La mirada en el futuro
Escrito por Jesús Orozco Castellanos | 30 de Junio de 2008 | Categorias: Desde la Ventana | Tiempo de Lectura: 6m 43s | Leido 27 veces.
Macario Schettino publicó en septiembre de 2007 un libro que, como era de esperarse, ha causado polémica. Se llama “Cien años de confusión. México en el siglo XX” (México, Ed. Taurus). En febrero de este año circulaba ya la tercera reimpresión. El autor es ingeniero químico y en sistemas, con especialidades en economía, administración e historia. Ha sido investigador en El Colegio de México y en el Tecnológico de Monterrey. Escribe regularmente en “El Universal”.
El autor sostiene que la Revolución Mexicana “es un hecho inexistente, una construcción simbólica realizada con el fin de dotar de legitimidad a los ganadores de una serie de conflictos armados” (p. 23). El hecho histórico conocido como “Revolución” es “el resultado de una mala transición, producto de la incapacidad de [Porfirio] Díaz para heredar el poder” (p. 27). Concluye: “lo que en realidad festejamos [el 20 de noviembre] no es la etapa armada de la Revolución, aunque sea ella la que abona anécdotas, sino la fundación del régimen realizada por Lázaro Cárdenas. Dicho de otra manera, aunque siempre nos referimos a la Revolución como a esa etapa que va de 1910 a 1917, en realidad las ideas, instituciones y políticas revolucionarias resultan ser cardenistas” (p. 28).
Lo anterior sería, en el mejor de los casos, una interpretación más a la que podrán dedicar tiempo y esfuerzo los historiadores. Lo fuerte del libro es la tesis de que el régimen del nacionalismo revolucionario fue un completo fracaso. Veamos: “…más allá del discurso, el régimen de la Revolución nunca fue capaz de cumplir, ya no digamos con los ‘derechos sociales’: ni siquiera con cuestiones elementales como una educación básica de calidad o una cobertura razonable en salud pública. Y no sólo no fue capaz de cumplir, sino que destruyó parte de la riqueza nacional en el esfuerzo. No sólo hemos llenado de deudas a los mexicanos, sino que hemos agotado nuestros recursos naturales: el petróleo, el agua, los bosques. Y (…) sin lograr, en ninguna variable social, alguna diferencia significativa con el resto de América Latina” (p. 454).
Más adelante señala: “El siglo XX mexicano fue el siglo de la Revolución Mexicana. Y fue un siglo perdido. Lo iniciamos siendo el país más industrializado de América Latina; lo terminamos sin distinguirnos del resto del subcontinente. Lo empezamos con un ingreso por habitante superior al de Japón, lo concluímos con una cuarta parte de él. Durante el siglo XX, México creció lo mismo que Perú y la mitad que Brasil. Sólo hay dos países que tuvieron un peor desempeño: la Gran Bretaña, que inició el siglo como la máxima potencia del mundo y lo terminó como un país importante, pero ya no una potencia, y Argentina, que empezó el siglo con un ingreso por habitante similar al de Francia y Alemania y lo finalizó apenas superando a Brasil y México, y por debajo de Chile” (p. 455).
La conclusión es la siguiente: “No hay otra manera de interpretar el siglo XX mexicano que como un experimento fallido. El régimen de la Revolución Mexicana permitió a nuestro país una cierta paz social, pero a un enorme costo: el costo de no mejorar el nivel de vida de los mexicanos, de no reducir los niveles de desigualdad, no cambiar la estructura social y no promover el desarrollo político. Fue un siglo de estancamiento” (p.455). Este libro, dice su autor, “es una evaluación crítica; reúne muchas visiones especializadas que han podido aclarar diversos momentos del siglo, desde diferentes perspectivas, pero aporta una perspectiva de conjunto hasta ahora inexistente. Y cuando se tiene esta visión de conjunto las dudas desaparecen. El experimento mexicano fracasó. Hay que intentarlo de nuevo” (Ibidem).
Durante muchos años se había venido discutiendo si la situación de México había mejorado tras la instauración del régimen de la Revolución Mexicana. Los partidarios del régimen sostenían que no había la menor duda: bastaba ver las cifras de alfabetización y de salud pública, los datos sobre empleo y derechos laborales, la capilaridad social en la administración pública, el crecimiento de la infraestructura nacional, la construcción del andamiaje institucional del Estado, el prestigio en las relaciones internacionales de México, etc. Ciertamente se reconocían las insuficiencias, comenzando porque después de casi un siglo, la mitad de la población vivía en condiciones de pobreza. Los detractores de la Revolución ponían el énfasis en las carencias y en el carácter autoritario del régimen político mexicano. Pero unos y otros, sin excepción, tenían la mirada puesta sólo en México, como si se tratara de un caso único.
Más allá de la posición que se tome en esta discusión, lo que me parece novedoso en el planteamiento de Macario Schettino es su perspectiva de la comparación internacional. Su argumento es muy simple: México creció durante el siglo XX porque el mundo creció. Otros países de América Latina y de otras latitudes crecieron igual o más que el nuestro sin necesidad de una Revolución. Y para ello cuenta con un verdadero arsenal de datos, algunos incluso desconocidos o poco manejados en nuestro medio académico.
Habría que puntualizar que el tema de los vaivenes de la economía en el siglo XX no es tan fácil. Menciono dos casos: en 1913 el ingreso per cápita de Argentina, Chile y Uruguay era superior al de Italia. Esto propició que un buen número de italianos llegaran a esos países como inmigrantes. Hoy en día sucede exactamente lo contrario: los trabajadores sudamericanos buscan la puerta de Europa, incluida Italia. Y el caso más paradigmático de fracaso económico, político y social en el siglo XX (no mencionado en este libro) fue el de la antigua Unión Soviética. Comenzó el siglo con una Revolución que prometía el paraíso y terminó como un país en ruinas, tras el desmoronamiento del Estado nacional.
Hay un hecho poderoso en el siglo XX mexicano que quizá no se ha estudiado lo suficiente. Me refiero al crecimiento demográfico. Esta variable suele ser mencionada como uno de los frenos importantes en el desarrollo económico del país: la economía no crecía lo suficiente para compensar la explosión demográfica. Fue durante muchos años el caso de la India y China, países que apenas hace unos años emprendieron el crecimiento económico acelerado.
Los gobiernos mexicanos (incluyendo el de Porfirio Díaz), hasta 1970, manejaron deliberadamente la estrategia de que poblar es crecer. Y la razón era muy simple: veníamos de perder una guerra con los Estados Unidos en el siglo XIX, entre otras razones por no haber podido poblar los territorios de California, Arizona, Nuevo México y Texas. La marca de esa experiencia es indeleble. Ya en el siglo XX, nos vimos como un raquítico país de 15 millones de habitantes frente a un poderoso vecino que superaba los 150. No podíamos darnos el lujo de tener que enfrentar una nueva invasión y menos en condiciones de una aplastante inferioridad numérica. Fue el gobierno de Echeverría quien puso freno a la expansión demográfica, quizá porque ya teníamos el peso necesario con casi 50 millones de mexicanos. El tema es sugerente aunque no estaría por demás compararnos con Brasil, el gigante demográfico de América Latina.
Lo que me parece fuera de duda es que el régimen de la Revolución Mexicana, como haya sido, llegó a su fin de la mano con el propio siglo XX. Y coincidiremos todos con el autor del libro en que es necesario construir otro tipo de régimen a partir de lo que somos: un país de 105 millones de habitantes con una economía de media tabla, con grandes carencias y potencialidades (la mitad de la población en la pobreza y la otra mitad como clase media y alta en ascenso). Como quiera que sea, terminamos el siglo pasado como un país viable. No todos lo consiguieron. Pero no podemos construir el país del siglo XXI a partir de las obsesiones y los mitos del pasado. El futuro se construye con la mirada hacia adelante.










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