Siempre he sostenido que para lograr mejores estadios de desarrollo en México, se necesitan tres condiciones: educación, educación y más educación. Apostarle a ella significa dotar a la población de conocimientos, preparación, capacitación, pero sobre todo de formación. Un país sin educación o donde ésta acusa rezagos en su cobertura y, al mismo tiempo, mala calidad en la enseñanza, tiende a convertirse en una nación frágil, sin cimientos sólidos para remontar adversidades y sucumbir a la tentación autocrática o de “barbarización” del poder.
Es en este sentido y sobre esta preocupación, quiero pensarlo así donde se ubica el reciente convenio denominado “La Alianza por la Calidad de la Educación” que firmaron la Secretaría de Educación Pública (SEP) y el Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación (SNTE). No es un convenio menor. Los propósitos resultan viables, más, tratándose de volver a lo básico, es decir, retomar la educación con sentido humano, ver en cada niño o joven el principal recurso con el que cuenta el país.
Invertir en este recurso que es el ser humano, es la mejor manera de preparar a la nación para el futuro. Entenderlo así, significa impulsar cambios trascendentales en la preparación y formación de profesionales desde el nivel básico para que puedan ser competitivos en esta era de la globalización.
Hay ejemplos ilustrativos y trascendentes de países que han logrado remontar el síndrome de atraso y el subdesarrollo, impulsando una verdadera revolución educativa, que a la vuelta de los años se han convertido en naciones muy importantes, con niveles de desarrollo altos, compitiendo al tú por tú con las grandes potencias. En ellos, el Estado ha jugado un papel determinante, interviniendo y fortaleciendo su presencia en la apertura comercial, y aprovechando las ventajas comparativas que ofrece la globalización.
Tailandia, China, India, Singapur, entre otros, son repúblicas que hace cuatro décadas figuraban entre los países en vías de desarrollo, que Samir Amín calificaba como “periféricos”. En el caso de Singapur, una isla ubicada en el sudeste asiático, cuya extensión es de apenas 669 kilómetros cuadrados, de los cuales 139 son ganados al mar, en menos de 40 años ha logrado transitar de un país pobre y sin futuro a una nación fuerte y competitiva a nivel de las grandes ligas.
Este país, ubicado en la península de Malasia, que inspirara al escritor italiano Emilio Salgari, hoy es una potencia que ha desarrollado, entre otras, una industria biomédica impresionante que incluye centros de investigación vinculados a empresas farmacéuticas y de biotecnología como, biología celular y molecular, del genoma humano, bioinformática, bioingeniería, nanotecnología, entre otras.
Todo eso fue posible gracias al impulso de una revolución masiva de educación, encaminada a la formación de capital humano altamente calificado. Esto permitió superar el atraso e impulsar una economía basada en la ciencia, la tecnología, habilidades y conocimiento.
¿Si ellos pudieron, por qué nosotros no? Es la pregunta que una y otra vez surge en la tertulia. Pero el problema no es de ganas, ni de ocurrencias o de falsos egocentrismos. El problema es estructural, de inercias, de cambios de actitud y de definir el país que se quiere a futuro. Por eso, saludo el Convenio de la Alianza por la Calidad de la Educación, aunque con cierto escepticismo que tiene que ver con la serie de intereses y compromisos que se verán afectados, de llevar adelante este compromiso. Usted dirá si no a partir de los cinco ejes fundamentales que se explicitan en el Convenio.
1) Impulsar la modernización integral de las escuelas a partir del fortalecimiento de la infraestructura y actualización de su equipamiento.
2) Promover la calidad y mejor desempeño del maestro. Esto quiere decir que el otorgamiento de nuevas plazas y la ocupación de las vacantes se realizará mediante concursos nacionales y públicos.
3) Garantizar que los alumnos no abandonen la escuela por motivos socioeconómicos, reforzando el programa de becas, impulsando acciones renovadas en la alimentación y a la cultura de salud física a partir del fomento al deporte y a la educación física.
4) Promover el desarrollo de capacidades. Formar a estudiantes para que puedan participar y competir en el mundo.
5) Consolidar la evaluación como un mecanismo para elevar la calidad educativa. Al evaluar a los alumnos, se evalúa a los maestros, pero al mismo tiempo, se evalúa el desempeño de la política del gobierno en materia educativa.
Estas cinco vertientes, en sí mismas, son transversales y encuentran su punto de inflexión en avanzar en la calidad educativa. Sin embargo, no es seguro que la base del magisterio lo vaya a aceptar simplemente porque la cúpula sindical del SNTE y las autoridades educativas federales así lo dispusieron; podríamos esperar que los conflictos se presenten a la hora de definir quien o quienes ocuparán las plazas, porque éstas en realidad casi siempre vienen “etiquetadas y bendecidas”. De ahí mi escepticismo.
En cuanto a la modernización de las escuelas en infraestructura y equipamiento, debo decir que me conformaría con ver que el mal estado de infraestructura, equipamiento o ambos de alrededor de 42 mil escuelas en el país, se lograra revertir, dado que esta situación afecta a 4.5 millones de alumnos donde muchos reciben clases en condiciones infrahumanas. En Aguascalientes, el número de escuelas que se encuentran en esta situación son alrededor de 227 que afectan a más de 46 mil alumnos, equivalente al 19% de los estudiantes de nivel básico.
Este es el panorama y el gran reto que hay que enfrentar. Sin duda, es el camino a seguir. Empero, muchos años de inercias e intereses creados son los principales obstáculos que se deben superar. Insistir en lo imposible para lograr lo posible es el objetivo que debe animarnos para seguir adelante.
Lorena Martínez
Diputada Federal por Aguascalientes
lorena.martinez@congreso.gob.mx
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