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México sufre el cáncer de la corrupción- desconfianza

Escrito por Juan Castaingts Teillery | 26 de Marzo de 2008 | Categorias: Así Vamos | Tiempo de Lectura: 3m 54s | Leido 43 veces.

Los mexicanos vivimos una de las épocas más difíciles de nuestra historia. Un amigo me señaló que la situación actual, se asemejaba a lo sucedido en la década de los cuarentas del siglo XIX cuando una nación dividida y hundida perdió la mitad de su territorio.
La economía se enfrenta a serios escollos pero no es ahí en dónde se localiza lo más grave de nuestra enfermedad. Lo grave está en la política y en la sociedad. Tenemos, con algunas dignas excepciones, una clase política (de todos los partidos) profundamente mediocre y fuera totalmente de los tamaños que se necesitan para enfrentar los retos económicos, políticos y sociales. Además, la clase política se encuentra profundamente separada de las necesidades y aspiraciones de la sociedad civil. En anteriores Así Vamos…, la hemos caracterizado como una oligarquía plebiscitaria. Dominan, se posesionan de las riquezas nacionales y, cada 3 años para las cámaras y cada 6 para el presidente, llaman a la población para que elija qué fracción de la oligarquía queda a cargo del gobierno.
Quizá una de las enfermedades más graves que padecemos es la que proviene del dúo maldito: corrupción-desconfianza. La corrupción la impuso el PRI desde arriba y luego, desgraciadamente, permeó a amplias capas de la población de todos los niveles sociales. La corrupción ha dado lugar a la desconfianza y ésta ha llegado a tal nivel, que hace imposible entendimientos y acuerdos sociales.
Los escándalos de corrupción se suceden unos a otros. Pasamos de violaciones a derechos humanos en Oaxaca, denuncias apagadas por la Suprema Corte de delitos infames como la pederastia, el caso de la doble nacionalidad y los contratos del secretario Mouriño (aun nada claros), la pasión desesperada y desenfrenada por las riquezas de PEMEX y ahora, la corrupción en las elecciones internas del PRD.
El ascenso a los extremos que observamos en el PRD se puede comprender en parte (además de la carencia de ética) a partir del denominado dilema del prisionero. En teoría de juegos, el dilema del prisionero proviene del siguiente relato: dos personas son acusadas por la posibilidad de haber cometido un crimen; cada una de ellas es interrogada en forma separada y aislada de la otra. Si ninguna de ellas confiesa nada sobre el crimen, el castigo que se les puede dar a cada una es muy pequeño, ya que la ausencia de confesión conduce a una carencia de pruebas.
En el dilema del prisionero se hace la hipótesis de que la policía tiene más interés de culpabilizar a alguien que en resolver el crimen por eso, el interrogatorio de los prisioneros busca que éstos confiesen y, para lograrlo, se les promete que si confiesan, contarán con una pena reducida; en cambio si uno de ellos no confiesa pero el otro sí lo hace, al que no confesó se le achacará todo el crimen y por tanto, tendrá una pena muy elevada.
Cada prisionero se encuentra en un dilema, si los dos resisten el interrogatorio y ninguno de los dos confiesa, ambos saldrán beneficiados y su condena será pequeña. Pero cada uno de ellos tiene legítimas dudas sobre una posible traición del otro. Si el otro confiesa y él no lo hace, el otro saldrá libre y él cargará con toda la culpa. Además, para presionar, los policías le dicen a cada prisionero que el otro ya confesó.
En general, los dos prisioneros, temerosos de la traición del otro, terminan por confesar, para refugiarse en la solución que, para cada uno de ellos, es la menos mala, ya que por medio de la confesión obtienen una pena menos severa.
Lo óptimo sería que ninguno confesara, pero como ambos tienen miedo de la traición del otro, es difícil alcanzar la solución óptima para refugiarse en la solución menos mala.
Véase el dilema del prisionero en términos de “agandalle” o cooperación de dos jugadores A y B. Si A piensa que B se va a agandallar, y el quiere cooperar, simplemente está perdido y el agandallador se lleva todo. Lo mismo si B piensa jugar en forma cooperativa pero piensa que A se va a agandallar, él debe cambiar su jugada de cooperativo a la de agandalle. Así, la desconfianza mutua inicial lleva a A y B a que su única salida racional es el agandalle. La desconfianza es uno de los puntos de partida de la corrupción.
Este juego de agandalle y cooperación que explica una parte de lo que sucede en el PRD, también nos aclara la desconfianza generalizada que todos los partidos se tienen entre sí y la que tiene sociedad civil de los partidos; desconfianza que impulsa el agandalle como la norma de conducta de la mayoría de nuestros políticos.
Pobre México

México, D.F. 26 de marzo de 2008
castaingts42-juan@yahoo.com.mx

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