La Legio romana

Escrito por on Jun 16th, 2008 y archivado en Religión. Tu puedes seguir los comentarios a esta entrada a traves de RSS 2.0. Comentarios y referencias estan cerrados.

Legion RomanaEn días pasados vi un programa de TV en el que se relata el curso de una rebelión ocurrida en el año 60 de nuestra era en la Britannia romana. Las tribus celtas rebeldes estaban encabezadas por una mujer legendaria llamada Boudika. El gobernador de la provincia era el general Suetonio Paulino que disponía de dos legiones. El emperador en Roma era Nerón.
La capital provincial era Londinium (Londres). La guarnición de la plaza era tan débil que el general Suetonio optó por abandonar la ciudad, seguido por un buen número de sus habitantes. Se retiró con rumbo al norte, donde se encontraba el grueso de sus soldados. Los rebeldes entraron a Londinium y arrasaron mediante el fuego con todo lo que había. Informada Boudika de la retirada del general romano, decidió perseguirlo, al mando de una horda mal armada de más de 200 mil personas.
El general Suetonio logró reunirse con una legión y la mitad de otra. Siguió avanzando hasta encontrar el terreno propicio en el que decidió enfrentar a la chusma de Boudika. Era una pradera flanqueada por un bosque espeso que cubría también la retaguardia, de tal suerte que sólo era posible dar la batalla de frente. Sin estas ventajas, la superioridad numérica de los rebeldes hubiera hecho imposible sostener la defensa.
La legión romana era una unidad de infantería que en sus inicios se componía de unos 4 mil soldados. En la era imperial eran ya 6 mil. Las legiones contaban con el apoyo de soldados de caballería y con diferentes tipos de armas: espadas, jabalinas, arcos, catapultas, carros de combate, etc. El uniforme estaba compuesto por tiras de hierro y cascos, lo que les proporcionaba una suerte de blindaje. Contaban además con un escudo metálico que protegía casi completo el cuerpo del soldado. Las legiones romanas tenían mayor flexibilidad táctica que las falanges de Grecia y Macedonia, que también eran unidades militares compactas. La Legio era también superior a las formaciones masivas de Egipto y Persia, siempre y cuando las condiciones del campo de batalla fueran propicias. De ahí la importancia que le daban los generales romanos a este factor estratégico.
Ser legionario era un motivo de orgullo y un privilegio, aunque había que pagar el precio: el entrenamiento era implacable y las condiciones de la guerra implicaban por lo general sufrimientos inauditos (largas caminatas, hambre, frío, sed, enfermedades). En los inicios del Imperio había 28 legiones, unos 140 mil soldados. Con el crecimiento de las conquistas se llegó a tener más de 200 mil elementos, sin contar la caballería, el personal necesario para la artillería de la época y las fuerzas navales.
En los momentos de auge, hacia el siglo segundo de nuestra era, el imperio romano llegó a contar con una población de 50 millones de habitantes. Acostumbraban levantar periódicamente un censo riguroso de su población. El empadronamiento en el lugar de origen era obligatorio, como lo señalan los relatos evangélicos sobre el nacimiento de Cristo.
Si las legiones eran capaces de triunfar frente a grupos rebeldes que las superaban en proporción de 20 a 1, esto implica que eventualmente podían resistir rebeliones masivas de cientos de miles. Aunque no siempre resultaba fácil suprimirlas. Fue el caso de la insurrección del grupo radical del judaísmo llamado los “zelotes”, encabezados por el rabino Simeón en el siglo segundo de nuestra era. Marguerite Yourcenar pone en boca del emperador Adriano (año 134 D.C.) lo siguiente: “Judea fue borrada del mapa y recibió, conforme a mis órdenes, el nombre de Palestina. Durante los cuatro años de guerra, 50 fortalezas y más de novecientas ciudades y aldeas habían sido saqueadas y destruídas; el enemigo había perdido casi seiscientos mil hombres; los combates, las fiebres endémicas y las epidemias nos costaban cerca de noventa mil. La reconstrucción del país siguió inmediatamente a la terminación de la guerra; Elia Capitolina (Jerusalén) fue erigida otra vez aunque en escala más modesta; siempre hay que volver a empezar”. (“Memorias de Adriano”, Hermes, 1981, p. 282).
Como la mayoría de los habitantes del imperio eran gentes de paz, el control militar por parte de las legiones era relativamente sencillo, a partir de la disciplina y el riguroso entrenamiento con que contaban, además de su avanzada tecnología en materia de armamentos. Por algo Roma logró sobrevivir durante más de mil años.
Así pues, el general Suetonio contaba con unos 9 mil hombres más la caballería. El terreno le permitía cubrir por completo el frente para desplegar una formación en línea de unas ocho filas. Instaló su campamento y envió a los vigías para contar con la información previa que le permitiera diseñar su plan de batalla. Los historiadores de la época calculaban en 230 mil el número de rebeldes.
Cuando los insurrectos estuvieron a la vista y a la distancia justa, Suetonio ordenó el disparo de jabalinas, unas 18 mil (dos por soldado). Eran misiles implacables que provocaron miles de muertos y diezmaron por primera vez al enemigo. Después enfrentaron el ataque cuerpo a cuerpo de los rebeldes. Protegidos por sus escudos metálicos, los legionarios utilizaban la mortífera espada corta (la “gladius” romana). Conocían perfectamente el tipo de corte que debían hacer para provocar la muerte instantánea. Pero como el esfuerzo de matar era tan intenso y reiterado, los soldados se rotaban cada diez minutos: el de la fila de atrás entraba al relevo. Esta rotación constante permitía contar siempre con tropas descansadas, mientras que los enemigos, exhaustos, iban cayendo uno a uno.
Diezmada la chusma por la efectividad de la disciplina táctica y la superioridad de las armas romanas, Suetonio dio la orden de avanzar al ataque, en la llamada formación de cuña, en línea recta pero en triángulos, algo así como esto: /\/\/\/\/\. Los enemigos quedaban atrapados en los huecos que se producían entre un triángulo y otro. La formación era impenetrable, nada la rompía, de manera que “gladius” en mano, las tropas avanzaban arrasando lo que encontraban. Era una carnicería infernal. Como era de esperarse, se produjo la desbandada en masa. Los rebeldes huían corriendo lo más rápido que podían. Y así llegó la orden final de Suetonio: el ataque de la caballería para perseguirlos y acabar con ellos. Al término de la batalla, las fuerzas rebeldes habían perdido 80 mil personas sin contar los heridos, que por supuesto eran rematados. Suetonio perdió en total 400 hombres. El general romano fue implacable. Persiguió a los rebeldes en todas sus madrigueras y les impuso castigos ejemplares que al propio Nerón le parecieron exagerados. En eso consistía la pax romana.
Las ventajas de los ejércitos romanos eran evidentes: estrategia, información, entrenamiento profesional, tecnología y espíritu de cuerpo. Los generales romanos no eran soldados a sueldo. Peleaban por un estricto sentido del deber y del honor. Con frecuencia se suicidaban cuando perdían una batalla. Pero la victoria era bien recompensada. Eran recibidos en Roma como héroes, aclamados entre arcos de triunfo. Recibían toda clase de prebendas y privilegios. Eran patricios romanos y podían incluso aspirar a ser adoptados como hijos por el césar en turno para sucederlo en el trono. En el campo de batalla se jugaban todo, era cuestión de vida o muerte. Incluso los emperadores como Adriano, que solían comandar a sus soldados, compartían con ellos el tocino, el pan y las lentejas hervidas que componían el rancho de las tropas, para las cuales era el botín de guerra.
Estrategia, información, entrenamiento profesional, tecnología y espíritu de cuerpo. Después de dos mil años, siguen siendo los mismos ingredientes para ganar cualquier batalla, incluso las que ahora se tienen que dar en México y en Aguascalientes parar enfrentar al enemigo común de nuestros días: la delincuencia.

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