cuentas hospitalarias y médicas por una atención sin sentido. Un enfermo incurable puede tener diferentes estadios o gradaciones. La diabetes es incurable pero puede controlarse. La hipertensión es incurable pero puede controlarse. Nadie pensaría aplicar la eutanasia a los enfermos incurables sólo por ser incurables. Pero pensemos en un niño que padezca el síndrome de Down, es incurable, es una carga para sus familiares, por lo tanto autoricemos que los padres puedan aplicarle previo permiso gubernamental “eso que llaman eutanasia”. Pensemos en tantos enfermos mentales cuyos familiares no pueden o no quieren hacerse cargo, y el estado no tiene respuestas para ello. Pensemos en un nefrópata que requiera un trasplante y carezca de medios para poder procurárselo. Pensemos en un paciente de esclerosis múltiple que requiere un tratamiento carísimo que no puede costear y que las instituciones públicas se lo escamotean. Finalmente y porque parece estar de moda, el sida sigue siendo un azote que prácticamente desahucia a quien la padece. ¡Apliquémosles a todos eso que llaman eutanasia! Verán cuántas molestias y cuánto dinero nos ahorramos.
Quizás el debate debería plantearse no en la permisividad para que una persona disponga de la vida de otra, sino en la falta de mecanismos de la sociedad para auxiliar a quienes tienen una discapacidad, una enfermedad incapacitante, una enfermedad incurable o una enfermedad terminal. No es posible que se gaste dinero en eventos superfluos y se carezca de los medios necesarios para garantizar el mas elemental de los derechos: el derecho a la vida.
La solución del caso de la señora que pedía permiso para matar a su hija, no es solución. Seguramente no será el único caso de una madre que tenga un hijo con carencias, con necesidades, con incapacidades, y para las demás no hay respuesta. Las madres que no tienen acceso a un diputado, a un medio de comunicación, a una persona influyente. Las madres que no tienen la suerte de que su caso se plantee oportunamente. Las madres que están limitadas hasta para pedir ayuda. Las madres en fin que ellas mismas están sufriendo los estragos de enfermedades y limitaciones y que así y todo ven por sus hijos incurables y por sus hijos desahuciados.
Ellas, ellos, también esperan una respuesta.
Por cierto, entre los incurables y desahuciados, ¿se encontrarán también los policías víctimas del crimen?
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