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Aguascalientes en el siglo XXI

Escrito por Enrique Rodríguez Varela | 17 de Junio de 2008 | Categorias: Lascas | Tiempo de Lectura: 6m 8s | Leido 309 veces.

Desde su fundación, casi al inicio de la Colonia (1575), Aguascalientes fue una ciudad de paso, un cruce de caminos (de México, capital de la Nueva España y de Guadalajara, capital de la Nueva Galicia, hacia el inhóspito norte, por el “camino de la plata) y una ciudad frontera (mesoamérica - aridoamérica). Con el exterminio de los temibles chichimecas, el asentamiento dominante del mestizaje (principalmente entre criollos y peninsulares) y gracias a la agricultura y el comercio, Aguascalientes pudo conservar ese estatuto de ciudad como punto de encuentro del centro y el norte, hasta muy entrado el siglo XX. Una ciudad cuna y asiento de una sociedad mestiza, católica, tradicional. Sin embargo, en las décadas de los 80 y 90 del siglo pasado, la recoleta y provinciana ciudad de Aguascalientes vivió un proceso de modernización económica muy acelerado. Se construyó una infraestructura industrial y urbana suficiente para atraer inversiones que generaran empleos y activaran la maltrecha economía local (basada en la agricultura y el comercio) y casi al mismo tiempo se alentaron ambiciosos programas de vivienda, se incrementaron las ofertas de educación técnica y superior y se fomentó la infraestructura cultural y deportiva. Así, pronto se asentaron en la “vieja” Aguascalientes varias empresas trasnacionales (Nissan y varias pequeñas empresas de autopartes, también japonesas, más la Xerox y la Texas Instruments) y algunas otras empresas de capital nacional. Por esos mismos años el gobierno federal decidió descentralizar al INEGI, con lo cual miles de familias de empleados y directivos de la dependencia, que vivían en el Distrito Federal, se vieron obligados a migrar a la pequeña ciudad del Bajío. En unos pocos años Aguascalientes era ya una ciudad industrial y de servicios y la población comenzó a crecer aceleradamente. De pronto los hidrocálidos se vieron conviviendo con japoneses, americanos, españoles, italianos, cubanos, “chilangos”, zacatecanos, potosinos, guanajuatenses, veracruzanos, jaliscienses (que se sumaron a los viejos e históricos emigrantes de Los Altos) y algunos otros con otro gentilicio.

La modernización no sólo trastocó la vieja economía y el viejo rostro urbano de los aguascalentenses, también cimbró sus valores y prácticas culturales que parecían ancladas en el viejo siglo XIX. La coexistencia generó tensión y conflicto que pusieron a flote un adormilado regionalismo xenofóbico. Entrado el siglo XXI, y a los pocos años de nuestra púber modernización, alentada por la frivolidad, la negligencia y la connivencia de nuestras autoridades se asomó la presencia implacable e impune del crimen organizado. Hoy resulta un tanto difícil encontrar referentes que den sustento al orgullo que pregonábamos los aguascalentenses: ser la ciudad tranquila y pacífica donde todos vivimos en plena armonía, “la buena tierra de la gente buena, el agua clara y el cielo claro”.

Paradójicamente, cuando los aguascalentenses, en nuestra posición de anfitriones nos vemos en la necesidad de atender a visitantes y turistas los llevamos a comer y/o cenar al Kimura (sushi), al Rincón Maya (comida yucateca), al Mesón del Taco (español), a los restaurantes Augustos o La Piazza (comida italiana), a La Mezcalina o Los Mixes (antojitos y comida oaxaqueña) o a los restaurantes brasileños y argentinos Brasilia, La Garufa o el Argentilia (de futbolistas), sin mencionar la proliferación de los fast foods Mc Donalds, Burger King, Domino’s y Starbucks. Todo ello sin que las “buenas conciencias” de la sociedad puedan ocultar su “malestar” porque en los cruceros de las calles hay niños, mujeres indígenas (“las Marías”), jóvenes y discapacitados, todos ellos sin empleo, afeando la ciudad (rompiendo la armonía urbana, como dijera el culto gobernador).

Así pues, la modernización y la globalización, con sus pros y sus contras, llegaron a la centenaria Aguascalientes para quedarse. Entonces vale la pena preguntarse ¿es posible conservar y/o generar identidades culturales inmersos en esta apabullante realidad globalizadora? El Aguascalientes del siglo XXI ¿cuenta con una identidad cultural única y homogénea o sigue siendo, a pesar del racismo de clase, portadora de una identidad multicultural? ¿Los aguascalentenses conservamos rasgos de identidad cultural? De ser afirmativa la respuesta ¿cuáles son esos rasgos? ¿O más bien tendríamos que hablar de una identidad en crisis? O mejor aún ¿de una identidad en transición?

Comencemos a imaginar respuestas. Como todos los pueblos y culturas del mundo, Aguascalientes cuenta con una memoria colectiva que es el repositorio de su propia historia. En ella narramos quiénes somos, de dónde venimos, cómo vivimos, qué nos une, hacia dónde vamos y a qué aspiramos.

Por medio de esta microhistoria nos podemos dar cuenta que por los orígenes de nuestra comunidad (semillas de distintas variedades), Aguascalientes construyó su identidad como fruto de la diversidad, de la pluralidad. Hombres y mujeres que provenían de culturas milenarias y recientes: nahuas, aztecas, chichimecas, huastecos, tlaxcaltecas, criollos y mestizos; o bien de distintas regiones de la antigua geografía colonial. Atendiendo a estos orígenes, bien podríamos decir que Aguascalientes se formó como una comunidad mestiza y por ello mismo multicultural, crisol de culturas que mediante el diálogo, el respeto a sus tradiciones, la reflexión-acción que propició préstamos e intercambios en el plano de los símbolos y las prácticas culturales, fue capaz de modelar una identidad nueva, propia, asumida colectiva y concientemente. Aguascalientes puede ser el ejemplo propicio de cómo históricamente, en un tiempo y un espacio específico, se construye una identidad pluricultural fruto de la diversidad, aunque los criollos de hoy renieguen de ello.

Aguascalientes fue capaz, en la cotidianidad de sus prácticas culturales, de construirse como una comunidad única y diferente a las demás, es decir, de darse a si misma un nombre, un territorio, una bandera, una cosmovisión, una organización política y un sistema simbólico, todo ello con una visón de porvenir. Esto es entendible y fue posible ya que, como bien dice José Antonio McGregor: “Todas las sociedades humanas, a lo largo de su desarrollo histórico, construyen y elaboran un tejido de significados simbólicos que sintetizan su ser material y espiritual, permitiéndoles a los individuos que las integran, contar con un sentido de pertenencia a su grupo social que los hace parte de él y diferente a los otros”.

Ninguno de los fundadores de Aguascalientes olvidó sus raíces, las conservó, las puso a coexistir y dialogar con las de los otros, y con esas arcillas modeló un nuevo recipiente identitario. Como dijera Carlos Fuentes para México, los aguascalentenses sabemos “que no hay un ya fuimos; hay un estamos siendo, vamos a ser, porque seguimos siendo cuanto hemos sido”. En pocas palabras, Aguascalientes se construyó a si misma como una comunidad con identidad cultural propia.

A manera de conclusión, podemos decir que Aguascalientes cuenta con historia, con prácticas culturales arraigadas y con un sistema simbólico que durante un largo tiempo dieron sustento a su identidad cultural, pero que hoy se ve fuertemente sacudida por el huracán modernizador de la globalización y el narcotráfico consentido. Nuestra historia bien puede servirnos como ejemplo y guía para tratar de explicarnos la identidad cultural que queremos los aguascalentenses del siglo XXI; echar mano de las herramientas teóricas, metodológicas y vivenciales para encontrar las respuestas a las interrogantes que hoy se nos plantean.

Aguascalientes y su identidad cultural en el nuevo milenio se constituyen como un buen tema, a pesar del desdén de las autoridades estatales y municipales, como un magnífico objeto de estudio a desarrollar con motivo de los próximos festejos del Bicentenario de la Independencia y el Centenario de la Revolución. Ojala así sea.

Desde el averno Enrique Rodríguez Varela

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Hay 4 comentarios

  1. Excelente artículo. Saludos.

  2. El pequeño escrito avizora nuestro carácter de identidad nacional y local (microhistoria) y, además, de proyectar destellos modernizadores como lo son empresas trasnacionales. La modernización trae consigo una serie de vicios que ni las grandes urbes han logrado erradicar, sin embargo, Aguascalientes como estado bisoño está a tiempo de corregir los grandes males, me refiero a la corrupción, el narcotráfico, la inseguridad, etcétera; pero, primero es necesario que se consolide un buen gobierno preocupado por la sociedad (al fin y al cabo ellos también son parte de la sociedad) para tener una realidad palpable de nuestro entorno y, segundo, exhortar a los aguascalentenses a no permanecer en un estado de quietud con la actitud de “aquí no pasa nada”, también es nuestro compromiso para exigir un buen gobierno.
    Enhorabuena por el escrito de Enrique Rodríguez Varela y ojalá llegué al mayor número de personas.

  3. con todo respeto chamuco: no mames…

  4. Enrique Rodríguez Varela nos ha mostrado nuevamente que es un Maestro, nuestro Maestro de Historia. La apretada síntesis que hace en este artículo muestra su aguda percepción de la ciudad-sociedad hidrocálida. El convite a conocer el pasado y las realidades que nos arroyan, no son menos valiosas que la incitación a imaginar respuestas, a las preguntas sobre el destino de nuestra identidad local-global.