Pero ¿Quién no conoce la Casa de la Cultura?
Escrito por Carlos Reyes Sahagún | 1 de Julio de 2008 | Categorias: Recuperando Aguascalientes | Tiempo de Lectura: 4m 29s | Leido 25 veces.
Protesto. Un día de estos acompañé a un amigo un poco mayor que yo (el dato es importante), a la Casa de la Cultura. Cuando cruzamos la puerta me dijo que era la primera vez que entraba ahí. La verdad, en principio no le creí, yo, que he estado en ese lugar infinidad de veces.
La afirmación me golpeó como si fuera en un autobús de la Ruta 4, y pregunté, por aquello de no haber oído bien, sólo para recibir la confirmación. Me bastó observar la forma como miraba el primer patio, los corredores, la arquería, para constatar que me decía la verdad, y es que mi amigo tenía la mirada excepcional; maravillosa, que reservamos para la primera o segunda vez que vemos algo y nos asombra, antes de que la familiaridad termine opacándonos la visión, impidiéndonos apreciar las maravillas que la vida nos ofrece cada día, tal y como ocurre frecuentemente.
En verdad el hecho me pareció increíble; todo un monumento a la falta de interés y a la ignorancia, y no hablo de cosas tan difíciles de conocer como la línea de montaje de Nissan, en la que los robots se afanan apretando tuercas y tornillos; soldando partes. Tampoco me refiero al salón de sesiones de alguno de los templos masónicos que hay en la ciudad (¿o había?, ya no sé), ni a la biblioteca del seminario diocesano o al coro del templo del Sagrado Corazón, que son lugares más privados que al menos yo no conozco (pero si invitan estoy puesto).
Hablo de la Casa de la Cultura, un lugar público por excelencia, céntrico como pocos; un espacio de reunión para miles de personas que en alguna ocasión han asistido a una feria del libro, a una obra de teatro, a un concierto, a alguna exposición. Han ido a buscar trabajo en las ferias de empleo que periódicamente se realizan en ella, o a votar en día de elecciones, a una celebración del día de las madres, festival escolar, o cosa que se le parezca, o de plano no han asistido a nada y han entrado simplemente atraídos por su exquisita arquitectura; pletórica de barroca majestad.
Pero mi amigo, con todos sus años, que es tan aguascalentense como usted y yo, nunca lo había hecho. Y si usted, estudiado lector que tiene la bondad de posar sus ojos en estas líneas, no es aguascalentense, me gustaría decir, y lo digo, que en más de una ocasión he sido gratamente sorprendido por el interés que la gente de otras partes del país que viene a vivir entre nosotros, muestra por la ciudad y sus cosas; por su historia y monumentos, de tal manera que en más de alguna ocasión termina sabiendo más que los que, como decían los antiguos, vimos aquí la luz primera.
Lo hacen por genuino interés, pero también con la intención de asimilarse; agradecer de esta forma el que la ciudad les abra los brazos y los reciba (no es para menos tratándose de quienes llegan escapando de la locura que es México hoy en día).
Pero a mi amigo, cuyo nombre me reservo por elemental pudor, le valía sorbete no conocer la Casa de la Cultura de Aguascalientes. Lo peor de todo; lo que empeora sensiblemente la situación, es que cuenta con recursos suficientes y necesarios, y con la no menos necesaria ilustración, para visitar ciudades del extranjero, como ha hecho en varias ocasiones.
Protesto, y vuelvo a protestar. Juro por lo más sagrado que usted tiene, su político favorito, su equipo de futbol, o su tarjeta de débito, que no se trata de una protesta chovinista, fruto de un amor irracional y desmesurado por mi ciudad; uno de esos amores que hinchan el pecho al grito de Viva Aguascalientes’n! (cosa de la que, por otra parte, desconfío), o que se ciegan ante sus manifiestas carencias, su limitada visión de las cosas, etc.
No. Hablo de la elemental curiosidad que nos acompaña a lo largo de nuestras vidas, esa tendencia a conocer y experimentar lo que hay a nuestro alrededor, lo que ven nuestros ojos nada más abrirse; lo que podemos tocar nada más estirar las manos. Hablo del arraigo que provoca este conocimiento, y que en alguna medida contribuye a que la vida sea grata.
El hecho de que mi amigo afirmara que no conocía la Casa de la Cultura se me figuró como si me hubiera dicho que nunca se había visto las manos, las orejas, las rodillas, o las…
De eso hablo, exactamente, de lo que está al alcance de las manos; de nuestra experiencia cotidiana.
Conocer el mundo es justo y necesario (dígamelo a mí, que me muero de ganas de conocer Oaxaca, Londres, Mérida, Osaka, con su aeropuerto en medio de la bahía (digo Osaka, no Oaxaca), Praga, Kuala Lumpur, con sus torres Petronas, Viena y la sombra de Mozart, Islamabad y un larguísimo etcétera), pero conocer Aguascalientes me parece la más elemental de las obligaciones, no porque nos lo pidan el presidente municipal, el director de Acción Cívica o el Secretario de Turismo, mirada épica de por medio. No por eso, sino porque es nuestra casa. Nos guste o no, aquí vivimos. Finalmente, porque sólo se ama con hondura lo que se conoce; no por otra cosa. Que conste la protesta.
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